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Hacia la V Conferencia
del Episcopado de Latinoamérica y
del Caribe
Presentación
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Queridos hermanos
obispos de América Latina y
el Caribe,
queridos hermanos y hermanas, que
colaboran con nosotros en la misión
de la Iglesia,
queridas comunidades cristianas,
Los Presidentes y los delegados de
las Conferencias Episcopales de América
Latina y el Caribe, nos reunimos en
el año 2001 en la XXVIII Asamblea
Ordinaria del CELAM. En ese encuentro
decidimos pedirle al Santo Padre Juan
Pablo II que tuviera a bien convocar
una nueva Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano. Su Santidad
Juan Pablo II acompañó
los primeros pasos de su preparación
y aprobó la idea de celebrar
una Conferencia General de nuestro
Episcopado.
En este tiempo de preparación,
hemos tomado más conciencia
de la fecundidad de la vida de las
comunidades de la Iglesia, de sus
debilidades y de los desafíos
que a ella le plantean su propia realidad
y la realidad actual de nuestros países
y de nuestro tiempo. Queremos dar
un paso más por el camino del
encuentro con Jesucristo vivo. Son
tantos los desafíos al inicio
del tercer milenio que marcan nuestra
vida personal, familiar, pastoral,
comunitaria y social, que queremos
descender hasta llegar con profundidad
al sujeto que les dará respuesta,
después de encontrarse con
el Señor. Queremos desplegar,
con la ayuda de Dios, toda la riqueza
del encuentro con Jesucristo para
formar los discípulos y misioneros
suyos, cuya vocación es configurarse
con El, construir la comunión
y evangelizar. A esta conclusión
unánime llegamos en nuestras
reuniones posteriores.
Por eso, después de recoger
de todas las Conferencias Episcopales
valiosas proposiciones, dadas ya sea
personalmente en el encuentro de Puebla
de 2004, como también en las
reuniones regionales, en otras reuniones
del CELAM y a través de las
mismas Conferencias Episcopales, propusimos
al Santo Padre Benedicto XVI, el siguiente
temario: "Por el encuentro con
Jesucristo, discípulos y misioneros
en la comunión de la Iglesia
Católica, al inicio del tercer
milenio, para que nuestros pueblos
tengan vida".
Su Santidad Benedicto XVI, pocas semanas
después de haber iniciado su
pontificado, se declaró plenamente
de acuerdo con la celebración
de esta Conferencia General. Es más,
el día 7 de julio del presente
año, recibió al Presidente
del CELAM en audiencia y le entregó
el tema de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano:
Discípulos
y misioneros de Jesucristo,
para que nuestros pueblos en Él
tengan vida.
"Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida" (Jn 14, 6)
El Santo Padre
ha enriquecido nuestra proposición.
De él proviene la expresión
"en Él" y la cita
evangélica. Somos discípulos
y misioneros de Jesucristo cuando
nuestro testimonio y nuestra misión
evangelizadora se realiza verdaderamente
por Él, con Él y en
Él, que es nuestro Camino,
nuestra Verdad y nuestra Vida. En
dicha audiencia manifestó asimismo
que el inicio del tercer milenio y
sus desafíos propios son el
contexto que no podemos olvidar.
Esta etapa
de preparación de la V Conferencia
General, que se inicia con el impulso
del Espíritu Santo, que nos
une a Jesús y nos envía,
quiere ser el primer paso de un proceso
de vivificación y conversión,
de comunión fraterna y de un
vigoroso despertar misionero. Este
proceso se afianzará mediante
la Gran Misión en América
Latina y el Caribe que los Obispos
deseamos convocar en la V Conferencia
General, a fin de que nuestra Iglesia
tenga realmente ardor misionero.
Queda en manos
de ustedes el presente documento,
que es una invitación a participar
en la preparación de la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano.
Bien sabemos que un documento de participación
no es el esbozo del documento final.
Es tan solo una invitación,
sin duda incompleta, de manera que
puedan confluir con facilidad las
aportaciones de todos, a partir de
las experiencias, las reflexiones,
los ministerios y los carismas que
les ha dado el Espíritu Santo.
Acompañamos el documento con
fichas que pueden facilitar el trabajo
de las comunidades. Con la ayuda de
todas las aportaciones que recibiremos
de ustedes podremos elaborar el documento
de síntesis para preparar mejor
la V Conferencia General.
Encomendando
nuestro servicio y el trabajo de todas
las comunidades eclesiales latinoamericanas
y caribeñas a la oración
de ustedes, y pidiendo para todas
las diócesis de América
Latina y el Caribe, y para sus pastores,
por intercesión de Nuestra
Señora de Guadalupe, madre
y modelo de los discípulos
del Señor y de sus misioneros,
la más abundante bendición
de Dios, los saluda cordialmente en
nombre de la Presidencia del CELAM
y de todos sus colaboradores,
vuestro hermano
en el Señor,
Francisco
Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
Presidente del CELAM
Santiago,
8 de septiembre de 2005
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Introducción
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El Documento
de Participación, como su nombre
lo indica, expone el temario de la
V Conferencia General y busca suscitar
la participación más
amplia posible en esta etapa de preparación
de esa hora de gracia y de conducción
pastoral. Se centra en la vocación
de los discípulos y misioneros
de Cristo, llamados por Él
al inicio del tercer milenio, para
que nuestros pueblos puedan saciar
su sed de vida en Cristo.
El capítulo I se remonta a
los anhelos más profundos de
nuestra existencia como seres humanos
y como bautizados. Ante el surgimiento
de una nueva época, en medio
de grandes desconciertos y vacilaciones,
de nuevas expectativas y rechazos,
convenía que nos remontásemos
a los anhelos más hondos de
nuestra existencia, sobre todo a los
anhelos de verdad y de felicidad y
que los iluminásemos con la
revelación tanto de la Antigua
como de la Nueva Alianza. El capítulo
II nos propone que tomemos conciencia
de haber sido muy bendecidos, sin
merecimientos de nuestra parte, a
través de la Buena Noticia
que llegó, no sin dolor, como
un mensaje de esperanza a nuestras
tierras, y de los vivificantes impulsos
del Espíritu Santo en esta
hora de Nueva Evangelización.
El documento, a partir de esta conciencia,
en el capítulo III nos invita
a ir al encuentro de Jesucristo y
a permanecer en Él como discípulos
y misioneros suyos que viven en la
comunión de la Iglesia, proponiéndonos
que profundicemos el contenido bíblico
y teológico de nuestra condición
de discípulos y misioneros,
como también que recorramos
los caminos para convertirnos realmente
en discípulos y misioneros
de Jesucristo, y para muchos lo encuentren
y le sigan.
Abrir nuestros ojos a la realidad
del mundo y de la Iglesia al inicio
del tercer milenio es encontrarse
con grandes desafíos. Tal es
el contenido del capítulo IV.
La voz del tiempo es voz de Dios.
Él nos habla a través
de los acontecimientos y de las situaciones
por las cuales atravesamos en nuestro
peregrinar. Muchas de ellas son situaciones
muy dolorosas, por ejemplo, la persistencia
de la pobreza; otras muestran dudas
y emancipaciones, mientras otras hablan
con gratitud de la siembra de vida
nueva, de dones y carismas que el
Espíritu Santo sigue haciendo
en nuestra Iglesia en América
Latina y el Caribe. Ustedes evaluarán,
completarán o redefinirán
con mayor precisión y amplitud
estos desafíos.
El último capítulo se
refiere a la urgencia del encargo
de Jesucristo. Con Él el Padre
nos envió a hacer discípulos
a todas las gentes. Nuestra misión
nos pide evangelizar la cultura de
nuestros pueblos, llegando hasta sus
mismas raíces (EN 18 y 20).
Es una tarea que abarca tanto a la
Iglesia como a la Sociedad. Queremos
que la cultura sea un espacio que
acoge la vida en Cristo, de modo que
todos sean en Él hijos del
mismo Padre y vivan como familiares
de Dios, llamados a la santidad, y
a la alegría y la fecundidad
de la Buena Noticia. Queremos que
también los pobres y marginados
puedan vivir conforme a su dignidad
de hijos de Dios, y que todos trabajemos
con pasión por la "cultura
de la vida", sobre todo de la
vida de sus miembros más afligidos,
siendo con todos ellos en Jesucristo
constructores de su Reino.
El texto de este capítulo es
una breve introducción al tema
"Para que nuestros pueblos en
Él tengan vida". Se distingue
precisamente porque se trata de la
vida "en Él", que
de Cristo resucitado toma su fuerza,
su inspiración y su estilo
inconfundible; porque tiene su origen
en Él, se realiza con Él
y llega en Él a su plenitud.
Nos pide que reflexionemos sobre la
vida nueva en Cristo, y que realicemos
la misión de la Iglesia en
este tiempo de gracia. Perseguimos
una acción en favor de la vida
de nuestros pueblos en Él.
Sabiendo que Jesucristo es el Camino,
la Verdad y la Vida, ustedes podrán
proponer de qué manera respondemos
a los desafíos del inicio del
tercer milenio con la coherencia y
la valentía propias de discípulos
y misioneros del Señor.
Como podrán notar, es un capítulo
que se abre decididamente al testimonio
y a la acción misionera. Es
un capítulo que mira hacia
la gran Misión Continental
que deseamos iniciar con la celebración
de la V Conferencia General. Dejamos
este capítulo abierto a las
reflexiones de ustedes y a las contribuciones
que envíen a las Conferencias
Episcopales.
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Documento
de participación
1. El anhelo
de felicidad, de verdad, de fraternidad
y de paz
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a.
Un anhelo universal
1. Somos buscadores y peregrinos.
Así lo experimentamos al inicio
del tercer milenio . Así lo
siente la juventud. No nacimos para
una vida sedentaria. Siempre nos dan
inspiración y dinamismo nuestros
anhelos; sobre todo los más
profundos, los que comparten el sentido
de nuestra existencia. En lo más
hondo de nuestro ser, hay hambre de
amor y de justicia, de libertad y
de verdad, sed de contemplación,
de belleza y de paz, ambición
de plenitud humana, ansias de hogar
y fraternidad; deseos de vida y felicidad.
Estos anhelos nos acompañan,
nos motivan y son el norte de nuestras
búsquedas. Nuestros esfuerzos
los orientamos a construir un mundo
en el cual podamos cumplir en buena
medida dichos anhelos. Ellos explican
nuestras mayores satisfacciones y
nuestras desilusiones más amargas,
nuestros mejores proyectos y aun las
más tenaces rebeldías.
2. Lo que buscamos supera totalmente
las dimensiones y las posibilidades
de la vida en este mundo. Buscamos
el amor y la paz en su plenitud. Queremos
una vida fraterna sin injusticias
ni discriminación alguna; un
amor que no desengañe; una
felicidad plena, sin amenazas ni restricciones.
Buscamos la libertad en la paz y la
verdad. En lo más profundo
de nuestro ser late la vocación
al encuentro con Aquel que es el Amor,
la Paz y la Felicidad, y a la concordia
propia de la comunión de los
santos. En nuestras búsquedas
se abre camino nuestra sed de Dios
y late la vocación al cielo.
3. Pero ya en este mundo somos cada
vez más felices en la medida
que vivimos con mayor plenitud nuestra
vocación al amor, a la verdad,
a la libertad y a la felicidad, y
realizamos así más plenamente
lo que da todo su sentido a nuestra
vida: ser imagen y semejanza de Dios.
Como cristianos, pensamos en el único
Dios que se ha revelado como una comunión
de tres personas felices -el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo-,
que se comunican y se donan mutuamente,
y cuyas obras son siempre obras de
amor, que buscan el bien integral
de cada ser humano. Contemplar a Dios,
confiar en Él, colaborar con
Él en justicia, libertad y
verdad, como hermanos entre nosotros
y constructores de la comunión
y la paz, preocupados de los más
cercanos, y de los pobres, marginados
y afligidos, nos hace felices ya en
este mundo.
4. Sin embargo, tanto la historia
de la humanidad como la historia de
la salvación nos muestran que,
a veces puntualmente y a veces durante
un largo tiempo, personas y pueblos
perseveran en la búsqueda de
la realización de algún
anhelo, fuera de la órbita
del bien y la verdad; y así
de hecho se extravían, persiguiendo
su cumplimiento por caminos errados.
Además, pueden ser oprimidos
por quienes les imponen ideologías
que distorsionan la verdad acerca
de lo humano, o por quienes no respetan
ni la dignidad humana ni el Evangelio
de Jesucristo. Juan Pablo II decía:
"en nuestro siglo han vuelto
los mártires, con frecuencia
desconocidos, casi 'milites ignoti'
de la gran causa de Dios" . El
siglo XX ha sido, en verdad, un siglo
de mártires.
b. A la luz de la revelación
5. Cuando el desconcierto generalizado
nos hace difícil reconocer
nuestra vocación y sus caminos,
emerge la Palabra de Dios como una
poderosa luz que orienta a los que
buscan y son peregrinos . Como cristianos
no queremos separar los anhelos que
brotan de nuestra naturaleza humana
de la luz de la fe. La revelación
ilumina los anhelos más profundos
que Dios puso en nuestro corazón
al crearnos. Así comprendemos
que esa inquietud interior, que nace
de nuestra vocación a la plenitud
y a la felicidad, proviene del maravilloso
designio del Padre que fundamenta
nuestra existencia. Fuimos creados
-varón y mujer- a imagen de
la Santísima Trinidad, para
gozar del amor de nuestro Dios. "El
hombre ha sido creado por Dios para
un destino feliz" (GS 18) .
6. Después del primer pecado,
Dios no quiso abandonarnos en este
mundo. Optó por no dejarnos
con concepciones erradas de sí
mismo, productos de nuestros propios
pensamientos y fantasías. Quiso
satisfacer personalmente nuestra sed
de verdad. Ya en el Antiguo Testamento
tomó una iniciativa inaudita,
la de revelarse. Mediante sus palabras
y sus obras, Dios se manifestó
como nuestro Padre y Pastor, como
el Señor de la Historia, como
nuestro Legislador y Juez.
7. En la historia del Pueblo de la
Alianza emergen vigorosamente sus
iniciativas: en la elección
de Abraham y de los patriarcas, en
la liberación de la esclavitud
de Egipto, y en la entrega de las
tablas de la ley, es decir, de los
caminos que harían de Israel
un pueblo capaz de adorarlo y de vivir
en la paz, el amor y el respeto fraterno,
sin ídolos ni miserias ni esclavitudes.
También tomó nuevas
iniciativas, hablándonos a
través de los profetas.
8. Con la sabiduría de su relación
personal con Dios, que conversaba
con él "cara a cara, como
un hombre habla a un amigo" (Ex
33, 11), Moisés exhortó
a los israelitas a amar a Dios "con
todo tu corazón, con toda el
alma, con todas sus fuerzas"
(Dt 6, 5) y a cumplir los mandamientos.
Para el pueblo escogido como propiedad
suya (cf. Ex 19, 5), éstos
serían el camino que lo conduciría
a la vida y la felicidad, y lo apartaría
de la desgracia y de la muerte (cf.
Dt 30, 15). Los diez mandamientos
permanecen, también hoy, señalizando
el camino a la felicidad.
9. De los mandamientos fluyó
la legislación que regulaba
la relación con la tierra y
con los bienes. El hombre sería
un administrador de los bienes de
Dios, quien reguló su posesión
y su uso, de manera que todos tuvieran
lo necesario para vivir con dignidad,
y nadie cayera en la miseria o en
la avaricia, que los devolvería
a la esclavitud de la cual Dios los
había liberado.
10. Por el misterio de la Encarnación,
el Hijo de Dios se hizo nuestro hermano
y salvador. "Pues todas las promesas
de Dios se han cumplido en Él.
Por eso el 'Amén' con que glorificamos
a Dios lo decimos por medio de Él"
(2 Cor 1, 20). Por su muerte y resurrección
venció al demonio que nos separa
de la realización de nuestra
vocación verdadera y de los
anhelos que le dan aliento y la acompañan.
Él derribó el muro de
la enemistad y es nuestra Paz (Cf.
Ef 2, 13-22). Nos ha hecho experimentar
el amor de Dios. El es nuestro Camino
hacia el Padre, y sin descanso nos
amó hasta el extremo de dar
su vida por nosotros. Con su sangre
selló la alianza, y nos reconcilió
con el Padre y entre nosotros. Así
nos elevó, constituyéndonos
miembros de la "familia de Dios"
(Ef 2, 19). Así dignificó
a la mujer, a la familia y al trabajo.
Él es la Verdad, y sacia nuestra
sed de verdad sobre Dios y sobre el
hombre, siendo el rostro del Padre
vuelto hacia la humanidad, y el rostro
de los hombres en conversación
con el Padre y colmado de bondad para
los hermanos.
11. Él sacia nuestra sed de
amistad, siendo nuestro hermano y
llamándonos no siervos, sino
amigos. Nos encamina hacia la contemplación
de Dios, enseñándonos,
ya en este mundo, a descubrir el resplandor
de la belleza de Dios en todo lo creado.
Responde a nuestras búsquedas
de justicia y fraternidad, invitándonos
a construir con su ayuda el reino
de la verdad y la vida, la santidad
y la gracia, la justicia, el amor,
y la paz . El anhelo de ser libres
recibe de su Espíritu el don
de la filiación y así
de la gloriosa libertad de los hijos
de Dios (cf. Rom 8, 21). Por la incorporación
a Él, nuestra vid verdadera,
se revela como nuestra Vida. Participando
de la vida divina, somos semejantes
a Él (cf. Rm 8, 29), también
en el servicio a los hermanos, que
nos confiere la felicidad de darnos
y de dar (cf. Hch 20, 35; 2Cor 9,
7).
12. En una palabra, en virtud de su
Encarnación y de su Pascua,
Jesucristo sacia nuestra sed de felicidad
y nos otorga ya ahora, en la esperanza,
la dignidad de ser "ciudadanos
del cielo" (Flp 3, 20), de permanecer
en su amor al Padre y a nosotros -especialmente
a los hambrientos, sedientos, forasteros,
desnudos, enfermos y encarcelados
(Cf. Mt 25, 31ss), y de recibirlo
en la Eucaristía como alimento
de vida eterna y pan bajado del cielo
para la vida del mundo.
13. Jesucristo proclamó el
nuevo código de la felicidad,
las Bienaventuranzas. No abolió
el código del Sinaí,
pero sí lo interiorizó
y elevó. Las bienaventuranzas
dibujan el rostro de Jesús,
de Aquel que disipa todo temor, y
a cuyo encuentro caminamos. Describen
su caridad y expresan nuestra vocación,
asociada a su pasión y resurrección.
Así iluminan las acciones y
las actitudes características
de la vida cristiana. Son promesas
paradójicas que sostienen la
esperanza en las tribulaciones, anuncian
a los discípulos las bendiciones
y las recompensas que ya están
presentes de manera germinal, y que
han quedado inauguradas en la vida
de la Virgen María y de todos
los santos. Su meta, la de ver a Dios
y obtener la vida eterna, la alegría
y el gozo de la recompensa en los
cielos, es obra de Dios, don gratuito
de su infinito amor .
14. Estamos llamados a vivir las Bienaventuranzas
como apóstoles, testigos y
colaboradores de Cristo, que cuentan
con su compañía y su
poder, y han sido enviados a anunciar
el Reino de Dios hasta los confines
de la tierra (cf. Mt 28, 20). Para
ello nos envió con el Padre
el Espíritu Santo, Amor que
ha sido derramado en nuestros corazones,
que nos transforma y asemeja a Jesús
(cf. Col 3, 17), de modo que pensemos,
sintamos, amemos y actuemos como Él.
Nos convocó en la comunidad
de los hijos de Dios, de los discípulos
y misioneros de Jesucristo, en una
palabra, en su Iglesia, enviada a
amar, perdonar, enseñar, servir,
santificar y guiar, en una palabra,
a vivir como Él. Sus discípulos
son cristianos, 'otros cristos' (cf.
Hch 11, 26; Rm 8, 29), en la fuerza
y la sabiduría de su Espíritu.
15. Jesucristo no nos ocultó
el precio del encuentro con Dios,
y de una vida en este mundo como ciudadanos
del cielo, como evangelizadores suyos
y constructores de la civilización
del amor. Si queremos vivir como discípulos
suyos, siguiendo sus huellas, tenemos
que abrazar la cruz (cf. Mt 10, 38;
16, 24), porque si el grano de trigo
no muere, no llevará fruto
alguno (cf. Jn 12, 24). San Pablo
no se cansará de decir que
él no quiere gloriarse en nada
que no sea la cruz de Cristo (cf.
Gal 6, 14). Sólo a través
de la cruz se llega a la vida y la
resurrección. No se trata simplemente
del dolor, sino del sufrimiento que
expresa un gran amor, que es ofrecimiento
filial al Padre por los demás,
en el heroísmo de la fe, la
esperanza y la caridad. San Pablo
se alegra por los padecimientos que
soporta en favor del Cuerpo de Cristo,
que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).
16. Siendo testigo del amor infinito
de Dios que se nos reveló en
el rostro de Cristo, como también
en sus enseñanzas y en sus
milagros, y sobre todo en su muerte
y resurrección, el cristianismo
nació y se extendió
como una Buena Noticia para la humanidad.
De hecho se inició el tiempo
de la Nueva Alianza con sendos mensajes
de alegría: el que recibió
Zacarías, por el nacimiento
de Juan Bautista (cf. Lc 1, 14.44);
el que recibió la Virgen María
con el saludo del ángel (cf.
Lc 1, 28.47), al cual ella respondería
con generosidad, alegrando así
a su Dios y Señor; y el mensaje
a los pastores, después del
nacimiento en Belén: "Les
anuncio una gran alegría que
lo será para ustedes y para
todo el pueblo: les ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un Salvador,
que es el Mesías, el Señor"
(Lc 2, 10s). Esta misma Buena Noticia
la proclamó Jesús en
la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,
28).
17. Como una buena noticia surgieron
las primeras comunidades después
de Pentecostés. "Se dedicaban
con perseverancia a escuchar la enseñanza
de los apóstoles, vivían
unidos y participaban en la fracción
del pan y en las oraciones. (...)
Todos los creyentes vivían
unidos y tenían todo en común.
Vendían sus posesiones y haciendas
y las distribuían entre todos,
según la necesidad de cada
uno. Con perseverancia acudían
diariamente al templo, partían
el pan en las casas y compartían
los alimentos con alegría y
sencillez de corazón; alababan
a Dios y se ganaban el aprecio de
todo el pueblo." (Hch 2, 42-47).
"Todos pensaban y sentían
lo mismo" (Hch 4, 32).
18. Y a pesar de las terribles persecuciones
que desencadenaron contra ellos los
poderosos de su tiempo, que los llevó
a dar testimonio del Camino, la Verdad
y la Vida hasta el martirio, el cristianismo
se expandió por la antigüedad
como una verdadera explosión
de gozo, como una corriente de fe,
sabiduría y esperanza, proclamando
la verdad sobre Dios y la dignidad
del hombre y de la comunidad, y viviéndolas
con ardor misionero.
19. Los apóstoles recibieron
el mandato de Jesús: "Vayan
y hagan discípulos a todos
los pueblos, bautícenlos para
consagrarlos al Padre y al Hijo y
al Espíritu Santo, enseñándoles
a poner por obrar todo lo que les
he mandado. Y sepan que Yo estoy con
ustedes todos los días hasta
el final de los tiempos" (Mt
28, 18-20). En cumplimento de este
mandato, la Iglesia salió mucho
más allá de las fronteras
del Imperio Romano, movida por el
Espíritu Santo, a hacer discípulos
de Jesucristo, que aprendieran a los
pies del Señor, interiorizaran
su Palabra de vida eterna y la encarnaran
en su vida.
20. El cumplimiento del mandato de
Cristo tanto en Roma como en muchos
otros lugares de la tierra, al inicio,
en los siglos siguientes y hasta el
día de hoy, estuvo acompañado
del martirio. Morir por fidelidad
a Cristo, sufriendo sus padecimientos,
ha sido la forma sublime de ser testigos
de la Encarnación y la Pascua
del Señor. La gozosa esperanza
de acompañarlo en el cielo
mitigaba los horribles tormentos.
Ver a Dios "tal cual es"
(1 Jn 3, 2), "cara a cara"
(1 Co 13,12: Ap 22,4), encontrarse
con Cristo en la gloria del Padre,
vivir en comunión de vida y
de amor con la Sma. Trinidad, con
la Virgen María, con los ángeles
y con los santos, gozando para siempre
de todos los frutos de la redención,
disfrutando plenamente de la felicidad
y la paz de Dios, alabándolo
y colaborando con Él, es el
contenido definitivo de nuestra esperanza.
Preguntas:
1. ¿Cuáles
son los anhelos más profundos
de la vocación humana?
2. ¿Qué podemos hacer
para que nuestra sociedad camine hacia
la felicidad?
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2.
Desde la llegada del Evangelio a América
Latina
y el Caribe vivimos nuestra fe con gratitud
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a.
Nuestros pueblos recibieron la bendición
del encuentro con Jesucristo vivo
21. Por un sabio y bondadoso designio
de la Providencia divina llegó
hasta las tierras de este Continente
esa corriente de amistad con Dios,
de vida nueva y de promoción
humana que inició Jesucristo
con su Encarnación y su Pascua,
y que impulsa a lo largo de los siglos
el Espíritu con fuerza pentecostal.
22. Llegó a unos pueblos cuya
vida ya estaba acompañada por
"la presencia creadora, providente
y salvadora de Dios". En ellos
las semillas del Verbo, que estaban
presentes en un hondo sentido religioso,
esperaban el rocío fecundo
del Espíritu. Eran muchos los
valores que los caracterizaban y que
los predisponían a una más
pronta recepción del Evangelio
. A los primeros habitantes de estas
tierras llegó el bautismo,
y la conciencia de su dignidad como
hijos de Dios.
23. Dios quiso valerse de la aparición
de la Virgen de Guadalupe, de su maternidad,
su amor personal y su mirada compasiva,
para abrir las puertas del corazón
de los pueblos autóctonos a
Jesucristo, Buena Noticia del Padre
para su vida. En ella descubrieron
el amor de Dios y su benevolencia
hacia todos ellos. Juan Pablo II se
refirió a esta obra de Dios,
diciendo: "En la figura de María
-desde el principio de la cristianización
del Nuevo Mundo y a la luz del Evangelio
de Jesucristo- se encarnaron auténticos
valores culturales indígenas"
.
24. Hasta hoy nos inspira el ejemplo
de quienes plantaron la vida cristiana
en nuestros pueblos latinoamericanos
y caribeños. "Nuestro
radical substrato católico
con sus vitales formas vigentes de
religiosidad, fue establecido y dinamizado
por una vasta legión misionera
de obispos, religiosos y laicos. Está
ante todo la labor de nuestros santos,
como Toribio de Mogrovejo, Rosa de
Lima, Martín de Porres, Pedro
Claver, Luis Beltrán y otros...
quienes nos enseñan que, superando
las debilidades y cobardías
de los hombres que los rodeaban y
a veces los perseguían, el
Evangelio, en su plenitud de gracia
y amor, se vivió y se puede
vivir en América Latina como
signo de grandeza espiritual y de
verdad divina" .
25. Sabemos, sin embargo, como lo
recuerda el Documento de Puebla, que
"la generación de pueblos
y culturas es siempre dramática;
envuelta en luces y sombras"
y que "la Evangelización,
como tarea humana, está sometida
a las vicisitudes históricas,
pero siempre busca transfigurarlas
con el fuego del Espíritu en
el camino de Cristo, centro y sentido
de la historia universal, de todos
y cada uno de los hombres" (n.
6). Por eso mismo, recordamos con
gratitud a los "intrépidos
luchadores por la justicia, evangelizadores
de la paz, como Antonio de Montesinos,
Bartolomé de las Casas, Juan
de Zumárraga, Vasco de Quiroga,
Juan del Valle, Julián Garcés,
José de Anchieta, Manuel Nóbrega
y tantos otros que defendieron a los
indios ante conquistadores y encomenderos
incluso hasta la muerte, como el Obispo
Antonio Valdivieso" (Ibidem n.
8).
26. De los hechos generosos de los
primeros evangelizadores nos decía
el Papa Juan Pablo II, en el discurso
inaugural de Santo Domingo: "Los
datos históricos muestran que
se llevó a cabo una válida,
fecunda y admirable obra evangelizadora
y que, mediante ella, se abrió
camino de tal modo en América
Latina la verdad sobre Dios y sobre
el hombre que, de hecho, la evangelización
misma constituye una especie de tribunal
de acusación para los responsables
de aquellos abusos" (n. 4) .
27. Conscientes de ello, compartimos
el dolor de quienes fueron testigos
de aquellas jornadas de la conquista
que se caracterizaron por abusos de
conquistadores sin escrúpulos
. Y nos duelen con intensidad no menor
los sufrimientos de quienes fueron
arrancados de sus familias y de su
patria y sometidos a esclavitud .
Con razón se unieron los Obispos
reunidos en Santo Domingo a la petición
de perdón que hizo Juan Pablo
II en la isla de Gorea, en el Senegal,
el 21 de febrero de 1992 por este
"holocausto desconocido"
. Ese dolor nos pide que miremos nuestro
entorno para descubrir nuevas situaciones
que contradicen el trato que se merece
la dignidad humana de quienes sufren.
28. El Documento de Puebla evocó
también otros tiempos dolorosos
para la Iglesia en el Continente.
Dice: "A aquella época
de la Evangelización (fundante),
tan decisiva en la formación
de América Latina, tras un
ciclo de estabilización, cansancio
y rutina, siguieron las grandes crisis
del siglo XIX y principios del XX,
que provocaron persecuciones y amarguras
a la Iglesia, sometida a grandes incertidumbres
y conflictos que la sacudieron hasta
sus cimientos. Venciendo esta dura
prueba, la Iglesia logró, con
poderoso esfuerzo, reconstruirse y
sobrevivir. Hoy, principalmente a
partir del Concilio Vaticano II, la
Iglesia se ha ido renovando con dinamismo
evangelizador, captando las necesidades
y esperanzas de los pueblos latinoamericanos."
(n. 11).
29. A mediados del siglo pasado, en
el año 1955 los Obispos congregados
en Río de Janeiro, en la I
Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, expresaron: "Hemos
considerado, por tanto, lo mucho que,
por la gracia de Dios, hay de laudable
y consolador en esta situación
(religiosa de cada uno de los países
de América Latina), todo lo
que hace de Latinoamérica un
inmenso continente que se enorgullece
de su fe católica y una magnífica
esperanza para toda la Iglesia de
Cristo" (Preámbulo de
las Conclusiones, 4 de agosto de 1955)
30. La III Conferencia General, celebrada
en Puebla, se refiere a la nueva etapa
de nuestra historia: "Sobre todo
a partir de Medellín, con clara
conciencia de su misión, abierta
lealmente al diálogo, la Iglesia
escruta los signos de los tiempos
y está generosamente dispuesta
a evangelizar, para contribuir a la
construcción de una nueva sociedad,
más justa y fraterna, clamorosa
exigencia de nuestros pueblos. De
tal modo, tradición y progreso,
que antes parecían antagónicos
en América Latina, restándose
fuerzas mutuamente, hoy se conjugan
buscando una nueva síntesis
que aúna las posibilidades
del porvenir con las energías
provenientes de nuestras raíces
comunes. Así, en este vasto
movimiento renovador, que inaugura
una nueva época, en medio de
los recientes desafíos, los
pastores aceptamos la secular tradición
episcopal del Continente y nos preparamos
para llevar, con esperanza y fortaleza,
el mensaje de salvación del
Evangelio a todos los hombres, especialmente
a los más pobres y olvidados"
(n. 12).
Preguntas:
1. ¿Considera
que la obra evangelizadora desarrollada
en su comunidad ha hecho posible conocer
la verdad sobre Dios y sobre el hombre?
2. Los laicos, ¿han asumido
un rol protagónico en la evangelización
y promoción humana?
3. ¿Qué elementos de
nuestro entorno contradicen el trato
que merece la dignidad humana?
b.
Una Iglesia viva, fermentada por la
experiencia de la gracia de Dios
31. Recordamos con admiración
y gratitud la fe, el heroísmo,
la valentía y la santidad de
quienes fueron instrumentos de la
evangelización en el pasado
lejano y más reciente. A pesar
de nuestros pecados y de las debilidades
de la Iglesia, sus vidas y sus obras
nos facilitan descubrir los signos
de la bendición de Dios en
nuestros días. Agradecemos
el signo actual más notable:
el crecimiento del número de
quienes se encuentran con Jesucristo
y se comprometen con Él. Crece
de manera vigorosa el fermento constituido
por personas y comunidades cuya vida
es atrayente, porque permanecen en
el amor y en la misión de Cristo,
porque en ellas vive el misterio de
la Iglesia, misterio de comunión
misionera. Crece el fermento que tiende
a una nueva cultura de savia cristiana.
32. Esta bendición de Dios,
que convierte nuestro continente en
el Continente de la Esperanza, nos
compromete a dar una respuesta gozosa
y misionera, desde la riqueza de la
Buena Noticia, a quienes buscan a
tientas satisfacer su sed de sentido,
de humanidad, de felicidad y trascendencia.
Nos compromete también a hacer
fecunda la inconmensurable riqueza
y el dinamismo del Evangelio que Nuestro
Señor le ha regalado a las
comunidades de la Iglesia en Latinoamérica
y el Caribe. Nuestro corazón,
con ilimitada confianza y con todas
nuestras fuerzas está llamado
a colaborar con Él. Admiramos
su obra, tanto en quienes lo buscan
sin conocer a la Iglesia, como en
quienes lo encuentran en ella y salen
a anunciarlo.
33. Al recordar algunos de los dones
que nos han enriquecido desde el Concilio
Vaticano II, no podemos olvidar la
gratitud que le guardamos al Papa
Juan Pablo II. Sus peregrinaciones
a nuestros países marcaron
otros tantos hitos imborrables de
su historia. El testimonio suyo, de
hombre de Dios, su fecundo Magisterio,
como asimismo la preparación
y la celebración del Gran Jubileo
del año 2.000, encendieron
en una multitud de cristianos un nuevo
ardor, robustecieron su fe, nos facilitaron
el discernimiento de los signos del
tiempo, y despertaron innumerables
iniciativas pastorales. Gran difusión
e influencia han tenido últimamente
la Exhortación apostólica
Ecclesia in America -con su orientación
pastoral hacia el "Encuentro
con Jesucristo vivo, camino para la
conversión, la comunión
y la solidaridad"-, la Carta
apostólica Novo Millennio Ineunte,
el Catecismo de la Iglesia Católica,
y la reciente Carta encíclica
Ecclesia de Eucharistia. También
la preparación, la celebración
y los documentos conclusivos de las
Conferencias Generales del Episcopado
de Latinoamérica y del Caribe
orientaron y enriquecieron grandemente
la vida de la Iglesia y su trabajo
evangelizador.
34. No queremos negar nuestras debilidades,
en las cuales se manifiesta la fuerza
de Cristo (cf. 2Cor 12, 9), pero tampoco
podemos desconocer los signos de esperanza
que muestran el sembrado de Dios que
crece, regado por ese torrente de
agua viva que es el Espíritu
vivificador. Todos ellos son imprescindibles
puntos de arranque para nuestros planes
pastorales. Cada comunidad cristiana
y cada Iglesia particular los puede
contar y valorar. Recordemos algunos:
a. Mientras
en el mundo occidental crece el
número de los que no creen
en Dios, en Latinoamérica
y el Caribe la fe en Dios pertenece
al patrimonio del pueblo. Cerca
de un 90 % de sus habitantes creen
en Dios, y un alto porcentaje
asegura que Dios es importante
para su vida. La fe en Jesucristo
distingue a los habitantes del
Continente; también las
celebraciones de la Semana Santa.
Desde la preparación al
Jubileo, el Pueblo de Dios ha
tomado más conciencia de
la presencia y la acción
del Espíritu Santo.
b. Crece también la vitalidad
de la fe en quienes participan
en las gozosas celebraciones litúrgicas
y en la vida de las parroquias,
de sus comunidades de base, de
los movimientos eclesiales y de
otros itinerarios de iniciación
y formación cristiana.
En la vida de incontables bautizados
y, cada vez más, de un
gran número de comunidades,
crece el amor a la Palabra de
Dios, y la Eucaristía tiene
un lugar central.
c. En nuestras Iglesias particulares
siguen creciendo las manifestaciones
de la piedad y la religiosidad
populares , del amor a la Santísima.
Virgen y de la devoción
al Santo Padre. La fe de la Iglesia
en la común vocación
de los bautizados a la santidad,
se ha fortalecido con los nuevos
beatos y santos. En muchos países,
son los primeros de su historia.
d. Nos infunden confianza las
parroquias misioneras, las comunidades,
los movimientos y las asociaciones
que son verdaderas escuelas del
discipulado y del seguimiento
del Señor. Y nos llenan
de esperanza los seglares -de
los cuales muchos son jóvenes-
que en ellos se forman o se han
formado.
e. Los esfuerzos pastorales de
la Iglesia -en los cuales participan
de corazón incontables
religiosos y religiosas- desde
hace años se orientan hacia
la Nueva Evangelización.
En ella ocupa un lugar central
la dedicación a quienes
están heridos por la pobreza,
en sus más diversas formas.
f. En el horizonte espiritual
de las parroquias y las demás
comunidades, salvo excepciones,
viven las grandes consignas entregadas
por el Papa Juan Pablo II. Él
nos convocó a ir al encuentro
con Jesucristo vivo, a contemplar
su rostro y a recorrer sus caminos
unidos a la Virgen María,
a construir una Iglesia que sea
casa y escuela de la comunión,
la oración y el espíritu
misionero, a aspirar a la santidad
y a hacer de la Eucaristía
la fuente y la cumbre de la vida.
Nos planteó además
el desafío de globalizar
la solidaridad, evangelizar la
cultura y desplegar la imaginación
de la caridad.
g. Crece el compromiso de incontables
laicos en la edificación
de la Iglesia y en su misión
evangelizadora. Se incrementa
el número de los Delegados
de la Palabra y de los catequistas
- personas y familias misioneras-
que se empeñan en adquirir
y entregar una buena formación.
h. Se ha multiplicado el número
de las escuelas para la formación
inicial y continua de diáconos
permanentes, y éstos trabajan
fecunda y abnegadamente -los que
son casados, normalmente con el
apoyo abnegado de sus esposas
e hijos- en las comunidades parroquiales,
y en otros campos específicos
de la pastoral ambiental. Es indispensable
continuar, con su valiosa cooperación,
el proceso de selección,
una formación seria y una
atención cuidadosa a los
candidatos, así como también
un acompañamiento solícito
no sólo de estos ministros
sagrados, sino también,
en el caso de los diáconos
casados, de su familia, esposa
e hijos .
i. El Santo Padre Juan Pablo II
con las Jornadas Mundiales y continentales
de la Juventud y los muchos encuentros
con los jóvenes en sus
incansables viajes, ha estimulado
el desarrollo de una pastoral
de juventud atractiva que ha agrupado
a millones de jóvenes en
torno a la persona de Jesucristo
como esperanza de auténtica
vida. El Papa Benedicto XVI también
la impulsa con similar dedicación.
j. Si bien es cierto el hecho
de que se fortalecen con nuevas
vocaciones las diócesis
que impulsan fecundamente la pastoral
vocacional y entre las vocaciones
comienzan a multiplicarse las
vocaciones misioneras, sobre todo
en el propio país, pero
también las llamadas a
la misión 'ad gentes',
no obstante eso, vemos que es
necesario implementar una pastoral
vocacional mucho más efectiva.
Para ello, es necesario que esta
pastoral esté inserta en
la pastoral orgánica de
la diócesis, en estrecha
vinculación con la pastoral
familiar y la juvenil. Sin embargo,
no debemos olvidar que el fundamento
de la eficacia de la pastoral
está en la oración,
en la frecuencia de los sacramentos
de la Eucaristía y la Reconciliación,
la catequesis de la confirmación,
la devoción mariana, el
acompañamiento con la dirección
espiritual y un compromiso misionero
concreto; éstos son los
principales medios que ayudarán
a los jóvenes en el discernimiento
de su vocación sacerdotal
o de vida consagrada .
k. En los planes pastorales se
da cada vez más lugar al
"cuidado de la pastoral de
la familia, asediada en nuestros
tiempos por graves desafíos,
representados por las diversas
ideología y costumbres
que minan los fundamentos mismos
del matrimonio y de la familia
cristiana" , si bien, en
términos generales, la
pastoral familiar todavía
no es una dimensión transversal
de todos los esfuerzos pastorales.
Sin embargo, se forman familias
que son verdaderas 'iglesias domésticas'
y 'santuarios de la vida'. Comienzan
a preocuparse por otras familias
en dificultad o ya deshechas.
l. Se implementa, más recientemente,
la pastoral de los presbíteros.
Por este servicio pastoral reciben
más apoyo los sacerdotes,
a través del acompañamiento
espiritual, de la formación
permanente, de los encuentros
en las pequeñas comunidades
que forman y en las reuniones
del presbiterio, de ejercicios
espirituales y de la ayuda que
necesitan y buscan en etapas críticas
de sus vidas.
m. La Iglesia se ha visto enriquecida
con una pastoral social que busca
responder a las necesidades urgentes
de nuestros pueblos. De hecho,
en ella ha tenido una gran influencia
la opción preferencial
por los pobres, proclamada inicialmente
por Medellín y de manera
más explícita por
Puebla (ver 1134-1165) y Santo
Domingo (ver 178-161) y el contenido
evangélico y teológico
de la liberación, que ha
abierto un nuevo horizonte a la
acción evangelizadora.
. Ha repercutido como una opción
no excluyente pero sí irrevocable,
no sólo en la pastoral
social , sino también en
muchas otras orientaciones y decisiones
eclesiales y en el espíritu
de incontables fieles, sacerdotes,
religiosas y religiosos. Ha buscado
su norte en las opciones de Jesús,
y su campo de aplicación
también en las nuevas formas
de pobreza, incluyendo toda suerte
de marginaciones y adicciones.
Esta opción, además
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