“Constatamos, día a día, que hoy vivimos en un mundo plural. No podemos afirmar, en cambio, con la misma certeza, que el mundo haya asumido el valor del pluralismo 1 . La diversidad es una evidencia, un dato de la realidad y nos convoca a abrirnos a esa diversidad de modos de pensar, de creer y de vivir.
Hay, por lo menos, dos modos de abrirnos a la diversidad: por un lado, podemos abrirnos a ella para descubrirla, valorarla e, incluso, para aprender… Podemos abrirnos a ella, también, con una actitud defensiva: queremos conocer lo diverso, porque así sabemos a qué nos enfrentamos. Se trata, en el fondo, de un descarte inicial y prejuicioso. Podemos resignarnos a la diversidad o podemos concebirla y asumirla en términos de “pluralismo”, como actitud peregrina en la búsqueda de la verdad y como camino compartido en lo que nos une y no en lo que nos separa.
La valoración de la propia cultura y de las otras culturas, con sus luces y sus sombras, nos ayuda a reconocer que todas ellas han sido tocadas por el Espíritu, aun antes de ser evangelizadas, y nos lleva a contemplar la maravillosa multiplicidad de expresiones culturales en las que el Evangelio se encarna y se manifiesta. Tal vez, no es la más importante…, pero con toda certeza, esta cuestión de las culturas en comunicación nos convoca a pensar la catequesis de este tiempo, a partir de una primacía evidente de la diversidad.”2
Hoy, en un nuevo escenario de gran pluralismo sociocultural y religioso, la catequesis sigue, en muchas ocasiones, partiendo del supuesto de unos catequizandos que ya han recibido el primer anuncio y que han comenzado su Iniciación Cristiana en la familia, en el conjunto de una sociedad mayoritariamente cristiana católica. En un contexto pluri-religioso, el cristianismo no es ya la opción social que se realizaba, casi espontáneamente, en la confluencia de la socialización religiosa y cultural.
El fenómeno de la globalización, con sus evidentes resultados de pluralidad, pone a la persona en situación de hacer su opción religiosa en un escenario en el cual las diversas propuestas se ofrecen en un nivel de igualdad en el que todo vale. La persona se queda, de este modo, en un amplísimo ámbito de libertad sin referencias y librado a tener que elegir sin que los valores más genuinos y más connaturales a la humanidad se le hayan mostrado, para que puedan atraerlo por su misma y real valiosidad.
“No es éste de nuestros días un momento sin Dios, por mucho que muchos lo piensen. No estaba Dios antes más presente en el mundo o en la Iglesia de lo que ahora está (…) Dios hoy está abriendo nuevos caminos de presencia... y no nos damos cuenta. Está viniendo de nuevo, como ayer, como siempre, y no nos damos cuenta.” 3
Los tiempos actuales no son más desfavorables que las épocas de nuestra historia pasada. Se trata de tiempos que presentan condiciones nuevas para la propuesta cristiana. Nos hallamos ante un reto pastoral positivo y creativo, que solicita, sobre todo de los agentes de la evangelización, una actitud de confianza en la realidad y de fe en la presencia de Dios en esa realidad. Todo lo que encierra de precario e incierto la crisis puede ser leído como riqueza. Lejos de decir que ésta es una mala época, decimos que son éstos tiempos buenos que hay que saber vivir. Puesto que esta precariedad y transitoriedad pueden ser motivación para la búsqueda y para hacer surgir lo inédito.
En esta búsqueda, manifestamos dos constataciones. En primer lugar, el quiebre de la transmisión tal y como se venía realizando anteriormente junto con la insolvencia de ese modelo para la nueva situación, puesto que el mismo estaba pensado para situaciones de predominio de lo religioso sobre lo social y lo cultural, cuando la transmisión formaba parte del proceso de socialización que incluía lo religioso como factor determinante.
También hemos de tener en cuenta una segunda constatación que repercute en el diseño de un nuevo paradigma para la transmisión de la fe. Existe en nuestra cultura un quiebre en toda transmisión de la tradición entendida como la entrega de un depósito de ideas, valores y normas capaces de regular el presente y orientar el futuro de las personas y las sociedades con la pretensión de reproducirlo. Nuestra sociedad parece estar a la búsqueda de un nuevo paradigma cultural y de un nuevo paradigma de transmisión de la cultura.
Asumiendo esta doble constatación, podemos describir el nuevo giro en la transmisión de la fe como un paso de la reproducción a la recomposición, sustituyendo la transmisión de la fe bajo la forma de herencia, o mera repetición, por la transmisión bajo la forma de propuesta dirigida a la persona. Este modo de transmisión reclama de la persona, no sólo una acogida sino una apropiación personal mediante una elaboración personalizada, sin la pérdida de los rasgos característicos de un cristianismo fiel.
En un mundo en transformación, donde todas las culturas están en comunicación y continuamente se mezclan, se impone la necesidad de superar la incertidumbre y proponer claramente la especificidad y la originalidad de la experiencia cristiana, de modo que cada uno pueda hacer su propia opción religiosa. En este contexto, la catequesis se presenta ante todo como «propuesta», lejos por lo tanto de cualquier forma manifiesta o camuflada de imposición, mientras que, por otra parte, se preocupa por ofrecer el núcleo original de la experiencia cristiana.
La propuesta catequética no debe ser entendida en único sentido, sino que debe implicar a todos los participantes en un clima de encuentro y de diálogo, que haga posible descubrir las semillas del Verbo presentes, no sólo en las diversas culturas, sino también en las cosmovisiones que las sociedades van favoreciendo. Por otra parte, esta «catequesis de la proposición», en la medida que adquiere connotaciones de un verdadero y propio «primer anuncio», requiere que se clarifique y se resignifique la distinción y la complementariedad entre los distintos momentos del proceso evangelizador y la catequesis, tratando de precisar los rasgos y la especificidad de una catequesis en clave misionera.
Más que de «propuesta», habría que hablar de «propuestas», en plural, («catequesis de las proposiciones»), con respecto a las diversas edades, a las diferentes condiciones existenciales de los sujetos y a los diversos contextos culturales en los que se trabaja. La realización de esta nueva modalidad catequética no se improvisa: requiere una verdadera conversión y una actitud de disponibilidad para dejarse evangelizar, así como un gran respeto a la alteridad de las personas con las que se trabaja.
“Para curarnos de las fantasías opuestas a la fe tenemos un camino: proponer y escuchar el Evangelio con fe viva y celebrar la Eucaristía con dignidad. El planteo puede parecer ridículo, sobre todo si miramos a lo gigantesco que es el desafío del mundo a evangelizar. Pero es así nomás. Es el método imprescindible que nos legó Jesús en Emaús. Y al que la Iglesia recurre desde hace dos mil años. Conviene que revisemos cómo lo empleamos”.4
1. Cuando nos referimos al valor del “pluralismo”, lo hacemos en este sentido: El pluralismo cultural no debe ser entendido como multiculturalismo en tanto relativismo cultural que conduce simultáneamente a las exclusiones de otras culturas, sino que el pluralismo debe ser entendido como interculturalismo donde cada identidad cultural se piensa entre otras. Tanto el multiculturalismo como la interculturalidad parten de la afirmación del principio de diferencia, pero mientras con el primero se piensa la defensa y preservación de la identidad cultural limitando los intercambios, el segundo va a sostener que las identidades culturales se constituyen viviendo con y entre las otras
2. Cfr. Pbro, Quijano, José Luis, “Una mirada latinoamericana en un encuentro europeo, ISCA, Buenos Aires, 2008.
4. Cfr. Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, Homilía del Domingo 3º de Pascua, 8 de mayo de 2011
|