Hacia la V Conferencia del Episcopado de Latinoamérica y del Caribe
Presentación
 

Queridos hermanos obispos de América Latina y el Caribe,
queridos hermanos y hermanas, que colaboran con nosotros en la misión de la Iglesia,
queridas comunidades cristianas,

Los Presidentes y los delegados de las Conferencias Episcopales de América Latina y el Caribe, nos reunimos en el año 2001 en la XXVIII Asamblea Ordinaria del CELAM. En ese encuentro decidimos pedirle al Santo Padre Juan Pablo II que tuviera a bien convocar una nueva Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Su Santidad Juan Pablo II acompañó los primeros pasos de su preparación y aprobó la idea de celebrar una Conferencia General de nuestro Episcopado.

En este tiempo de preparación, hemos tomado más conciencia de la fecundidad de la vida de las comunidades de la Iglesia, de sus debilidades y de los desafíos que a ella le plantean su propia realidad y la realidad actual de nuestros países y de nuestro tiempo. Queremos dar un paso más por el camino del encuentro con Jesucristo vivo. Son tantos los desafíos al inicio del tercer milenio que marcan nuestra vida personal, familiar, pastoral, comunitaria y social, que queremos descender hasta llegar con profundidad al sujeto que les dará respuesta, después de encontrarse con el Señor. Queremos desplegar, con la ayuda de Dios, toda la riqueza del encuentro con Jesucristo para formar los discípulos y misioneros suyos, cuya vocación es configurarse con El, construir la comunión y evangelizar. A esta conclusión unánime llegamos en nuestras reuniones posteriores.

Por eso, después de recoger de todas las Conferencias Episcopales valiosas proposiciones, dadas ya sea personalmente en el encuentro de Puebla de 2004, como también en las reuniones regionales, en otras reuniones del CELAM y a través de las mismas Conferencias Episcopales, propusimos al Santo Padre Benedicto XVI, el siguiente temario: "Por el encuentro con Jesucristo, discípulos y misioneros en la comunión de la Iglesia Católica, al inicio del tercer milenio, para que nuestros pueblos tengan vida".

Su Santidad Benedicto XVI, pocas semanas después de haber iniciado su pontificado, se declaró plenamente de acuerdo con la celebración de esta Conferencia General. Es más, el día 7 de julio del presente año, recibió al Presidente del CELAM en audiencia y le entregó el tema de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano:

Discípulos y misioneros de Jesucristo,
para que nuestros pueblos en Él tengan vida.
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6)

El Santo Padre ha enriquecido nuestra proposición. De él proviene la expresión "en Él" y la cita evangélica. Somos discípulos y misioneros de Jesucristo cuando nuestro testimonio y nuestra misión evangelizadora se realiza verdaderamente por Él, con Él y en Él, que es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. En dicha audiencia manifestó asimismo que el inicio del tercer milenio y sus desafíos propios son el contexto que no podemos olvidar.

Esta etapa de preparación de la V Conferencia General, que se inicia con el impulso del Espíritu Santo, que nos une a Jesús y nos envía, quiere ser el primer paso de un proceso de vivificación y conversión, de comunión fraterna y de un vigoroso despertar misionero. Este proceso se afianzará mediante la Gran Misión en América Latina y el Caribe que los Obispos deseamos convocar en la V Conferencia General, a fin de que nuestra Iglesia tenga realmente ardor misionero.

Queda en manos de ustedes el presente documento, que es una invitación a participar en la preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Bien sabemos que un documento de participación no es el esbozo del documento final. Es tan solo una invitación, sin duda incompleta, de manera que puedan confluir con facilidad las aportaciones de todos, a partir de las experiencias, las reflexiones, los ministerios y los carismas que les ha dado el Espíritu Santo. Acompañamos el documento con fichas que pueden facilitar el trabajo de las comunidades. Con la ayuda de todas las aportaciones que recibiremos de ustedes podremos elaborar el documento de síntesis para preparar mejor la V Conferencia General.

Encomendando nuestro servicio y el trabajo de todas las comunidades eclesiales latinoamericanas y caribeñas a la oración de ustedes, y pidiendo para todas las diócesis de América Latina y el Caribe, y para sus pastores, por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, madre y modelo de los discípulos del Señor y de sus misioneros, la más abundante bendición de Dios, los saluda cordialmente en nombre de la Presidencia del CELAM y de todos sus colaboradores,

vuestro hermano en el Señor,


† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
Presidente del CELAM

Santiago, 8 de septiembre de 2005

 
Introducción
 

El Documento de Participación, como su nombre lo indica, expone el temario de la V Conferencia General y busca suscitar la participación más amplia posible en esta etapa de preparación de esa hora de gracia y de conducción pastoral. Se centra en la vocación de los discípulos y misioneros de Cristo, llamados por Él al inicio del tercer milenio, para que nuestros pueblos puedan saciar su sed de vida en Cristo.

El capítulo I se remonta a los anhelos más profundos de nuestra existencia como seres humanos y como bautizados. Ante el surgimiento de una nueva época, en medio de grandes desconciertos y vacilaciones, de nuevas expectativas y rechazos, convenía que nos remontásemos a los anhelos más hondos de nuestra existencia, sobre todo a los anhelos de verdad y de felicidad y que los iluminásemos con la revelación tanto de la Antigua como de la Nueva Alianza. El capítulo II nos propone que tomemos conciencia de haber sido muy bendecidos, sin merecimientos de nuestra parte, a través de la Buena Noticia que llegó, no sin dolor, como un mensaje de esperanza a nuestras tierras, y de los vivificantes impulsos del Espíritu Santo en esta hora de Nueva Evangelización.

El documento, a partir de esta conciencia, en el capítulo III nos invita a ir al encuentro de Jesucristo y a permanecer en Él como discípulos y misioneros suyos que viven en la comunión de la Iglesia, proponiéndonos que profundicemos el contenido bíblico y teológico de nuestra condición de discípulos y misioneros, como también que recorramos los caminos para convertirnos realmente en discípulos y misioneros de Jesucristo, y para muchos lo encuentren y le sigan.

Abrir nuestros ojos a la realidad del mundo y de la Iglesia al inicio del tercer milenio es encontrarse con grandes desafíos. Tal es el contenido del capítulo IV. La voz del tiempo es voz de Dios. Él nos habla a través de los acontecimientos y de las situaciones por las cuales atravesamos en nuestro peregrinar. Muchas de ellas son situaciones muy dolorosas, por ejemplo, la persistencia de la pobreza; otras muestran dudas y emancipaciones, mientras otras hablan con gratitud de la siembra de vida nueva, de dones y carismas que el Espíritu Santo sigue haciendo en nuestra Iglesia en América Latina y el Caribe. Ustedes evaluarán, completarán o redefinirán con mayor precisión y amplitud estos desafíos.

El último capítulo se refiere a la urgencia del encargo de Jesucristo. Con Él el Padre nos envió a hacer discípulos a todas las gentes. Nuestra misión nos pide evangelizar la cultura de nuestros pueblos, llegando hasta sus mismas raíces (EN 18 y 20). Es una tarea que abarca tanto a la Iglesia como a la Sociedad. Queremos que la cultura sea un espacio que acoge la vida en Cristo, de modo que todos sean en Él hijos del mismo Padre y vivan como familiares de Dios, llamados a la santidad, y a la alegría y la fecundidad de la Buena Noticia. Queremos que también los pobres y marginados puedan vivir conforme a su dignidad de hijos de Dios, y que todos trabajemos con pasión por la "cultura de la vida", sobre todo de la vida de sus miembros más afligidos, siendo con todos ellos en Jesucristo constructores de su Reino.

El texto de este capítulo es una breve introducción al tema "Para que nuestros pueblos en Él tengan vida". Se distingue precisamente porque se trata de la vida "en Él", que de Cristo resucitado toma su fuerza, su inspiración y su estilo inconfundible; porque tiene su origen en Él, se realiza con Él y llega en Él a su plenitud. Nos pide que reflexionemos sobre la vida nueva en Cristo, y que realicemos la misión de la Iglesia en este tiempo de gracia. Perseguimos una acción en favor de la vida de nuestros pueblos en Él. Sabiendo que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida, ustedes podrán proponer de qué manera respondemos a los desafíos del inicio del tercer milenio con la coherencia y la valentía propias de discípulos y misioneros del Señor.

Como podrán notar, es un capítulo que se abre decididamente al testimonio y a la acción misionera. Es un capítulo que mira hacia la gran Misión Continental que deseamos iniciar con la celebración de la V Conferencia General. Dejamos este capítulo abierto a las reflexiones de ustedes y a las contribuciones que envíen a las Conferencias Episcopales.

 

Documento de participación
1. El anhelo de felicidad, de verdad, de fraternidad y de paz
 

a. Un anhelo universal

1. Somos buscadores y peregrinos. Así lo experimentamos al inicio del tercer milenio . Así lo siente la juventud. No nacimos para una vida sedentaria. Siempre nos dan inspiración y dinamismo nuestros anhelos; sobre todo los más profundos, los que comparten el sentido de nuestra existencia. En lo más hondo de nuestro ser, hay hambre de amor y de justicia, de libertad y de verdad, sed de contemplación, de belleza y de paz, ambición de plenitud humana, ansias de hogar y fraternidad; deseos de vida y felicidad. Estos anhelos nos acompañan, nos motivan y son el norte de nuestras búsquedas. Nuestros esfuerzos los orientamos a construir un mundo en el cual podamos cumplir en buena medida dichos anhelos. Ellos explican nuestras mayores satisfacciones y nuestras desilusiones más amargas, nuestros mejores proyectos y aun las más tenaces rebeldías.

2. Lo que buscamos supera totalmente las dimensiones y las posibilidades de la vida en este mundo. Buscamos el amor y la paz en su plenitud. Queremos una vida fraterna sin injusticias ni discriminación alguna; un amor que no desengañe; una felicidad plena, sin amenazas ni restricciones. Buscamos la libertad en la paz y la verdad. En lo más profundo de nuestro ser late la vocación al encuentro con Aquel que es el Amor, la Paz y la Felicidad, y a la concordia propia de la comunión de los santos. En nuestras búsquedas se abre camino nuestra sed de Dios y late la vocación al cielo.

3. Pero ya en este mundo somos cada vez más felices en la medida que vivimos con mayor plenitud nuestra vocación al amor, a la verdad, a la libertad y a la felicidad, y realizamos así más plenamente lo que da todo su sentido a nuestra vida: ser imagen y semejanza de Dios. Como cristianos, pensamos en el único Dios que se ha revelado como una comunión de tres personas felices -el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-, que se comunican y se donan mutuamente, y cuyas obras son siempre obras de amor, que buscan el bien integral de cada ser humano. Contemplar a Dios, confiar en Él, colaborar con Él en justicia, libertad y verdad, como hermanos entre nosotros y constructores de la comunión y la paz, preocupados de los más cercanos, y de los pobres, marginados y afligidos, nos hace felices ya en este mundo.

4. Sin embargo, tanto la historia de la humanidad como la historia de la salvación nos muestran que, a veces puntualmente y a veces durante un largo tiempo, personas y pueblos perseveran en la búsqueda de la realización de algún anhelo, fuera de la órbita del bien y la verdad; y así de hecho se extravían, persiguiendo su cumplimiento por caminos errados. Además, pueden ser oprimidos por quienes les imponen ideologías que distorsionan la verdad acerca de lo humano, o por quienes no respetan ni la dignidad humana ni el Evangelio de Jesucristo. Juan Pablo II decía: "en nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi 'milites ignoti' de la gran causa de Dios" . El siglo XX ha sido, en verdad, un siglo de mártires.
b. A la luz de la revelación

5. Cuando el desconcierto generalizado nos hace difícil reconocer nuestra vocación y sus caminos, emerge la Palabra de Dios como una poderosa luz que orienta a los que buscan y son peregrinos . Como cristianos no queremos separar los anhelos que brotan de nuestra naturaleza humana de la luz de la fe. La revelación ilumina los anhelos más profundos que Dios puso en nuestro corazón al crearnos. Así comprendemos que esa inquietud interior, que nace de nuestra vocación a la plenitud y a la felicidad, proviene del maravilloso designio del Padre que fundamenta nuestra existencia. Fuimos creados -varón y mujer- a imagen de la Santísima Trinidad, para gozar del amor de nuestro Dios. "El hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz" (GS 18) .

6. Después del primer pecado, Dios no quiso abandonarnos en este mundo. Optó por no dejarnos con concepciones erradas de sí mismo, productos de nuestros propios pensamientos y fantasías. Quiso satisfacer personalmente nuestra sed de verdad. Ya en el Antiguo Testamento tomó una iniciativa inaudita, la de revelarse. Mediante sus palabras y sus obras, Dios se manifestó como nuestro Padre y Pastor, como el Señor de la Historia, como nuestro Legislador y Juez.

7. En la historia del Pueblo de la Alianza emergen vigorosamente sus iniciativas: en la elección de Abraham y de los patriarcas, en la liberación de la esclavitud de Egipto, y en la entrega de las tablas de la ley, es decir, de los caminos que harían de Israel un pueblo capaz de adorarlo y de vivir en la paz, el amor y el respeto fraterno, sin ídolos ni miserias ni esclavitudes. También tomó nuevas iniciativas, hablándonos a través de los profetas.

8. Con la sabiduría de su relación personal con Dios, que conversaba con él "cara a cara, como un hombre habla a un amigo" (Ex 33, 11), Moisés exhortó a los israelitas a amar a Dios "con todo tu corazón, con toda el alma, con todas sus fuerzas" (Dt 6, 5) y a cumplir los mandamientos. Para el pueblo escogido como propiedad suya (cf. Ex 19, 5), éstos serían el camino que lo conduciría a la vida y la felicidad, y lo apartaría de la desgracia y de la muerte (cf. Dt 30, 15). Los diez mandamientos permanecen, también hoy, señalizando el camino a la felicidad.

9. De los mandamientos fluyó la legislación que regulaba la relación con la tierra y con los bienes. El hombre sería un administrador de los bienes de Dios, quien reguló su posesión y su uso, de manera que todos tuvieran lo necesario para vivir con dignidad, y nadie cayera en la miseria o en la avaricia, que los devolvería a la esclavitud de la cual Dios los había liberado.

10. Por el misterio de la Encarnación, el Hijo de Dios se hizo nuestro hermano y salvador. "Pues todas las promesas de Dios se han cumplido en Él. Por eso el 'Amén' con que glorificamos a Dios lo decimos por medio de Él" (2 Cor 1, 20). Por su muerte y resurrección venció al demonio que nos separa de la realización de nuestra vocación verdadera y de los anhelos que le dan aliento y la acompañan. Él derribó el muro de la enemistad y es nuestra Paz (Cf. Ef 2, 13-22). Nos ha hecho experimentar el amor de Dios. El es nuestro Camino hacia el Padre, y sin descanso nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Con su sangre selló la alianza, y nos reconcilió con el Padre y entre nosotros. Así nos elevó, constituyéndonos miembros de la "familia de Dios" (Ef 2, 19). Así dignificó a la mujer, a la familia y al trabajo. Él es la Verdad, y sacia nuestra sed de verdad sobre Dios y sobre el hombre, siendo el rostro del Padre vuelto hacia la humanidad, y el rostro de los hombres en conversación con el Padre y colmado de bondad para los hermanos.

11. Él sacia nuestra sed de amistad, siendo nuestro hermano y llamándonos no siervos, sino amigos. Nos encamina hacia la contemplación de Dios, enseñándonos, ya en este mundo, a descubrir el resplandor de la belleza de Dios en todo lo creado. Responde a nuestras búsquedas de justicia y fraternidad, invitándonos a construir con su ayuda el reino de la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor, y la paz . El anhelo de ser libres recibe de su Espíritu el don de la filiación y así de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21). Por la incorporación a Él, nuestra vid verdadera, se revela como nuestra Vida. Participando de la vida divina, somos semejantes a Él (cf. Rm 8, 29), también en el servicio a los hermanos, que nos confiere la felicidad de darnos y de dar (cf. Hch 20, 35; 2Cor 9, 7).

12. En una palabra, en virtud de su Encarnación y de su Pascua, Jesucristo sacia nuestra sed de felicidad y nos otorga ya ahora, en la esperanza, la dignidad de ser "ciudadanos del cielo" (Flp 3, 20), de permanecer en su amor al Padre y a nosotros -especialmente a los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados (Cf. Mt 25, 31ss), y de recibirlo en la Eucaristía como alimento de vida eterna y pan bajado del cielo para la vida del mundo.

13. Jesucristo proclamó el nuevo código de la felicidad, las Bienaventuranzas. No abolió el código del Sinaí, pero sí lo interiorizó y elevó. Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesús, de Aquel que disipa todo temor, y a cuyo encuentro caminamos. Describen su caridad y expresan nuestra vocación, asociada a su pasión y resurrección. Así iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana. Son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones, anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas que ya están presentes de manera germinal, y que han quedado inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos. Su meta, la de ver a Dios y obtener la vida eterna, la alegría y el gozo de la recompensa en los cielos, es obra de Dios, don gratuito de su infinito amor .

14. Estamos llamados a vivir las Bienaventuranzas como apóstoles, testigos y colaboradores de Cristo, que cuentan con su compañía y su poder, y han sido enviados a anunciar el Reino de Dios hasta los confines de la tierra (cf. Mt 28, 20). Para ello nos envió con el Padre el Espíritu Santo, Amor que ha sido derramado en nuestros corazones, que nos transforma y asemeja a Jesús (cf. Col 3, 17), de modo que pensemos, sintamos, amemos y actuemos como Él. Nos convocó en la comunidad de los hijos de Dios, de los discípulos y misioneros de Jesucristo, en una palabra, en su Iglesia, enviada a amar, perdonar, enseñar, servir, santificar y guiar, en una palabra, a vivir como Él. Sus discípulos son cristianos, 'otros cristos' (cf. Hch 11, 26; Rm 8, 29), en la fuerza y la sabiduría de su Espíritu.

15. Jesucristo no nos ocultó el precio del encuentro con Dios, y de una vida en este mundo como ciudadanos del cielo, como evangelizadores suyos y constructores de la civilización del amor. Si queremos vivir como discípulos suyos, siguiendo sus huellas, tenemos que abrazar la cruz (cf. Mt 10, 38; 16, 24), porque si el grano de trigo no muere, no llevará fruto alguno (cf. Jn 12, 24). San Pablo no se cansará de decir que él no quiere gloriarse en nada que no sea la cruz de Cristo (cf. Gal 6, 14). Sólo a través de la cruz se llega a la vida y la resurrección. No se trata simplemente del dolor, sino del sufrimiento que expresa un gran amor, que es ofrecimiento filial al Padre por los demás, en el heroísmo de la fe, la esperanza y la caridad. San Pablo se alegra por los padecimientos que soporta en favor del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

16. Siendo testigo del amor infinito de Dios que se nos reveló en el rostro de Cristo, como también en sus enseñanzas y en sus milagros, y sobre todo en su muerte y resurrección, el cristianismo nació y se extendió como una Buena Noticia para la humanidad. De hecho se inició el tiempo de la Nueva Alianza con sendos mensajes de alegría: el que recibió Zacarías, por el nacimiento de Juan Bautista (cf. Lc 1, 14.44); el que recibió la Virgen María con el saludo del ángel (cf. Lc 1, 28.47), al cual ella respondería con generosidad, alegrando así a su Dios y Señor; y el mensaje a los pastores, después del nacimiento en Belén: "Les anuncio una gran alegría que lo será para ustedes y para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (Lc 2, 10s). Esta misma Buena Noticia la proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 28).

17. Como una buena noticia surgieron las primeras comunidades después de Pentecostés. "Se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones. (...) Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo." (Hch 2, 42-47). "Todos pensaban y sentían lo mismo" (Hch 4, 32).

18. Y a pesar de las terribles persecuciones que desencadenaron contra ellos los poderosos de su tiempo, que los llevó a dar testimonio del Camino, la Verdad y la Vida hasta el martirio, el cristianismo se expandió por la antigüedad como una verdadera explosión de gozo, como una corriente de fe, sabiduría y esperanza, proclamando la verdad sobre Dios y la dignidad del hombre y de la comunidad, y viviéndolas con ardor misionero.

19. Los apóstoles recibieron el mandato de Jesús: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos para consagrarlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obrar todo lo que les he mandado. Y sepan que Yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos" (Mt 28, 18-20). En cumplimento de este mandato, la Iglesia salió mucho más allá de las fronteras del Imperio Romano, movida por el Espíritu Santo, a hacer discípulos de Jesucristo, que aprendieran a los pies del Señor, interiorizaran su Palabra de vida eterna y la encarnaran en su vida.

20. El cumplimiento del mandato de Cristo tanto en Roma como en muchos otros lugares de la tierra, al inicio, en los siglos siguientes y hasta el día de hoy, estuvo acompañado del martirio. Morir por fidelidad a Cristo, sufriendo sus padecimientos, ha sido la forma sublime de ser testigos de la Encarnación y la Pascua del Señor. La gozosa esperanza de acompañarlo en el cielo mitigaba los horribles tormentos. Ver a Dios "tal cual es" (1 Jn 3, 2), "cara a cara" (1 Co 13,12: Ap 22,4), encontrarse con Cristo en la gloria del Padre, vivir en comunión de vida y de amor con la Sma. Trinidad, con la Virgen María, con los ángeles y con los santos, gozando para siempre de todos los frutos de la redención, disfrutando plenamente de la felicidad y la paz de Dios, alabándolo y colaborando con Él, es el contenido definitivo de nuestra esperanza.

Preguntas:
1. ¿Cuáles son los anhelos más profundos de la vocación humana?
2. ¿Qué podemos hacer para que nuestra sociedad camine hacia la felicidad?

 
2. Desde la llegada del Evangelio a América Latina
y el Caribe vivimos nuestra fe con gratitud
 

a. Nuestros pueblos recibieron la bendición del encuentro con Jesucristo vivo

21. Por un sabio y bondadoso designio de la Providencia divina llegó hasta las tierras de este Continente esa corriente de amistad con Dios, de vida nueva y de promoción humana que inició Jesucristo con su Encarnación y su Pascua, y que impulsa a lo largo de los siglos el Espíritu con fuerza pentecostal.

22. Llegó a unos pueblos cuya vida ya estaba acompañada por "la presencia creadora, providente y salvadora de Dios". En ellos las semillas del Verbo, que estaban presentes en un hondo sentido religioso, esperaban el rocío fecundo del Espíritu. Eran muchos los valores que los caracterizaban y que los predisponían a una más pronta recepción del Evangelio . A los primeros habitantes de estas tierras llegó el bautismo, y la conciencia de su dignidad como hijos de Dios.

23. Dios quiso valerse de la aparición de la Virgen de Guadalupe, de su maternidad, su amor personal y su mirada compasiva, para abrir las puertas del corazón de los pueblos autóctonos a Jesucristo, Buena Noticia del Padre para su vida. En ella descubrieron el amor de Dios y su benevolencia hacia todos ellos. Juan Pablo II se refirió a esta obra de Dios, diciendo: "En la figura de María -desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del Evangelio de Jesucristo- se encarnaron auténticos valores culturales indígenas" .

24. Hasta hoy nos inspira el ejemplo de quienes plantaron la vida cristiana en nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños. "Nuestro radical substrato católico con sus vitales formas vigentes de religiosidad, fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, religiosos y laicos. Está ante todo la labor de nuestros santos, como Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Pedro Claver, Luis Beltrán y otros... quienes nos enseñan que, superando las debilidades y cobardías de los hombres que los rodeaban y a veces los perseguían, el Evangelio, en su plenitud de gracia y amor, se vivió y se puede vivir en América Latina como signo de grandeza espiritual y de verdad divina" .

25. Sabemos, sin embargo, como lo recuerda el Documento de Puebla, que "la generación de pueblos y culturas es siempre dramática; envuelta en luces y sombras" y que "la Evangelización, como tarea humana, está sometida a las vicisitudes históricas, pero siempre busca transfigurarlas con el fuego del Espíritu en el camino de Cristo, centro y sentido de la historia universal, de todos y cada uno de los hombres" (n. 6). Por eso mismo, recordamos con gratitud a los "intrépidos luchadores por la justicia, evangelizadores de la paz, como Antonio de Montesinos, Bartolomé de las Casas, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel Nóbrega y tantos otros que defendieron a los indios ante conquistadores y encomenderos incluso hasta la muerte, como el Obispo Antonio Valdivieso" (Ibidem n. 8).

26. De los hechos generosos de los primeros evangelizadores nos decía el Papa Juan Pablo II, en el discurso inaugural de Santo Domingo: "Los datos históricos muestran que se llevó a cabo una válida, fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América Latina la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos" (n. 4) .

27. Conscientes de ello, compartimos el dolor de quienes fueron testigos de aquellas jornadas de la conquista que se caracterizaron por abusos de conquistadores sin escrúpulos . Y nos duelen con intensidad no menor los sufrimientos de quienes fueron arrancados de sus familias y de su patria y sometidos a esclavitud . Con razón se unieron los Obispos reunidos en Santo Domingo a la petición de perdón que hizo Juan Pablo II en la isla de Gorea, en el Senegal, el 21 de febrero de 1992 por este "holocausto desconocido" . Ese dolor nos pide que miremos nuestro entorno para descubrir nuevas situaciones que contradicen el trato que se merece la dignidad humana de quienes sufren.

28. El Documento de Puebla evocó también otros tiempos dolorosos para la Iglesia en el Continente. Dice: "A aquella época de la Evangelización (fundante), tan decisiva en la formación de América Latina, tras un ciclo de estabilización, cansancio y rutina, siguieron las grandes crisis del siglo XIX y principios del XX, que provocaron persecuciones y amarguras a la Iglesia, sometida a grandes incertidumbres y conflictos que la sacudieron hasta sus cimientos. Venciendo esta dura prueba, la Iglesia logró, con poderoso esfuerzo, reconstruirse y sobrevivir. Hoy, principalmente a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha ido renovando con dinamismo evangelizador, captando las necesidades y esperanzas de los pueblos latinoamericanos." (n. 11).

29. A mediados del siglo pasado, en el año 1955 los Obispos congregados en Río de Janeiro, en la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, expresaron: "Hemos considerado, por tanto, lo mucho que, por la gracia de Dios, hay de laudable y consolador en esta situación (religiosa de cada uno de los países de América Latina), todo lo que hace de Latinoamérica un inmenso continente que se enorgullece de su fe católica y una magnífica esperanza para toda la Iglesia de Cristo" (Preámbulo de las Conclusiones, 4 de agosto de 1955)

30. La III Conferencia General, celebrada en Puebla, se refiere a la nueva etapa de nuestra historia: "Sobre todo a partir de Medellín, con clara conciencia de su misión, abierta lealmente al diálogo, la Iglesia escruta los signos de los tiempos y está generosamente dispuesta a evangelizar, para contribuir a la construcción de una nueva sociedad, más justa y fraterna, clamorosa exigencia de nuestros pueblos. De tal modo, tradición y progreso, que antes parecían antagónicos en América Latina, restándose fuerzas mutuamente, hoy se conjugan buscando una nueva síntesis que aúna las posibilidades del porvenir con las energías provenientes de nuestras raíces comunes. Así, en este vasto movimiento renovador, que inaugura una nueva época, en medio de los recientes desafíos, los pastores aceptamos la secular tradición episcopal del Continente y nos preparamos para llevar, con esperanza y fortaleza, el mensaje de salvación del Evangelio a todos los hombres, especialmente a los más pobres y olvidados" (n. 12).

Preguntas:

1. ¿Considera que la obra evangelizadora desarrollada en su comunidad ha hecho posible conocer la verdad sobre Dios y sobre el hombre?
2. Los laicos, ¿han asumido un rol protagónico en la evangelización y promoción humana?
3. ¿Qué elementos de nuestro entorno contradicen el trato que merece la dignidad humana?

b. Una Iglesia viva, fermentada por la experiencia de la gracia de Dios

31. Recordamos con admiración y gratitud la fe, el heroísmo, la valentía y la santidad de quienes fueron instrumentos de la evangelización en el pasado lejano y más reciente. A pesar de nuestros pecados y de las debilidades de la Iglesia, sus vidas y sus obras nos facilitan descubrir los signos de la bendición de Dios en nuestros días. Agradecemos el signo actual más notable: el crecimiento del número de quienes se encuentran con Jesucristo y se comprometen con Él. Crece de manera vigorosa el fermento constituido por personas y comunidades cuya vida es atrayente, porque permanecen en el amor y en la misión de Cristo, porque en ellas vive el misterio de la Iglesia, misterio de comunión misionera. Crece el fermento que tiende a una nueva cultura de savia cristiana.

32. Esta bendición de Dios, que convierte nuestro continente en el Continente de la Esperanza, nos compromete a dar una respuesta gozosa y misionera, desde la riqueza de la Buena Noticia, a quienes buscan a tientas satisfacer su sed de sentido, de humanidad, de felicidad y trascendencia. Nos compromete también a hacer fecunda la inconmensurable riqueza y el dinamismo del Evangelio que Nuestro Señor le ha regalado a las comunidades de la Iglesia en Latinoamérica y el Caribe. Nuestro corazón, con ilimitada confianza y con todas nuestras fuerzas está llamado a colaborar con Él. Admiramos su obra, tanto en quienes lo buscan sin conocer a la Iglesia, como en quienes lo encuentran en ella y salen a anunciarlo.

33. Al recordar algunos de los dones que nos han enriquecido desde el Concilio Vaticano II, no podemos olvidar la gratitud que le guardamos al Papa Juan Pablo II. Sus peregrinaciones a nuestros países marcaron otros tantos hitos imborrables de su historia. El testimonio suyo, de hombre de Dios, su fecundo Magisterio, como asimismo la preparación y la celebración del Gran Jubileo del año 2.000, encendieron en una multitud de cristianos un nuevo ardor, robustecieron su fe, nos facilitaron el discernimiento de los signos del tiempo, y despertaron innumerables iniciativas pastorales. Gran difusión e influencia han tenido últimamente la Exhortación apostólica Ecclesia in America -con su orientación pastoral hacia el "Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad"-, la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, el Catecismo de la Iglesia Católica, y la reciente Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia. También la preparación, la celebración y los documentos conclusivos de las Conferencias Generales del Episcopado de Latinoamérica y del Caribe orientaron y enriquecieron grandemente la vida de la Iglesia y su trabajo evangelizador.

34. No queremos negar nuestras debilidades, en las cuales se manifiesta la fuerza de Cristo (cf. 2Cor 12, 9), pero tampoco podemos desconocer los signos de esperanza que muestran el sembrado de Dios que crece, regado por ese torrente de agua viva que es el Espíritu vivificador. Todos ellos son imprescindibles puntos de arranque para nuestros planes pastorales. Cada comunidad cristiana y cada Iglesia particular los puede contar y valorar. Recordemos algunos:

a. Mientras en el mundo occidental crece el número de los que no creen en Dios, en Latinoamérica y el Caribe la fe en Dios pertenece al patrimonio del pueblo. Cerca de un 90 % de sus habitantes creen en Dios, y un alto porcentaje asegura que Dios es importante para su vida. La fe en Jesucristo distingue a los habitantes del Continente; también las celebraciones de la Semana Santa. Desde la preparación al Jubileo, el Pueblo de Dios ha tomado más conciencia de la presencia y la acción del Espíritu Santo.

b. Crece también la vitalidad de la fe en quienes participan en las gozosas celebraciones litúrgicas y en la vida de las parroquias, de sus comunidades de base, de los movimientos eclesiales y de otros itinerarios de iniciación y formación cristiana. En la vida de incontables bautizados y, cada vez más, de un gran número de comunidades, crece el amor a la Palabra de Dios, y la Eucaristía tiene un lugar central.

c. En nuestras Iglesias particulares siguen creciendo las manifestaciones de la piedad y la religiosidad populares , del amor a la Santísima. Virgen y de la devoción al Santo Padre. La fe de la Iglesia en la común vocación de los bautizados a la santidad, se ha fortalecido con los nuevos beatos y santos. En muchos países, son los primeros de su historia.

d. Nos infunden confianza las parroquias misioneras, las comunidades, los movimientos y las asociaciones que son verdaderas escuelas del discipulado y del seguimiento del Señor. Y nos llenan de esperanza los seglares -de los cuales muchos son jóvenes- que en ellos se forman o se han formado.

e. Los esfuerzos pastorales de la Iglesia -en los cuales participan de corazón incontables religiosos y religiosas- desde hace años se orientan hacia la Nueva Evangelización. En ella ocupa un lugar central la dedicación a quienes están heridos por la pobreza, en sus más diversas formas.

f. En el horizonte espiritual de las parroquias y las demás comunidades, salvo excepciones, viven las grandes consignas entregadas por el Papa Juan Pablo II. Él nos convocó a ir al encuentro con Jesucristo vivo, a contemplar su rostro y a recorrer sus caminos unidos a la Virgen María, a construir una Iglesia que sea casa y escuela de la comunión, la oración y el espíritu misionero, a aspirar a la santidad y a hacer de la Eucaristía la fuente y la cumbre de la vida. Nos planteó además el desafío de globalizar la solidaridad, evangelizar la cultura y desplegar la imaginación de la caridad.

g. Crece el compromiso de incontables laicos en la edificación de la Iglesia y en su misión evangelizadora. Se incrementa el número de los Delegados de la Palabra y de los catequistas - personas y familias misioneras- que se empeñan en adquirir y entregar una buena formación.

h. Se ha multiplicado el número de las escuelas para la formación inicial y continua de diáconos permanentes, y éstos trabajan fecunda y abnegadamente -los que son casados, normalmente con el apoyo abnegado de sus esposas e hijos- en las comunidades parroquiales, y en otros campos específicos de la pastoral ambiental. Es indispensable continuar, con su valiosa cooperación, el proceso de selección, una formación seria y una atención cuidadosa a los candidatos, así como también un acompañamiento solícito no sólo de estos ministros sagrados, sino también, en el caso de los diáconos casados, de su familia, esposa e hijos .

i. El Santo Padre Juan Pablo II con las Jornadas Mundiales y continentales de la Juventud y los muchos encuentros con los jóvenes en sus incansables viajes, ha estimulado el desarrollo de una pastoral de juventud atractiva que ha agrupado a millones de jóvenes en torno a la persona de Jesucristo como esperanza de auténtica vida. El Papa Benedicto XVI también la impulsa con similar dedicación.

j. Si bien es cierto el hecho de que se fortalecen con nuevas vocaciones las diócesis que impulsan fecundamente la pastoral vocacional y entre las vocaciones comienzan a multiplicarse las vocaciones misioneras, sobre todo en el propio país, pero también las llamadas a la misión 'ad gentes', no obstante eso, vemos que es necesario implementar una pastoral vocacional mucho más efectiva. Para ello, es necesario que esta pastoral esté inserta en la pastoral orgánica de la diócesis, en estrecha vinculación con la pastoral familiar y la juvenil. Sin embargo, no debemos olvidar que el fundamento de la eficacia de la pastoral está en la oración, en la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la catequesis de la confirmación, la devoción mariana, el acompañamiento con la dirección espiritual y un compromiso misionero concreto; éstos son los principales medios que ayudarán a los jóvenes en el discernimiento de su vocación sacerdotal o de vida consagrada .

k. En los planes pastorales se da cada vez más lugar al "cuidado de la pastoral de la familia, asediada en nuestros tiempos por graves desafíos, representados por las diversas ideología y costumbres que minan los fundamentos mismos del matrimonio y de la familia cristiana" , si bien, en términos generales, la pastoral familiar todavía no es una dimensión transversal de todos los esfuerzos pastorales. Sin embargo, se forman familias que son verdaderas 'iglesias domésticas' y 'santuarios de la vida'. Comienzan a preocuparse por otras familias en dificultad o ya deshechas.

l. Se implementa, más recientemente, la pastoral de los presbíteros. Por este servicio pastoral reciben más apoyo los sacerdotes, a través del acompañamiento espiritual, de la formación permanente, de los encuentros en las pequeñas comunidades que forman y en las reuniones del presbiterio, de ejercicios espirituales y de la ayuda que necesitan y buscan en etapas críticas de sus vidas.

m. La Iglesia se ha visto enriquecida con una pastoral social que busca responder a las necesidades urgentes de nuestros pueblos. De hecho, en ella ha tenido una gran influencia la opción preferencial por los pobres, proclamada inicialmente por Medellín y de manera más explícita por Puebla (ver 1134-1165) y Santo Domingo (ver 178-161) y el contenido evangélico y teológico de la liberación, que ha abierto un nuevo horizonte a la acción evangelizadora. . Ha repercutido como una opción no excluyente pero sí irrevocable, no sólo en la pastoral social , sino también en muchas otras orientaciones y decisiones eclesiales y en el espíritu de incontables fieles, sacerdotes, religiosas y religiosos. Ha buscado su norte en las opciones de Jesús, y su campo de aplicación también en las nuevas formas de pobreza, incluyendo toda suerte de marginaciones y adicciones. Esta opción, además