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"La iniciación
afecta a la persona entera y
la abre a una realidad nueva,
a una manera nueva de realizar
la existencia."
Álvaro
Ginel
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A lo largo
de estas sencillas reflexiones que
venimos compartiendo desde nuestro
Observatorio Catequístico,
hemos insistido, en más de
una ocasión y de un modo u
otro, en una mirada atenta a la fe
de los padres, que son nuestros interlocutores.
Ellos llegan desde distintos caminos
Con historias de vida y con experiencias
de fe diversas. Los catequistas, muchas
veces preocupados por unos contenidos
a transmitir, obviamos ingenuamente
una mirada profunda a lo que ellos
han vivido y a lo que creen realmente.
Usamos mucho la palabra "itinerario",
pero más de una vez la reducimos
a la simple categoría de "programa"
o de "listado de contenidos"
preestablecidos. Nos atamos a un deber
ser que se olvida de enraizar la vida
de las personas y sus procesos anteriores
en este nuevo camino que emprendemos
en la Catequesis Familiar.
Tal vez este breve y antiguo relato
pueda ayudarnos a expresar sencillamente
lo que queremos decir.
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Una
vez un explorador fue enviado
por los suyos a un perdido lugar
en la selva amazónica.
Su misión consistía
en hacer un detallado relevamiento
de la zona. Como el explorador
era experto en su oficio, hizo
su tarea con pericia y extremo
cuidado. Ningún rincón
quedó sin haber sido
explorado.
Averiguó
cuáles eran los vegetales
y los animales del lugar, las
características de cada
época del año,
los secretos del gran río
que atraviesa toda la región,
las lluvias, los vientos, las
posibilidades para la vida del
hombre en aquel remoto lugar
Cuando, por fin, creyó
saberlo todo, decidió
regresar dispuesto a transmitir
a los que lo habían enviado
el cúmulo de conocimientos
adquiridos.
Los
suyos lo recibieron con expectativa
Querían saberlo todo
acerca del Amazonas. Pero el
avezado explorador se dio cuenta,
en ese momento, de la imposibilidad
de responder al deseo de su
pueblo. ¿Cómo
podría él transmitirles
la belleza incomparable del
lugar, o la armonía profunda
de los sonidos nocturnos que
solían elevar su corazón?
¿Cómo podría
compartir con ellos la sensación
de profunda soledad que lo embargaba
por las noches, el temor que
lo paralizaba ante las fieras
salvajes del lugar o la inusitada
sensación de libertad
que lo embargaba cuando conducía
la canoa a través de
las inciertas aguas del río?
Entonces,
después de pensarlo,
el explorador tomó una
decisión y les dijo:
"_ Vayan y conozcan ustedes
mismos el lugar. Nada puede
sustituir el riesgo y la experiencia
personales". Pero tuvo
miedo
Si algo les pasaba
Si no sabían llegar
Entonces hizo un mapa para guiarlos.
Todos hicieron copias, las repartieron
y se fueron al Amazonas provistos
del conocimiento encerrado en
el mapa recibido.
Todos
los que tenían una copia
se consideraron expertos. ¿Acaso
no conocían, a través
del mapa, cada recodo del camino,
los lugares peligrosos, la anchura
y la profundidad del río,
los rápidos y las cascadas?
Sin
embargo, el explorador lamentó
durante toda su vida haberles
dado el mapa
Hubiera sido
mejor no dárselos.
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Esta
narración tiene, tal vez, mucho
que decir a nuestro ministerio catequístico.
No se trata de ayudar a los catequizandos
a explorar la selva, introduciéndolos
en los vericuetos o en los preciosismos
de una detallada información
doctrinal, sino de ayudarlos, fundamentalmente,
a encontrar al Dios de Jesucristo.
Si bien es cierto que la Catequesis
incluye tareas de instrucción,
iniciación y educación,
también es verdad que ella
es un ministerio al servicio de la
fe. Se trata, sobre todo, de favorecer
que nuestros interlocutores vivan
su propia experiencia de fe, siempre
única, personal e intransferible.
Cuando los padres que vienen a nuestros
encuentros de Catequesis Familiar
comienzan a vivir su fe así,
como auténticos exploradores,
con cierto riesgo y embarcándose
en una especie de "aventura personal",
podemos decir que este "nuevo
nacimiento" los afecta por entero
y los abre a una realidad nueva, a
una manera nueva de realizar la existencia.
Tal vez ellos, en sus caminos anteriores,
ya han recibido muchos mapas y están,
por eso, convencidos de ser verdaderos
expertos en las cuestiones de la fe
Pero no aciertan a mirar la vida con
ojos de creyentes. Tal vez esos mapas
los han decepcionado, no los han llevado
al encuentro con Jesús y los
han mantenido en cuestiones externas
que critican duramente o que aceptan,
con resignación o sin reflexión.
Tal vez nosotros mismos, sus catequistas,
les ofrecemos ciertos mapas prefabricados,
que nos sirvieron a nosotros; pero
que no les sirven a ellos. Les indican
caminos que nosotros mismos hemos
recorrido, con más o menos
acierto, pero no los dejan explorar
y aventurarse para encontrarse, por
fin, con el Señor.
Tampoco se trata de improvisar o de
dejarlos solos. Quizás va siendo
hora, de desentrañar el significado
y la hondura de una pedagogía
que Jesús conocía muy
bien: el acompañamiento. Ese
caminar junto al que busca, permitiéndole
que siga buscando
Ese caminar,
al principio casi imperceptible y
después tan encarnado en la
vida del catequizando.
Un caminar que no violenta, que no
apura, que no se detiene y que, recorriendo
la Palabra, va dejando llegar
Cada uno lo hace a su tiempo, con
respeto a los tiempos del otro, y
según sus posibilidades. Pero,
por fin, arde el corazón y
se produce el encuentro que se celebra
con el Pan compartido. La pedagogía
del acompañamiento no traza
mapas, sino que recorre y acompaña
los caminos personales y comunitarios
de búsqueda.
Como catequistas,
podemos proponernos indagar por aquí
algunas de las respuestas pendientes
al actual fracaso de la iniciación
cristiana. Quizás así
sea posible iniciarse o reiniciarse
en la fe, desechando antiguos mapas
y aprendiendo a mirar la vida con
ojos de creyentes.
Equipo
del Observatorio Catequístico
investigacion@isca.org.ar
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