Catequesis con adultos en un escenario de culturas en comunicación
 

Informe final de la investigación (primera parte)

Introducción

El actual “cambio de época” 1 se desarrolla a través de una especie de vorágine de transformaciones, que se manifiestan en los modos de pensar, de creer y de vivir. Asistimos a una ruptura profunda entre el pasado y el futuro.
Tal estado de cambio y confusión bien merece ser calificado como crítico. Nos hallamos inmersos en una crisis ético – histórica y humano – global que se manifiesta, sobre todo, en el conjunto de principios, valores y opciones que animan a las sociedades actuales y que constituyen su modo peculiar humano de habitar en el mundo y de relacionarse con la naturaleza, con los demás hombres y con Dios. “Nos hallamos en una situación crítica, un contexto general de cambios profundos y de fracturas sociales, una crisis de transmisión generalizada.” 2

“En la cultura posmoderna la clausura metafísica 3 y la superación del sujeto han dejado al hombre des – fundamentado y apoyado en el abismo, el caos y la nada. En esta situación de vacío y sin sentido, él tiene la necesidad de una experiencia intensa de los valores. Aquí es posible reconocer la nostalgia de la realidad consistente, y el único medio para recobrar el arraigo en la realidad reside en la intensificación de auténticas y vigorosas relaciones interpersonales, como las que se producen en el ámbito de la familia, la amistad, el amor y la fe.” 4

En esto nosotros reconocemos una necesidad profundamente humana. Se trata de la búsqueda de sentido. El hombre de todos los tiempos se ha hecho la existencial pregunta acerca de su origen y de su fin último. La contingencia de su ser lo lleva a preguntarse de dónde viene y hacia dónde va.

En la actual condición posmoderna esta pregunta es casi un reclamo. Se trata, en realidad, de una indagación profundamente religiosa y, por lo tanto, también profundamente humana. Perdido en el sin-sentido y en la confusa búsqueda de algún puerto seguro, el hombre de este tiempo parece haber  quedado desconcertado.

Esta situación interpela nuestro ser de agentes de la evangelización y nos convoca a investigar la religiosidad, como dimensión de la personalidad y como camino para la búsqueda de sentido. Acotaremos nuestro estudio a los laicos adultos (hombres y mujeres entre 40 y 60 años) que recibieron, en alguna ocasión, una propuesta para iniciarse en la vida cristiana y que habitan los sectores medios de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano bonaerense, que se perciben como verdaderas urbes multiculturales.

En esta indagación nos hemos propuesto…

  • caracterizar el tiempo actual como tiempo de crisis o como cambio epocal, ponderando la incidencia de la crisis en las transmisiones y explorando sus posibles relaciones con el pensamiento autónomo predominante;
  • profundizar en los modos de apropiación, expresión, reelaboración o rechazo respecto de las experiencias iniciales de fe y de vida cristiana;
  • cuestionarnos acerca de los caminos para inculturar la Revelación cristiana en ámbitos urbanos multiculturales, que se manifiestan como culturas en comunicación.
  • expresar la relación entre la religiosidad como camino de búsqueda y la fe como respuesta de sentido, en los adultos de los sectores medios en ámbitos urbanos multiculturales.

Situaremos este trabajo en un marco epistemológico, en el que haremos dialogar las siguientes disciplinas, arribando a una conclusión pastoral que deje planteadas nuevas preguntas para la continuidad de la investigación.

    • Catequética
    • Antropología Filosófica
    • Filosofía de la Cultura y…
    • Sociología de la Religión

En el primer capítulo nos referiremos, sobre todo, a la relación entre el pensamiento autónomo predominante y la crisis en las transmisiones, vinculándola con la crisis de sentido y con algunos rasgos reiterados en el modo de ser adulto hoy.

Luego, en el segundo capítulo, explicitaremos y justificaremos el carácter multicultural de las grandes urbes. Aquí mismo desentrañaremos el concepto de “culturas en comunicación”, explorando diversos modelos de transmisión para relacionarlos, luego, con distintos modelos catequéticos y pastorales, en la búsqueda  de caminos vitales y significativos para inculturar y encarnar el Evangelio.

En la conclusión nos referiremos a la catequesis de la propuesta, en la que se subraya su dimensión misionera y expondremos las razones de su pertinencia ante la multiculturalidad que conlleva una pluralidad de opciones en las que se juega el hallazgo de sentido en una vida plena. Esta conclusión se abrirá, finalmente, en la elaboración de un itinerario catequístico para los adultos cuyo perfil hemos abordado en la investigación.

Capítulo 1: Ser adulto en la cultura del sin-sentido

Algunas manifestaciones de la crisis

Etimológicamente la palabra “crisis” significa ruptura con el pasado. Los procesos atravesados por una crisis son, por lo tanto tiempos de transición. La crisis es, también, por lo tanto, anuncio de un nuevo nacimiento y tendencia hacia otra situación, que pide de nosotros respuestas nuevas y duraderas.

Por eso la crisis interpela nuestro ser de agentes de la evangelización y nos pide una mirada larga y profunda, a la vez. Una mirada capaz de trascender el tiempo de la ruptura y de ver más allá, para superar la queja y poder pronunciar la palabra que compromete y la propuesta que entusiasma. La crisis nos pide también una mirada profunda que no se queda en la superficie y que, a pesar de las señales inequívocas de deshumanización y descristianización que presenta este tiempo, sabe ver las semillas del Verbo diseminadas en él.

No son las meras rupturas inmanentes las que más nos preocupan y no pretendemos, por lo tanto,  detenernos en ellas a lo largo de este trabajo. Más allá de los factores de producción, de los modelos técnicos y de las diversas crisis de los sistemas de convivencia social, política o económica nacional e internacional; optamos por referirnos a las crisis arraigadas en la hondura del ethos cultural de los pueblos, en su sistema de valores, creencias, actitudes; gestos y comportamientos.

“Las innumerables investigaciones actuales en los campos de la sociología, de la filosofia política, o de las reflexiones sobre el porvenir de la cultura y de las tradiciones nacionales muestran bien a las claras la profundidad de las preguntas de nuestros contemporáneos sobre una situación de crisis que afecta a todos los sectores de la actividad humana” 5


La cultura de la muerte parece ser una de las expresiones más elocuentes de la situación actual, en términos de individualismo, egoísmo y evasión de uno mismo. En este sentido, es alarmante el desequilibrio alcanzado entre las posibilidades científicas de intervención en la vida humana y la conciencia ética que posee la humanidad, en su conjunto.
Se advierte  una especie de descompensación entre libertad y sentido ético, entre poder y conciencia, entre progreso tecnológico y progreso social. Tal descompensación se indica frecuentemente con otras expresiones: la carrera por el poseer y la desatención al ser, el deseo de tener y la incapacidad de compartir, el consumir sin lograr valorar.

Se trata de polaridades ricas de energías, si la persona logra componerlas. Son destructivas, si se cambia la jerarquía de los valores y, sobre todo, si la universal y objetiva es negada o aplastada. Factores estructurales, corrientes culturales, formas de vida social parecen impulsar fuertemente en una dirección.

Las instituciones y la autoridad, tal como se las concebía en otro tiempo, también están en crisis. Ellas parecen haber absorbido gran parte de las manifestaciones del desencanto postmoderno. El cuestionamiento a su proceder constituye ya un lugar bastante común y, reiteradamente, se les atribuyen actitudes de autoritarismo, falsedad e injusticia.

Las personas que las representan son, en muchas ocasiones, víctimas  de acusaciones falsas o de demandas desmedidas. En otros casos, sus actitudes parecen responder más a una situación de decadencia que de crisis. Hacen abuso de su autoridad, promueven la ineficacia y el olvido de los principios y valores que dieron vida a esas instituciones. Contribuyen, de esta manera, al descrédito y a la desconfianza generalizada.

El rechazo al patrimonio cultural del pasado, como clarísima expresión de la ruptura, ha merecido de algunos autores 6 la conceptualización de “sociedad amnésica”. No se reconoce en los modos de pensar, de vivir y de creer de las generaciones pasadas una validez digna de ser transmitida.

“Las personas mayores se encuentran cada vez más excluidos del resto de la sociedad. No tienen ocasión de expresarse y, cuando lo hacen, los jóvenes no los escuchan, porque su discurso parece hoy día desvalorizado”. 7

La modernidad psicológica 8 ha sido reconocida como uno de los rasgos predominantes de la crisis actual. Sus notas más relevantes son la búsqueda de la autonomía y de la realización personal, por encima de cualquier otro logro. Esto se constituye en la norma predominante de casi todas las opciones. Y otros compromisos, como los provenientes de los sentidos de pertenencia o de responsabilidad, quedan relegados a merced de la mera búsqueda personal de uno mismo.

El subjetivismo exacerbado es tal vez, una de las expresiones más evidentes de la modernidad psicológica y de la crisis de identidad. Una sana e íntegra subjetividad implica ser uno mismo y reconocer la propia identidad, desde la interioridad más profunda. En el subjetivismo egocéntrico, en cambio, hay un recurso frecuente a la instrospección, no como camino de autoconocimiento, sino como verificación de la propia felicidad y autorrealización, con un sentido egoísta e inmanente.

La crisis de la familia es otra manifestación inobjetable de la situación que estamos describiendo. Y no nos referimos aquí solamente a la crisis de la familia tradicional occidental, que queda constituida casi en una minoría frente a los diversos modelos de familia 9 que hoy coexisten. Nos referimos, sobre todo, a la familia como “una agencia educativa en crisis” 10 .

Tenemos la convicción de que algunos de los nuevos modelos de familia, que hoy nos plantea la sociedad, pueden realizar su misión educativa y, de hecho, lo hacen muchas veces con el sacrificio, la entrega y el sentido de misión de uno o de ambos padres. Otras veces, las funciones que corresponden a la familia por naturaleza y derecho propio, no son hoy asumidas, con las consiguientes consecuencias que tales ausencias acarrean en la educación de los hijos, en la incertidumbre respecto del propio proyecto de vida y en la auténtica y plena realización personal de todos sus miembros.

Crisis en las transmisiones

En el contexto caracterizado por diversas manifestaciones de la crisis, se advierte la existencia de una crisis generalizada de las transmisiones: crisis del diálogo, de la comunicación, de la educación, crisis en la transmisión de valores, crisis en la transmisión de la fe…

“Nos hallamos en una situación crítica, un contexto general de cambios profundos y de fracturas sociales, una crisis de transmisión generalizada.” 11

La crisis de las transmisiones parece estar fuertemente ligada al rechazo por el patrimonio cultural de los mayores. Podríamos afirmar que, en la rapidez de los cambios, el presente pasa rápidamente a envejecer y a perder vigencia. De modo que la norma ética que prevalece es “lo que se usa”, “lo que está de moda”, con las consecuentes connotaciones de deshumanización de la cultura y empobrecimiento de la persona humana.

“En una sociedad homogénea los valores eran mostrados y sancionados socialmente, en forma clara, suficientemente uniforme y estable. Todos los miembros de la sociedad sabían cómo promoverse: qué se premiaba y qué se sancionaba. Hoy es todo mucho menos así. O no lo es para nada.” 12

La crisis en la transmisión de valores constituye una manifestación de la crisis generalizada de las transmisiones. Muchos tienen la impresión que vivimos en un mundo extremamente confuso respecto de lo que es el bien y de lo que es el mal.

Los sociólogos hablan de complejidad, una situación social y cultural donde son muchos los mensajes, muchos los lenguajes con que tales mensajes se comunican, muchas las concepciones de vida que están en la base, diversas y autónomas las agencias que se hacen promotoras de ella, innumerables e incompatibles los intereses que las impulsan. Y no hay una autoridad capaz de proponer con prestigio y hacer aceptar una visión común del mundo y de la vida humana, un sistema de normas morales, una visión de la existencia, un “catálogo” de valores comunes.

Algunos afirman casi apocalípticamente que se han roto las transmisiones que una generación hacía a la otra. Los valores, como elementos de un bagaje cultural a transmitir, quedarían, según esta posición, desacreditados y desactualizados por la ruptura. Como si su vigencia no dependiera de su objetividad y universalidad, sino de la mera adhesión que ellos provocan en una época o en otra.

La crisis en la transmisión de la fe 

La crisis en la transmisión de la fe se inscribe en el marco de la crisis generalizada en las transmisiones. Sin embargo, cuando de la fe se trata, es preciso señalar otras consideraciones.

 “La  fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Lo decía muy bien el catecismo tradicional y lo sigue diciendo el nuevo catecismo. En este sentido la transmisión de la fe no es una expresión exacta. Ninguno de nosotros da a nadie la fe” 13 “Por la expresión ‘transmisión de la fe’ solemos entender en los países de tradición cristiana el proceso por el cual las generaciones adultas de creyentes comunicaban a las generaciones jóvenes el legado del cristianismo” 14 . (…)

Cuando coincidían la socialización religiosa y la cultural, los agentes de la transmisión no eran sólo la familia, la parroquia y la escuela; sino la misma sociedad con su cultura, sus convicciones, su modo de entender y asumir la vida y los comportamientos éticos. Lo que se transmitía no era, por lo tanto, la fe sino la religiosidad propia de esa sociedad cristiana. En un sentido estricto la fe no se transmite, no se copia, no se imprime, no se clona.

Hoy, muchas veces, en un contexto cultural y pastoral diferente, hemos intentado reproducir aquel modo de transmisión creyendo, tal vez ingenuamente, que estábamos transmitiendo la fe. Hemos caído así en un doble error que llevó a algunos a preguntarse, casi apocalípticamente, si tiene futuro el cristianismo. 15

  • Por un lado, hemos confundido la fe 16 con la religiosidad o, al menos, la hemos parcializado en algunas de sus dimensiones (sobre todo en la cognoscitiva y normativa).
  • Por otro lado, hemos pretendido transmitir la fe con los modos propios de la transmisión de un legado. Creyendo transmitir la fe, hemos recurrido a la reproducción o al trasvasado de nuestra propia experiencia o, lo que es peor, de la herencia que nosotros mismos hemos recibido.

En cambio, “la transmisión de la fe consiste, más bien, en ayudar al sujeto a prestar atención, a tomar conciencia y a dar consentimiento a una Presencia, con la que el sujeto ha sido ya agraciado. Se trata de esa presencia originante de Dios y de su gracia, que hace de él un sujeto creado a imagen de Dios y dotado de una fuerza divina de atracción, que lo sitúa en el horizonte sobrenatural de la gracia.” 17

Cuando todo cambia, cuando lo conocido deja de ser seguro y los modelos se diluyen para perder su fuerza reguladora, la fe aparece como una realidad de otro tiempo, desacreditada y desactualizada. La desconfianza parece haberse adueñado de muchas conciencias.

Se llega a pensar que ya no hay razones para creer, ni personas o instituciones a las cuales sea seguro creerles. Y cualquier atisbo de creencia aparece como el acto ingenuo de unos pocos, que todavía permanecen atrapados entre convicciones y principios pasados de moda.

En este contexto, la fe como virtud termina manifestando un contrasentido. En lugar de ser expresión de una personalidad íntegra y madura, es interpretada y es vivida como resabio de otro tiempo, como simple tradición o como debilidad. La fe de la Iglesia no es ajena a esta situación.

El adulto en la crisis en la transmisión de la fe 

En el contexto de modernidad psicológica, al cual ya nos hemos referido en este mismo capítulo, podríamos señalar algunos rasgos del adulto de hoy, bajo la premisa del potencial error presente en cualquier generalización:

  • Una notable necesidad de protagonismo y de reconocimiento externo.
  • Una tendencia reiterada hacia un subjetivismo asumido como búsqueda de la propia satisfacción, en un sentido, muchas veces, egoísta.
  • Una acentuada inmanencia, que prescinde de valores y realizaciones trascendentes; ignorándolos y/o desvalorizándolos.
  • Una fuerte tendencia a prolongar la adolescencia, a través de acciones sin compromiso; lentitud en las opciones más fundamentales; necesidad de sobresalir y de ser atendido…
  • “Así la vida light se convierte en la suprema substancia de la vida y el pensamiento débil en la suprema sabiduría, especie de esoterismo espiritualista que intenta desplazar de la conciencia a las grandes convicciones sustentadas tanto por la ciencia moderna, como por las grandes tradiciones religiosas de la humanidad” 18 .
  • El adulto se sitúa hoy en un mundo que vive en un estado de confusión absoluta. Permanentemente, en lo cotidiano, nos encontramos con situaciones diversas (sociales, económicas, culturales, políticas, institucionales, familiares, científicas y hasta pseudoreligiosas, fanatismos radicales, etc) que dan cuenta de un innegable colapso axiológico. Este estado de vida mantiene al hombre cautivo de una propuesta de vida alienante, contradictoria y deshumanizante.” 19
  • En medio del colapso,  el hombre parece no ser feliz y haber perdido el rumbo. Perdido en el sin - sentido y en la confusa búsqueda de algún puerto seguro, parece haber quedado sin horizonte, sin Padre y sin fe…  Siendo un ser contingente, necesitado de Dios y llamado a salir de sí mismo para ir al encuentro de los otros y del Otro, parece permanecer encerrado en el descreimiento, la desesperanza y el egoísmo.
  • El fenómeno de la “modernidad psicológica 20 , que pone la realización personal y la propia libertad como valores absolutos a los cuales deben subordinarse otros valores; y el fenómeno de la globalización, con sus evidentes resultados de pluralidad, ponen a la persona en situación de hacer su opción religiosa en un escenario en el cual las diversas propuestas se ofrecen en un nivel de igualdad en el que todo vale.
  • La persona se queda, de este modo, en un amplísimo ámbito de libertad sin referencias y librado a tener que elegir sin que los valores más genuinos y más connaturales a la humanidad se le hayan mostrado, para que puedan atraerlo por su misma y real valiosidad.

 El Directorio General para la Catequesis reconoce tres tipos de adultos a los cuales se dirige la catequesis:
Adultos creyentes, que viven con coherencia su opción de fe y desean, sinceramente, profundizar en ella.

Adultos bautizados que no recibieron una catequesis adecuada; o que no han culminado realmente la iniciación cristiana; o que se han alejado de la fe, hasta el punto que han de ser considerados “cuasicatecúmenos”.
Adultos no bautizados, que necesitan en sentido propio un catecumenado.

Nuestra experiencia pastoral nos indica que, de los tres grupos antes mencionados, el más numeroso es el segundo. Alguna vez hemos escuchado decir de ellos que son adultos “sacramentalizados no evangelizados”. Son representativos del actual contexto de crisis en la transmisión de la fe.

Algunos autores los conciben como destinatarios de una catequesis de reiniciación, asumiendo esta reiniciación como un redescubrir la fe que ya se posee o un volver a la fe de la que alguna vez se han alejado. Otros autores  manifiestan que la reiniciación es un concepto contradictorio en sí mismo, puesto que la iniciación cristiana es una etapa en el itinerario de fe de cada persona. Tiene un comienzo y una conclusión que se verifican en un proceso catequístico. Por lo tanto, en un sentido estricto, no sería correcto hablar de reiniciación, aunque muchas veces empleemos este término para referirnos a los procesos de los adultos de este segundo grupo. Lo hacemos en un sentido antropológico – existencial y no en sentido teológico.

Los adultos del primer grupo parecen ser una minoría en el tiempo actual. Ellos han de recorrer, en sus itinerarios, un camino de educación permanente de la fe. Integran las comunidades cristianas, celebran los sacramentos y se sienten convocados a la acción pastoral como expresión de su compromiso con el Reino.

Los del tercer grupo son los destinatarios del catecumenado pre- bautismal. Hoy la Iglesia considera que esta forma de Catequesis ha de ser inspiración de toda catequesis. Por tal razón es frecuente escuchar hablar, entre los catequetas, de “catequesis de talante o de inspiración catecumenal”

Desde hace ya muchos años, la Iglesia en la Argentina ha manifestado la prioridad por el adulto, señalando que la catequesis con adultos “es la forma principal de Catequesis porque está dirigida a las personas que tienen las mayores responsabilidades y la capacidad de vivir el mensaje cristiano bajo su forma plenamente desarrollada”.  

Esta opción se realizó, durante el año 1987, con ocasión del Segundo Congreso Catequístico Nacional y se situó en el marco de otra opción: el “itinerario catequístico permanente” (ICP), cuya meta era justamente el cristiano adulto y maduro en la fe.
El rápido y crudo avance de la crisis de la transmisión de la fe, el desarrollo de un pensamiento autónomo, en el cual el hombre prescinde de Dios, y un prolongado proceso de secularización como causa fundamental, frustraron el desarrollo de estas opciones pastorales y, aunque todavía hoy, se habla de la opción por el adulto, lo cierto es que muchas veces ellos se hallan sometidos a procesos catequísticos que guardan cierto formato escolarizado e infantilizante.

Hoy parece no hallarse el camino para una catequesis con adultos, verdaderamente adulta. Esta problemática parece ampliarse ante la pluralidad de identidades religiosas, la globalización, la multiculturalidad y la dificultad para hallar e implementar lenguajes catequísticos que respondan a la naturaleza comunicativa de la catequesis, favoreciendo el diálogo y la comunidad en la Verdad.

Las semillas del Verbo

En este marco desalentador podemos tener una mirada más larga que trasciende la crisis y logra ver más allá. Se trata no sólo de ser capaces de trascender la crisis en el tiempo, sino también de trascenderla en su apariencia, pudiendo llegar a ver las “semillas del Verbo”, es decir aquellos valores que, presentes en la cultura actual, necesitan ser explicitados y encarnados en la vida de las personas.

“…hay en este tiempo una legítima búsqueda orientada al desarrollo de las diversas capacidades individuales y, a la vez, se valora y se favorece una concepción de trabajo colaborativo que potencia el crecimiento personal. La autonomía, como vía de realización, ocupa un espacio muy significativo a la hora de las opciones, contribuyendo, muchas veces, a la consolidación de personalidades maduras e integradas (…)

Esta época nos ofrece la riqueza de una creciente valoración de la diversidad, la comunicación y la tolerancia. Mientras se mantiene el reclamo por ‘una justicia social  demasiado largamente esperada’ 21 , en algunos sectores se alzan claras voces a favor de la persona y de sus derechos y se realizan acciones inspiradas en la equidad y en ideales solidarios” 22 .

A pesar de la fragmentación del lenguaje y de la consiguiente crisis expresada en el diálogo y la comunicación, esta cultura que nuestros Obispos han denominado “comunicacional” 23 nos ofrece medios capaces de crear comunión. Nos acercan al extranjero, al que piensa distinto, al diferente. Ellos entran a nuestra casa “en simultáneo”, invitándonos permanentemente a la hospitalidad y al discernimiento. Especialmente, los medios visuales pueden recrear la presencia del otro y no sólo su palabra. La palabra, a veces, es precisamente la del ausente y no alcanza porque podemos malinterpretar al otro o resignificar lo que dice, desde nuestro propio horizonte cultural.

En definitiva, todo lo que encierra de precario e incierto la crisis puede ser leído como riqueza. Lejos de decir que ésta es una mala época, decimos que son éstos tiempos buenos que hay que saber vivir. Puesto que esta precariedad y transitoriedad pueden ser motivación para la búsqueda y para hacer surgir lo inédito.

“No es éste de nuestros días un momento sin Dios, por mucho que muchos lo piensen. No estaba Dios antes más presente en el mundo o en la Iglesia de lo que ahora está (…) Dios hoy está abriendo nuevos caminos de presencia... y no nos damos cuenta. Está viniendo de nuevo, como ayer, como siempre, y no nos damos cuenta.” 24

Con otro lenguaje, con otro estilo, con otra ciencia, después de haber escuchado en el párrafo anterior a un catequeta 25 , permitámonos escuchar, ahora, a un filósofo 26 . Ambos nos invitan a mirar, profunda, confiada y comprometidamente, la realidad.

“Entonces, hay que tener fe, confianza en el orden natural. El realismo es, ante todo, cuestión de confianza. El escepticismo, el nihilismo, que es muy grande, encierran una gran desconfianza y la desconfianza lleva a la falta de entrega. La gente que desconfía siempre se defiende, se estrecha, no se entrega, y sin entrega no hay penetración en las cosas. (…)” 27
Las semillas del Verbo encierran, en sí mismas, una vitalidad que la crisis no puede ahogar. Así como en la parábola 28 el trigo sigue creciendo entre la cizaña, buscando inexorablemente los cauces y los resquicios más ocultos de la tierra, del mismo modo existen, en nuestra cultura en crisis, valores que “arrastran con su propio peso 29. Ellos valen, están, son…Y, como poseen la fuerza necesaria para no dejarnos indiferentes, los educadores y los agentes de pastoral estamos llamados a hacerlos explícitos, para que de la precariedad surjan la esperanza, la fe, el amor, el bien, la verdad, la belleza…

Por eso, nuestra hipótesis niega que estén interrumpidas las transmisiones que una generación  hace a la otra. Creemos, más bien, que es preciso resignificar los modos de transmisión, también para la transmisión de  valores y para la transmisión de la fe.


1. Expresión utilizada, entre otros, por los Obispos de nuestro país en el Documento “Navega mar adentro” Cap. II. Nº 24.

2. Presentación de “Proponer la fe en la sociedad actual. Carta de la Conferencia Episcopal Francesa a los católicos de su país”, Lourdes,  9 de noviembre de 1996, pág. 12.

3. La clausura metafísica se expresa en la negación del conocimiento del ser planteado por la filosofía nihilista. No hay en la cosas un núcleo inteligible al cual el hombre puede acceder por vía del conocimiento.

4. Cfr. Dra. Scarinci de Delbosco, María Paola, “Análisis de la realidad actual según la propuesta posmoderna” en Un diagnóstico para la nueva evangelización. Los orígenes de la Posmodernidad, Ed. Fundar, Bs. As., 1993.

5.Obispos del País Vasco y de Navarra, Transmitir la fe hoy (Cuaresma‑Pascua 2001), 58

6. Cfr. Juan Martín Velasco, en su texto “La transmisión de la fe en la sociedad actual”, Sal Térrae. Santander. 2002, cita en la pág. 13 a D. Hervieu – Léger, quien ha acuñado y empleado este concepto en “La religión pour mémoire”. Cerf. Paris. 1993.

7. Cfr.  R. Laforestrie,  “La vie” 2899, marzo de 2004, pág. 24.

8. Cfr. Juan Martín Velasco en la obra ya citada.

9.La configuración de estos modelos nuevos (familias ensambladas, monoparentales…) nos refieren, entre otros aspectos de la crisis, a la “modernidad” psicológica” que lleva a sus miembros hacia otros horizontes, hacia otras pertenencias y a constituir nuevas familias, en una búsqueda, a veces, exacerbada y egoísta de sí mismos.

10.Así fue calificada durante el Congreso Internacional de Catequesis Familiar de Iniciación Eucarística”, realizado en Chile durante el año 2005.

11.Presentación de “Proponer la fe en la sociedad actual. Carta de la Conferencia Episcopal Francesa a los católicos de su país”, Lourdes,  9 de noviembre de 1996, pág. 12.

12.Labaké, Julio César, “El hombre, la libertad y los valores”, Ed. Bonum, Buenos Aires,  1989

13.Velasco, Juan Martín, “La transmisión de la fe (II)” en Revista Catequistas, Nº 175, CCS, Madrid, 2006, pág. 4.

14. Velasco, Juan Martín, “La transmisión de la fe (I)” en Revista Catequistas, Nº 174, CCS, Madrid, 2006, pág. 5

15.El Padre Lic. Alberich, Emilio sdb se hace esta pregunta en su obra “Catequesis evangelizadora”, Ed. Abya – Yala. 2003. Ecuador. Cap I.

16.Más adelante, en el capítulo 2 de este mismo trabajo, profundizaremos en la naturaleza de la fe.

17.Velasco, Juan Martín, “La transmisión de la fe (II)” en Revista Catequista. Nº 175, CCS, Madrid, 2006, pág. 5

18.Seibold, Jorge, “Pastoral comunitaria urbana: desafíos, propuestas y tensiones”, Buenos Aires, 2006.

19. Cfr. Dr. García Pintos, Claudio. Presentación de Salven al hombre. Latinoamérica unida en la búsqueda de sentido. Ed. San Pablo. Buenos Aires. 2006.

20. Por ejemplo, Juan Martín Velasco en “La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea”.

21. Cfr.LPNE, 1990

22.Cfr.Equipo ISCA. Texto ya citado.

23.Este concepto ha sido acuñado por los Obispos argentinos en el documento “La Patria requiere algo inédito” Nº 6. 2001

24.Padre Ginel, Álvaro sdb. , “Contra toda esperanza”. www.pastoralsj.org ,  2006

25.El Padre Álvaro Ginel sdb

26. El Dr. Emilio Komar

27.Cfr. Komar, Emilio, “Modernidad y posmodernidad.”, Ediciones Sabiduría Cristiana, Buenos Aires. 2001, pág. 55.

28. Mt. 13, 24 - 30

29. Expresión empleada por Emilio Komar en “La encarnación de valores” en “Orden y misterio”, Emecé Editores, Buenos Aires, 1996. Más adelante, en los apartados siguientes de este trabajo, volveremos a este concepto, con mayor profundidad.

 

 
 

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