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Hacia la V Conferencia
del Episcopado de Latinoamérica y
del Caribe
Presentación
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Queridos hermanos
obispos de América Latina y
el Caribe,
queridos hermanos y hermanas, que
colaboran con nosotros en la misión
de la Iglesia,
queridas comunidades cristianas,
Los Presidentes y los delegados de
las Conferencias Episcopales de América
Latina y el Caribe, nos reunimos en
el año 2001 en la XXVIII Asamblea
Ordinaria del CELAM. En ese encuentro
decidimos pedirle al Santo Padre Juan
Pablo II que tuviera a bien convocar
una nueva Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano. Su Santidad
Juan Pablo II acompañó
los primeros pasos de su preparación
y aprobó la idea de celebrar
una Conferencia General de nuestro
Episcopado.
En este tiempo de preparación,
hemos tomado más conciencia
de la fecundidad de la vida de las
comunidades de la Iglesia, de sus
debilidades y de los desafíos
que a ella le plantean su propia realidad
y la realidad actual de nuestros países
y de nuestro tiempo. Queremos dar
un paso más por el camino del
encuentro con Jesucristo vivo. Son
tantos los desafíos al inicio
del tercer milenio que marcan nuestra
vida personal, familiar, pastoral,
comunitaria y social, que queremos
descender hasta llegar con profundidad
al sujeto que les dará respuesta,
después de encontrarse con
el Señor. Queremos desplegar,
con la ayuda de Dios, toda la riqueza
del encuentro con Jesucristo para
formar los discípulos y misioneros
suyos, cuya vocación es configurarse
con El, construir la comunión
y evangelizar. A esta conclusión
unánime llegamos en nuestras
reuniones posteriores.
Por eso, después de recoger
de todas las Conferencias Episcopales
valiosas proposiciones, dadas ya sea
personalmente en el encuentro de Puebla
de 2004, como también en las
reuniones regionales, en otras reuniones
del CELAM y a través de las
mismas Conferencias Episcopales, propusimos
al Santo Padre Benedicto XVI, el siguiente
temario: "Por el encuentro con
Jesucristo, discípulos y misioneros
en la comunión de la Iglesia
Católica, al inicio del tercer
milenio, para que nuestros pueblos
tengan vida".
Su Santidad Benedicto XVI, pocas semanas
después de haber iniciado su
pontificado, se declaró plenamente
de acuerdo con la celebración
de esta Conferencia General. Es más,
el día 7 de julio del presente
año, recibió al Presidente
del CELAM en audiencia y le entregó
el tema de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano:
Discípulos
y misioneros de Jesucristo,
para que nuestros pueblos en Él
tengan vida.
"Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida" (Jn 14, 6)
El Santo Padre
ha enriquecido nuestra proposición.
De él proviene la expresión
"en Él" y la cita
evangélica. Somos discípulos
y misioneros de Jesucristo cuando
nuestro testimonio y nuestra misión
evangelizadora se realiza verdaderamente
por Él, con Él y en
Él, que es nuestro Camino,
nuestra Verdad y nuestra Vida. En
dicha audiencia manifestó asimismo
que el inicio del tercer milenio y
sus desafíos propios son el
contexto que no podemos olvidar.
Esta etapa
de preparación de la V Conferencia
General, que se inicia con el impulso
del Espíritu Santo, que nos
une a Jesús y nos envía,
quiere ser el primer paso de un proceso
de vivificación y conversión,
de comunión fraterna y de un
vigoroso despertar misionero. Este
proceso se afianzará mediante
la Gran Misión en América
Latina y el Caribe que los Obispos
deseamos convocar en la V Conferencia
General, a fin de que nuestra Iglesia
tenga realmente ardor misionero.
Queda en manos
de ustedes el presente documento,
que es una invitación a participar
en la preparación de la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano.
Bien sabemos que un documento de participación
no es el esbozo del documento final.
Es tan solo una invitación,
sin duda incompleta, de manera que
puedan confluir con facilidad las
aportaciones de todos, a partir de
las experiencias, las reflexiones,
los ministerios y los carismas que
les ha dado el Espíritu Santo.
Acompañamos el documento con
fichas que pueden facilitar el trabajo
de las comunidades. Con la ayuda de
todas las aportaciones que recibiremos
de ustedes podremos elaborar el documento
de síntesis para preparar mejor
la V Conferencia General.
Encomendando
nuestro servicio y el trabajo de todas
las comunidades eclesiales latinoamericanas
y caribeñas a la oración
de ustedes, y pidiendo para todas
las diócesis de América
Latina y el Caribe, y para sus pastores,
por intercesión de Nuestra
Señora de Guadalupe, madre
y modelo de los discípulos
del Señor y de sus misioneros,
la más abundante bendición
de Dios, los saluda cordialmente en
nombre de la Presidencia del CELAM
y de todos sus colaboradores,
vuestro hermano
en el Señor,
Francisco
Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
Presidente del CELAM
Santiago,
8 de septiembre de 2005
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Introducción
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El Documento
de Participación, como su nombre
lo indica, expone el temario de la
V Conferencia General y busca suscitar
la participación más
amplia posible en esta etapa de preparación
de esa hora de gracia y de conducción
pastoral. Se centra en la vocación
de los discípulos y misioneros
de Cristo, llamados por Él
al inicio del tercer milenio, para
que nuestros pueblos puedan saciar
su sed de vida en Cristo.
El capítulo I se remonta a
los anhelos más profundos de
nuestra existencia como seres humanos
y como bautizados. Ante el surgimiento
de una nueva época, en medio
de grandes desconciertos y vacilaciones,
de nuevas expectativas y rechazos,
convenía que nos remontásemos
a los anhelos más hondos de
nuestra existencia, sobre todo a los
anhelos de verdad y de felicidad y
que los iluminásemos con la
revelación tanto de la Antigua
como de la Nueva Alianza. El capítulo
II nos propone que tomemos conciencia
de haber sido muy bendecidos, sin
merecimientos de nuestra parte, a
través de la Buena Noticia
que llegó, no sin dolor, como
un mensaje de esperanza a nuestras
tierras, y de los vivificantes impulsos
del Espíritu Santo en esta
hora de Nueva Evangelización.
El documento, a partir de esta conciencia,
en el capítulo III nos invita
a ir al encuentro de Jesucristo y
a permanecer en Él como discípulos
y misioneros suyos que viven en la
comunión de la Iglesia, proponiéndonos
que profundicemos el contenido bíblico
y teológico de nuestra condición
de discípulos y misioneros,
como también que recorramos
los caminos para convertirnos realmente
en discípulos y misioneros
de Jesucristo, y para muchos lo encuentren
y le sigan.
Abrir nuestros ojos a la realidad
del mundo y de la Iglesia al inicio
del tercer milenio es encontrarse
con grandes desafíos. Tal es
el contenido del capítulo IV.
La voz del tiempo es voz de Dios.
Él nos habla a través
de los acontecimientos y de las situaciones
por las cuales atravesamos en nuestro
peregrinar. Muchas de ellas son situaciones
muy dolorosas, por ejemplo, la persistencia
de la pobreza; otras muestran dudas
y emancipaciones, mientras otras hablan
con gratitud de la siembra de vida
nueva, de dones y carismas que el
Espíritu Santo sigue haciendo
en nuestra Iglesia en América
Latina y el Caribe. Ustedes evaluarán,
completarán o redefinirán
con mayor precisión y amplitud
estos desafíos.
El último capítulo se
refiere a la urgencia del encargo
de Jesucristo. Con Él el Padre
nos envió a hacer discípulos
a todas las gentes. Nuestra misión
nos pide evangelizar la cultura de
nuestros pueblos, llegando hasta sus
mismas raíces (EN 18 y 20).
Es una tarea que abarca tanto a la
Iglesia como a la Sociedad. Queremos
que la cultura sea un espacio que
acoge la vida en Cristo, de modo que
todos sean en Él hijos del
mismo Padre y vivan como familiares
de Dios, llamados a la santidad, y
a la alegría y la fecundidad
de la Buena Noticia. Queremos que
también los pobres y marginados
puedan vivir conforme a su dignidad
de hijos de Dios, y que todos trabajemos
con pasión por la "cultura
de la vida", sobre todo de la
vida de sus miembros más afligidos,
siendo con todos ellos en Jesucristo
constructores de su Reino.
El texto de este capítulo es
una breve introducción al tema
"Para que nuestros pueblos en
Él tengan vida". Se distingue
precisamente porque se trata de la
vida "en Él", que
de Cristo resucitado toma su fuerza,
su inspiración y su estilo
inconfundible; porque tiene su origen
en Él, se realiza con Él
y llega en Él a su plenitud.
Nos pide que reflexionemos sobre la
vida nueva en Cristo, y que realicemos
la misión de la Iglesia en
este tiempo de gracia. Perseguimos
una acción en favor de la vida
de nuestros pueblos en Él.
Sabiendo que Jesucristo es el Camino,
la Verdad y la Vida, ustedes podrán
proponer de qué manera respondemos
a los desafíos del inicio del
tercer milenio con la coherencia y
la valentía propias de discípulos
y misioneros del Señor.
Como podrán notar, es un capítulo
que se abre decididamente al testimonio
y a la acción misionera. Es
un capítulo que mira hacia
la gran Misión Continental
que deseamos iniciar con la celebración
de la V Conferencia General. Dejamos
este capítulo abierto a las
reflexiones de ustedes y a las contribuciones
que envíen a las Conferencias
Episcopales.
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Documento
de participación
1. El anhelo
de felicidad, de verdad, de fraternidad
y de paz
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a.
Un anhelo universal
1. Somos buscadores y peregrinos.
Así lo experimentamos al inicio
del tercer milenio . Así lo
siente la juventud. No nacimos para
una vida sedentaria. Siempre nos dan
inspiración y dinamismo nuestros
anhelos; sobre todo los más
profundos, los que comparten el sentido
de nuestra existencia. En lo más
hondo de nuestro ser, hay hambre de
amor y de justicia, de libertad y
de verdad, sed de contemplación,
de belleza y de paz, ambición
de plenitud humana, ansias de hogar
y fraternidad; deseos de vida y felicidad.
Estos anhelos nos acompañan,
nos motivan y son el norte de nuestras
búsquedas. Nuestros esfuerzos
los orientamos a construir un mundo
en el cual podamos cumplir en buena
medida dichos anhelos. Ellos explican
nuestras mayores satisfacciones y
nuestras desilusiones más amargas,
nuestros mejores proyectos y aun las
más tenaces rebeldías.
2. Lo que buscamos supera totalmente
las dimensiones y las posibilidades
de la vida en este mundo. Buscamos
el amor y la paz en su plenitud. Queremos
una vida fraterna sin injusticias
ni discriminación alguna; un
amor que no desengañe; una
felicidad plena, sin amenazas ni restricciones.
Buscamos la libertad en la paz y la
verdad. En lo más profundo
de nuestro ser late la vocación
al encuentro con Aquel que es el Amor,
la Paz y la Felicidad, y a la concordia
propia de la comunión de los
santos. En nuestras búsquedas
se abre camino nuestra sed de Dios
y late la vocación al cielo.
3. Pero ya en este mundo somos cada
vez más felices en la medida
que vivimos con mayor plenitud nuestra
vocación al amor, a la verdad,
a la libertad y a la felicidad, y
realizamos así más plenamente
lo que da todo su sentido a nuestra
vida: ser imagen y semejanza de Dios.
Como cristianos, pensamos en el único
Dios que se ha revelado como una comunión
de tres personas felices -el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo-,
que se comunican y se donan mutuamente,
y cuyas obras son siempre obras de
amor, que buscan el bien integral
de cada ser humano. Contemplar a Dios,
confiar en Él, colaborar con
Él en justicia, libertad y
verdad, como hermanos entre nosotros
y constructores de la comunión
y la paz, preocupados de los más
cercanos, y de los pobres, marginados
y afligidos, nos hace felices ya en
este mundo.
4. Sin embargo, tanto la historia
de la humanidad como la historia de
la salvación nos muestran que,
a veces puntualmente y a veces durante
un largo tiempo, personas y pueblos
perseveran en la búsqueda de
la realización de algún
anhelo, fuera de la órbita
del bien y la verdad; y así
de hecho se extravían, persiguiendo
su cumplimiento por caminos errados.
Además, pueden ser oprimidos
por quienes les imponen ideologías
que distorsionan la verdad acerca
de lo humano, o por quienes no respetan
ni la dignidad humana ni el Evangelio
de Jesucristo. Juan Pablo II decía:
"en nuestro siglo han vuelto
los mártires, con frecuencia
desconocidos, casi 'milites ignoti'
de la gran causa de Dios" . El
siglo XX ha sido, en verdad, un siglo
de mártires.
b. A la luz de la revelación
5. Cuando el desconcierto generalizado
nos hace difícil reconocer
nuestra vocación y sus caminos,
emerge la Palabra de Dios como una
poderosa luz que orienta a los que
buscan y son peregrinos . Como cristianos
no queremos separar los anhelos que
brotan de nuestra naturaleza humana
de la luz de la fe. La revelación
ilumina los anhelos más profundos
que Dios puso en nuestro corazón
al crearnos. Así comprendemos
que esa inquietud interior, que nace
de nuestra vocación a la plenitud
y a la felicidad, proviene del maravilloso
designio del Padre que fundamenta
nuestra existencia. Fuimos creados
-varón y mujer- a imagen de
la Santísima Trinidad, para
gozar del amor de nuestro Dios. "El
hombre ha sido creado por Dios para
un destino feliz" (GS 18) .
6. Después del primer pecado,
Dios no quiso abandonarnos en este
mundo. Optó por no dejarnos
con concepciones erradas de sí
mismo, productos de nuestros propios
pensamientos y fantasías. Quiso
satisfacer personalmente nuestra sed
de verdad. Ya en el Antiguo Testamento
tomó una iniciativa inaudita,
la de revelarse. Mediante sus palabras
y sus obras, Dios se manifestó
como nuestro Padre y Pastor, como
el Señor de la Historia, como
nuestro Legislador y Juez.
7. En la historia del Pueblo de la
Alianza emergen vigorosamente sus
iniciativas: en la elección
de Abraham y de los patriarcas, en
la liberación de la esclavitud
de Egipto, y en la entrega de las
tablas de la ley, es decir, de los
caminos que harían de Israel
un pueblo capaz de adorarlo y de vivir
en la paz, el amor y el respeto fraterno,
sin ídolos ni miserias ni esclavitudes.
También tomó nuevas
iniciativas, hablándonos a
través de los profetas.
8. Con la sabiduría de su relación
personal con Dios, que conversaba
con él "cara a cara, como
un hombre habla a un amigo" (Ex
33, 11), Moisés exhortó
a los israelitas a amar a Dios "con
todo tu corazón, con toda el
alma, con todas sus fuerzas"
(Dt 6, 5) y a cumplir los mandamientos.
Para el pueblo escogido como propiedad
suya (cf. Ex 19, 5), éstos
serían el camino que lo conduciría
a la vida y la felicidad, y lo apartaría
de la desgracia y de la muerte (cf.
Dt 30, 15). Los diez mandamientos
permanecen, también hoy, señalizando
el camino a la felicidad.
9. De los mandamientos fluyó
la legislación que regulaba
la relación con la tierra y
con los bienes. El hombre sería
un administrador de los bienes de
Dios, quien reguló su posesión
y su uso, de manera que todos tuvieran
lo necesario para vivir con dignidad,
y nadie cayera en la miseria o en
la avaricia, que los devolvería
a la esclavitud de la cual Dios los
había liberado.
10. Por el misterio de la Encarnación,
el Hijo de Dios se hizo nuestro hermano
y salvador. "Pues todas las promesas
de Dios se han cumplido en Él.
Por eso el 'Amén' con que glorificamos
a Dios lo decimos por medio de Él"
(2 Cor 1, 20). Por su muerte y resurrección
venció al demonio que nos separa
de la realización de nuestra
vocación verdadera y de los
anhelos que le dan aliento y la acompañan.
Él derribó el muro de
la enemistad y es nuestra Paz (Cf.
Ef 2, 13-22). Nos ha hecho experimentar
el amor de Dios. El es nuestro Camino
hacia el Padre, y sin descanso nos
amó hasta el extremo de dar
su vida por nosotros. Con su sangre
selló la alianza, y nos reconcilió
con el Padre y entre nosotros. Así
nos elevó, constituyéndonos
miembros de la "familia de Dios"
(Ef 2, 19). Así dignificó
a la mujer, a la familia y al trabajo.
Él es la Verdad, y sacia nuestra
sed de verdad sobre Dios y sobre el
hombre, siendo el rostro del Padre
vuelto hacia la humanidad, y el rostro
de los hombres en conversación
con el Padre y colmado de bondad para
los hermanos.
11. Él sacia nuestra sed de
amistad, siendo nuestro hermano y
llamándonos no siervos, sino
amigos. Nos encamina hacia la contemplación
de Dios, enseñándonos,
ya en este mundo, a descubrir el resplandor
de la belleza de Dios en todo lo creado.
Responde a nuestras búsquedas
de justicia y fraternidad, invitándonos
a construir con su ayuda el reino
de la verdad y la vida, la santidad
y la gracia, la justicia, el amor,
y la paz . El anhelo de ser libres
recibe de su Espíritu el don
de la filiación y así
de la gloriosa libertad de los hijos
de Dios (cf. Rom 8, 21). Por la incorporación
a Él, nuestra vid verdadera,
se revela como nuestra Vida. Participando
de la vida divina, somos semejantes
a Él (cf. Rm 8, 29), también
en el servicio a los hermanos, que
nos confiere la felicidad de darnos
y de dar (cf. Hch 20, 35; 2Cor 9,
7).
12. En una palabra, en virtud de su
Encarnación y de su Pascua,
Jesucristo sacia nuestra sed de felicidad
y nos otorga ya ahora, en la esperanza,
la dignidad de ser "ciudadanos
del cielo" (Flp 3, 20), de permanecer
en su amor al Padre y a nosotros -especialmente
a los hambrientos, sedientos, forasteros,
desnudos, enfermos y encarcelados
(Cf. Mt 25, 31ss), y de recibirlo
en la Eucaristía como alimento
de vida eterna y pan bajado del cielo
para la vida del mundo.
13. Jesucristo proclamó el
nuevo código de la felicidad,
las Bienaventuranzas. No abolió
el código del Sinaí,
pero sí lo interiorizó
y elevó. Las bienaventuranzas
dibujan el rostro de Jesús,
de Aquel que disipa todo temor, y
a cuyo encuentro caminamos. Describen
su caridad y expresan nuestra vocación,
asociada a su pasión y resurrección.
Así iluminan las acciones y
las actitudes características
de la vida cristiana. Son promesas
paradójicas que sostienen la
esperanza en las tribulaciones, anuncian
a los discípulos las bendiciones
y las recompensas que ya están
presentes de manera germinal, y que
han quedado inauguradas en la vida
de la Virgen María y de todos
los santos. Su meta, la de ver a Dios
y obtener la vida eterna, la alegría
y el gozo de la recompensa en los
cielos, es obra de Dios, don gratuito
de su infinito amor .
14. Estamos llamados a vivir las Bienaventuranzas
como apóstoles, testigos y
colaboradores de Cristo, que cuentan
con su compañía y su
poder, y han sido enviados a anunciar
el Reino de Dios hasta los confines
de la tierra (cf. Mt 28, 20). Para
ello nos envió con el Padre
el Espíritu Santo, Amor que
ha sido derramado en nuestros corazones,
que nos transforma y asemeja a Jesús
(cf. Col 3, 17), de modo que pensemos,
sintamos, amemos y actuemos como Él.
Nos convocó en la comunidad
de los hijos de Dios, de los discípulos
y misioneros de Jesucristo, en una
palabra, en su Iglesia, enviada a
amar, perdonar, enseñar, servir,
santificar y guiar, en una palabra,
a vivir como Él. Sus discípulos
son cristianos, 'otros cristos' (cf.
Hch 11, 26; Rm 8, 29), en la fuerza
y la sabiduría de su Espíritu.
15. Jesucristo no nos ocultó
el precio del encuentro con Dios,
y de una vida en este mundo como ciudadanos
del cielo, como evangelizadores suyos
y constructores de la civilización
del amor. Si queremos vivir como discípulos
suyos, siguiendo sus huellas, tenemos
que abrazar la cruz (cf. Mt 10, 38;
16, 24), porque si el grano de trigo
no muere, no llevará fruto
alguno (cf. Jn 12, 24). San Pablo
no se cansará de decir que
él no quiere gloriarse en nada
que no sea la cruz de Cristo (cf.
Gal 6, 14). Sólo a través
de la cruz se llega a la vida y la
resurrección. No se trata simplemente
del dolor, sino del sufrimiento que
expresa un gran amor, que es ofrecimiento
filial al Padre por los demás,
en el heroísmo de la fe, la
esperanza y la caridad. San Pablo
se alegra por los padecimientos que
soporta en favor del Cuerpo de Cristo,
que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).
16. Siendo testigo del amor infinito
de Dios que se nos reveló en
el rostro de Cristo, como también
en sus enseñanzas y en sus
milagros, y sobre todo en su muerte
y resurrección, el cristianismo
nació y se extendió
como una Buena Noticia para la humanidad.
De hecho se inició el tiempo
de la Nueva Alianza con sendos mensajes
de alegría: el que recibió
Zacarías, por el nacimiento
de Juan Bautista (cf. Lc 1, 14.44);
el que recibió la Virgen María
con el saludo del ángel (cf.
Lc 1, 28.47), al cual ella respondería
con generosidad, alegrando así
a su Dios y Señor; y el mensaje
a los pastores, después del
nacimiento en Belén: "Les
anuncio una gran alegría que
lo será para ustedes y para
todo el pueblo: les ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un Salvador,
que es el Mesías, el Señor"
(Lc 2, 10s). Esta misma Buena Noticia
la proclamó Jesús en
la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,
28).
17. Como una buena noticia surgieron
las primeras comunidades después
de Pentecostés. "Se dedicaban
con perseverancia a escuchar la enseñanza
de los apóstoles, vivían
unidos y participaban en la fracción
del pan y en las oraciones. (...)
Todos los creyentes vivían
unidos y tenían todo en común.
Vendían sus posesiones y haciendas
y las distribuían entre todos,
según la necesidad de cada
uno. Con perseverancia acudían
diariamente al templo, partían
el pan en las casas y compartían
los alimentos con alegría y
sencillez de corazón; alababan
a Dios y se ganaban el aprecio de
todo el pueblo." (Hch 2, 42-47).
"Todos pensaban y sentían
lo mismo" (Hch 4, 32).
18. Y a pesar de las terribles persecuciones
que desencadenaron contra ellos los
poderosos de su tiempo, que los llevó
a dar testimonio del Camino, la Verdad
y la Vida hasta el martirio, el cristianismo
se expandió por la antigüedad
como una verdadera explosión
de gozo, como una corriente de fe,
sabiduría y esperanza, proclamando
la verdad sobre Dios y la dignidad
del hombre y de la comunidad, y viviéndolas
con ardor misionero.
19. Los apóstoles recibieron
el mandato de Jesús: "Vayan
y hagan discípulos a todos
los pueblos, bautícenlos para
consagrarlos al Padre y al Hijo y
al Espíritu Santo, enseñándoles
a poner por obrar todo lo que les
he mandado. Y sepan que Yo estoy con
ustedes todos los días hasta
el final de los tiempos" (Mt
28, 18-20). En cumplimento de este
mandato, la Iglesia salió mucho
más allá de las fronteras
del Imperio Romano, movida por el
Espíritu Santo, a hacer discípulos
de Jesucristo, que aprendieran a los
pies del Señor, interiorizaran
su Palabra de vida eterna y la encarnaran
en su vida.
20. El cumplimiento del mandato de
Cristo tanto en Roma como en muchos
otros lugares de la tierra, al inicio,
en los siglos siguientes y hasta el
día de hoy, estuvo acompañado
del martirio. Morir por fidelidad
a Cristo, sufriendo sus padecimientos,
ha sido la forma sublime de ser testigos
de la Encarnación y la Pascua
del Señor. La gozosa esperanza
de acompañarlo en el cielo
mitigaba los horribles tormentos.
Ver a Dios "tal cual es"
(1 Jn 3, 2), "cara a cara"
(1 Co 13,12: Ap 22,4), encontrarse
con Cristo en la gloria del Padre,
vivir en comunión de vida y
de amor con la Sma. Trinidad, con
la Virgen María, con los ángeles
y con los santos, gozando para siempre
de todos los frutos de la redención,
disfrutando plenamente de la felicidad
y la paz de Dios, alabándolo
y colaborando con Él, es el
contenido definitivo de nuestra esperanza.
Preguntas:
1. ¿Cuáles
son los anhelos más profundos
de la vocación humana?
2. ¿Qué podemos hacer
para que nuestra sociedad camine hacia
la felicidad?
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2.
Desde la llegada del Evangelio a América
Latina
y el Caribe vivimos nuestra fe con gratitud
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a.
Nuestros pueblos recibieron la bendición
del encuentro con Jesucristo vivo
21. Por un sabio y bondadoso designio
de la Providencia divina llegó
hasta las tierras de este Continente
esa corriente de amistad con Dios,
de vida nueva y de promoción
humana que inició Jesucristo
con su Encarnación y su Pascua,
y que impulsa a lo largo de los siglos
el Espíritu con fuerza pentecostal.
22. Llegó a unos pueblos cuya
vida ya estaba acompañada por
"la presencia creadora, providente
y salvadora de Dios". En ellos
las semillas del Verbo, que estaban
presentes en un hondo sentido religioso,
esperaban el rocío fecundo
del Espíritu. Eran muchos los
valores que los caracterizaban y que
los predisponían a una más
pronta recepción del Evangelio
. A los primeros habitantes de estas
tierras llegó el bautismo,
y la conciencia de su dignidad como
hijos de Dios.
23. Dios quiso valerse de la aparición
de la Virgen de Guadalupe, de su maternidad,
su amor personal y su mirada compasiva,
para abrir las puertas del corazón
de los pueblos autóctonos a
Jesucristo, Buena Noticia del Padre
para su vida. En ella descubrieron
el amor de Dios y su benevolencia
hacia todos ellos. Juan Pablo II se
refirió a esta obra de Dios,
diciendo: "En la figura de María
-desde el principio de la cristianización
del Nuevo Mundo y a la luz del Evangelio
de Jesucristo- se encarnaron auténticos
valores culturales indígenas"
.
24. Hasta hoy nos inspira el ejemplo
de quienes plantaron la vida cristiana
en nuestros pueblos latinoamericanos
y caribeños. "Nuestro
radical substrato católico
con sus vitales formas vigentes de
religiosidad, fue establecido y dinamizado
por una vasta legión misionera
de obispos, religiosos y laicos. Está
ante todo la labor de nuestros santos,
como Toribio de Mogrovejo, Rosa de
Lima, Martín de Porres, Pedro
Claver, Luis Beltrán y otros...
quienes nos enseñan que, superando
las debilidades y cobardías
de los hombres que los rodeaban y
a veces los perseguían, el
Evangelio, en su plenitud de gracia
y amor, se vivió y se puede
vivir en América Latina como
signo de grandeza espiritual y de
verdad divina" .
25. Sabemos, sin embargo, como lo
recuerda el Documento de Puebla, que
"la generación de pueblos
y culturas es siempre dramática;
envuelta en luces y sombras"
y que "la Evangelización,
como tarea humana, está sometida
a las vicisitudes históricas,
pero siempre busca transfigurarlas
con el fuego del Espíritu en
el camino de Cristo, centro y sentido
de la historia universal, de todos
y cada uno de los hombres" (n.
6). Por eso mismo, recordamos con
gratitud a los "intrépidos
luchadores por la justicia, evangelizadores
de la paz, como Antonio de Montesinos,
Bartolomé de las Casas, Juan
de Zumárraga, Vasco de Quiroga,
Juan del Valle, Julián Garcés,
José de Anchieta, Manuel Nóbrega
y tantos otros que defendieron a los
indios ante conquistadores y encomenderos
incluso hasta la muerte, como el Obispo
Antonio Valdivieso" (Ibidem n.
8).
26. De los hechos generosos de los
primeros evangelizadores nos decía
el Papa Juan Pablo II, en el discurso
inaugural de Santo Domingo: "Los
datos históricos muestran que
se llevó a cabo una válida,
fecunda y admirable obra evangelizadora
y que, mediante ella, se abrió
camino de tal modo en América
Latina la verdad sobre Dios y sobre
el hombre que, de hecho, la evangelización
misma constituye una especie de tribunal
de acusación para los responsables
de aquellos abusos" (n. 4) .
27. Conscientes de ello, compartimos
el dolor de quienes fueron testigos
de aquellas jornadas de la conquista
que se caracterizaron por abusos de
conquistadores sin escrúpulos
. Y nos duelen con intensidad no menor
los sufrimientos de quienes fueron
arrancados de sus familias y de su
patria y sometidos a esclavitud .
Con razón se unieron los Obispos
reunidos en Santo Domingo a la petición
de perdón que hizo Juan Pablo
II en la isla de Gorea, en el Senegal,
el 21 de febrero de 1992 por este
"holocausto desconocido"
. Ese dolor nos pide que miremos nuestro
entorno para descubrir nuevas situaciones
que contradicen el trato que se merece
la dignidad humana de quienes sufren.
28. El Documento de Puebla evocó
también otros tiempos dolorosos
para la Iglesia en el Continente.
Dice: "A aquella época
de la Evangelización (fundante),
tan decisiva en la formación
de América Latina, tras un
ciclo de estabilización, cansancio
y rutina, siguieron las grandes crisis
del siglo XIX y principios del XX,
que provocaron persecuciones y amarguras
a la Iglesia, sometida a grandes incertidumbres
y conflictos que la sacudieron hasta
sus cimientos. Venciendo esta dura
prueba, la Iglesia logró, con
poderoso esfuerzo, reconstruirse y
sobrevivir. Hoy, principalmente a
partir del Concilio Vaticano II, la
Iglesia se ha ido renovando con dinamismo
evangelizador, captando las necesidades
y esperanzas de los pueblos latinoamericanos."
(n. 11).
29. A mediados del siglo pasado, en
el año 1955 los Obispos congregados
en Río de Janeiro, en la I
Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, expresaron: "Hemos
considerado, por tanto, lo mucho que,
por la gracia de Dios, hay de laudable
y consolador en esta situación
(religiosa de cada uno de los países
de América Latina), todo lo
que hace de Latinoamérica un
inmenso continente que se enorgullece
de su fe católica y una magnífica
esperanza para toda la Iglesia de
Cristo" (Preámbulo de
las Conclusiones, 4 de agosto de 1955)
30. La III Conferencia General, celebrada
en Puebla, se refiere a la nueva etapa
de nuestra historia: "Sobre todo
a partir de Medellín, con clara
conciencia de su misión, abierta
lealmente al diálogo, la Iglesia
escruta los signos de los tiempos
y está generosamente dispuesta
a evangelizar, para contribuir a la
construcción de una nueva sociedad,
más justa y fraterna, clamorosa
exigencia de nuestros pueblos. De
tal modo, tradición y progreso,
que antes parecían antagónicos
en América Latina, restándose
fuerzas mutuamente, hoy se conjugan
buscando una nueva síntesis
que aúna las posibilidades
del porvenir con las energías
provenientes de nuestras raíces
comunes. Así, en este vasto
movimiento renovador, que inaugura
una nueva época, en medio de
los recientes desafíos, los
pastores aceptamos la secular tradición
episcopal del Continente y nos preparamos
para llevar, con esperanza y fortaleza,
el mensaje de salvación del
Evangelio a todos los hombres, especialmente
a los más pobres y olvidados"
(n. 12).
Preguntas:
1. ¿Considera
que la obra evangelizadora desarrollada
en su comunidad ha hecho posible conocer
la verdad sobre Dios y sobre el hombre?
2. Los laicos, ¿han asumido
un rol protagónico en la evangelización
y promoción humana?
3. ¿Qué elementos de
nuestro entorno contradicen el trato
que merece la dignidad humana?
b.
Una Iglesia viva, fermentada por la
experiencia de la gracia de Dios
31. Recordamos con admiración
y gratitud la fe, el heroísmo,
la valentía y la santidad de
quienes fueron instrumentos de la
evangelización en el pasado
lejano y más reciente. A pesar
de nuestros pecados y de las debilidades
de la Iglesia, sus vidas y sus obras
nos facilitan descubrir los signos
de la bendición de Dios en
nuestros días. Agradecemos
el signo actual más notable:
el crecimiento del número de
quienes se encuentran con Jesucristo
y se comprometen con Él. Crece
de manera vigorosa el fermento constituido
por personas y comunidades cuya vida
es atrayente, porque permanecen en
el amor y en la misión de Cristo,
porque en ellas vive el misterio de
la Iglesia, misterio de comunión
misionera. Crece el fermento que tiende
a una nueva cultura de savia cristiana.
32. Esta bendición de Dios,
que convierte nuestro continente en
el Continente de la Esperanza, nos
compromete a dar una respuesta gozosa
y misionera, desde la riqueza de la
Buena Noticia, a quienes buscan a
tientas satisfacer su sed de sentido,
de humanidad, de felicidad y trascendencia.
Nos compromete también a hacer
fecunda la inconmensurable riqueza
y el dinamismo del Evangelio que Nuestro
Señor le ha regalado a las
comunidades de la Iglesia en Latinoamérica
y el Caribe. Nuestro corazón,
con ilimitada confianza y con todas
nuestras fuerzas está llamado
a colaborar con Él. Admiramos
su obra, tanto en quienes lo buscan
sin conocer a la Iglesia, como en
quienes lo encuentran en ella y salen
a anunciarlo.
33. Al recordar algunos de los dones
que nos han enriquecido desde el Concilio
Vaticano II, no podemos olvidar la
gratitud que le guardamos al Papa
Juan Pablo II. Sus peregrinaciones
a nuestros países marcaron
otros tantos hitos imborrables de
su historia. El testimonio suyo, de
hombre de Dios, su fecundo Magisterio,
como asimismo la preparación
y la celebración del Gran Jubileo
del año 2.000, encendieron
en una multitud de cristianos un nuevo
ardor, robustecieron su fe, nos facilitaron
el discernimiento de los signos del
tiempo, y despertaron innumerables
iniciativas pastorales. Gran difusión
e influencia han tenido últimamente
la Exhortación apostólica
Ecclesia in America -con su orientación
pastoral hacia el "Encuentro
con Jesucristo vivo, camino para la
conversión, la comunión
y la solidaridad"-, la Carta
apostólica Novo Millennio Ineunte,
el Catecismo de la Iglesia Católica,
y la reciente Carta encíclica
Ecclesia de Eucharistia. También
la preparación, la celebración
y los documentos conclusivos de las
Conferencias Generales del Episcopado
de Latinoamérica y del Caribe
orientaron y enriquecieron grandemente
la vida de la Iglesia y su trabajo
evangelizador.
34. No queremos negar nuestras debilidades,
en las cuales se manifiesta la fuerza
de Cristo (cf. 2Cor 12, 9), pero tampoco
podemos desconocer los signos de esperanza
que muestran el sembrado de Dios que
crece, regado por ese torrente de
agua viva que es el Espíritu
vivificador. Todos ellos son imprescindibles
puntos de arranque para nuestros planes
pastorales. Cada comunidad cristiana
y cada Iglesia particular los puede
contar y valorar. Recordemos algunos:
a. Mientras
en el mundo occidental crece el
número de los que no creen
en Dios, en Latinoamérica
y el Caribe la fe en Dios pertenece
al patrimonio del pueblo. Cerca
de un 90 % de sus habitantes creen
en Dios, y un alto porcentaje
asegura que Dios es importante
para su vida. La fe en Jesucristo
distingue a los habitantes del
Continente; también las
celebraciones de la Semana Santa.
Desde la preparación al
Jubileo, el Pueblo de Dios ha
tomado más conciencia de
la presencia y la acción
del Espíritu Santo.
b. Crece también la vitalidad
de la fe en quienes participan
en las gozosas celebraciones litúrgicas
y en la vida de las parroquias,
de sus comunidades de base, de
los movimientos eclesiales y de
otros itinerarios de iniciación
y formación cristiana.
En la vida de incontables bautizados
y, cada vez más, de un
gran número de comunidades,
crece el amor a la Palabra de
Dios, y la Eucaristía tiene
un lugar central.
c. En nuestras Iglesias particulares
siguen creciendo las manifestaciones
de la piedad y la religiosidad
populares , del amor a la Santísima.
Virgen y de la devoción
al Santo Padre. La fe de la Iglesia
en la común vocación
de los bautizados a la santidad,
se ha fortalecido con los nuevos
beatos y santos. En muchos países,
son los primeros de su historia.
d. Nos infunden confianza las
parroquias misioneras, las comunidades,
los movimientos y las asociaciones
que son verdaderas escuelas del
discipulado y del seguimiento
del Señor. Y nos llenan
de esperanza los seglares -de
los cuales muchos son jóvenes-
que en ellos se forman o se han
formado.
e. Los esfuerzos pastorales de
la Iglesia -en los cuales participan
de corazón incontables
religiosos y religiosas- desde
hace años se orientan hacia
la Nueva Evangelización.
En ella ocupa un lugar central
la dedicación a quienes
están heridos por la pobreza,
en sus más diversas formas.
f. En el horizonte espiritual
de las parroquias y las demás
comunidades, salvo excepciones,
viven las grandes consignas entregadas
por el Papa Juan Pablo II. Él
nos convocó a ir al encuentro
con Jesucristo vivo, a contemplar
su rostro y a recorrer sus caminos
unidos a la Virgen María,
a construir una Iglesia que sea
casa y escuela de la comunión,
la oración y el espíritu
misionero, a aspirar a la santidad
y a hacer de la Eucaristía
la fuente y la cumbre de la vida.
Nos planteó además
el desafío de globalizar
la solidaridad, evangelizar la
cultura y desplegar la imaginación
de la caridad.
g. Crece el compromiso de incontables
laicos en la edificación
de la Iglesia y en su misión
evangelizadora. Se incrementa
el número de los Delegados
de la Palabra y de los catequistas
- personas y familias misioneras-
que se empeñan en adquirir
y entregar una buena formación.
h. Se ha multiplicado el número
de las escuelas para la formación
inicial y continua de diáconos
permanentes, y éstos trabajan
fecunda y abnegadamente -los que
son casados, normalmente con el
apoyo abnegado de sus esposas
e hijos- en las comunidades parroquiales,
y en otros campos específicos
de la pastoral ambiental. Es indispensable
continuar, con su valiosa cooperación,
el proceso de selección,
una formación seria y una
atención cuidadosa a los
candidatos, así como también
un acompañamiento solícito
no sólo de estos ministros
sagrados, sino también,
en el caso de los diáconos
casados, de su familia, esposa
e hijos .
i. El Santo Padre Juan Pablo II
con las Jornadas Mundiales y continentales
de la Juventud y los muchos encuentros
con los jóvenes en sus
incansables viajes, ha estimulado
el desarrollo de una pastoral
de juventud atractiva que ha agrupado
a millones de jóvenes en
torno a la persona de Jesucristo
como esperanza de auténtica
vida. El Papa Benedicto XVI también
la impulsa con similar dedicación.
j. Si bien es cierto el hecho
de que se fortalecen con nuevas
vocaciones las diócesis
que impulsan fecundamente la pastoral
vocacional y entre las vocaciones
comienzan a multiplicarse las
vocaciones misioneras, sobre todo
en el propio país, pero
también las llamadas a
la misión 'ad gentes',
no obstante eso, vemos que es
necesario implementar una pastoral
vocacional mucho más efectiva.
Para ello, es necesario que esta
pastoral esté inserta en
la pastoral orgánica de
la diócesis, en estrecha
vinculación con la pastoral
familiar y la juvenil. Sin embargo,
no debemos olvidar que el fundamento
de la eficacia de la pastoral
está en la oración,
en la frecuencia de los sacramentos
de la Eucaristía y la Reconciliación,
la catequesis de la confirmación,
la devoción mariana, el
acompañamiento con la dirección
espiritual y un compromiso misionero
concreto; éstos son los
principales medios que ayudarán
a los jóvenes en el discernimiento
de su vocación sacerdotal
o de vida consagrada .
k. En los planes pastorales se
da cada vez más lugar al
"cuidado de la pastoral de
la familia, asediada en nuestros
tiempos por graves desafíos,
representados por las diversas
ideología y costumbres
que minan los fundamentos mismos
del matrimonio y de la familia
cristiana" , si bien, en
términos generales, la
pastoral familiar todavía
no es una dimensión transversal
de todos los esfuerzos pastorales.
Sin embargo, se forman familias
que son verdaderas 'iglesias domésticas'
y 'santuarios de la vida'. Comienzan
a preocuparse por otras familias
en dificultad o ya deshechas.
l. Se implementa, más recientemente,
la pastoral de los presbíteros.
Por este servicio pastoral reciben
más apoyo los sacerdotes,
a través del acompañamiento
espiritual, de la formación
permanente, de los encuentros
en las pequeñas comunidades
que forman y en las reuniones
del presbiterio, de ejercicios
espirituales y de la ayuda que
necesitan y buscan en etapas críticas
de sus vidas.
m. La Iglesia se ha visto enriquecida
con una pastoral social que busca
responder a las necesidades urgentes
de nuestros pueblos. De hecho,
en ella ha tenido una gran influencia
la opción preferencial
por los pobres, proclamada inicialmente
por Medellín y de manera
más explícita por
Puebla (ver 1134-1165) y Santo
Domingo (ver 178-161) y el contenido
evangélico y teológico
de la liberación, que ha
abierto un nuevo horizonte a la
acción evangelizadora.
. Ha repercutido como una opción
no excluyente pero sí irrevocable,
no sólo en la pastoral
social , sino también en
muchas otras orientaciones y decisiones
eclesiales y en el espíritu
de incontables fieles, sacerdotes,
religiosas y religiosos. Ha buscado
su norte en las opciones de Jesús,
y su campo de aplicación
también en las nuevas formas
de pobreza, incluyendo toda suerte
de marginaciones y adicciones.
Esta opción, además
de otros motivos, ha impulsado
a los pastores, en circunstancias
muy difíciles, a cumplir
con su misión de ser instrumentos
de paz y reconciliación.
n. Hay que mencionar en esta breve
enumeración, el esfuerzo
que hacen muchas Iglesias particulares
por despertar en los pastores
y en los laicos el espíritu
de comunión, participación
y corresponsabilidad, manifestado
en incontables comunidades eclesiales
de base y en los ministerios laicales,
como asimismo en la multiplicación
de los consejos pastorales -diocesanos,
parroquiales, sectoriales y de
otras comunidades-, en los que
los laicos asumen la misión
de fortalecer la Iglesia en sus
diferentes niveles.
o. Se expresa esta participación
y corresponsabilidad en el compromiso
creciente con el autofinanciamiento
de nuestras Iglesias particulares.
Así se está dando
un claro y progresivo testimonio
de gratitud al Señor por
los bienes recibidos, de reconocimiento
de su señorío sobre
todos los bienes de la tierra,
y de pertenencia y compromiso
con la comunidad eclesial, poniendo
cada uno a su disposición
talentos, tiempo y bienes, en
favor de la vida y la misión
evangelizadora de la Iglesia.
p. En la Iglesia surgen iniciativas
y departamentos diocesanos de
diálogo ecuménico
e interreligioso. Con otras iglesias
y comunidades cristianas se abre
camino un esfuerzo de comunión
que tiene su raíz en el
Bautismo. También nace
en la Iglesia en estos últimos
años una mayor colaboración
con comunidades judías.
Con las religiones no cristianas
la Iglesia quiere subrayar los
elementos de verdad dondequiera
que puedan encontrarse. Las personas
de creencias diversas, que valoran
el trabajo ecuménico e
interreligioso, precisamente por
su adhesión a las mismas,
esperan trabajar juntas por la
paz y la justicia.
35. Seguramente
cada comunidad que trabaje este documento
podrá sumar a esta lista otras
constataciones o, con pena, no reconocerse
en todas ellas. Pero todos, con mucha
gratitud, queremos tomar conciencia
de la vida que palpita en la Iglesia
de América Latina y el Caribe,
como un gran don de la bondad y la
sabiduría del Padre. Asimismo,
del compromiso con el Señor
y su Evangelio que crece entre nosotros,
y de la comunión y participación
que ha suscitado el Espíritu
Santo, y que caracteriza cada vez
más a los fieles laicos en
nuestras comunidades. Agradecemos
el espíritu misionero y solidario
que nace entre quienes han recibido
la gracia de experimentar el encuentro
con Jesucristo, vivo Evangelio del
Padre, el gran amor a la Virgen María,
que nos precedió por los caminos
de la fe, la esperanza y el amor,
y tantos otros dones de Dios.
Preguntas:
1. ¿Cómo
celebra la vida de fe su comunidad?
¿Qué lugar ocupa en
ella la Eucaristía?
2. ¿Cuáles han sido
los principales elementos de fe que
han permitido vivir el Evangelio y
construir la comunidad?
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3.
Discípulos y misioneros de Jesucristo
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36. Desde hace
ya largos años nos acompañan
las reflexiones sobre el tiempo que
Dios nos ha regalado como casa, como
atmósfera, como parte de nosotros
mismos y como desafío. Primero
tuvimos la intuición y luego
la certeza de vivir y evangelizar
en medio de un cambio formidable,
que comprendía las instituciones,
las personas y las comunidades, las
leyes y las costumbres, los sentimientos
y las ideas, las identidades y los
valores. En Puebla de los Ángeles,
hace 26 años, recibimos la
palabra orientadora de S.S. Juan Pablo
II, que llamaba nuestra atención
sobre la verdad de Jesucristo, de
la Iglesia y del hombre, y así
sobre nuestra propia identidad como
obispos, sacerdotes y laicos, en el
revuelto mundo eclesial y secular
de aquel entonces en América
Latina y el Caribe.
37. Esa pregunta inquietante acerca
de la identidad -y con ella, de la
plenitud de la vocación y la
misión cristianas-, vivida
en medio de expectativas, de pobrezas
y de adelantos científicos
y técnicos, como también
de apertura al mundo, de corrientes
culturales y de enfrentamientos en
el campo de los valores, no nos ha
abandonado. Buscando mayor claridad,
en el CELAM reflexionamos primero
sobre las 'megatendencias' de nuestro
tiempo , y posteriormente sobre el
complejo y multifacético fenómeno
de la globalización, como desafío
a la economía, la vida y la
identidad de nuestros pueblos y a
su Nueva Evangelización . Sobre
todo desde febrero del año
pasado, también en Puebla de
los Ángeles, nuestras reflexiones
sobre la V Conferencia General han
puesto ante nuestros ojos el horizonte
amplio de la realidad de nuestro sub-continente,
y de las fuerzas dinámicas
que quieren configurarlo.
38. Ese horizonte, del cual trataremos
más adelante (ver Capítulo
IV), lleno de realidades nuevas, de
investigaciones asombrosas, de vacilaciones
éticas, de sufrimientos y de
búsquedas esperanzadas, de
nuevas propuestas religiosas, de inequidades,
adicciones y corrupciones, pero también
de ansias de solidaridad, lleno de
desafíos seculares, nos recuerda
profecías de hombres visionarios.
Uno de ellos, Karl Rahner, decía
que en el siglo XXI el cristiano o
bien será un místico,
o no será. Pues bien, tanto
la orientación pastoral de
la Iglesia en América, que
va al encuentro de Jesucristo, como
la voluntad de responder vigorosamente
a los desafíos de nuestro tiempo,
y de extraer de la riqueza de nuestra
fe todas sus potencialidades para
tener una vida más feliz y
más plena, para comunicar a
otros la Buena Noticia que da sentido
a nuestra vida, y para transformar
el mundo y caminar en la esperanza
hacia los cielos nuevos y la tierra
nueva (cf. 2Pe 3, 13; cf. Ap 21, 1-2),
nos ha conducido al tema de nuestra
próxima Conferencia General
del Episcopado latinoamericano y del
Caribe:
Discípulos
y misioneros de Jesucristo,
para que nuestros pueblos en Él
tengan vida.
-"Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida" (Jn 14, 16)
Por
eso, avancemos hacia este gran horizonte
rico en cercanía de Jesús,
en fidelidad a Él y en voluntad
de servir a nuestros pueblos.
a. Por
el encuentro con Jesucristo vivo,
discípulos y misioneros suyos.
39. El
encuentro con Jesucristo es la raíz,
la fuente y la cumbre de la vida de
la Iglesia y el fundamento del discipulado
y de la misión. La Iglesia
vive por ese encuentro y es la razón
más profunda de nuestra fe,
de nuestra esperanza y de nuestra
caridad. Con razón dice San
Pablo: "Todo lo considero pérdida
al lado de la experiencia superior
de haber conocido a Cristo, Jesús,
mi Señor" (Flp 3, 8).
40. Cristo es y será siempre
"la verdadera novedad que supera
todas las expectativas de la humanidad"
(IM 1.4). Por el encuentro con Él,
los seres humanos sabemos quiénes
somos, de dónde venimos y hacia
dónde vamos. Y por eso, el
mejor servicio que podemos hacer al
mundo contemporáneo es dar
testimonio de Él y anunciarlo
vivo, resucitado y presente, y que
con su Espíritu dirige la historia
hacia el cumplimiento de sus promesas.
De hecho, "El núcleo esencial
de la gran herencia que nos deja el
Jubileo [
] es la contemplación
del rostro de Cristo: contemplado
en sus coordenadas históricas
y en su misterio, acogido en su múltiple
presencia en la Iglesia y en el mundo,
confesado como sentido de la historia
y luz de nuestro camino" (NMI
15, 1).
41. En la Exhortación Apostólica
Ecclesia in America el Papa Juan Pablo
II nos señaló que "el
encuentro con Jesucristo vivo"
(I) es el punto de partida de toda
acción pastoral. En el hoy
de nuestra América (II), Él
ilumina nuestra vida y todo trabajo
evangelizador. Es así como
la preparación a la V Conferencia
General es una ocasión propicia
para hacer un profundo discernimiento
acerca de la calidad de nuestra vida,
de las celebraciones litúrgicas,
del trabajo catequético, de
la acción social y solidaria,
preguntándonos si ellas conducen
al encuentro vivo con Jesús,
si lo celebran, si lo prolongan y
lo anuncian a quienes está
lejos de Él o no lo conocen.
Podremos repasar nuestra vida personal
y comunitaria a la luz de los encuentros
con el Señor en el Nuevo Testamento
(n. 8s), que se prolongan en el tiempo
de la Iglesia (n. 10). Recurramos
a la riqueza mariana de nuestros pueblos,
para encontrar a Jesús (n.
11) y descubramos los lugares de encuentro
con Cristo (n. 12), conscientes de
buscarlo para convertirnos en discípulos
y seguidores suyos.
42. El encuentro vital con el Señor
nos introduce en las dimensiones más
profundas de la vida. Gracias a Él
recibimos una nueva comprensión
teológica de la persona humana,
del cosmos, de la historia, de la
Iglesia y, por supuesto, del mismo
Dios que se hace cercano y accesible
en su misterio. Es el 'Splendor Veritatis'
que tanto marcó el Pontificado
del Papa Juan Pablo II, entendiendo
la verdad no como un concepto, sino
como el fruto de una nueva relación
con Dios, gracias a Jesús,
nuestro Señor. Él es
el "Sí" del Padre
a todas sus promesas (cf. 2Cor 1,
15-20), es el Camino al cumplimiento
de los anhelos más nobles que
abriga nuestro ser. "Él
es nuestra paz" (Ef 2, 14).
43. La V Conferencia nos brinda una
nueva oportunidad para reflexionar
sobre la profundidad de nuestro encuentro
con Jesucristo vivo; y para preguntarnos
en nuestras comunidades sobre la transformación
de nuestra vida que el Espíritu
del Señor ha obrado en nosotros
por el encuentro con Jesús,
sobre la coherencia de nuestra identidad
católica y la autenticidad
de nuestra vida cristiana, y sobre
la intensidad de nuestro ardor misionero,
examinándonos si anunciamos
y damos testimonio de Aquel que es
el Camino y la Vida a quienes están
lejos de Él o aún no
lo conocen, si bien lo buscan.
Preguntas:
1.
¿Cuáles son los lugares
y momentos donde podemos encontrarnos
con Jesucristo?
2. ¿Por qué decimos
que el encuentro con Jesucristo nos
permite saber quiénes somos,
de dónde venimos y hacia dónde
vamos?
b.
Discípulos de Jesucristo
44. Mientras mantenemos las grandes
metas de las Conferencias Generales
anteriores con relación a la
Nueva Evangelización, vemos
necesario dar un paso más y
llegar con profundidad a la persona
que se encuentra con el Señor,
llegar al sujeto que responderá
a los grandes desafíos de nuestro
tiempo. El término discípulo,
de gran riqueza bíblica, nos
abre el camino evangélico y
eclesial para llegar a ese sujeto
que se encuentra con Jesucristo vivo.
45. El discípulo de Cristo
es alguien que ha recibido al Señor
lleno de estupor. Como en Belén,
con María, José y los
pastores, ha acogido al Hijo de Dios
que se ha hecho pequeño y servidor
de todos, se ha acercado a su vida
y ha entrado en ella. Por eso, vive
contemplando su rostro (ver NMI II)
y asombrado por la venida de Dios
a este mundo como nuestro hermano
y salvador, por las obras de las cuales
es testigo, y por el don que no se
habría atrevido a soñar:
participar de su vida y recibirlo
como la sabiduría y la paz.
46. No es el discípulo quien
escoge al Maestro. Siempre ha sido
Jesús el que ha llamado al
discípulo y lo ha invitado
a seguirle (cf. Mc 3, 13-19). La primera
experiencia del discípulo consiste
en el llamado personal que le hace
Jesús, y en la voluntad de
seguirle que nace en él y que
lo mueve a dar su respuesta creyente
y amorosa, que lo lleva a configurarse
con Él. Esta respuesta lo vincula
inmediatamente a una comunidad de
fieles, en la que discierne luego
cuál es su misión en
la Iglesia y en la Sociedad.
47. En efecto, Jesucristo es el que
elige y llama (cf. Lc 6, 12-13). El
discípulo experimenta que la
elección manifiesta gratuitamente
el amor de predilección de
Dios. "Él nos amó
primero" (1 Jn 4, 19). Esta elección
amorosa da fuerzas al discípulo
para que pueda seguir a Cristo, conformar
su vida con Él y ponerse a
su servicio para la misión.
48. La invitación de Jesús
es personal: "Ven y sígueme"
(Lc 18, 22). A los suyos siempre los
llama por su nombre (cf. Jn 10, 4).
Algunas veces ocurre de manera casi
inmediata y se manifiesta con más
evidencia, pero la mayoría
de las veces acontece a través
de las mediaciones eclesiales y de
diversos acontecimientos de la vida,
contemplados a la luz de la fe.
49. La elección y llamada de
Cristo pide oídos de discípulo
(cf. Is 50, 4), es decir, oídos
atentos para escuchar y prontos para
obedecer. En una sociedad como la
nuestra donde las consignas más
ruidosas van en una dirección
opuesta a escuchar y obedecer, el
llamado de Cristo es una invitación
a centrar toda nuestra atención
en Él, y a pedirle de corazón
al Señor como Samuel "Habla,
que tu siervo escucha" (1 Sm
3,10), para percibir en lo profundo
de nuestros corazones la llamada que
nos invita a seguirlo.
50. A la elección y llamada
de Jesucristo el discípulo
responde con toda su vida. Se trata
de una respuesta de amor a una llamada
de amor. Estamos "llamados
a la perfección de la caridad"
(LG 40). Por eso la respuesta está
lejos de ser meramente intelectual.
A la elección amorosa de Jesús,
el discípulo responde, por
gracia de Dios, con la fidelidad hasta
la cruz y el testimonio de la Resurrección,
al grado de estar dispuesto a dar
la vida por los demás . Por
eso, el seguimiento y el testimonio
hasta dar la vida son dos aspectos
esenciales de la respuesta del discípulo.
51. El discípulo entra en comunión
de vida y de misión con Jesucristo.
Es una relación tan personal
y estrecha, que Cristo la compara
con la unión de los sarmientos
a la vid (cf. Jn 15, 1-17). Jesús
llamó a los apóstoles
"para que estuvieran con Él"
(Mc 3, 14); para que así "todos
sean uno lo mismo que lo somos tú
y yo, Padre. Y que también
ellos vivan unidos a nosotros"
(Jn 17, 21). Justamente en el amor
de unos a otros se les reconocería
como discípulos de Cristo (cf.
Jn 13, 35). Además declara
su amistad con ellos: "Ustedes
son mis amigos" (Jn 15, 14).
Con esta profunda amistad de vida,
Jesús también implica
a "sus amigos" en su propia
misión (cf. Jn 17, 18) y los
envía a anunciar el Evangelio
a todos los pueblos.
52. Para que esa comunión con
Él fuera cada vez más
plena, Jesucristo se entregó
a sus discípulos como el Pan
de vida eterna y los invitó
en la Eucaristía a participar
de su Pascua. "Como el Padre
que me envió posee la vida
y yo vivo por Él, así
también, el que me coma vivirá
por mí" (Jn 6, 57). Estas
palabras se constituyeron en una prueba
para sus discípulos. Unos lo
abandonaron (cf. Jn 6, 66). Pero permanecieron
como discípulos suyos los que
creyeron en Él (cf. Jn 6, 68).
Para sus discípulos Jesucristo
es el Pan de vida. Las primeras comunidades,
fieles al mandato del Señor,
se caracterizaban precisamente porque
"participaban en la fracción
del pan y en las oraciones" (Hch
2, 42).
53. Sus discípulos con frecuencia
llaman Maestro al Señor. Le
tienen una profunda admiración,
porque no les enseña como los
fariseos, sino con sabiduría
y autoridad. Arde su corazón
cuando les explica las profecías
y las parábolas. Además
les enseña a vivir conforme
a la voluntad del Padre con confianza
filial, encaminada a "participar
así en la gloriosa libertad
de los hijos de Dios" (Rom 8,
21). De Él aprenden las bienaventuranzas,
el camino de la Pascua y, en todo,
la sabiduría del Espíritu.
54. Como Buen Pastor Jesús
precede a sus discípulos y
los incorpora a su camino. Ser discípulo
será entonces "ir detrás
de" Jesús, para aprender
su nuevo estilo de vivir y de trabajar,
de amar y de servir, y para adoptar
su manera de pensar, de sentir y de
actuar, al punto de experimentar que
"no soy yo sino que es Cristo
que vive en mí". Este
seguimiento incluye necesariamente
el camino de la cruz: "El que
no carga con su cruz y viene detrás
de mí, no puede ser mi discípulo"
(Lc 14, 27). Por eso, discípulo
no es sinónimo de alumno. Discípulo
dice relación a una persona,
en nuestro caso, a la persona de Jesucristo,
cuyos pasos el discípulo sigue
sin reserva, por amor, asimilándose
a su estilo de vida y a su proyecto.
Éste es el fundamento de la
moral del discípulo.
55. Por lo tanto, la formación
del discípulo de Jesucristo
debe tener como meta la identificación
con Él hasta llegar a tener
"los sentimientos que corresponden
a quienes están unidos a Cristo
Jesús" (Flp 2, 5), como
dice san Pablo. Al interior de esta
progresiva y honda identificación,
el discípulo llega a un conocimiento
y una experiencia cada vez más
profunda de su persona, y queda sobrecogido
por el amor y la misión de
Jesús, que hace suya. Experimentando
la estrecha amistad de Cristo y con
la ayuda de su gracia, el discípulo
avanza por su camino de santidad,
por el cual madura su identidad y
su misión. Así el discípulo
realiza "la plenitud de la vida
cristiana y la perfección del
amor" (LG 40). Lo hace con la
conciencia cierta de ser un peregrino,
un ciudadano del cielo (cf. Flp 3,
20; cf. Ef 2, 19), que anhelante busca
gozar para siempre de "un cielo
nuevo y una nueva tierra" (Ap
21, 1).
56. Pero no podemos olvidar que ser
discípulos de Jesús
es ser discípulos de la Palabra,
que existía en el principio
y estaba en Dios y era Dios. "Todo
fue hecho por ella, y sin ella no
se hizo nada de cuanto llegó
a existir" (Jn 1, 1-3). Como
discípulos, es decir, como
verdaderos "cristianos, debemos
estar muy atentos a permanecer fieles
a esta línea de fondo: a vivir
una fe que proviene del Logos, de
la Razón Creadora, y que está,
por lo tanto, también abierta
a todo lo que es verdaderamente racional"
, abierta a la naturaleza de todo
lo creado y a los mejores caminos
de la humanidad.
57. Entre los primeros discípulos,
Jesús escogió a Doce
"para que estuvieran con Él
y para enviarlos a predicar"
(Mc 3, 14). Los dones recibidos en
Pentecostés impulsaron a los
discípulos al crecimiento de
su fidelidad en el seguimiento del
Maestro. Los Hechos de los Apóstoles
nos narran que los miembros de las
primeras comunidades en Jerusalén
"se dedicaban con perseverancia
a escuchar la enseñanza de
los apóstoles" (Hch 2,
42). El secreto de su autoridad moral
como maestros -y de la autoridad moral
de los obispos, los sacerdotes, los
diáconos y los catequistas-
residía precisamente en su
disposición a servir como su
Maestro y Señor (cf. Jn 13,
13-17) y en la transparencia de su
relación con el Maestro y Pastor,
del cual siguieron siendo discípulos.
Cuando los miembros del Pueblo de
Dios se encuentran con ellos, quieren
experimentar que se hallan ante maestros-discípulos
del Señor. Ésta es una
dimensión irrenunciable en
la formación de los candidatos
al sacerdocio y al diaconado.
58. En la vivencia sacramental el
discípulo de Jesús encuentra
la presencia y la acción salvífica
de Jesús, y con ella la fuerza
para vivir con fidelidad el seguimiento,
y para realizar con entusiasmo la
misión que le fue confiada.
Además, la liturgia es uno
de los lugares privilegiados del encuentro
con Jesucristo vivo , ya que Cristo
mismo "actúa ahora por
medio de los sacramentos, instituidos
por Él para comunicar su gracia"
. Es nuestra experiencia: "La
espiritualidad cristiana se alimenta
ante todo de una vida sacramental
asidua, por ser los sacramentos raíz
y fuente inagotable de la gracia de
Dios, necesaria para sostener al creyente
en su peregrinación terrena"
(EiA 29).
59. L1egar a ser cristiano es algo
que se realiza, desde los tiempos
apostólicos, mediante un itinerario
de iniciación cristiana que
comporta varias etapas esenciales:
"el anuncio de la Palabra, la
acogida del Evangelio que lleva a
la conversión, la profesión
de fe, el Bautismo, la efusión
del Espíritu Santo y el acceso
a la comunión eucarística"
.
60. Toda la vida cristiana tiene su
fundamento en el sacramento Bautismo.
Es el acceso a la vida en el espíritu,
la puerta de ingreso a todos los demás
sacramentos. Mediante el bautismo
Cristo perdona los pecados, y por
la acción del Espíritu
nacemos como hijos de Dios. Llegamos
a ser miembros del Cuerpo de Cristo,
somos incorporados a la Familia de
Dios, y recibimos la vocación
a la santidad y al apostolado, como
partícipes de la misión
de la Iglesia .
61. El sacramento de la Confirmación,
juntamente con el Bautismo y la Eucaristía,
constituye el conjunto de "los
sacramentos de la iniciación
cristiana". Este sacramento une
a los bautizados más estrechamente
a la comunión y la misión
de la Iglesia, y nos enriquece con
el Don del Espíritu de Jesús,
para que seamos testigos valientes
del Evangelio de Jesucristo ante el
mundo.
62. Con el sacramento de la Eucaristía
culmina la iniciación cristiana.
Por ella los discípulos y misioneros
de Jesús participan, con toda
la comunidad, en el sacrificio mismo
de nuestro Señor . "Los
diversos aspectos de este sacramento
muestran su inagotable riqueza: es,
al mismo tiempo, sacramento-sacrifício,
sacramento-comunión, sacramento-presencia"
(EiA 35) y sacramento-envío.
La Eucaristía es "fuente
y cumbre" del encuentro del discípulo
con Jesucristo vivo y "expresa
y realiza la unidad del Pueblo de
Dios" (LG 11). A ella se unen
y hacia ella se ordenan todos los
demás sacramentos, como asimismo
todos los ministerios y las obras
de apostolado . Precisamente en la
Misa es donde los cristianos viven
de manera particularmente intensa
la escucha de la Palabra, y reviven
la experiencia que tuvieron los apóstoles
la tarde del memorable primer día
de la semana, cuando el Resucitado
se les manifestó estando reunidos
(cf. Jn 20, 19), y los envió
a ser misioneros, a transformar el
mundo . En aquel pequeño núcleo
de discípulos, primicia de
la Iglesia, estaba en cierto modo
presente el Pueblo de Dios de todos
los tiempos . Por eso, en nuestra
Iglesia los discípulos prolongan
la vivencia de las primeras comunidades
(cf. Hch 2, 42), anunciando y celebrando
el misterio pascual de Jesús,
hasta que Él vuelva.
63. En el sacramento de la Reconciliación
el discípulo arrepentido vuelva
a la casa paterna como el hijo pródigo.
Es Cristo, nuestro único Mediador
y Salvador, quien renueva por obra
del Espíritu Santo la Nueva
Alianza de reconciliación y
de paz con el Padre y entre los hermanos,
fortalece o aun reincorpora a la comunión,
y renueva su confianza en quien le
pide perdón, invitándolo
a la celebración de la Eucaristía
y enviándolo nuevamente a ser
sal de la tierra y luz del mundo,
a practicar la misericordia después
de haberla alcanzado de Dios.
64. María de Nazaret, como
madre del Salvador, fue junto con
san José maestra de Jesús
en su infancia (cf. Lc 2, 51). Pero
fue, ante todo, la primera y más
perfecta discípula que desde
la Encarnación grabó
en su corazón el Evangelio
(cf Lc 2, 19). Como madre nuestra
nos enseña a encontrar a Jesucristo
y a convertirnos a Él, y a
ser discípulos de tal manera
asimilados a Jesucristo, que también
nosotros lleguemos a ser en Él
evangelio vivo del Padre.
65. En María encontramos todas
las características del discipulado
según el corazón de
Dios: la escucha amorosa y atenta
(cf. Lc 1, 26-38; 8.19-21; 11, 27-28),
la obediencia sin límites a
la voluntad del Padre (cf. Lc 1, 38),
la fidelidad hasta acompañar
a su Hijo al pie de la cruz (cf. Jn
19, 25-27). Proclamando, en la experiencia
de la resurrección de su Hijo,
la bienaventuranza culminante de los
cristianos que se convirtieron después
de Pentecostés, "dichosos
los que han creído sin haber
visto" (Jn 20, 29), continuó
fielmente junto a la comunidad apostólica,
animando su oración y su unidad,
e implorando con ella la venida del
Espíritu Santo (cf. Hch 1,
14). Como nadie, la Virgen María
fue la "mujer eucarística"
, asociada por Dios, mediante el ofrecimiento
de su sufrimiento, al sacrificio de
su Hijo para la salvación del
mundo, y viviendo como nadie en íntima
comunión con Él; también
en el cielo, como Madre de los hermanos
del Primogénito, de sus discípulos
y misioneros.
Preguntas:
1. ¿Qué
nos ha ayudado o impedido para formarnos
como verdaderos discípulos
de Jesús?
2. ¿Qué elementos deberían
estar presentes en la formación
para una verdadera espiritualidad
del discípulo?
c.
Discípulos en comunión
eclesial
66. El llamado y el amor predilecto
de Jesucristo por sus discípulos,
crea entre ellos la comunión
fraterna, una comunidad unida en Cristo.
Esa comunión fue el íntimo
deseo que Jesús compartió
en oración con su Padre: "Te
pido que todos sean uno lo mismo que
lo somos tú y yo, Padre. Y
que también ellos vivan unidos
a nosotros para que el mundo crea
que tú me has enviado"
(Jn 17, 21).
67. San Pablo, en su carta a los Efesios,
se refiere a la comunión entre
los discípulos de Jesús,
y al lugar central que en ella tiene
Cristo. Por su voluntad también
los gentiles que llegaron a la fe,
transformados en "ciudadanos
de los que forman el pueblo de Dios;
son familia de Dios, edificados sobre
el cimiento de los apóstoles
y profetas, siendo el mismo Cristo
Jesús la piedra fundamental"
(Ef 2, 19s). La Iglesia, "templo
consagrado al Señor",
construido con las piedras vivan que
son los discípulos de Cristo
(cf. 1Pe 2, 5), sigue la voluntad
de su Maestro en comunión con
Pedro y los sucesores de los apóstoles.
68. En medio de la comunidad de los
discípulos, María es
acogida como Madre, así como
fue el deseo de Jesús (cf.
Jn 19, 26-27). Desde entonces Ella
es icono de una Iglesia que es Madre
y Familia de los discípulos
de su Hijo. Ella es también
imagen de la ternura de la Iglesia
que acoge a los discípulos
de Jesús, y ora con ellos y
por ellos para que no decaigan en
su fe y su esperanza (cf. Hch 1, 14).
69. Una comunidad unida, sacramento
de comunión con Dios y entre
los hermanos, es normalmente la condición
necesaria para la formación
del discípulo. La maduración
en el seguimiento de Jesús
requiere de comunidades eclesiales
que se esfuerzan cotidianamente, a
partir de la renovación de
la Nueva y Eterna Alianza en cada
Eucaristía, en ser casa y escuela
de comunión y solidaridad.
En este ambiente el discípulo
madura su vocación cristiana
y descubre la riqueza y la gracia
que encierra ser miembro de la Iglesia
Católica, gracia que no quiere
perder, pues la Iglesia es la comunidad
que edificó Jesucristo sobre
la roca que es Pedro (cf. Mt 16, 18)
y sobre el cimiento de los demás
apóstoles y de los profetas,
siendo Él mismo la piedra angular
(cf. Ef 2, 20).
70. También en nuestro tiempo
debe ser algo distintivo de los discípulos
no poder vivir sin el Domingo, sin
el encuentro con Él, vivo en
su Palabra, y sin la comunión
con su Cuerpo y su Sangre. Celebran
con gozo los demás acontecimientos
de la salvación, sobre todo
durante el año litúrgico,
particularmente en la Semana Santa,
en la celebración de la Navidad,
misterio tan querido entre nosotros,
y en diversas fiestas marianas. Crecen
en amistad con Él por medio
de la oración y la lectura
orante de la Sagrada Escritura y las
buenas obras. Así, iluminados
y fortalecidos por Él, son
enviados como misioneros al encuentro
con todo hombre y mujer para anunciarles
la experiencia de salvación
en Jesucristo y para construir juntos
la comunidad humana en el amor, la
justicia y la paz.
71. La vida de comunión de
los discípulos de Jesucristo
es un don que muestra su unidad a
través de la diversidad y pluralidad
de las naciones, lenguas, razas y
costumbres: recordando que es imagen
del Dios Uno y Trino. Cuando en la
Iglesia se vive el amor, las diferencias
nunca dividen, sino que enriquecen
la unidad, centrada en torno al Papa,
sucesor de san Pedro y Pastor de la
Iglesia universal. Se expresa en la
Iglesia particular, en torno al Obispo,
y tiene su vivencia habitual en la
parroquia y sus comunidades; sin olvidar
la familia, "Iglesia doméstica",
lugar en que vivimos y aprendemos,
por vez primera, la gratuidad del
amor y la alegría de la comunión.
72. Los laicos, los miembros de los
institutos de vida consagrada, los
diáconos, los presbíteros,
y los obispos, todos participan plenamente
y a su modo del llamado y de la misión
de Jesucristo. La tarea de construir
la comunión eclesial, para
que la Iglesia crezca como "casa
y escuela de comunión",
se realiza de un modo orgánico
a través de diversos ministerios,
carismas y servicios. Todos estos
ministerios y "todos los carismas,
aún los que parecen más
sencillos, están ordenados
a la edificación de la Iglesia,
al bien de los hombres y a las necesidades
del mundo" . Edificar la Iglesia
ocurre con la colaboración
de todos y necesita de una adecuada
animación, coordinación
y conducción pastoral, sobre
todo de los sucesores de los apóstoles.
73. Los discípulos de Jesús
participan activamente en la vida
de la comunidad parroquial y diocesana,
según su propia identidad.
Un papel especial tienen las diferentes
formas de movimientos y otras asociaciones
eclesiales, que expresan en toda su
diversidad las múltiples dimensiones
de la vida cristiana, enriqueciendo
con ello su unidad. La vida parroquial
y la diocesana tiene que expresar,
en los hechos, su carácter
de "comunidad de comunidades
y movimientos" .
74. La identidad y la misión
del presbítero se fundan en
el encuentro con Jesucristo vivo y
en su seguimiento como discípulo
suyo, se desarrolla en la vivencia
de comunión presbiteral con
el Obispo y se proyecta en la caridad
pastoral. En esta vida de comunión
con el Señor y con la Iglesia,
el presbítero significa en
el seno de su comunidad la presencia
de Jesús que congrega a su
pueblo . Por eso, el presbítero
deberá profundizar todavía
más el camino espiritual como
discípulo y misionero de Jesucristo,
para poder configurar su vida cada
vez más al estilo y a las características
de Jesús, el Señor y
Maestro, que lavó los pies
a sus discípulos (cf. Jn 13,
12-15). Esa escuela eucarística
es el lugar indispensable, la fuente
permanente y la cumbre hacia la que
tiende el ministerio y la vida del
presbítero. En esa escuela
se fortalece y sensibiliza para estar
atento a los desafíos del mundo
actual y ser sensible a las angustias
y esperanzas de su gente, compartiendo
sus vicisitudes y, sobre todo, asumiendo
una actitud de solidaridad con los
pobres . Afortunadamente podemos comprobar
que se han multiplicado los programas
de formación permanente para
presbíteros, con una especial
atención sobre la espiritualidad
sacerdotal, con mucho provecho para
los que participan en ellos. En ellos
ha de ocupar un lugar irrenunciable
la formación para el acompañamiento
espiritual, especialmente de los jóvenes,
y la capacitación para formar
discípulo y misionero de Jesucristo.
Las múltiples actividades pastorales
del presbítero y las condiciones
sociales y culturales del mundo actual
lo someten continuamente al peligro
de la dispersión . Para ello,
es necesario y urgente que se intensifique
mucho más esta formación
en sus diversos aspectos: humano,
espiritual y teológico, y cuyos
programas estén dirigidos especialmente
a los presbíteros, diáconos
permanentes y obispos.
75. En el camino del discipulado la
vida consagrada tiene una misión
insustituible. Es un "camino
de especial seguimiento de Cristo,
para dedicarse a Él con corazón
indiviso" y, dejándolo
todo por Él, "estar con
Él y ponerse, como Él,
al servicio de Dios y de los hombres"
. En la historia, cuando sus comunidades
han estado colmadas de los dones de
Dios, sus miembros les han abierto
camino a incontables discípulos
y misioneros de Jesucristo. Recordando
el pasado, es grande la deuda de gratitud
hacia ellos de Latinoamérica
y el Caribe: por la espiritualidad,
el amor a los más necesitados
y el celo misionero con que han enriquecido
a nuestros pueblos . Pensando en el
futuro podemos decir que la fecundidad
de las orientaciones pastorales de
la próxima V Conferencia General
depende en buena medida del seguimiento
de Jesús como discípulos
y misioneros suyos de los consagrados,
lo que incluye el don gratuito de
sí, su libertad para las cosas
de Dios, su espíritu de oración,
de contemplación y de comunión,
su amor preferente a los pobres y
afligidos. Sus miembros, con la diversidad
de los carismas de sus institutos
religiosos, han recibido una especial
vocación a la comunión,
a la santidad y a la misión
en toda la Iglesia. Es fácil
constatar el esfuerzo que realizan
muchos obispos, religiosas y religiosos
en las Iglesias particulares, procurando
una mayor comunión y colaboración
cordial y efectiva. Sin embargo, todavía
estamos lejos de ser un reflejo verdadero
de la unidad que ha querido el Señor
entre sus discípulos . Por
lo tanto, urge la tarea de construir
la Iglesia como casa y escuela de
comunión, para ser testimonios
auténticos de la nueva evangelización
y vigoroso fermento del Evangelio
en el mundo. Sigue siendo de gran
inspiración el itinerario que
trazó el Papa Juan Pablo II
en su carta a los religiosos de América
Latina: a) seguir en la vanguardia
misma de la predicación, dando
siempre testimonio del Evangelio de
la salvación; b) evangelizar
a partir de una profunda experiencia
de Dios; c) mantener vivos los carismas
de los fundadores; d) evangelizar
en estrecha colaboración con
los obispos, sacerdotes y laicos,
dando ejemplo de renovada comunión;
e) estar en la vanguardia de la evangelización
de las culturas; f) responder a la
necesidad de evangelizar más
allá de nuestras fronteras
.
76. Para llevar a cabo esa tarea se
requieren proyectos de formación
exigentes y diferenciados que ahonden
en el misterio de comunión
y misión de la Iglesia. A partir
de la común vocación
a la santidad de todos los bautizados,
es necesario también plantear
proyectos de formación para
todos: obispos, presbíteros,
diáconos permanentes, consagrados
y laicos.
77. En la historia pasada y presente
de la Iglesia han surgido muchas comunidades
y movimientos con itinerarios y etapas
propios para la iniciación
cristiana y el seguimiento de Jesucristo
en santidad de vida. Muchos de estos
caminos espirituales han sido fruto
de experiencias personales muy hondas
de amistad con Cristo, discernidas
en la Iglesia y entregadas generosamente
a su misión. Estos itinerarios
son valiosos para muchos cristianos
porque los encaminan hacia el encuentro
con Jesucristo vivo y les ayudan a
vivir la comunión, como asimismo
a descubrir su vocación y misión
en la Iglesia y en la Sociedad.
Preguntas:
1. ¿Crece
mi comunidad como casa y escuela de
comunión y misión?
2. Mi comunidad, ¿acoge, se
enriquece y fomenta la colaboración
entre los carismas y ministerios?
3. ¿Cuáles son los principales
obstáculos que impiden que
la comunidad realmente viva como comunión
de discípulos y misioneros?
d. Discípulos
para la misión
78. Jesús dio inicio a su misión
con las palabras del profeta: "Me
ha ungido para anunciar la buena noticia
a los pobres; me ha enviado a proclamar
la liberación a los cautivos,
a dar vista a los ciegos, liberar
a los oprimidos y a proclamar un Año
de Gracia del Señor" (Lc
4, 18-19). Luego, en la Última
Cena, Jesús invita a sus discípulos
a continuar su misión como
realización de la voluntad
del Padre: "El que reciba a quien
yo envíe, me recibe a mí
mismo y, al recibirme a mí,
recibe al que me envió"
(Jn 13, 20), pero "quien los
rechaza a ustedes a mi me rechaza;
y el que me rechaza a mí, rechaza
al que me ha enviado" (Lc 10,
16). Después de la Resurrección,
al hacerles partícipes de su
nueva Vida, les reitera la misión,
y les entrega a Aquel que la hará
posible y fecunda: "Como el Padre
me ha enviado, yo también los
envío a ustedes (
) Reciban
el Espíritu Santo" (Jn
20, 21-22).
79. En otro momento, Jesús
expresa definitivamente el carácter
misionero de cada discípulo:
"Vayan y hagan discípulos
a todos los pueblos y bautícenlos
para consagrarlos al Padre, al Hijo
y al Espíritu Santo, enseñándoles
a poner por obra todo lo que les he
mandado. Y sepan que yo estoy con
Uds. todos los días hasta el
final de los tiempos" (Mt 28,
19-20). Leemos en el Concilio "todos
los fieles, como miembros de Cristo
vivo
tienen el deber de cooperar
a la expansión y dilatación
de su Cuerpo, para llevarlo cuanto
antes a la plenitud (Ef 4, 13)"
(AG 36).
80. El saludo inicial de Pablo a la
Iglesia de Dios en Corinto (cf. 1Cor
1, 2-9) nos regala mucha hondura y
belleza sobre nuestro ser discípulos
consagrados por Cristo Jesús.
Por ser configurados con Jesús
en el bautismo y hechos miembros de
la Iglesia, nace en el discípulo
el sentido de pertenencia por el cual
asume la edificación y la misión
de la Iglesia en la familia y en el
mundo, sin olvidar los alejados, indiferentes,
incrédulos y hasta los malhechores
con sus nombres propios, de los cuales
todos somos responsables para que
la gracia de Cristo no sea estéril.
81. En el sacramento de la confirmación
el discípulo, a ejemplo de
su Maestro, es ungido y enviado para
ser instrumento de comunión
al servicio de la unidad con Dios
de todos los seres humanos, para ser
misioneros, anunciando la Buena Noticia
de Jesucristo, y para colaborar con
Él (cf 1Cor 3, 9), que es el
"Primogénito de toda la
Creación" (Col 1, 15),
en la construcción de un mundo
más justo y solidario, a través
del cual vislumbremos la plenitud
de las promesas de Dios en el Reino
de los Cielos, que esperamos poseer
un día.
82. La experiencia de cercanía
y conversión que vive el discípulo
de Jesucristo al encontrarse con Él
en la comunión de la Iglesia,
lo prepara para dar testimonio ante
quienes han sido bautizados pero no
tienen la experiencia gozosa de la
vida en Cristo, de la riqueza de la
fe, la esperanza y la caridad cristianas.
También lo impulsa a salir
al encuentro de quienes tienen sed
de Dios y no conocen su rostro, ya
sea en nuestros países o en
regiones apartadas de la tierra. Lo
buscan, sin saber distinguir entre
intentos meramente humanos por acercarse
a Él, y la iniciativa que Dios
tomó, cuando Él mismo,
Creador y Padre nuestro, se acercó
al hombre, le reveló su rostro
y sus caminos, y le enseñó
a vivir reconciliado con Él
y con los hermanos. En la plenitud
de los tiempos realizó esta
promesa suya, enviando a su propio
Hijo para que fuera nuestro hermano
y salvador, constituyéndonos
en Pueblo suyo. En Él nos encontramos
con Dios y con nosotros mismos, y
descubrimos el sentido y el hogar
definitivo de nuestra vida. La experiencia
de la vida nueva en Cristo hace que
nos duela profundamente la orfandad
y la soledad de quienes no lo conocen.
No queremos ahorrar esfuerzos para
llevar la Buena Noticia a todos los
que están lejos de Cristo,
también en los confines de
la tierra, hasta donde no ha llegado
la Buena Noticia del Emmanuel, y en
los países de antigua cristiandad
y de fe débil. Nuestra vocación
es esencialmente misionera.
83. Encontrarse con Jesús y
ser misionero suyo prepara al discípulo
a acercarse a los diversos grupos
culturales que requieren de una nueva
cercanía y atención
pastoral. Ellos son los grupos indígenas,
afrodescendientes y de inmigrantes,
que requieren ser mejor acogidos y
estimados en la rica pluralidad de
sus valores y expresiones culturales;
como también en la búsqueda
de una mayor inculturación
de la liturgia. Asimismo, la pastoral
urbana y, en particular de las megápolis,
debe estar atenta a encontrar nuevos
modelos de evangelización,
que tomen en cuenta estos lugares
de gran densidad poblacional, en muchos
casos de hacinamiento y de graves
desarraigos familiares y culturales.
84. Jesucristo llamó a todos
sus discípulos a ser pobres
de espíritu, a abrir su corazón
y su vida a los dones de Dios, a ser
agradecidos, a no poner su confianza
en sí mismos, sino enteramente
en el Señor. Así, movidos
por el Espíritu, llegaron a
ser dichosos ciudadanos del Reino
de los cielos (cf. Mt 5, 3). Eran
israelitas de muy diversa condición.
Había entre ellos pobres y
ricos, hombres cultos e iletrados,
hombres y mujeres, sanos y enfermos.
Pero todos fueron llamados a peregrinar
por los caminos de las bienaventuranzas,
a ser pobres de espíritu, a
ponerse en las manos del Padre, teniendo
los sentimientos de Cristo, su Hijo
y nuestro Señor. En la formación
de los misioneros de Jesucristo, es
una tarea irrenunciable de la Iglesia
formar discípulos que compartan
el abajamiento de Jesús, que
no exigió ser tratado conforme
a su condición divina, sino
optó por tomar la condición
de siervo (cf. Flp 2, 5-8). Sólo
con este espíritu de honda
pobreza, pronto a confiar en la fuerza
de Dios y no en la propia (cf. 2Cor
12, 9s), y dispuesto a asumir la cruz
y los encargos que Dios le confíe,
el discípulo puede ser misionero.
85. Los primeros discípulos
contemplaron a su Maestro cuando Él
se presentó, al iniciar su
misión, como aquel que venía
"a traer la Buena Nueva a los
pobres" (Lc 4, 18). Pero no sólo
ellos, sino todos los discípulos
-también nosotros- fueron llamados
a permanecer en el amor de Cristo;
de manera especial, en su amor misericordioso
y preferencial por los más
pobres y necesitados, destinatarios
privilegiados de la evangelización
. Ésta es una prioridad irrenunciable
para el discípulo de Jesús.
Ha de ser signo de su identidad y
de su credibilidad; más aún,
es condición necesaria para
recibir la herencia del Reino (cf.
Mt 25, 31-46). "Por ello, imitar
la santidad de Dios
no es otra
cosa que prolongar su amor en la historia,
especialmente con respecto a los pobres,
enfermos e indigentes (Cf. Lc 10,25ss)"
. Es necesario que el corazón
compasivo y la caridad imaginativa
del discípulo hagan suyos los
gozos y las esperanzas, pero también
las inmensas tristezas y angustias
de millones de hombres y mujeres de
nuestros pueblos, afectados por injusticias
y marginaciones en sus propias sociedades.
Particularmente grave es la pobreza
y aun la miseria de muchos campesinos,
indígenas, afrodescendientes,
desempleados, mendigos y niños
de la calle, de ancianos, y de otros
muchos que no tienen acceso al mínimo
necesario para llevar una vida digna.
"Éste es un ámbito
que caracteriza de manera decisiva
la vida cristiana, el estilo eclesial
y la programación pastoral"
. El discípulo se encuentra
así urgido a vivir la auténtica
solidaridad conforme a la Doctrina
Social de la Iglesia, sin olvidarse
de compartir con los pobres y abandonados
la mayor riqueza: la Buena Noticia
del Emmanuel. Los rostros de inhumana
pobreza conmueven e interpelan.
86. Especial atención merecen
los grupos que animan y deciden la
dirección que toman nuestros
países en materias de educación,
de economía, de trabajo, de
arte, de comunicaciones y de política:
los así llamados "constructores
de la sociedad" . Sobre todo
ellos están llamados a desechar
estructuras marcadas por el pecado
y a trabajar por un nuevo orden social
más justo, equitativo e incluyente.
Con frecuencia, sin embargo, se constata
en muchos de ellos un fuerte divorcio
entre las convicciones de fe cristiana
que profesan y la puesta en práctica
de los respectivos valores evangélicos
en los campos que gestionan. El discípulo
se compromete con coherencia de vida
y de acción en la transformación
de los sistemas políticos,
económicos, laborales, culturales
y sociales que mantienen en la miseria
espiritual y material a millones en
nuestro continente.
87. Otras urgencias requieren también
la presencia y acción de discípulos
de Jesús en nuestro Continente:
la defensa de la vida humana desde
su concepción hasta su muerte
natural; el fortalecimiento de la
familia frente a las leyes que la
amenazan o destruyen; las denuncia
de las campañas antinatalistas,
de las políticas totalitarias
de gobiernos que producen el progresivo
debilitamiento de la dignidad, libertad
e identidad humana; la participación
en una actividad política solidaria
para buscar la justicia, la reconciliación,
el perdón y la paz en las comunidades
y en los pueblos; la promoción
del derecho a la libertad de conciencia
y a la libertad religiosa sin falsos
"laicismos"; la defensa
del derecho al trabajo; la distribución
equitativa de los bienes teniendo
en cuenta su función social;
la responsabilidad por el medio ambiente;
la educación que prepare a
las generaciones futuras de la sociedad
y de la Iglesia.
88. En medio de la crisis de valores
que se ve hoy, del desgarro por la
seducción de modelos engañosos
y fugaces y la frustración
por la incapacidad de alcanzar el
bienestar y la felicidad, mediante
su vida y su palabra el discípulo
tiene que señalar hacia la
esperanza que ofrece Jesucristo. En
medio de los intentos salvajes del
mercado que pretende convertir a todos
en sujetos consumidores, los discípulos
de Jesucristo son llamados a vivir
y proponer otro camino: el de la dignidad
humana y la libertad, la participación
, la solidaridad y la austeridad de
vida, la gratuidad y el servicio a
los demás en un amor obediente
y oblativo, aprendido en el continuo
seguimiento de Jesús, su Maestro.
Por eso reza la plegaria Vb del Misal
Romano: "Que tu Iglesia, Señor,
sea un recinto de verdad y de amor,
de libertad, de justicia y de paz,
para que todos encuentren en ella
un motivo para seguir esperando".
89. Existe hoy en nuestra cultura
una resistencia muy grande a mirar
de frente el misterio de la Cruz en
la vida propia y ajena. La tendencia
es huir e ignorar todo lo que es sufrimiento,
dolor y muerte; a camuflarlo, esconderlo,
por temor a mirar el fondo de su realidad
inexorable y punzante. Ante esta realidad,
el discípulo de Jesús
está llamado a proponer, mediante
el testimonio de su propia vida, el
valor de tomar la cruz y seguir al
Maestro, quien pasó primero
ese camino por nosotros . Así
evidencia delante de los ojos de sus
contemporáneos que no hay vida
verdadera que no pase por la pasión.
"Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda infecundo;
pero si muere dará fruto abundante"
(Jn 12, 24; cf. Mc 8, 34s).
90. Nos llena el corazón de
gratitud al Señor la fidelidad
de hermanas y hermanos nuestros de
América Latina y el Caribe
que han hecho del siglo XX un siglo
de mártires. Algunos pocos
nombres han sido reconocidos públicamente.
Otros muchos son conocidos sólo
por el Señor. También
lo entregaron todo, hasta el supremo
don de su existencia por amor a Jesús.
91. Otro campo prioritario para el
discípulo de Jesús es
el acercamiento y la búsqueda
de unidad entre todos los que creemos
en Cristo. Necesitamos aprender a
vivir en un continente con múltiples
confesiones cristianas, movimientos
religiosos y sectas, y con una increencia
que va en aumento. El trabajo ecuménico
se verá extraordinariamente
robustecido con la lectura orante
de la Palabra de Dios, que nos ayudará
a hacer realidad la oración
de Jesús: "Que todos sean
uno (
) para que el mundo crea
que Tú me has enviado"
(Jn 17, 21), y con la colaboración
en acciones comunes, que expresen
cuanto nos une como fermento cristiano
en medio del mundo.
92. En la Iglesia que peregrina en
América Latina el Caribe, donde
vive casi la mitad de los católicos
del mundo, cada uno está llamado
a ser misionero con su oración
y sus iniciativas, también
a manifestarle al Señor su
disponibilidad para ser enviado, y
a sentirse responsable de apoyar a
los misioneros y a la Iglesia en nuestros
países, de modo que la Iglesia
envíe desde nuestro países
muchos misioneros "ad gentes"
que lleven la Buena Noticia de Jesucristo
a otros pueblos y continentes
93. Recibir el llamamiento de Dios
a ser discípulos y misioneros
de Cristo implica grandes tareas.
Son tareas que tienen las dimensiones
del poder, la bondad y la sabiduría
de Dios. Lo que recibimos gratis,
hemos da darlo gratis (cf. Mt 10,
8). Por eso, con esta conciencia queremos
escuchar, comprender y responder vigorosamente
a la voz de Dios que nos llama, a
través de las circunstancias
propias de nuestro tiempo, a hacernos
responsables de la Nueva Evangelización
con el ardor interior que caracterizó
a los santos.
Preguntas:
1.
¿Qué cualidades debe
tener un misionero?
2. ¿Qué personas, qué
grupos humanos, qué ámbitos
y qué actividades de tu entorno
claman por el anuncio del Evangelio?
¿Cómo priorizarlas?
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4. Al Inicio del Tercer Milenio
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a.
Vivimos en medio de los dolores de
parto de una nueva época
94. De hecho América
Latina y el Caribe son desafiados
con fuerza por los cambios religiosos,
éticos y, en general, culturales,
que marcan dolores de parto de una
nueva época. No somos una isla.
Tenemos que orientar nuestro trabajo
pastoral hacia la conversión
de hombres, mujeres y jóvenes
que viven en el hoy, cuyas convicciones
vacilan, que buscan la libertad, el
bien, la felicidad y la belleza, atraídos,
desafiados o rechazados por los mensajes
de los medios de comunicación,
y por los grupos que se llaman progresistas
o, en reacción a ellos, por
tendencias exclusivamente conservadoras.
Remaremos mar adentro y lanzaremos
las redes en el nombre del Señor
Jesús, confiando en su palabra
como discípulos y misioneros
suyos, navegando con frecuencia contra
la corriente, pero con simpatía
por cada persona, creada y recreada
a imagen y semejanza de Dios, que
tiene sed de su paternidad, de humanidad
y fraternidad; también con
simpatía crítica a este
tiempo que Dios nos ha regalado; y
sobre todo, con inmensa simpatía
y gratitud por los proyectos de Dios.
95. El parto de una nueva época
tiene sus tiempos de gestación,
de espera y de dar a luz. Pero no
todo es lineal. En el seno de la historia
pueden luchar diversas criaturas que
quieren triunfar y ver la luz. Los
signos del crepúsculo de una
era de la humanidad que concluye y
del amanecer de una nueva época,
se han hecho presentes en las últimas
décadas del siglo que pasó,
en medio de las luchas ideológicas,
raciales y aún religiosas que
lo han marcado. Pero vienen de más
lejos. El paso al tercer milenio es
el símbolo de un cambio de
época cuya transición
aún perdura. De hecho la relación
del ser humano consigo, con la familia,
con el mismo Dios, además con
la naturaleza, la verdad, la información
y la técnica, está cambiando
profundamente, más allá
de la evolución orgánica
que conlleva el decurso de la historia.
Enumeraremos algunos fenómenos
significativos.
96. Pero antes, no olvidemos que nuestro
propósito es reflexionar acerca
de todos ellos como quienes han recibido
del Señor de la Historia la
vocación de ser sus colaboradores.
Nos unimos al asombro de la Sma. Virgen,
porque Él ha mirado y elegido
la pequeñez de sus siervos.
Y a la certeza de saber con todos
los cristianos que la historia tiene
en Él su origen, su aliento
y su destino. Conscientes asimismo
de que Dios trabaja en la construcción
de su Reino, queremos colaborar con
Jesucristo conforme a nuestra vocación
de discípulos y misioneros
suyos. Por ello, no queremos ni vivir
ni trabajar a la deriva. Como la Sma.
Virgen y los santos, 'con el oído
puesto en el corazón de Dios,
y la mano en el pulso del tiempo',
queremos buscar y encontrar la verdad
en comunión con el Santo Padre
y el magisterio de los obispos, y
queremos trabajar apasionadamente
en la construcción del mundo
y de la Iglesia, para que todos tengan
vida. Por eso, cada uno de los fenómenos
que constatamos nos invitan a un discernimiento
que nos asocie a la orientación
del querer de Dios, que quiere forjar
nuestro tiempo en la verdad, la justicia,
la contemplación y la paz.
97. Como un primer dato de este cambio
de época constatamos que el
ser humano se ha asomado, como nunca
antes, al universo. Observando e investigando
el sistema solar y las galaxias, ha
tomado conciencia de su historia y
logrado adentrarse en el pasado del
macrocosmos. Muchos hombres de ciencia
se preguntan por su origen, que no
creen casual, y por un posible creador
del cosmos. La vocación contemplativa
de los astrónomos los lleva
a trascender, con sus interrogantes,
los límites de su ciencia.
Los conocimientos fundamentales del
hombre "derivan del asombro suscitado
en él por la contemplación
de la creación (
). De
aquí arranca el camino que
lo llevará al descubrimiento
de horizontes de conocimientos siempre
nuevos" . Pero también
la investigación genética
le ha permitido al ser humano conocer
secretos de la vida y de la identidad
de los seres. Pero en este ámbito,
en lugar de detenerse lleno de estupor
ante sus descubrimientos, y de preguntarse
por su origen, se apresura a buscar
la utilidad de sus conocimientos,
y a intervenir laboriosamente en el
microcosmos. Todos afirman que quieren
prestarle un servicio mejor a la vida.
Muchos acarician la posibilidad de
manipular los seres vivos y su gestación
como nunca antes en la historia; algunos,
sin reflexionar en la moralidad de
sus acciones, porque no es lícito
hacer todo lo que se puede hacer.
Ha renacido la tentación del
paraíso: enseñorearse
del "árbol de la vida"
(Gn. 3, 24).
98. También ha cambiado la
relación con la naturaleza.
Nunca tuvimos tal conciencia de la
interrelación e interdependencia
de los seres creados entre sí,
ni de la necesidad de observar el
ordenamiento de la naturaleza, que
es gradualmente reconocido como una
norma para la acción de los
hombres y de los pueblos. Se descubrió
así una realidad que el ser
humano debe aceptar y respetar. Algo
anterior a él, y de alguna
manera superior a él, porque
el medioambiente no es un mero recurso,
también es la casa que debemos
respetar . Pero nuestra cultura es
intramundana. Ha mutilado su capacidad
de decirse toda la verdad. De hecho,
se ha encontrado nada menos que con
la obra maravillosa de Dios, del Creador
sabio. Inclinarse ante su creación
sería una manera de adorarlo.
Pero el secularismo no permite mirar
tan lejos
o tan cerca. Nos ha
enceguecido. Sólo se toma conciencia
de la amenaza que proviene de la contaminación
de la atmósfera, del agua y
de los alimentos, como también
de la necesidad de integrarnos en
la armonía del cosmos y de
salvar la biodiversidad. Así
y todo, se ha asomado una nueva actitud,
intramundana, de asombro, valoración
y respeto. Sin embargo, no se refiere
tanto al ser humano. Por el contrario,
cunde una consideración diferente
acerca de él, como si fuera
un ser más en la naturaleza,
sin más valor que los demás
seres vivos o, peor aún, como
su agresor y no su rey. Si bien, "según
la opinión casi unánime
de creyentes y no creyentes, todo
lo que existe en la tierra debe ordenarse
al hombre como su centro y culminación"
(GS 12).
99. Lentamente relacionamos la salud
sicológica y espiritual de
los hombres y de la sociedad con su
entorno físico, social y espiritual.
Difícil tarea, cuando las personas
se encierran en su yo, y olvidan su
naturaleza relacional. Tal vez por
eso mismo, se comienza a promocionar
una auténtica "ecología
humana" . Percibimos que ella
se hace del todo necesaria en la familia
; más que nunca en esta hora
en que muchas personas viven procurando
tan sólo su propio bien y su
autorrealización, sin desarrollar
la gratuidad de ser un don para los
demás. La familia sufre los
embates más fuertes de la historia.
No se le reconoce su imprescindible
valor para los individuos y para la
vida social y religiosa; si bien "la
familia es una escuela del más
rico humanismo" (GS 52) . Es
más, tampoco se le reconoce
como fruto del matrimonio.
100. Por otra parte, el matrimonio,
como concepto y como realidad viva,
es violentado por quienes lo abren
a uniones pasajeras, lo separan de
la procreación y lo aceptan
para parejas del mismo sexo . Al menos
en el mundo occidental puede ocurrir
muy pronto que la mayoría de
los jóvenes no haya contado
con la experiencia dignificante de
un hogar estable, ni con un padre
cercano, ni con una madre que le hubiera
brindado el cariño y la dedicación
incondicional que necesitaba. El amor
y la sexualidad son parte de otra
de las grandes revoluciones, ya que
se volatiliza la relación entre
el sexo y el matrimonio, y a la sexualidad
se la desliga de todo compromiso,
y con mayor razón de la fidelidad
y la procreación. ¿Son
éstos los signos de una nueva
época, o más bien de
la decadencia de la época que
concluye, que gime y clama por el
nacimiento de una nueva época
que rescate verdades perdidas y descubra
dimensiones nuevas, que respondan
a nuevas expectativas y nos faciliten
realizaciones más humanas?
101. Cambia asimismo el sentir sobre
la identidad y la misión de
la mujer. Faltaba su aporte de humanidad
en la vida pública y en la
producción , regidas muchas
veces por categorías de eficacia
masculina y sin suficiente consideración
de las personas y de la comunidad.
Pero, al mismo tiempo que ella despliega
el don más valioso que ha recibido,
su maternidad, y la proyecta en forma
espiritual para proteger y cuidar
la vida, abrirle espacios y alimentar
el mundo social, atentan contra su
misión en el mundo y en la
familia los intentos por conducirla
al menosprecio de dicho don, a la
mera competencia con el varón,
al reclamo de leyes que le den el
derecho sobre su cuerpo antes que
el respeto por una nueva vida, a la
disolución rápida del
matrimonio y la familia, a la esterilización
no terapéutica y a otras novedades,
como grandes logros y derechos de
"género". Todo ello
va en contra del aporte insustituible
que la mujer hace a la sociedad y
debilita la cultura de humanidad que
depende vitalmente del despliegue
generoso de su condición. Por
otra parte, no podemos olvidar que
ellas "asumen, juntamente con
el hombre, la responsabilidad común
por el destino de la humanidad"
. Sin embargo, la preocupación
por la misión del varón
y la paternidad aún es incipiente,
a pesar de su relevancia.
102. Todo esto ocurre en un mundo
que ya no se identifica con los condicionamientos
propios de la revolución industrial.
Más allá del capital
y el trabajo, que parecían
ser los únicos factores del
progreso de la economía, hoy
gravita el desarrollo de la economía
en torno a la información,
la comunicación y el conocimiento.
Por eso mismo, se valora también
el "capital humano". Por
desgracia, esta palabra que subraya
la riqueza y la dignidad de la persona
humana, y su valor en el proceso productivo,
a veces es interpretada como estima
no a la persona por sí misma,
sino sólo como factor de producción.
Este cambio es tan hondo, que después
de la era industrial ya se habla de
la nueva sociedad del conocimiento
y la información.
103. Que los progresos de la información
y la técnica hayan acelerado
los procesos de producción
era de esperar. Pero este avance nos
ancla hasta ahora en un escenario
dramático ¿Qué
es más importante, el crecimiento
de la producción o el ser humano,
ya sea el que produce, el que es remplazado
por robots, el usuario de lo producido,
o el que queda al margen de la producción?
Gaudium et Spes afirma que la "finalidad
fundamental de esta producción
es
el servicio del hombre, del
hombre integral, teniendo en cuenta
sus necesidades materiales y sus aspiraciones
intelectuales, morales, espirituales
y religiosas" (n. 64). Y mientras
aumenta el número de empresas
que se consideran comunidades de personas,
crece rápidamente la cantidad
de aquellas cuyo único norte
es la eficacia y la ganancia a cualquier
precio, donde los hombres, que constituyen
el patrimonio más valioso,
son "humillados y ofendidos en
su dignidad" . Y crecen las desigualdades
entre los que poseen el capital -del
dinero y de la información-
y los más pobres, sobre todo
en información, habilidades
técnicas y conocimientos. Crece
el número de los marginados:
seres humanos, razas minoritarias
y países enteros. ¿Vamos
hacia un mundo de desiguales, precisamente
porque no prima el valor de la persona,
de toda persona, sino sus ventajas
económicamente comparativas?
104. Estos y muchos otros cambios
afectan directa o indirectamente la
búsqueda de la verdad, y con
ella de los comportamientos éticos.
En esta hora de la humanidad ¿Cuál
es el criterio de la verdad? Dos criterios
luchan por imponerse como prioritarios
en una nueva época. Uno surge
de la misma persona. Ya no reprime
sus emociones; reconoce que son una
parte constitutiva y valiosa de su
humanidad. Por eso, las expresa también
públicamente. Y se generaliza
un sentir común: verdadero
es aquello que suscita un sentimiento
de agrado o de placer; también
el consumo. Esta nueva categoría
fundamental en la vida personal y
social, la emotividad, emerge como
criterio no sólo de verdad,
sirve también para calificar
la moralidad de los actos, concediéndosele
"a la conciencia del individuo
el privilegio de fijar, de modo autónomo,
los criterios del bien y del mal,
y actuar en consecuencia. Esta visión
coincide con una ética individualista,
para la cual cada uno se encuentra
ante su verdad, diversa de la verdad
de los demás. El individualismo,
llevado a las extremas consecuencias,
desemboca en la negación de
la idea misma de naturaleza humana"
. Verdadero y bueno es aquello que
yo establezco, o que me emociona positivamente,
al menos ahora. También por
esta razón la verdad tiende
a ser subjetiva. No existiría
"la" verdad, sino "mi"
verdad; en el mejor de los casos,
"nuestra" verdad. Por eso,
para muchos no importa la estabilidad
de las decisiones y de los compromisos,
ni sus consecuencias, ni su proyección
hacia el futuro. En este orden de
cosas, lo real es únicamente
lo actual.
105. El otro criterio de verdad y
moralidad engloba al ya mencionado.
Quienes se han distanciado de la fuente
de la verdad, que es el Creador, cuyo
misterio trinitario lo conocemos por
la fe, y del orden que él dio
a la naturaleza -también a
la naturaleza humana, creada a semejanza
suya-, aceptan como criterio de verdad
y de moralidad la evaluación
de los resultados de las intervenciones
del hombre, en relación a las
expectativas que las patrocinan. Este
criterio, sin referencia al ser de
las cosas, se extiende también
entre los creyentes, restándole
trascendencia y novedad al Evangelio
como alma de una cultura profundamente
humanista. El hombre, escribía
Juan Pablo II en su Encíclica
"Veritatis Splendor", "abandonándose
al relativismo y al escepticismo (cf.
Jn 18, 38), busca una libertad ilusoria
fuera de la verdad misma" (n.1).
Precisamente la tendencia a emancipar
la libertad de la verdad y del bien,
implica un cambio cultural radical
y sumamente nocivo.
106. En una intervención reciente,
el entonces Card. Joseph Ratzinger,
se refería a la "racionalidad
científica" que se ha
desarrollado en Europa, cuyo mundo
cultural ejerce una gran influencia
sobre nuestros países. Vale
la pena tener presente las palabras
con las cuales describe este cambio
substancial, cuyas raíces vienen
de lejos, para dimensionar los dolores
de parto que debemos analizar. Escribía:
"Europa ha desarrollado una cultura
que, de un modo desconocido hasta
ahora por la humanidad, excluye a
Dios de la conciencia pública,
ya sea que se le niegue del todo,
o que su existencia sea juzgada como
indemostrable, incierta, y perteneciente,
por lo tanto, al ámbito de
las opciones subjetivas; por lo tanto,
irrelevante para la vida pública.
Esta racionabilidad puramente funcional,
por así decirlo, ha comportado
un trastorno en la conciencia moral
también nuevo para las culturas
que han existido hasta ahora, porque
sostiene que racional es tan solo
aquello que se puede probar con experimentos.
Pero como la moral pertenece a una
esfera totalmente diversa, como categoría
propia ella desaparece, y debe ser
trazada nuevamente de otra manera,
en cuanto hay que admitir que la moral,
de alguna manera, es necesaria. En
un mundo basado sobre el cálculo,
es el cálculo de las consecuencias
el que determina qué cosa puede
ser considerada moral o inmoral. Y
de esta manera la categoría
del bien (
) desaparece. Nada
es en sí mismo un bien o un
mal, todo depende de las consecuencias
que se pueden prever de una acción"
. En el orden social, "una atención
inadecuada de la dimensión
moral conduce a la deshumanización
de la vida asociada y de las instituciones
sociales y políticas, consolidando
las 'estructuras de pecado'"
.
107. La sociedad ha abierto sus ojos
y ha descubierto postergaciones, discriminaciones
y amenazas reales que antes no percibía;
se ha propuesto una acción
liberadora. Pero la indiferencia ante
la voluntad del Creador, criterio
de verdad y de bien, desorbita justas
aspiraciones de grupos humanos y de
otras realidades que las sufren. Ha
surgido una nueva conciencia contraria
a toda discriminación; con
cierta frecuencia, ajena a la verdad
y el bien. La agenda para la debida
superación de toda discriminación
de la mujer, como lo vimos más
arriba, conlleva en determinados grupos
militantes exigencias contrarias a
la justicia. La causa noble de velar
por los equilibrios ecológicos
ha sido también abrazada por
algunos movimientos ecológicos
que tienden a proclamar la intocabilidad
de la naturaleza, que justifican el
aborto de quienes podrían llegar
a ser agresores del medioambiente,
y niegan toda superioridad del ser
humano sobre las demás criaturas.
No faltan quienes luchan por otra
causa justa: el respeto, el aprecio
y el derecho a existir y desarrollarse
de las culturas indígenas.
Sin embargo, no faltan quienes lo
hacen, tratando de mantenerlas lejos
del intercambio con otras culturas
y con el progreso de la sociedad,
e impulsándolas a rechazar
la riqueza del cristianismo. Por último,
la causa de la justa superación
de toda discriminación a personas
de tendencia homosexual, también
alberga a quienes pretende homologar
sus uniones al matrimonio, destruyendo
la misma noción de matrimonio
y familia.
108. El proceso de cambio -que abarca
incontables realidades, y que es acelerado
por la globalización- unido
a su tentación, el relativismo,
provoca un profundo desarraigo . Se
debilitan o desaparecen las raíces
que cada uno tiene en personas, en
convicciones capaces de dar un norte
a la propia vida, en lugares queridos,
en tradiciones, en costumbres, en
la historia de su pueblo y de su patria.
Este desarraigo va unido a un sentimiento
de gran inseguridad y de desconcierto;
a veces, de angustia. Por eso mismo,
las preguntas acerca de la seguridad,
la autoestima, la identidad cultural
y las raíces humanas de toda
existencia, han llegado a tener una
relevancia fundamental.
109. En esta era digital, más
desarraigada, automatizada, subjetiva
y aparentemente más pragmática
que las anteriores, surgen nuevas
tendencias en el campo religioso.
Por una parte, quienes son condicionados
por el temor a los cambios se aferran
a ritos y fórmulas de sus creencias,
que se manifiestan a veces en la rigidez
de nuevos fundamentalismos tanto entre
cristianos como en religiones diferentes.
Por otra parte, cierta mentalidad
postmoderna, inclinada a compartir
cercanías, prescindiendo de
la búsqueda de la verdad y
del sentido último de la existencia,
conduce a sobrevalorar el mero sentimiento
religioso, como una búsqueda
común y confusa de la trascendencia,
y también al sincretismo. En
pos de un relativo bienestar y de
una ambigua unidad, sacrifica los
rasgos de la propia identidad. En
fin, el mundo que está sumido
en la tecnología, agobiado
por el costo diario de la vida, que
enfrenta tensiones vitales, estrés
y depresiones, busca remansos de paz,
olvidando el valor del sufrimiento
y de la cruz, en prácticas
orientales más impersonales,
que contribuyen a "sentirse liberado",
o "sentirse a gusto" y a
encerrarse en pequeños grupos
de pertenencia que en lo inmediato
disuelven el agobio cotidiano.
110. Ante ello, pareciera que la propuesta
cristiana tiene que detenerse ante
el hecho más decisivo de la
historia. En medio de tantas propuestas,
ante nosotros emerge con fuerza la
relevancia única de la revelación
de Dios en Jesucristo, "centro
del cosmos y de la historia"
(cf. Jn 1, 1ss; cf Hb 1, 1ss). No
es el hombre el que inventa dioses,
ni el que traza caminos; tampoco es
el creador de verdades o el hacedor
de códigos morales. En su infinita
bondad, Dios ha enviado a su Hijo
a hablarnos , a salvarnos del error
y del pecado, y a abrirnos la puerta
hacia la felicidad. Él es el
Camino y la Verdad. En Él Dios
nos revela su rostro, y revela a la
humanidad lo humano en su plenitud.
Tanta bondad y sabiduría de
Dios nos compromete. Por eso nos urge
anunciar el Evangelio como un mensaje
de esperanza, como la Buena Noticia
del Verbo Encarnado, que es nuestra
Verdad y nuestra Roca. Nos urge manifestar
de mejor manera la riqueza mística
del cristianismo que abarca la relación
con toda la Creación y la Re-creación
en Cristo, y sobre todo con Aquel
que es el origen de todo bien, ya
que "la razón más
alta de la dignidad humana consiste
en la vocación del hombre a
la comunión con Dios"
(GS 19).
111. El tiempo actual nos pide proclamarlo
como mensaje de esperanza a los que
se esfuerzan por desviar su vista
ante el dolor, la enfermedad y la
muerte. Por amor a nosotros Jesucristo
cargó la cruz. Como Señor
resucitó de entre los muertos
y proclamó que la muerte no
tiene la última palabra, sino
Él, nuestra Vida y Esperanza.
El árbol de la cruz es árbol
de vida y escalera de Jacob para trepar
a la felicidad. Siempre el encuentro
personal con Dios será una
energía espiritual y una fuente
de vida y resurrección para
hacer frente a los desafíos
y los sufrimientos de cada día,
y para motivarnos a una profunda transformación
de la sociedad basada en el Evangelio
de la paternidad de Dios y de la fraternidad
humana, del servicio gratuito, y de
la presencia encarnada del Señor
en los hombres y las mujeres contemporáneos.
La calidad del amor a Dios siempre
se prueba en la capacidad de compartir
la fe, la esperanza, el tiempo, los
proyectos, los talentos y los bienes
con los que más los necesitan.
Así vivió el Señor
Jesús, siempre disponible a
entregarlo todo por amor a los demás.
Así aconteció también
con la Santísima Virgen María,
con los apóstoles de la primera
hora y con los santos y mártires
de nuestro Continente y del mundo
entero.
Preguntas:
1. ¿Cuáles son las principales
oportunidades y amenazas del actual
cambio de época para la familia
y la convivencia social?
2. ¿Qué características
presentan las ofertas religiosas que
buscan sólo la tranquilidad
y el bienestar personal y prescinden
del compromiso transformador del Evangelio?
b.
La globalización, un desafío
para la Iglesia
112. En este cambio de época
constatamos que la globalización,
fenómeno real y complejo, propicia
una acelerada integración entre
los pueblos y los países del
mundo, incidiendo fuertemente en el
ámbito de la economía
y el trabajo, del comercio y las finanzas
internacionales, de las comunicaciones
y las culturas del planeta. Incide,
en una palabra, en casi todos los
ámbitos de la vida humana.
Este fenómeno se origina por
los avances que se han dado, y se
siguen dando, en el campo de la ciencia,
la tecnología, la educación,
la informática y el mercado
libre, y por los grandes centros del
poder político y económico.
Ocasiona cambios que afectan a todos,
y que llegan hasta el interior de
las personas: hasta su sentir, su
pensar y sus costumbres.
113. Entre las características
más relevantes constatamos
la comunicación mundial en
forma instantánea y en tiempo
real, el enriquecimiento del saber,
el intercambio de conocimientos, de
procedimientos tecnológicos
y de bienes, su regulación
mediante tratados, tanto en el plano
económico y político
como en el jurídico, la velocidad
con que se producen los cambios, la
generación de nuevos paradigmas
y el continuo aceleramiento de estos
procesos.
114. Sin embargo, debemos tener presente
que la globalización no es
un fenómeno rígido e
invariable; no está definitivamente
determinada. En sí misma no
tiene una connotación moral;
si bien en la práctica la tiene,
dependiendo del tipo de globalización
que se promueve. "La Iglesia,
aunque reconoce los valores positivos
que la globalización comporta,
mira con inquietud los aspectos negativos
derivados de ella" , ya que ofrece
oportunidades posibles que hay que
aprovechar y desventajas que hay que
evitar. En definitiva, como toda criatura
gestada por el hombre, la globalización
será aquello que nosotros hagamos
de ella. Nuestro deber consiste en
"humanizar la globalización
y globalizar la solidaridad"
.
115. Pero la globalización,
tal como la experimentamos actualmente,
además de producir un efecto
de integración e interdependencia
entre los pueblos, va acompañada
de tensiones por las asimetrías
propias de estos procesos, cuando
no están equilibrados por un
gran respeto hacia los más
débiles y por medidas solidarias,
y cuando se producen hegemonías
económicas, políticas,
comunicacionales y culturales.
116. Nuestra cosmovisión cristiana
nos aproxima al fenómeno de
la globalización desde los
criterios fundamentales de la dignidad
de la persona humana, cuyo bien es
el criterio último de todo
progreso, y de su vocación
a la comunión, desde el destino
universal de los bienes y la opción
evangélica por los pobres,
y desde la visión del universo
como creación de Dios, confiada
al ser humano para que lo contemple
y lo administre según el querer
del Creador.
117. De manera simultánea al
proceso en curso de globalización,
podemos constatar otro proceso desde
la base, de defensa de la identidad
cultural, de la naturaleza, y de las
organizaciones y los grupos humanos
que se sienten amenazados, creándose
extensas redes de defensa de derechos
humanos olvidados, o de producción,
consumo, intercambio, financiamiento
etc. Muchos de estos procesos surgen
por una motivación humanista
mantenida con transparencia, mientras
que otros son fermentados por influencias
ideológicas, que reducen su
verdad .
118. La globalización económica
es un fenómeno complejo que
genera riquezas gracias a la intercomunicación
mundial y a la elevación de
los estándares de producción
a parámetros internacionales,
y genera, a la vez, de manera más
o menos sistemática, pobrezas
y marginaciones diversas que afectan
gravemente a muchos pueblos. Entre
quienes no logran sacar ventajas,
porque no tienen la capacidad, los
conocimientos y los niveles de formación
que ella exige, la pobreza y el desempleo
aumentan; también crece la
distancia con los que las poseen.
119. Esto ocurre en América
Latina, donde el mercado laboral está
subvaluado y deprimido, y donde existe
una progresiva y amenazante degradación
ambiental; en un Continente que continúa
siendo una de las regiones menos equitativas
del mundo: la brecha entre ricos y
pobres se amplía en lugar de
disminuir, y los esfuerzos para disminuir
significativamente la pobreza casi
siempre son insuficientes o inadecuados.
Las desigualdades, fruto de la inadecuada
distribución de la educación
y de la riqueza, hieren severamente
el tejido social . En este escenario,
son una escasa excepción los
pobres que poseen las oportunidades
que les son necesarias para su desarrollo
integral. La evidencia empírica
permite afirmar que en América
Latina se mantiene una grave injusticia
social, que frena el posible desarrollo
humano de millones de habitantes.
Y, para escándalo de muchos,
todo esto sucede en un Continente
de bautizados. Imposible dejar de
preguntarse, ¿por qué
la verdad de nuestra fe y de nuestra
caridad no han tenido la debida incidencia
social?
120. La globalización de los
medios de comunicación social
ha transferido una cuota importante
de poder a los dueños de los
medios y a los mismos comunicadores
sociales, que se transforman en factores
importantes de la modelación
de las mentalidades y culturas, en
influyentes operadores de los cambios
valóricos, y en fiscalizadores
de la vida de la sociedad, aunque
ellos mismos normalmente no aceptan
una fiscalización de sus actos.
Esto abre en nuestros días
un debate interesante y necesario.
"Quienes trabajan en el campo
de los medios de comunicación
social han de ser destinatarios de
una especial atención pastoral"
.
121. Por otra parte, la globalización
asimétrica de antivalores está
provocando una verdadera revolución
en el ámbito de la cultura,
ya que tiende a alterar la identidad
cultural de casi todos los pueblos.
Mientras promueve el culto al propio
yo, al dinero y al placer, atenta
contra la solidaridad con los marginados,
contra el respeto y el valor sagrado
de la vida, contra el matrimonio,
la familia y la heterosexualidad,
contra la identidad y misión
de la mujer , contra la diversidad
cultural, y contra la auténtica
concepción de la libertad,
cuya vocación es aliarse con
la verdad, la belleza y el bien.
122. La globalización del conocimiento
debiera conducir a una conciencia
y conducta ecológica consecuentes
en los pueblos y a una sana regulación
internacional. Sin embargo el capital
volátil movido por el afán
de lucro busca regiones con sueldos
más bajos y con legislaciones
ambientales más permisivas.
Aunque también constatamos
que la crisis ecológica está
haciendo surgir la urgente necesidad
moral de una nueva solidaridad entre
las naciones en desarrollo y aquellas
industrializadas .
123. Es creciente la movilidad humana,
tanto interna como internacional,
en esta era de globalización.
Sin embargo, las personas no logran
desplazarse como los capitales y los
bienes. Esto se debe a la incoherencia
de las políticas económicas
que persiguen la liberación
en los movimientos del capital, pero
no el movimiento de las fuerzas de
trabajo . Algunos países ven
las inmigraciones como una amenaza
o una pérdida de su seguridad;
y adoptan políticas y leyes
muy restrictivas para el control migratorio.
Preguntas:
1. ¿Qué
oportunidades de solidaridad nos ofrece
la globalización actual?
2. ¿Qué efectos sociales,
culturales y económicos tiene
la asimetría de la globalización
actual en nuestros pueblos?
c. Las
esperanzas y las tristezas de nuestros
pueblos nos interpelan
124. Nuestros países, en general,
están inmersos en el gran proceso
que hemos evocado, que llega acompañado
de los dolores de parto de una nueva
época, y acelerado por la globalización
del conocimiento, de las comunicaciones
y la economía, como también
de los valores y antivalores de nuestro
tiempo. Comparten con muchos países
del mundo occidental los procesos
y sus efectos, por ejemplo, la influencia,
tanto constructiva como nociva, de
los medios de comunicación,
y la difusión de la increencia
y la secularización, si bien
mostrando mayores defensas ante este
último fenómeno.
125. El fenómeno de la globalización
y el avance de las comunicaciones,
por ejemplo, han permitido a numerosos
países de la región
una mayor apertura al mundo. Esto
ha tenido efectos no sólo en
el campo de los conocimientos y la
economía. También ha
repercutido en unos pocos países
en una afirmación de su identidad
y autoestima, recibiendo el reconocimiento
de otros por sus valores y ventajas
comparativas. Pero en esos mismos
países, y más aún
en los países más débiles,
la fuerte y a veces invasora influencia
de la cultura actual del mundo desarrollado,
está produciendo una ruptura
creciente con su patrimonio cultural,
sus valores tradicionales y su estilo
de vida.
126. Pero nuestros países tienen
también grandes esperanzas
y dramáticos problemas que
les son propios. Entre estos últimos
es claro que los beneficios económicos
de su progreso no afloran entre nosotros
con equidad. Sigue siendo escandalosa
la persistencia de la pobreza, la
miseria y el desempleo en un sub-continente
formado mayoritariamente por cristianos.
Este mal golpea principalmente a millones
de mujeres, de indígenas y
de afroamericanos. Crece la brecha
del ingreso entre los más ricos
y los más pobres. La superación
de estos males se ve dificultada y
amenazada por el tipo de globalización
que se extiende, y por los tratados
que se suscriben entre países
muy desiguales en el campo de la información,
la educación y la tecnología.
La opción preferencial por
los pobres aún no da frutos
que permitan mirar el futuro como
un tiempo de fraternidad y de paz.
Admirable resulta, en este contexto,
la persistencia de grandes virtudes
entre los pobres, que son solidarios
entre ellos, acogedores, religiosos,
y emplean sus mejores esfuerzos en
dar alimentación, salud y educación
a sus hijos.
127. Con más fuerza se ha hecho
presente en la conciencia de muchos
países el reclamo por una justa
incorporación de los pueblos
originarios a los beneficios y a la
conducción de la sociedad.
De manera simultánea urge,
por una parte, la promoción
y el aprecio de sus grandes valores
como aportaciones providenciales para
nuestro tiempo, lo que implica el
respeto a su cultura y a formas ancestrales
de organización y, por otra
parte, el acceso expedito a la enseñanza
media y superior, que les entregue
los conocimientos y las habilidades
que necesitan para superar la pobreza
que aqueja a la mayoría de
los integrantes de sus pueblos, y
para integrarse al mundo globalizado
y beneficiarse de sus progresos.
128. Las nuevas reformas educacionales,
centradas prevalentemente en la adquisición
de conocimientos y habilidades, denotan
un claro reduccionismo antropológico,
ya que conciben la educación
en función de la producción,
la competitividad y el mercado. Por
otra parte, con frecuencia propician
la inclusión de factores contrarios
a la vida, a la familia y a una sana
sexualidad. De esta forma no despliegan
los mejores valores de los jóvenes
ni su espíritu religioso; tampoco
les enseñan los caminos para
superar la violencia y encaminarse
a la felicidad, ni les ayudan a llevar
una vida sobria y a adquirir aquellas
actitudes y costumbres que harán
estable el hogar que funden, y que
les convertirán en constructores
solidarios de la paz y del futuro
de la sociedad. Falta mucha equidad
en el acceso, con igualdad de oportunidades,
de todos los jóvenes a la educación.
El aumento de los embarazos adolescentes,
del consumo de droga y de alcohol,
como también de la violencia
intraescolar, es un fenómeno
grave, que exige un análisis
interdisciplinar y profundo y la superación
de sus causas.
129. La función del Estado
ha resultado gravemente afectada por
numerosas razones. Experimenta dificultades
en realizar su compromiso con el bien
común; particularmente, con
los más marginados y excluidos.
El ámbito de la globalización
económica, social y cultural,
y de la iniciativa privada, condiciona
el ejercicio de sus responsabilidades
sociales. Con frecuencia es presionado,
en muchas de sus funciones, por los
sistemas financieros y las corporaciones
trasnacionales. Urge, en este contexto,
redefinir su papel de manera más
equilibrada y examinar el alcance
que tiene la 'soberanía' de
los pueblos.
130. Después de los gobiernos
autoritarios o dictatoriales, la valoración
de la democracia posee ambivalencias
importantes. Por un lado, es común
encontrar un mayoritario aprecio por
la democracia formal y por todo lo
que conlleva: transparencia en los
procesos electorales, instituciones
civiles para la organización
de elecciones, respeto del voto libre
y secreto etc. Y por otro, este fenómeno
convive con la deficiente penetración
de la democracia como cultura de la
participación, solidaridad
y subsidiaridad en nuestras sociedades
e instituciones.
131. La gente se cansa con la debilidad
de sus gobernantes. Se constata una
creciente tendencia a aplaudir el
surgimiento de líderes mesiánicos
o caudillos de corte populista. Prometen
el paraíso: la igualdad, el
empleo para todos, el término
de la pobreza y de la corrupción.
Suelen ser duros con sus adversarios
políticos, e impresionan con
medidas bien publicitadas y anunciadas
como solución de éstos
y otros problemas acuciantes de la
sociedad, aun a costa del sacrificio
de importantes derechos y libertades
públicas. Contribuyen a este
fenómeno los síntomas
graves de ingobernabilidad en numerosos
países. Constatamos una gran
indolencia en reaccionar, y un profundo
desinterés entre incontables
jóvenes por asumir responsabilidades
políticas y prepararse para
ellas.
132. En el diseño de las políticas
de Estado, como asimismo en la concepción
del trabajo político, muchas
veces no prima la pasión por
el bien de los demás, buscado
con desinterés y con espíritu
de servicio, es decir, no prima la
concepción cristiana de la
autoridad. Debe ir acompañada
de una vida sobria, y ser fortalecida
o reintroducida urgentemente a través
de quienes velan por el bien común
con altura de miras, y de los fieles
laicos que reciben funciones directivas,
como asimismo del testimonio y la
voz profética de los pastores.
Así las instituciones podrán
reorientarse al servicio de las personas,
respetando sus derechos; en especial,
de los pobres y marginados .
133. Es palpable cierta crisis de
las instituciones políticas
de representación por la dificultad
de adaptarse a los nuevos tiempos
y de aceptar de buena gana el surgimiento
de una sociedad civil organizada en
otras formas. A este respecto, es
muy notoria la decadencia y atomización
de los partidos políticos,
cuyas identidades programáticas
parecen diluirse ante su pragmatismo
para obtener votos. En medio de esta
crisis, la confianza se desplaza de
los partidos a las personas, de los
programas a la capacidad de empatía
de los candidatos y, con menor frecuencia,
a los méritos de su historial
como servidores públicos. No
interesan los discursos y los programas,
sino la presencia en terreno y las
obras.
134. Este fenómeno se encuentra
asociado a la pérdida de credibilidad,
muchas veces injusta, de los servidores
públicos en general, de los
representantes populares y, con cierta
frecuencia, aun de los integrantes
del poder judicial. Situación
que genera ingobernabilidad y, en
casos extremos, hasta diversos tipos
de violencia social. No se puede dejar
de reconocer que el desencanto producido
en los jóvenes y en las nuevas
generaciones adultas, a causa del
incumplimiento de promesas de campaña,
de la inoperancia ante la violencia
y el narcotráfico y de los
escándalos de corrupción
entre los gobernantes, influye notablemente
en la debilidad orgánica de
nuestras sociedades.
135. En efecto, la corrupción
pública y privada se acrecentó
de manera alarmante, afectando, por
una parte, a las personas, a las organizaciones
y a las clases dirigentes, y, por
otra, favoreciendo la impunidad y
el enriquecimiento ilícito,
lo mismo que la falta de confianza
en las instituciones políticas,
en la administración de justicia,
en la inversión pública
y, en general, en quienes tienen poder
y dinero. La corrupción frena
el crédito, la inversión
honesta y la ayuda internacional.
Sus consecuencias recaen en los más
pobres y desvalidos.
136. Muchos de estos fenómenos
tienen, entre otros factores, como
causa natural una deficiente educación
al trabajo honesto y al ejercicio
de la corresponsabilidad y de las
responsabilidades cívicas básicas.
Esto impide hacer de la participación
social un estilo evidente de vida
personal, familiar, educacional, laboral
y vecinal y, en general, cívico.
Nuestros pueblos no podrán
volverse sujetos de su propia historia,
mientras no posean dentro de sí
la savia de una auténtica cultura
laboral y democrática: esforzada
y participativa, subsidiaria y solidaria,
representativa y promotora activa
de los derechos de todas las personas
por igual. En este terreno es insustituible
el aporte de la Iglesia, a través
de su Doctrina Social, a la revitalización
de la identidad y misión de
los fieles laicos y a la nueva toma
de conciencia sobre el legítimo
derecho de actuar con propia responsabilidad
y de manera organizada, en la promoción
del bien común. Un trabajo
ecuménico que una en este campo
los esfuerzos de las confesiones cristianas,
puede ser muy fecundo.
137. Un grave deterioro en algunos
países lo produce la producción
de droga y el narcotráfico,
que son una "seria amenaza para
las estructuras sociales de las naciones
en América" . La demanda
de droga en países desarrollados
y ricos es alta. Aunque los países
productores son sometidos a la calificación
y certificación internacionales,
no se trata de igual manera a los
países que toleran, o aun legalizan,
el consumo de droga y el lavado de
las utilidades. En ellos no hay un
compromiso eficaz para eliminar dicha
tolerancia, lo que estimula la producción
y el tráfico. En bien de los
campesinos pobres no se hace lo suficiente
para que puedan sustituir los rentables
cultivos para elaborar drogas, por
otros que les permitan vivir dignamente.
138. Diversos grupos guerrilleros
o terroristas se nutren del narcotráfico,
del secuestro y de negocios encubiertos.
A veces las causas por las cuales
luchan no son transparentes, lo que
hace más difícil la
búsqueda de soluciones pacíficas
y la reincorporación a la vida
democrática. Según cuáles
sean las formas de combatir esta violencia
-pregunta que se ha agudizado después
del 11 de septiembre- las luchas y
la violencia pueden radicalizarse
y aun convertirse en un terrorismo
de Estado, provocando más inseguridad,
sufrimientos y muertes.
139. La escasa consolidación
y desarrollo de los procesos democráticos
y de las instituciones que expresan
y sostienen la democracia, la debilidad
de las redes de la sociedad civil,
la frecuente aparición de caudillismos
y de políticas populistas,
el desconcierto ante la emergencia
de los pueblos indígenas, las
dolorosas heridas del pasado entre
pueblos con vocación fraterna,
y otros factores, han retardado e
imposibilitado hasta ahora los procesos
de integración en Latinoamérica
y el Caribe, dejando al subcontinente
expuesto a ser tan sólo un
satélite o un apéndice
de la economía, la política
y la cultura de otros grandes bloques.
Preguntas:
1. ¿Cuáles
son las mayores distorsiones y sufrimientos
en tu país?
2. ¿Qué pasos hay que
dar para superar la inequidad social
dentro de nuestros países?
d.
Los católicos y la Iglesia,
también ante otros desafíos
140. Si bien tenemos conciencia agradecida
de que el Señor nos ha regalado
una Iglesia de gran vitalidad pastoral
(ver II. b.), constatamos nuestras
propias debilidades y los síntomas
que las reflejan, como también
las amenazas que enfrenta la fe y
la vida de millones de bautizados,
y las causas de éstas. Son
desafíos que nos interpelan
y que hacen más urgente nuestra
misión.
141. La religiosidad propia de los
pueblos originarios del continente,
la fuerza transformadora de la evangelización
y la fe católica de fuertes
inmigraciones del Viejo Mundo, han
forjado los fundamentos de las culturas
y del pensamiento de nuestros pueblos;
por eso se ha hablado entre nosotros
de que existe un substrato católico
de nuestra cultura . Este substrato
permanece hasta hoy como fruto de
esta larga historia y de su honda
religiosidad. Él sostiene y
favorece nuestro encuentro personal
y eclesial con Jesús, Camino
hacia el Padre, fuente de toda misericordia.
Sin embargo, hoy día constatamos
que desde muchos ángulos de
la sociedad globalizada surgen amenazas
erosivas de este substrato, lo que
debilita la presencia evangelizadora
de la Iglesia y carcome algo medular
del patrimonio espiritual y moral
de América Latina y el Caribe.
142. Esta savia católica se
ha expresado espontáneamente
en una rica religiosidad y piedad
populares que de muchas y muy diversas
formas expresan una honda confianza
en la Providencia divina, en la acción
del Espíritu Santo, en el amor
de Cristo Crucificado, en la presencia
maternal de la Virgen María
y el socorro de los santos en las
dificultades. También la devoción
eucarística y la relación
filial con el Santo Padre, han caracterizado
el alma religiosa de América
Latina y del Caribe. Esta religiosidad,
fundamentada en la fe y acuñada
en la cultura popular espontánea,
constituye una base desde la cual
el hombre latinoamericano modela su
sentido de apertura a Dios . Las nuevas
iniciativas de evangelización
deben partir desde ella porque es
la que da el fundamento de su vida
a la mayoría de los latinoamericanos
y es tierra abierta a la semilla de
la palabra de Dios.
143. Este mismo substrato católico
también se expresa en el profundo
sentido de familia que hay en nuestros
pueblos, en el sentido de hospitalidad,
de solidaridad en las desgracias y
de justicia, como asimismo en el respeto
a la vida; valores que durante nuestra
historia han quedado asentados en
instituciones legales y educativas.
144. Este hondo substrato también
hoy aflora, aunque no siempre ligado
a la Iglesia, en la búsqueda
de un sentido radical de la existencia,
que se manifiesta con gran fuerza
en casi todos los espacios y ambientes.
Comprobamos que en mucha gente se
percibe una nueva valoración
de la religión como un bien
social relevante, y que aumenta el
despertar de la búsqueda religiosa,
lo mismo que la apertura a una visión
espiritual y trascendente de la vida.
Así la religión, entendida
como la forma mediante la cual el
hombre se relaciona con Dios en las
circunstancias históricas concretas
de un pueblo, es apreciada y, a través
de la acción evangelizadora
de la Iglesia, puede convertirse en
la fuente inspiradora de muchos ámbitos
de la cultura real e institucional
de nuestros pueblos latinoamericanos.
Creencia e
increencia: la fe, el agnosticismo,
la búsqueda de Dios
145. Sin embargo, en las últimas
décadas también en América
Latina y el Caribe se observa una
disminución de la fe y un debilitamiento
del compromiso de muchos creyentes
con la Iglesia y con su misma fe.
Se extiende una mentalidad que en
la práctica prescinde de Dios
en la vida concreta y aún en
el pensamiento, dando paso a un indiferentismo
religioso, un agnosticismo intelectual
y a una autonomía total ante
el Creador . Se abre camino entre
nosotros un modo de vida que, animado
por el relativismo, el pragmatismo
y el hedonismo, impide a los hombres
y mujeres interrogarse con seriedad
sobre el sentido último de
su propia existencia.
146. En algunas ocasiones constatamos
que emerge con renovada fuerza un
laicismo militante, que niega a los
creyentes la posibilidad de manifestarse
públicamente según sus
convicciones de fe y actuar de acuerdo
a ellas, por considerarlas "religiosas",
es decir, a su juicio, privadas. Curiosamente
a nombre de los derechos humanos de
las minorías se limita arbitrariamente
la libertad de conciencia de algunos
, aunque en nuestro caso son mayoría.
Desde la óptica de este relativismo
laicista, tampoco existen verdades
absolutas. La verdad es contingente
y revisable; los valores no merecen
una adhesión permanente e incondicional.
En lugar del Dios verdadero, aparecen
ídolos con pies de barro, a
los cuales se les adora como lo más
importante y gratificante de la vida,
tales como el dinero, la fama, el
poder, la sexualidad desintegrada
.
147. En este ambiente relativista
y laicista se extiende asimismo una
agresividad nueva, abierta o larvada,
contra la Iglesia. Es parte de la
liberalización de las costumbres
y de las leyes. Se quiere acallar
y aun destruir en el Continente la
autoridad moral de la Iglesia y de
sus pastores, y desdibujar la realidad
y la misión de la Familia de
Dios. Este trabajo lo facilitan los
escándalos que causan las noticias
cercanas o lejanas, verdaderas o falsas,
de graves transgresiones a la ley
moral, que socavan y destruyen credibilidades
y confianzas.
148. El fracaso de la cultura, así
llamada moderna, de brindar sentido
trascendente a la existencia humana,
la dificultad pastoral para sostener
y alimentar la identidad católica
de todos los bautizados, la aparición
de otras denominaciones cristianas
y la proliferación de innumerables
confesiones religiosas y sectas, han
dado lugar a un movido mercado de
alternativas religiosas. Un gran número
de católicos no sabe reaccionar
ante este pluralismo religioso, en
el que escuchan que el catolicismo
es una opción individual entre
muchas otras, todas de igual valor,
en la oferta mundial de modelos religiosos.
De hecho, en casi todos los países
la oferta de las sectas y de los grupos
religiosos se caracteriza, en muchas
ocasiones, por un proselitismo agresivo
contra la Iglesia católica
y, con frecuencia, por una cierta
"teología de la prosperidad"
muy distante del mensaje evangélico.
De igual manera, crece el sincretismo
religioso y moral en el ámbito
de la "New Age", del orientalismo,
de los cultos afro y de otros sincretismos
con creencias religiosas ancestrales.
Incontables bautizados que no participan
en la vida de las comunidades eclesiales,
están en riesgo de perder su
identidad católica, y aun cristiana.
La presencia
de la Iglesia
149. La Iglesia en América
Latina y El Caribe ha realizado, desde
sus inicios un amplio camino evangelizador.
El Concilio Plenario Latinoamericano
(1899), el Magisterio universal y
las Conferencias Generales del Episcopado
Latinoamericano, en sintonía
con el Concilio Vaticano II, han fortalecido
la comunión eclesial, han entrado
en diálogo más abierto
con el mundo y han motivado la creciente
participación de los laicos
en la construcción de la Iglesia
y, al parecer en menor grado, en la
configuración del mundo mediante
su compromiso socio-político.
150. Siempre el Evangelio ha dado
respuesta a la voz de Dios en el tiempo.
Constatamos un cambio de época,
una fuerte globalización y
muchos desafíos que nos plantea
el tiempo presente. No es difícil
denunciar errores e injusticias. Pero
no nos resulta fácil tener
conciencia compartida de las formas
que hoy va tomando el hambre que urge
a nuestra sociedad: hambre de Dios,
de comunión, de individuación,
de humanidad, de felicidad y de paz.
Nos cuesta presentar a Jesús
y al Evangelio propositivamente como
"la puerta" por la cual
pasan las ovejas para llegar al mejor
alimento y a la mejor bebida. Y a
veces nos cuesta reconocer juntos
las verdaderas amenazas, las que contradicen
los códigos de la felicidad
que Dios nos entregó en el
Sinaí y en el monte de las
bienaventuranzas. Éste es uno
de los grandes desafíos que
enfrenta nuestro trabajo pastoral.
151. La Iglesia se hace presente en
la sociedad a través de sus
formas habituales de evangelización,
que se adaptan, no siempre fácilmente,
a las nuevas situaciones del mundo
de hoy. La pastoral organizada desde
parroquias, comunidades eclesiales
de base y otras muchas formas de organización
eclesial, no siempre responde a los
desafíos de las megápolis.
Pero siguen contribuyendo a la formación
de comunidades cristianas, a la preparación
a los sacramentos y brindan un espacio
generador de muy diversas vocaciones
sociales y eclesiales. En su ayuda,
sin que ya se produzca una plena integración
y mutua fecundación, han venido
los movimientos eclesiales. Se suman
a estos esfuerzos pastorales, desde
sus obras o en las parroquias y en
la base poblacional, los miembros
de los institutos de vida consagrada.
Con su colaboración, en el
campo de la educación y de
la cultura sobresale el papel de la
Iglesia con el alto número
de escuelas, colegios y universidades
de matriz católica, en la pastoral
que organiza para centros educativos
no confesionales y en el apoyo a la
educación alternativa.
152. En el campo social, se ha destacado
la promoción y defensa de los
derechos humanos, individuales y sociales;
la mediación de la Iglesia
en diversas situaciones de conflictos
sociales o políticos; el acompañamiento
de los pueblos indígenas; el
trabajo pastoral abnegado con los
pobres que sufren diversas formas
de pobreza; la formación de
los ciudadanos para la construcción
de la democracia; y el servicio permanente
de la acción social de la Iglesia
en áreas como educación,
salud, vivienda, atención carcelaria,
etc. En los últimos años
la Iglesia ha luchado coherentemente
también por otros derechos
humanos, tales como el derecho a la
vida, a la familia, al trabajo, a
la libertad de conciencia y de educación.
153. La Iglesia ve con mucha preocupación
la violencia, el maltrato y la violación
a los derechos fundamentales de los
migrantes, refugiados y desplazados
de toda América Latina y el
Caribe. Ellos interpelan a la Iglesia
a comprenderlos, recibirlos y valorizar
su cultura y religiosidad. La Iglesia
se preocupa de ellos, ya que no puede
aceptar que alguien sea marginado
por ser extranjero o discriminado
por causa del color de su piel o de
diferencia cultural. Los inmigrantes
enriquecen a la Iglesia con su diversidad
y pueden ser un factor de desarrollo
para las sociedades que los reciben.
154. Sin embargo, probablemente hemos
descuidado la formación de
los laicos para ordenar las realidades
temporales según el querer
del Señor. Los hemos invitado
más bien a participar en la
construcción de la Iglesia.
Por eso constatamos en incontables
constructores de la sociedad influyentes
y bautizados -sobre todo en un gran
número de políticos,
economistas, empresarios, sindicalistas
y comunicadores sociales- que sus
convicciones éticas son débiles
y no logran cumplir su responsabilidad
en el mundo con coherencia cristiana.
No se guían por la Doctrina
Social de la Iglesia, ni la conocen.
Tampoco están contribuyendo
de manera determinante numerosos servidores
públicos católicos a
dar estabilidad política, económica
y laboral a nuestros países.
155. A pesar del intenso trabajo pastoral
de la Iglesia, en muchos países
del sub-continente descendió
fuertemente en los últimos
diez años el número
de católicos. En algunos, hasta
el 10%. Ha disminuido el número
de personas que se profesan católicas,
muchas de las cuales adhieren a otros
grupos religiosos y, a veces, a varias
denominaciones de manera sucesiva
y hasta simultánea (doble pertenencia
religiosa); crece la indiferencia
religiosa y ha crecido la increencia,
sobre todo entre los jóvenes.
156. Entre muchos fieles laicos, que
no están incorporados vivamente
a las parroquias y a las comunidades
de la Iglesia, se debilita la recepción
de los sacramentos, especialmente
la celebración del sacramento
del matrimonio. También ha
disminuido la proporción de
los recién nacidos que son
bautizados. Las vacilaciones de la
pastoral vocacional , que en muchas
Iglesias particulares no recoge las
mejores experiencias de otras diócesis,
impide tener el número de sacerdotes
que respondan a la sed de Dios y de
la Eucaristía dominical en
amplios sectores de mayor densidad
urbana. La participación en
la misa dominical, si bien en incontables
parroquias llena los templos, en proporción
al número de bautizados es
muy bajo; también la celebración
del domingo en muchos ambientes se
ha desacralizado, con pérdida,
además, de su carácter
familiar. Disminuyen o aun desaparecen
en grandes ciudades, en parroquias
y familias las prácticas religiosas,
como por ejemplo la bendición
con el Santísimo o el rezo
en común del rosario, que manifestaban
el significado cristiano del día
del Señor. Encuestas recientes
que investigan la fe de los católicos,
muestran la urgencia de una formación
catequística más amplia
y profunda y la necesidad de no suponer,
ni en la predicación ni en
los textos de catequesis, verdades
esenciales, tales como la divinidad
de Jesucristo, la existencia de la
vida eterna, la realidad del mal y
de la culpa. En este campo, apremia
una valiente renovación de
la formación catequética
de los catequistas, una presencia
más vigorosa de los sacerdotes
en esta tarea y lograr procesos orgánicos
más acordes con la maduración
de la fe de las personas y de las
comunidades. Debilita a la misma Iglesia
la gran cantidad de hombre y mujeres
que no contraen el sacramento del
matrimonio, y que no fundan hogares
estables. Por último, el compromiso
con las instituciones y comunidades
eclesiales entre los que menos practican
decae notoriamente.
157. El abandono de católicos
hacia comunidades pentecostales, hacia
sectas o hacia nuevos movimientos
religiosos, no corresponde a una causa
única. Entre las más
recurrentes se destacan la búsqueda
de una experiencia comunitaria más
estrecha para evitar la soledad y
el aislamiento; la búsqueda
de expresiones religiosas subjetivamente
más emotivas; la pérdida
del contacto con las actividades evangelizadoras
de la Iglesia, si bien permanecía
la sed de un encuentro personal con
Jesús y con la Palabra de Dios;
el cambio de vida que brota del contacto
directo con ellas; y la oportunidad
de mayor protagonismo en comunidades
más pequeñas. También
influye la distancia sicológica
a una manera de entregar la riqueza
doctrinal de la Iglesia, no siempre
presentada como un enriquecimiento
personal en humanidad, sino como una
limitante de la propia libertad, como
un no a urgencias muy sentidas.
158. Para estas personas que abandonan
la Iglesia por algunas de las causas
arriba señaladas, es necesario
encontrar nuevas formas y expresiones,
existencialmente significativas, de
acogida, de acompañamiento,
de oración, de pastoral bíblica,
de vivencias comunitarias, que acojan
la totalidad de su vida, que conduzcan
al encuentro con Jesucristo vivo,
nuestro Camino, Verdad y Vida, y que
transmitan esa experiencia de la comunión
que la Iglesia debiera y quisiera
ofrecer, y que va más allá
de lo acostumbrado hasta el presente.
En la Iglesia se puede encontrar todo
lo que estos bautizados han buscado
en otras agrupaciones religiosas,
y, además, un tesoro sacramental,
doctrinal, espiritual y pastoral aún
mayor. Por eso, este fenómeno
migratorio nos invita a reflexionar
sobre aquello que tenemos y no cultivamos
ni ofrecemos, y sobre las cualidades
y los logros de estas confesiones
religiosas, que han atraído
a un número considerable de
personas que fueron bautizadas en
nuestra Iglesia.
Preguntas:
1. ¿Cuál
es la fortaleza del "sustrato
católico de nuestra cultura"
y cuáles pueden ser sus signos
de debilidad?
2. ¿Cuáles crees que
son las causas por las que un número
significativo de bautizados en la
Iglesia Católica se vayan a
otras denominaciones religiosas? 3
¿Qué hacer para que
la Misa dominical ocupe el lugar central
en el día del Señor?
3. ¿Qué iniciativas
hay en tu comunidad para la formación
de laicos y para concretar la opción
preferencial por los pobres?
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5.
Para que nuestros pueblos en El tengan vida
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159. Como discípulos
y misioneros de Jesucristo hemos tomado
conciencia de muchos dolores de parto
de una nueva época en nuestro
mundo globalizado, como asimismo de
la situación de nuestros países,
cuyos hombres y mujeres tienen el
gozo de la fe en Cristo, de los tesoros
y la belleza de la naturaleza, de
muy variadas culturas y de una gran
esperanza, unido al dolor de la hiriente
pobreza, la corrosiva droga y la triste
desunión entre quienes los
guían. Constatamos también
que se difunde la tentación
de apartar nuestros caminos de esa
primera carta de navegación
hacia la felicidad que Dios le entregó
a la humanidad en el Sinaí
(ver nº 8).
160. Por otra parte, sin cerrar los
ojos ante nuestras debilidades y ante
los esfuerzos que se hacen por emancipar
la cultura de nuestros pueblos de
sus raíces cristianas, constatamos
con mucha gratitud el crecimiento
de las comunidades y de las personas
que se han encontrado con Cristo y
han optado por abrirle espacio en
su vida y en sus proyectos al Evangelio.
Es cierto, son innumerables los bautizados
que están lejos de seguir las
señalizaciones hacia la vida
y la felicidad del sermón de
la montaña (ver nº 13).
Pero en medio de las promesas de Dios
nos sobrecoge la elección que
hizo de nosotros y el envío
que hacemos nuestro con creciente
fuerza a ser luz del mundo y sal de
la tierra, a ser instrumentos de su
justicia, su misericordia y su paz.
Conmovidos por quienes no tienen vida
en Él, desafiados por los signos
de muerte de nuestro tiempo, y urgidos
por el hambre de felicidad y de vida,
tanto en este mundo como de vida eterna,
queremos acercar a los alejados, a
los que no lo conocen y a nuestras
culturas a Aquel que es el Pan de
vida bajado del cielo, para que todos
tengan vida en Cristo. Como discípulos
y misioneros somos convocados a tomar
resueltamente en nuestras manos la
misión que Él nos entrega,
para que "nuestros pueblos en
Él tengan vida".
161. Dios es un Dios de vida. Da testimonio
de ello toda la obra de la creación.
Pero por el pecado entró la
muerte en la historia (cf. Rm 5, 12ss).
Jesucristo, la Palabra, vino a restaurar
la vida. "En ella estaba la vida
y la vida era la luz de los hombres"
(Jn 1, 4). Su Resurrección
es la victoria de la vida nueva. La
vida del discípulo y de la
Iglesia se realiza en la tensión
del arco que une la resurrección
de Cristo y la resurrección
de todos los redimidos al final de
los tiempos. Bajo esta luz, e impulsados
por esta vida nueva en Cristo, sus
discípulos están comprometidos
a regenerar con Él la vida
y a defenderla en el mundo y en la
historia.
162. La Iglesia sabe que su misión
prolonga en la historia la misión
de Cristo, nuestro Salvador. Todo
lo que ella hace por los hombres es
una acción liberadora de la
esclavitud del pecado y la muerte,
para incorporar a la vida, la pasión
y la resurrección de Cristo,
el Señor de la vida. Como madre
ella existe para que las personas
y los pueblos tengan vida en Él.
Así actualiza el sentido mismo
de su Encarnación y de su Pascua
como Buen Pastor: "Yo he venido
para dar vida a los hombres y para
que la tengan en plenitud" (Jn
10, 10).
163. El bautismo no sólo purifica
de los pecados; hace renacer al bautizado,
confiriéndole la vida nueva
en Cristo. Esta vida en Cristo nos
hace "partícipes de la
naturaleza divina" (2 Pe 1, 4),
e implica para el bautizado vivir
como hijo del Padre, confiando en
su providencia, responsabilizándose
por la naturaleza, creación
suya, y colaborando con Él
para el bien de los hombres; vivir
como miembro de Cristo a la luz de
sus enseñanzas, como coheredero
con Él, unido entrañablemente
a Él y a todos los santos por
obra de su gracia, recorriendo con
sus sentimientos los caminos de la
Pascua, permaneciendo en su amor al
Padre y a los hermanos; es vivir a
semejanza de la Virgen María,
enriquecido por sus dones, como templo
del Espíritu Santo, y obrar
fecundamente según sus mociones.
La vida nueva en Cristo nos incorpora
a la comunidad de los discípulos
y misioneros de Cristo, a la Iglesia,
y nos hace hermanos de los hijos del
mismo Padre, reconociendo a Cristo
como Primogénito y Cabeza de
toda la humanidad. Ser hermanos implica
vivir fraternalmente y siempre atentos
a las necesidades de los más
débiles .
164. Nuestros pueblos no quieren andar
por sombras de muerte; tienen sed
de vida y felicidad en Cristo. Lo
buscan como fuente de vida. Anhelan
esa vida nueva en Dios, a la cual
el discípulo del Señor
nace por el bautismo y renace por
el sacramento de la reconciliación.
Buscan esa vida que se fortalece,
cuando es confirmada por el Espíritu
de Jesús y cuando el discípulo
renueva su alianza de amor en Cristo,
con el Padre y con los hermanos, en
cada celebración eucarística.
Acogiendo la Palabra de vida eterna
y alimentado por el Pan bajado del
cielo, quiere vivir la plenitud del
amor, que es "la vida por sus
amigos" (Jn 15, 13), y conducir
a todos al encuentro con Aquel que
es el Camino, la Verdad y la Vida,
es decir, con Cristo, para quien y
por quien fueron creadas todas las
cosas (cf. Col 1, 16).
165. La Iglesia, que nace de la Eucaristía
y se siente impulsada a ser sacramento
de comunión, tiene el encargo
de unir la Eucaristía como
don y "misterio de intimidad"
con el trabajo por la justicia, la
solidaridad y la paz. "La fuerza
del sacramento de la Eucaristía
va más allá de los muros
de nuestra Iglesia. En este sacramento
el Señor está siempre
en camino hacia el mundo" (Benedicto
XVI, fiesta de Corpus Christi del
año 2005). Quienes participan
de la comunión eucarística
comen el pan que Cristo nos da "para
la vida del mundo" (Jn 6, 51),
crecen en la espiritualidad de comunión
y ensanchan su corazón para
abrirlo más a los excluidos,
olvidados y marginados de nuestro
continente.
166. El Papa Juan Pablo II exponía
esta verdad a los jóvenes con
estas palabras: "La vida nueva,
don del Señor resucitado, se
irradia después a todos los
ámbitos de la experiencia humana:
en la familia, en la escuela, en el
trabajo, en las actividades de todos
los días y en el tiempo libre.
La vida nueva comienza a florecer
aquí y ahora. Signo de su presencia
y de su crecimiento es la caridad:
'Nosotros sabemos que hemos pasado
de la muerte a la vida -afirma San
Juan- porque amamos a nuestros hermanos'
(1 Jn 3, 14) con un amor de obra y
en verdad. La vida florece en el don
de sí a los otros, según
la vocación de cada uno: en
el sacerdocio ministerial, en la virginidad
consagrada, en el matrimonio, de modo
que todos puedan, con actitud solidaria,
compartir los dones recibidos, sobre
todo con los pobres y los necesitados.
Aquel que 'nazca de lo alto' será
capaz de 'ver el Reino de Dios' (Cf.
Jn 3, 3) y de comprometerse en la
construcción de estructuras
sociales más dignas del hombre
y de cada hombre, en la promoción
y defensa de la cultura de la vida
contra cualquier amenaza de muerte
".
167. Porque la Iglesia, la Eucaristía
y el amor al prójimo son inseparables,
nos duele la increencia y la desesperanza
que cunden entre muchas personas,
como también la precariedad
de la vida de los pueblos latinoamericanos
y caribeños. Queremos superar
miserias y carencias de sus habitantes
-con una dedicación preferencial
a los más atormentados- en
el campo de la fe, la comunión
y la esperanza, del trabajo y la educación,
del arte, la salud y la habitación.
Queremos contribuir a la formación
de personas capaces de gobernar, y
de motivar en el compromiso efectivo
con el bien común. Nos duele
la incoherencia de muchos católicos
que no los sirven como discípulos
del Señor desde sus responsabilidades
gubernamentales, legislativas o económicas.
Es escasa la presencia en los medios
de católicos coherentes con
sus convicciones y en diálogo
con la sociedad. Nos duele la indolencia
de aquellos católicos, que
siendo propietarios o responsables
de medios de comunicación social,
al parecer prescinden en su trabajo
de la fe y de los valores cristianos.
168. El norte de nuestros afanes como
constructores de la familia y la sociedad
tiene que estar definitivamente marcado
por la cultura de la vida: por el
respeto a la vida, por el gozo de
transmitir la vida, por la gestación
de familias que sean santuarios de
la vida , por la plasmación
de condiciones sociales y legislativas
que permitan a todos, especialmente
a los más afligidos, pobres
y marginados, llevar una vida digna
de su vocación humana, y creer
en la realización de sus ansias
de felicidad. La Iglesia ha participado
profundamente en la gestación
de estos pueblos. Ella sabe que Cristo
le pide renovar o reasumir este compromiso
dando lo mejor de sí, y gozar
de la libertad que necesita para ello.
169. Este último capítulo
- "Para que nuestros pueblos
en Él tengan vida" - del
documento de participación
refleja una opción: deja el
documento abierto, para recibir muchas
proposiciones de todos los países.
Invitamos a todos los que participen
en la preparación de la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe, a reflexionar en comunidad
o individualmente para hacer aquí
muchas contribuciones. Les recomendamos
responder a las preguntas de la ficha
14 y enviarnos sus aportaciones, a
través de las Conferencias
episcopales, sobre todos los asuntos
que estimen de importancia; también
acerca de aquellos que no aparecen
en dichas preguntas, o que se refieren
a los temas anteriores.
170. Así ustedes reflexionarán
sobre la formación y la misión
de los discípulos y misioneros
de Jesucristo - fieles laicos, miembros
de institutos de vida consagrada,
diáconos, sacerdotes y obispos
- en relación a sus tareas
en la Iglesia y en la sociedad, con
un objetivo preciso: que puedan ser
santos discípulos y misioneros
del Señor, que trabajan con
todo el corazón y con toda
su inteligencia para que nuestros
pueblos tengan vida en Cristo. Será
necesario tener presente para ello
los dones que Dios le ha regalado
y le regala a su Familia , como también
los desafíos que nos interpelan
al inicio del tercer milenio . Sabiendo
que Jesucristo es el Camino, la Verdad
y la Vida para todos nosotros, sea
cual sea la tarea que Él nos
encomiende, todos podremos delinear
lo que ello significa en los más
distintos ámbitos del ser y
del quehacer de los hombres y de las
mujeres latinoamericanos y caribeños,
particularmente de nosotros los que
recibimos la gracia de la fe. Comencemos
desde ahora a poner en práctica
lo que discernimos como proyecto,
mandato e invitación de Dios,
ya que "más bien, dichosos
los que escuchan la palabra de Dios
y la ponen en práctica"
(Lc 11, 28).
171. Aquí caben todos los ámbitos
del compromiso espontáneo o
ministerial para edificar la comunidad
viva que es la Iglesia, buscando la
vida del mundo, y todos los campos
del empeño cristiano de los
fieles laicos al servicio del mundo,
sobre todo aquellos que conciernen
a la vida y a las condiciones -familiares,
educacionales, económicas,
laborales, jurídicas, etc.-
que ésta requiere para nacer,
crecer y ser fecunda. Esperamos muchas
reflexiones sobre las tareas y los
gozos de los "discípulos
y misioneros de Jesucristo" en
dichos ámbitos.
172. Pero no podemos olvidar que la
tarea de formarse como discípulo
y misionero, y de formar discípulos
y misioneros tiene connotaciones ascéticas
y pedagógicas. Por eso, agradecemos
todas las aportaciones que se refieran
a la formación y la pedagogía
pastoral adecuadas para alcanzar estas
metas: llevar y llegar al encuentro
vivo con Jesucristo como discípulos
suyos, despertar el espíritu
misionero, y formar a los seguidores
de Cristo que manifiesten la alegría
de ser sus testigos, y que sepan y
quieran cumplir coherentemente y con
el ardor de los santos su misión
en la Iglesia y en la sociedad.
173. Interesan asimismo todas las
experiencias que puedan ayudarnos
a impulsar una Gran Misión
continental cuyo tema sea el de esta
V Conferencia General. Ella quiere
ser un paso decisivo de un proceso
de vivificación y conversión,
de comunión fraterna y de un
vigoroso despertar misionero. La Iglesia
de nuestros países quiere ser
realmente y en todas las circunstancias
una Familia de Dios misionera.
174. La lectura de los Hechos de los
Apóstoles nos ofrece la experiencia
de diferentes "estilos de misión"
realizados por los apóstoles
y sus inmediatos colaboradores en
los comienzos de la Iglesia. Son modelos
que nos sirven también en el
tercer milenio, y que nos inspiran
a buscar nuevas expresiones con el
mismo ardor misionero. En el anexo
2 ustedes encontrarán un itinerario
misionero que ya es recorrido por
muchas diócesis. Lo consignamos
por su validez, con la esperanza de
recibir aportaciones que se refieran
a la metodología misionera,
ya sea confirmando la experiencia
expuesta, agregando nuevos elementos,
o proporcionando las experiencias
de otros caminos misioneros.
Preguntas:
1 ¿En
qué sentido la Eucaristía
es reconciliación, comunión
y envío solidario al mundo?
2. ¿Qué significa para
el católico comprometerse con
una cultura de la vida en la familia
y en la sociedad?
3. ¿Cómo vivimos en
nuestra comunidad eclesial la "apuesta
de la caridad?
4. ¿Crees que la propuesta
de una gran misión es necesaria
en nuestro continente?
5. ¿Qué elementos propondrías
para caminar hacia esta gran misión?
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Anexo
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EVOQUEMOS
A DISCÍPULOS Y MISIONEROS SANTOS
175. Nos acompaña e ilumina
el recuerdo de tantos santos que vivieron
en plenitud su vocación de
discípulos y misioneros. Por
eso hemos agregado al documento de
participación una breve memoria
del mensaje de algunos de ellos. La
enumeración queda abierta a
todos los santos que ustedes veneran
recuerdan.
176. Leemos en la Exhortación
apostólica Ecclesia in America:
"La expresión y los mejores
frutos de la identidad cristiana de
América son sus santos. En
ellos, el encuentro con Cristo vivo
'es tan profundo y comprometido [...]
que se convierte en fuego que lo consume
todo, e impulsa a construir su Reino,
a hacer que Él y la nueva alianza
sean el sentido y el alma de [...]
la vida personal y comunitaria'. América
ha visto florecer los frutos de la
santidad desde los comienzos de su
evangelización. Este es el
caso de santa Rosa de Lima (1586-1617),
'la primera flor de santidad en el
Nuevo Mundo' (
) Después
de ella, el santoral americano se
ha ido incrementando hasta alcanzar
su amplitud actual. Las beatificaciones
y canonizaciones, con las que no pocos
hijos e hijas del Continente han sido
elevados al honor de los altares,
ofrecen modelos heroicos de vida cristiana
en la diversidad de estados de vida
y de ambientes sociales" (EiA
15), ofrecen modelos, desde nuestra
perspectiva, de discípulos
y misioneros de Jesucristo, que quieren
que los pueblos de América,
del Caribe y del mundo entero en Él
tengan vida en abundancia.
177. Como discípulos predilectos
de Cristo nos señalan con preclara
sabiduría aquello que plasmaría
para siempre la enseñanza conciliar:
"Todos los cristianos de cualquier
clase o condición, están
llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección
del amor" (LG 40). Desde otra
perspectiva la Veritatis Splendor
nos enuncia los rasgos de esta llamada
del Señor "Jesús
pide que le sigan y le imiten en el
camino del amor, de un amor que se
da totalmente a los hermanos por amor
a Dios" (VS 20), develándose
con claridad que el cristiano es llamado
al discipulado, a la santidad y consecuentemente
a la misión.
178. "Es evidente que los caminos
de santidad son personales y exigen
una pedagogía de la santidad,
verdadera y específica, que
sea capaz de adaptarse a los ritmos
de cada persona" (NMI 31). Por
otro lado los caminos de la santidad
son múltiples y adecuados a
la vocación de cada uno. Es
una llamada a todos para proponerles
este alto grado de la vida cristiana
ordinaria .
179. Ya cuando se forjaba la cultura
latinoamericana, y también
en los siglos siguientes, encontramos
testigos y discípulos de Jesucristo,
privilegiados por el amor de Dios,
hombres y mujeres, jóvenes
y adultos, que han respondido a este
ideal cristiano, cumpliendo el mandamiento
nuevo, conformando sus vidas según
las bienaventuranzas, siendo modelos
de santidad, intercesores y amigos
en la fe, que nos acompañan
en nuestro peregrinar. Recordemos
a algunos, nacidos en estas tierras.
180. San Juan Diego (1474-1548), en
la colina del Tepeyac, sellaría
la historia de la fe y la religiosidad
de los pueblos autóctonos del
Continente, y de los que tienen corazón
de pobre como él. Su encuentro
con Nuestra Señora de Guadalupe
revelaría a nuestro continente
lo que sería su historia: "sabe
y ten entendido, tú el más
pequeño de mis hijos, que yo
soy la Siempre Virgen Santa María,
Madre del verdadero Dios por quien
se vive". En la "casita
sagrada" que ella pedía,
decía la Virgen, allí:
"lo mostraré y lo ensalzaré
al ponerlo de manifiesto". Ese
diálogo de María Santísima,
lleno de ternura con un indio de nuestra
tierra, con Juan Dieguito, "el
más pequeño de mis hijos",
marcaría el itinerario de religiosidad
hondamente mariano que recorre las
venas de nuestros pueblos.
181. El Beato José de Anchieta
S.J. (1534-1597), llamado "Apóstol
del Brasil" realizó una
vasta obra evangelizadora. Movido
por su amor a Cristo, se entrega a
la formación humana y cristiana
de los indígenas bajo la luz
del Evangelio, realizando múltiples
actividades apostólicas. Ordenado
sacerdote en 1566, fue nombrado Superior
Provincial de todas las Misiones brasileñas,
en cuyo cargo se mostró durante
otros diez años como sabio
superior y sobresaliente organizador.
José de Anchieta es el primero
en componer una gramática de
la lengua indígena; el primero,
también, en escribir un catecismo
en la misma lengua. Como misionero
apostólico procuró por
todos los medios la promoción
de los indígenas en lo humano
lo social y lo moral.
182. La riqueza de su tierra, fecunda
en santos, también llevó
en los albores de la fe a muchos hermanos
latinoamericanos a ser misioneros
en otras latitudes para compartir
la Buena Nueva del Evangelio. Y uno
de los más señeros fue
San Felipe de Jesús (1576-1597),
franciscano que partió al lejano
oriente para llevar la Palabra de
salvación. El anuncio se tornaría
en la causa de su muerte. Pudiendo
librarse del cáliz del martirio,
prefirió dar testimonio de
su amor, y compartir la suerte de
los perseguidos. Murió heroicamente
por confesar su fe en las costas de
Japón. Mientras entregaba su
espíritu, repetía: "Jesús,
Jesús, Jesús".
Vertió su sangre para prodigar
a esas tierras de misión semillas
de cristianos.
183. Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606),
patrono del episcopado latinoamericano,
dio convincente prueba de su fe y
su talante misionero. Dejando su patria
y su profesión para asumir
la sede arzobispal de Lima, acepta
a los 39 años la ordenación
sacerdotal en Granada, y después
la episcopal en Sevilla. Convocó
concilios y sínodos para formación
del clero y la elevación moral
del pueblo de Dios. Su espíritu
misionero lo condujo a predicar el
evangelio, bautizar y confirmar hasta
los rincones más apartados
de su arquidiócesis, en prolongadas
visitas pastorales, realizadas con
grandes sacrificios. Como discípulo
de Jesús vivió en oración
y anunció la Buena Noticia,
irradiando paz y alegría, pero
sin doblegarse ante quienes lo acusaban
y contradecían. Gobernó
la Iglesia con voluntad pastoral,
y se dedicó a evangelizar con
un amor conmovedor a los pueblos indígenas,
que lo llamaban "padre santo".
Exigía para ellos un trato
digno, como a "hombres libres
y vasallos de la Majestad Real",
y que se les enseñara en su
lengua. Famoso fue el Catecismo trilingüe
de Santo Toribio en español,
quechua y aimara.
184. En la capital del Virreinato
del Perú Santa Rosa de Lima
(1586-1617) vivía la caridad
de Cristo y enseñaba a los
de su tiempo, con sus obras y sus
exhortaciones, cómo había
que encarnar el Evangelio. "Cuando
servimos a los pobres y a los enfermos,
servimos a Jesús. No debemos
cansarnos de ayudar a nuestro prójimo,
porque en ellos servimos a Jesús"
. La confianza en la Santísima
Virgen y en Jesús, como también
el amor al Señor en la Eucaristía,
alentaban su caridad misionera y su
contemplación. Como discípula
del amor del Señor Crucificado,
compartía sus sufrimientos.
La valoración de la gracia
la llevó a vivir la hondura
de una relación esponsal con
Dios. Fue la primera santa, nacida
en tierras latinoamericanas, cuya
santidad fue proclamada por la Iglesia.
185. Un gran misionero fue San Roque
González (1576-1628), quien
buscando la mayor gloria de Dios como
hijo de San Ignacio, dio una nueva
alma a la cultura indígena,
compenetrándola con el Evangelio
y la cruz de Cristo, anunciando a
todos el Reino e invitándolos
a acoger plenamente la Buena Noticia.
Escribe con admiración "Los
indios levantaron una cruz delante
de la Iglesia; y habiéndoles
dicho la razón por la que los
cristianos la adoramos, nosotros y
ellos la adoramos todos de rodillas".
Enseñaba al pueblo a configurar
la vida personal y social con espíritu
cristiano, y a construir en la tierra
una Ciudad de Dios. Su ardor por el
anuncio y su pasión por la
conversión de los indios guaraníes
lo llevaron a derramar su propia sangre.
El pueblo guaraní comenzaba
a conocer a Cristo gracias al testimonio
de éste y de tantos hombres
de Dios, que él describió:
"Creo que en ninguna parte de
la Compañía hubo mayor
entusiasmo, mejor voluntad y más
empeño".
186. San Martín de Porres (1579-1639),
hermano dominico, despierta gran devoción
a las más diversas latitudes
del mundo. Era un mulato que amaba
la vocación que había
recibido, y quería ser coherente
con ella. En el ejercicio de sus distintos
oficios testimoniaba la caridad del
Maestro. "Perdonaba las más
grandes injurias, ponía todo
su empeño en retornar al buen
camino a los pecadores; socorría
con amor a los enfermos; procuraba
comida, vestido y medicina a los pobres,
lo que le valió el apelativo
de Martín de la Caridad"
(Homilía de canonización).
187. Santa Mariana de Jesús
(1618-1645), la Azucena de Quito,
como fiel discípula de Cristo,
"quería amar y abrazar
lo que Cristo amó y abrazó,
despreciar y desechar lo que el mundo
ama y ansía
" De
ahí que su vida de oración,
penitencia y caridad iluminaban la
vida de su pueblo. Su encuentro vivo
con Jesucristo la llevaba a un compromiso
radical con el prójimo. Aprovechando
las ocasiones que se le presentaban,
vivía el amor preferente de
Jesús por los más afligidos
y necesitados. Para remediar las necesidades
humanas, repartía pan entre
los mendigos, visitaba a los enfermos
y consolaba a las familias desoladas
por el castigo o la cárcel.
También fue una excelente catequista
teniendo una especial preocupación
por los niños indígenas.
188. San Pedro Claver (1584-1654).
Este apóstol de los esclavos
negros vino de Cataluña para
entrar en la Compañía
de Jesús. En Cartagena de Indias
firmaría su carta de profesión
(1622) con "Pedro Claver, esclavo
de los negros para siempre".
En esta ciudad hervía un mundo
de blancos y negros, compradores de
"piezas de ébano",
condenados a servidumbre perpetua
sin esperanzas de redención.
A cada barco negrero que llegaba al
puerto de Cartagena acudía
el padre Claver con sus intérpretes
para dispensar a los maltratados esclavos
los cuidados corporales necesarios
y prepararlos al bautismo, hablándoles
horas y horas de Cristo y de la redención.
Se estima que bautizó a más
de 300.000 esclavos, sufriendo dificultades
de parte de los traficantes y de los
amos que los compraban. Su caridad
era infatigable en el confesionario,
y se extendía a los enfermos,
a los leprosos del hospital San Lázaro,
a los encarcelados, los condenados
a muerte, que acompañaba al
patíbulo, incluso a los piratas
ingleses que caían prisioneros
de los españoles. Al morir,
el 8 de septiembre de 1654, toda Cartagena
acudió a ver "al Santo".
189. Recordado como "El hombre
que fue caridad", San Pedro de
Betancur (1626-1667) llegó
a los 25 años a Guatemala.
Como laico y terciario franciscano
quiso revivir la experiencia de Jesús
de Nazaret orante, pobre y humilde,
sufriente y servidor de los pobres.
El "hermano Pedro" visitó
hospitales y cárceles; se preocupó
con especial predilección por
los emigrantes sin trabajo, los adolescentes
sin instrucción o ya entregados
a los vicios, por los pequeños
vagabundos blancos, mestizos y negros.
Fue hermano de todo el que vive en
el infortunio. Construyó numerosas
obras de caridad. Recordando la pobreza
de la primera posada de Jesús,
quiso que su obra y la Orden que fundó
se llamara "Belén".
Su caridad creativa lo llevó
a adelantarse a su tiempo con métodos
pedagógicos nuevos y servicios
sociales no imaginables en su época,
como el hospital para convalecientes.
190. San Miguel Febres (1854-1910)
Hermano de las Escuelas Cristianas,
recordando como discípulo el
ejemplo del Maestro, que tuvo compasión
por la ignorancia de su pueblo y le
enseñaba en las colinas, puso
todos sus esfuerzos en "la educación
integral de las nuevas generaciones,
movido por la convicción de
que el tiempo dedicado a la formación
religiosa y cultural de la juventud
es de gran trascendencia para la vida
de la iglesia y de la sociedad. ¡Con
cuánto amor y dedicación
este apóstol de la escuela
se entregó a los miles de niños
y jóvenes que pasaron pos sus
aulas durante largos años de
su vida como educador!" (Juan
Pablo II, Homilía de Canonización,
24 de octubre de 1984).
191. Santa Teresa de los Andes (1900-1920).
vivió sobrecogida por el amor
de Dios que la llamaba personalmente.
Su intimidad con el Señor,
ya a los quince años, llenaba
su existencia: "¡Oh Jesús,
mi amor, mi vida, mi consuelo y alegría,
mi todo!" Vivía con pasión
el amor incondicional al Esposo, que
irradiaba una alegría desbordante
que desde muy niña cautivaba
a su familia y a sus amistades. Su
vida, unida a la Santísima
Virgen y colmada del amor de Dios,
era naturalmente apostólica
y esencialmente misionera. Su tiempo
en el Carmelo fue el corolario de
una vida enamorada de Dios, que amaba
la pobreza y la cruz.
192. El recuerdo del Beato Alberto
Hurtado (1901-1952), jesuita apasionado
por trabajar con Dios en los proyectos
de su sabiduría y amor, vive
más allá de las fronteras
de su patria. "Ya no vivo yo,
es Cristo que vive en mi" era
el pensamiento que invadía
el espíritu y la acción
evangelizadora, que abarcó
muchos ámbitos pastorales,
de este hombre de Dios. Su espiritualidad
honda y eucarística hace de
su vida un ejemplo atrayente y audaz,
un desafiante estilo de discipulado.
"Mi única obligación,
decía, es andar por la senda
que es Cristo
, imitarlo, en
otras palabras, ser Cristo. Mi obligación
no es triunfar, no es hacer obras
inmensas, sino obrar en conformidad
con lo que soy". Enseñaba
con su testimonio el criterio central
de todo discernimiento para la acción:
"¿Qué haría
Cristo en mi lugar, en mi parroquia,
en cada uno de sus problemas, con
mi obispo, con mis hermanos, con los
pobres?" (DE, p. 341). En ellos
siempre encontraba a Cristo, lo amaba
y servía.
193. A estos santos podemos agregar
tantos otros de la Iglesia en Latinoamérica
y de la Iglesia universal. Recordemos
al menos a dos de ellos que abrieron
caminos de santidad como laicos en
el mundo:
194. Santo Tomás Moro (1477-1535),
el patrono de los gobernantes y políticos,
nos enseña la virtud del buen
gobierno y del consejo según
el corazón de Dios, como también
la radicalidad del Evangelio que interpelaba
su vida. Le decía a su hija
Margarita: "Hasta ahora el Señor
me ha dado las fuerzas para postergarlo
todo: las riquezas, las ganancias,
y la misma vida antes que prestar
juramento en contra de mi conciencia"
. Nunca se doblegó al poder,
traicionando sus convicciones cristianas,
lo que le costó la deshonra
y la vida. La Iglesia lo venera como
mártir de la conciencia.
195. "Si hay que decidir entre
mi vida y la del niño, no dudéis;
elegid -lo exijo- la suya; salvadlo",
fueron las palabras de santa Gianna
Beretta (1922-1962), cuando el médico
le informó de la trágica
enfermedad que la asolaba. Gianna
bien sabía lo que decía.
Era médico cirujano. Su especialidad,
la pediatría. Amaba la vida;
era deportista, y tenía condiciones
artísticas. Pero en ella nada
era más fuerte que su compromiso
con la fe. Mucho le importaba el carácter
sagrado de la vida. Solía decir:
"Quien toca el cuerpo de un paciente,
toca el cuerpo de Cristo". Era
una niñita la que estaba en
su seno y quería ver la luz
de la vida. En primera fila estuvo
en la plaza de San Pedro, junto a
su padre y a sus tres hermanos, el
día que Gianna fue canonizada.
Estaba ahí porque su madre
no dudó en preservar la vida
de quien ya habitaba en su vientre
y en su corazón. Conociendo
que eso podía significar su
muerte, no dudó en regalarle
la vida.
CONTENIDOS
Y METODOLOGÍA DE LA MISIÓN
Para realizar una gran misión
en América Latina y el Caribe
será necesario formar muchos
misionarios y misionarias, principalmente
laicos. En esta formación básica,
darles los contenidos del kerigma
cristiano y una metodología.
Hacer misión
significa ir en búsqueda de
las personas y de los grupos humanos,
organizar las personas de la parroquia
y de otras comunidades, formarlas
para la misión y entonces enviarlas.
La mejor forma
tal vez sea formar los misioneros
en la acción. Esto es, darles
una inicial formación básica
en algunos encuentros y ejercicios
espirituales, y después enviar
para las visitas misioneras en las
casas (visitas domiciliarias) y en
los ambientes. Cuando vuelvan de esas
primeras visitas, habrá que
reunir de nuevo el grupo de los misioneros
y con ellos profundizar las cuestiones
del kerigma y del método misionero,
y después enviarlos para una
nueva visita misionera. A su regreso
se impone profundizar nuevamente su
formación y así sucesivamente.
La visita misionera
deberá constar de varios momentos:
1. El momento
de escuchar a quien visitamos.
Esta persona hablará de
su vida (sufrimientos, alegrías,
aspiraciones, pobrezas, enfermedades),
sólo si los misioneros
la escuchan de corazón,
con verdadero interés,
y así le inspiran confianza.
2. Consolar a las personas visitadas
y con ellas orar.
3. Abrir el libro del Evangelio
y leer un texto, que facilitará
el encuentro con Jesús
y fortificará las referencias
cristianas de la persona con Cristo.
Esto significa anuncio y diálogo
sobre las principales verdades
del kerigma cristiano.
4. Solidarizar con los sufrimientos,
principalmente si la persona visitada
es pobre, y ayudarla a salir de
la pobreza, indicándole
dónde puede encontrar ayuda.
5. Al terminar la visita prometer
volver en breve y cumplir la promesa.
6. Cuando la persona que se visita
esté preparada convidarla
para que venga a la parroquia
y allí acogerla cordialmente.
7. A partir de la acogida, ofrecerle
oportunidad de profundizar la
evangelización, y providenciar
un acompañamiento de estas
personas que son los frutos de
la misión.
8. Integrar a las personas en
la comunidad, en un grupo que
la apoye (pequeña comunidad,
parroquia, movimiento u otro tipo
de grupo).
¿CÓMO
SER DISCÍPULO DE CRISTO HOY?
El trabajo en comunidades y el trabajo
individual volverán una y otra
vez sobre esta pregunta. El encuentro
con Jesucristo conduce a la conversión
de quien ha sido llamado como discípulo,
y también a la acción
evangelizadora. Para responder a esta
sed de encuentro con el Señor,
y a la voluntad de vivir con coherencia
en medio del mundo, se ha elaborado
este simple itinerario.
Cada discípulo,
en su estado de vida y en su profesión,
en el ambiente social en que vive
y convive con otras personas, en el
medio en que trabaja, precisa:
1. Hacer
una experiencia de Jesucristo,
mediante un encuentro fuerte con
Él, y renovar muchas veces
este encuentro durante la vida.
2. En el encuentro con Cristo,
escuchar atentamente su Palabra,
contemplarlo con admiración
y dejarse invadir por EL (por
su Palabra, su Amor y sus actitudes).
3. De esta escucha nace y se fortalece
siempre de nuevo la fe, esto es,
la adhesión profunda y
personal a Cristo, a tal punto
que el discípulo sea capaz
de invertir todo lo suyo en Cristo.
4. El discípulo debe integrarse
en la comunidad de los demás
discípulos de Jesús
(la Iglesia), a través
de la iniciación cristiana
y allí vivir en comunión
como hermano y convivir con Cristo
(oración, lectio divina,
celebración de los sacramentos,
principalmente de la Eucaristía,
solidaridad con los pobres, etc.),
y acoger las enseñanzas
de los sucesores de los apóstoles.
5. De ahí nace el seguimiento
de Jesucristo. El seguimiento
es la moral cristiana. El discípulo,
porque admira y ama profundamente
a su Maestro y Señor, porque
lo sigue de cerca con fidelidad
y esperanza, quiere recorrer los
caminos del Evangelio: amar como
Cristo amó, vivir como
Él vivió y cumplir
cuanto Él mandó.
6. El discípulo se torna
misionero. Quiere llevar a otros
al encuentro con Cristo. Quiere
que Cristo sea para otros la Buena
Nueva de su vida, así como
lo es para él, de modo
que también otros tengan
la experiencia vivificadora y
la profunda fe que se convirtió
para él en el sentido de
su vida.
7.
Como testigo del amor de Cristo,
el discípulo trabaja en
la sociedad para que ella acoja
a todos conforme a su dignidad
de hijos de Dios y los aliente
a hacer fecundos los dones que
de Él recibió.
|
|
|
|
 |
| |
 |
Indice Analítico
|
| |
|
PALABRA
|
NUM
DE PARRAFO
|
| abajamiento
|
84 |
| abandono
de católicos |
157 |
| afrodescendientes |
83,
85 |
| agresividad
contra la Iglesia |
147 |
| amor
preferente, incondicional |
75,
187, 191 |
| anhelos |
1,
5, 10, 42 |
| apóstoles |
14,
17, 19, 51, 57, 62, 67, 69, 72,
111, 174 |
| asimetrías
|
115 |
| autofinanciamiento |
34.o. |
| autoridad |
53,
57, 132, 147 |
| beatificaciones |
176 |
| bienaventuranzas
|
13,
14, 53, 84, 150, 179 |
| bienes |
9,
34.o., 87, 111, 113, 116, 123 |
| carencias |
167 |
| caridad |
13,
15, 34.f., 39, 50, 74, 82, 85,
119, 166, 184, 186, 187, 188,
189 |
| Catequesis,
catequética, catequista |
34.g.,
34.j., 57, 156, 187 |
| caudillos |
131 |
| coherencia,
incoherencia |
43,
86, 123, 154, 167 |
| compromiso |
34.g.,
34.j., 34.o., 35, 100, 104, 129,
137, 145, 149, 156, 167, 168,
171, 187, 195 |
| comunidades |
17,
31, 32, 34.b., 34.d., 34.f., 34.h.,
34.l., 34.n., 34.p., 35, 36, 43,
52, 57, 62, 69, 71, 73, 75, 77,
87, 103, 148, 151, 156, 157, 160 |
| comunión |
2,
3, 20, 31, 33, 34.f., 34.n., 34.p.,
35, 51, 52, 59, 61, 62, 63, 65,
66, 67, 69, 70, 71, 72, 74, 75,
76, 77, 81, 82, 96, 110, 116,
149, 150, 158, 165, 167, 173 |
| conciencia,
libertad de |
87,
146, 152 |
| Conferencias
Generales |
33,
44, 149 |
| confesiones
religiosas |
148,
158 |
| conquistadores |
25,
27 |
| constructores |
3,
15, 86, 128, 154, 168 |
| corrupción |
131,
134, 135 |
| cosmovisión |
116 |
| credibilidad |
85,
134, 147 |
| creencia,
increencia |
34,
91, 109, 124, 140, 148, 155, 167 |
| cruz |
15,
50, 54, 65, 84, 89, 109, 111,
185, 191 |
| cultura |
23,
25, 31, 34.f., 37, 74, 75, 83,
86, 89, 94, 98, 101, 105, 106,
107, 108, 112, 115, 117, 120,
121, 125, 127, 129, 130, 136,
139, 141, 142, 144, 148, 151,
153, 159, 160, 166, 168, 179,
185, 190 |
| Democracia |
130,
139, 152 |
| desarraigo |
83,
108 |
| desplazados |
153 |
| diáconos
permanentes |
34.h.,
74, 76 |
| dignidad
humana |
4,
27, 88, 110 |
| discípulos |
13,
14, 15, 19, 41, 51, 52, 53, 54,
56, 57, 62, 64, 65, 66, 67, 68,
70, 71, 73, 74, 75, 77, 78, 79,
80, 84, 85, 87, 88, 93, 94, 96,
159, 160, 161, 163, 167, 170,
171, 172, 175, 176, 177, 179 |
| Dolor |
15,
27, 89, 94, 106, 111, 124, 139,
159 |
| Domingo |
26,
27, 34.m., 70, 156 |
| droga |
128,
137, 159 |
| Ecología
humana |
99 |
| Economía |
37,
86, 102, 112, 124, 125, 139 |
| Edificación
de la Iglesia |
34.g.,
72 |
| educación |
86,
87, 112, 119, 126, 128, 136, 151,
152, 167, 190 |
| encuentro |
2,
13, 15, 33, 34.f., 34.i., 34.l.,
35, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 58,
62, 70, 74, 77, 82, 111, 141,
157, 158, 164, 172, 176, 180,
187 |
| enfermedad |
111,
195 |
| Episcopado |
29,
33, 38, 149, 169, 183 |
| esclavitud |
7,
9, 27, 162 |
| esperanza |
12,
13, 15, 18, 20, 28, 29, 30, 32,
34, 34.d., 34.i., 35, 38, 39,
68, 74, 82, 85, 88, 110, 111,
126, 159, 167, 174, 188 |
| Estado |
129,
132, 138, 176 |
| ética |
38,
104, 154 |
| Eucaristía |
12,
34.b., 34.f., 34.j., 52, 61, 62,
63, 69, 156, 165, 167, 184 |
| evangelización |
25,
26, 28, 31, 34.e., 37, 44, 75,
83, 85, 93, 141, 142, 151, 176 |
| existencia |
1,
5, 90, 106, 108, 109, 144, 145,
148, 156, 191 |
| familia |
10,
27, 34.g., 34.h., 34.j., 34.k.,
60, 67, 68, 71, 80, 83, 87, 95,
99, 101, 107, 121, 128, 136, 143,
147, 152, 156, 166, 168, 170,
173, 187, 191 |
| Finanzas |
112 |
| formación |
28,
34.b., 34.g., 34.h., 34.l., 55,
57, 69, 74, 76, 84, 118, 151,
152, 154, 156, 167, 170, 172,
181, 183, 190 |
| fundamentalismos |
109 |
| Genética |
97 |
| globalización |
37,
108, 112, 114, 115, 116, 117,
118, 120, 121, 122, 123, 124,
125, 126, 129, 150 |
| gobernantes |
131,
134, 194 |
| guerrillerosy
terroristas |
138 |
| identidad |
36,
37, 43, 55, 73, 74, 85, 87, 97,
101, 108, 109, 117, 121, 125,
133, 136, 148, 176 |
| identificación |
55 |
| indígenas |
23,
83, 85, 107, 126, 139, 152, 181,
183, 187 |
| información |
95,
102, 103, 126 |
| informática |
112 |
| instituciones
políticas |
133,
135 |
| instrumento |
31,
34.m., 81, 160 |
| juventud |
1,
34.i. 190 |
| laicos |
24,
34.g., 34.n., 35, 36, 72, 75,
76, 132, 136, 149, 154, 156, 170,
171, 193 |
| libertad |
1,
2, 3, 11, 53, 75, 87, 88, 94,
105, 121, 131, 146, 152, 157,
168 |
| liturgia |
58,
83 |
| macrocosmos |
97 |
| mártires |
4,
90, 111 |
| matrimonio |
34.k.,
99, 100, 101, 107, 121, 156, 166 |
| medio
ambiente |
87 |
| microcosmos |
97 |
| ministerios |
34.n.,
62, 72 |
| miserias |
7,
167 |
| misión |
30,
31, 34.g., 34.j., 34.m., 34.n.,
34.o., 37, 39, 46, 47, 51, 55,
58, 60, 61, 72, 74, 75, 76, 77,
78, 80, 85, 101, 121, 136, 140,
147, 160, 162, 170, 172, 173,
174, 177, 182 |
| misioneros |
14,
38, 62, 65, 70, 75, 81, 84, 92,
93, 94, 96, 159, 160, 163, 170,
171, 172, 174, 175, 176, 182 |
| misterio |
10,
31, 40, 42, 62, 70, 76, 89, 105,
165 |
| movilidad
humana |
123 |
| muerte |
8,
10, 16, 25, 87, 89, 111, 138,
160, 161, 162, 164, 166, 182,
188, 195 |
| mujer |
5,
10, 65, 70, 84, 85, 94, 101, 107,
111, 121, 126, 145, 156, 159,
170, 179 |
| mundo |
1,
2, 3, 6, 11, 12, 15, 23, 34.a.,
36, 37, 38, 40, 45, 61, 62, 63,
65, 66, 72, 74, 75, 80, 81, 91,
92, 96, 100, 101, 102, 103, 106,
109, 111, 112, 119, 124, 125,
127, 141, 149, 151, 154, 159,
160, 161, 165, 171, 176, 186,
187, 188, 193 |
| narcotráfico |
134,
137, 138 |
| naturaleza |
5,
56, 95, 98, 99, 104, 105, 107,
117, 159, 163 |
| nueva
época |
30,
93, 94, 95, 100, 104, 124, 159 |
| Nueva
Evangelización |
34.e.,
37, 44, 75, 93 |
| opción |
34.m.,
116, 126, 148, 169 |
| participación |
34.n.,
34.o., 35, 87, 88, 130, 136, 149,
156, 169, 175 |
| pasión |
13,
89, 132, 162, 185, 191 |
| pastoral
de la familia |
34.k. |
| pastoral
de los presbíteros |
34.l. |
| pastoral
social |
34.m. |
| pastoral
vocacional |
34.j.,
156 |
| patrimonio |
34.a.,
103, 125, 141 |
| peregrinos |
1,
5 |
| plenitud |
1,
2, 3, 5, 24, 37, 55, 79, 81, 82,
110, 162, 164, 175, 177 |
| pobres |
3,
30, 34.m., 74, 75, 78, 84, 85,
103, 116, 119, 126, 132, 135,
137, 152, 166, 168, 184, 186,
189, 192 |
| pobreza |
34.e.,
34.m., 37, 84, 85, 118, 119, 126,
127, 131, 152, 159, 189, 191 |
| políticos |
86,
131, 133, 152, 154, 194 |
| pueblos
autóctonos, originarios |
23,
127, 141, 180 |
| refugiados |
153 |
| relativismo |
105,
108, 145, 146 |
| religión |
144 |
| religiosidad
popular |
34.c. |
| resurrección |
10,
13, 15, 16, 50, 65, 78, 111, 161,
162 |
| santidad |
11,
31, 34.c., 34.f., 55, 60, 75,
76, 77, 85, 176, 177, 178, 179,
184, 193 |
| santos |
2,
13, 20, 24, 34.c., 93, 96, 111,
142, 163, 170, 172, 175, 176,
182, 193 |
| secularismo |
98 |
| seguimiento |
34.d.,
50, 54, 57, 58, 69, 74, 75, 77,
88 |
| servicio |
11,
34.l., 40, 47, 72, 75, 81, 88,
97, 103, 111, 132, 152, 171, 189 |
| sexualidad |
100,
121, 128, 146 |
| solidaridad |
33,
34.f., 38, 69, 74, 85, 88, 114,
121, 122, 130, 143, 165 |
| subsidiaridad |
130 |
| substrato
católico |
24,
141, 143 |
| sujeto |
44,
88, 136 |
| testigos |
14,
20, 27, 61, 172, 179 |
| testimonio |
18,
33, 34.o., 40, 43, 50, 75, 82,
89, 132, 161, 182, 185, 192 |
| Verdad |
1,
2, 3, 4, 6, 10, 11, 18, 24, 26,
34.d., 34.k., 34.p., 36, 38, 42,
88, 96, 98, 104, 105, 107, 109,
110, 117, 119, 121, 146, 147,
158, 164, 166, 170 |
| Vida |
1,
2, 8, 10, 11, 12, 13, 15, 18,
19, 20, 21, 22, 23, 24, 31, 33,
34.a., 34.b., 34.f., 34.i., 34.j.,
34.k., 34.l., 34.o., 35, 37, 38,
39, 41, 42, 43, 45, 47, 48, 50,
51, 52, 54, 55, 58, 60, 71, 72,
73, 74, 75, 77, 78, 82, 84, 85,
86, 87, 88, 89, 96, 97, 99, 101,
104, 106, 108, 109, 111, 112,
120, 121, 125, 128, 132, 136,
138, 140, 142, 143, 144, 145,
146, 148, 151, 152, 156, 157,
158, 160, 161, 162, 163, 164,
165, 166, 167, 168, 169, 170,
171, 176, 177, 178, 179, 185,
187, 190, 191, 192, 194, 195 |
| vocación |
2,
3, 5, 10, 13, 34.c., 34.j., 37,
60, 69, 75, 76, 77, 82, 96, 97,
110, 116, 121, 139, 166, 168,
175, 178, 186 |
| voz
de Dios |
93,
150 |
|
|
|
|
|

|
|
|
|