El programa actual de religión es redactado en términos de competencias que hay que adquirir y que hay que ejercer. El significado de competencia es tomado en el sentido moderno del término: la aptitud para movilizar, de forma integral, un conjunto de recursos (saberes, destrezas, actitudes) para responder mejor con imaginación, eficacia y responsabilidad a los problemas diversos, cada vez más singulares, que ofrece la vida.
No rechazo esta perspectiva que tiene sus virtudes así como derivaciones posibles. Querría sin embargo ampliarla haciendo valer una noción más antigua de competencia que se encuentra en la tradición catequética cristiana.
En el catecumenado antiguo, los catecúmenos, en el momento de la fase de preparación inmediata para el bautismo, fueron llamados "competentes". Este término reconstruido sobre el radical “petere” que significa "pedir", "desear". Este radical “petere” da al idioma francés la etimología de las palabras como "la petición", "la competición", "el apetito", "la apetencia". Por tanto, los "competentes" en el catecumenado eran los que, pidiendo el bautismo, deseaban juntos y ardientemente adherirse a la gracia de su bautismo próximo.
La competencia, en el marco del catecumenado, tiene el sentido de apetencia, de aspiración, de deseo. El catecumenado, por supuesto, no es un curso de religión en la escuela, pero puede instruirlos y ayudarnos a precisar la finalidad de este curso: hacer a los alumnos competentes, es despertar en ellos el deseo de apropiarse de la fe y de vivir de ella; es hacer la fe deseable precisamente haciéndola descubrir como una manera de desear que puede ser experimentada como una cosa buena, como algo saludable para la existencia. ¿Para qué serviría, en el curso de religión, el ejercitarse en competencia, en el sentido moderno explicado del término, si no existiera, desde el comienzo y a lo largo del aprendizaje, una apetencia, el despertar del deseo?
Pero, como dije al comienzo, el deseo es asunto de libertad. No podemos desear en la plaza del otro. Podemos, todo lo más, despertar su deseo, es decir velar por las condiciones que lo hacen posible. ¿Cuáles son pues las condiciones que, en el marco de un curso de religión, pueden hacer el cristianismo deseable? Enumeraré tres que se sitúan sucesivamente sobre el plano teológico, pedagógico y simbólico. Su puesta en ejecución requiere, cada una, por parte del profesor, una competencia específica con sentido moderno, esta vez,. Tres condiciones pues y tres competencias correspondientes. Voy a citar por separado, pero, en la práctica, son llamadas, desde luego, a integrarse; una se ejercita el campo de la otra y recíprocamente. La competencia global del profesor de religión es articular con una manera integrada las tres competencias en cuestión: teológica, pedagógica y simbólica.
1. En el plano teológico
La primera condición y primera competencia para devolver la fe deseable se sitúa sobre el plano teológico. Se trata de poder decir de manera coherente y pertinente, el contenido de la fe cristiana, lo que permite desear y en lo que hace deseable.
El curso de religión, a este respecto, necesita de una teología simple –lo que no quiere decir simplista, sino al contrario- que permita hacer la fe comprensible, practicable y deseable. Más allá de todas las representaciones que deformaron la fe cristiana y escorias que pudo arrastrar en su camino haciéndole aborrecible, el curso de religión podría constituir el espacio de redescubrimiento del Evangelio como palabra inaugural que, como lo dice Mauricio Bellet, nos desaloja de nuestra certeza, proponiendo como por sorpresa en sentido, una dirección, un camino. "El Evangelio en su origen, ¿qué es pues? (…) Se trata de entender lo que da vida. Se trata de una palabra que nos incorpora a lo genuinamente originario, a nuestro nacimiento de humanidad, a nuestra posibilidad de seres humanos, y que nos concede el nacer, precisamente el nacer a esta vida que ya no está más bajo imperio de la tristeza, bajo esa mentira-homicidio que nos destruye”.
No es este lugar para probar que el cristianismo deseable. Pero querría evocar rápidamente como se podría hacer valer la fe que cristiana como ejercicio saludable del deseo. Consideraré simplemente cuatro puntos: la consideración del deseo de Cristo, la fe en la resurrección, la confesión trinitaria, la proclamación del Credo. Entre tantos puntos que conciernen al deseo en su raíz.
Ser discípulo de Cristo, es desear su manera y su seguimiento. ¿Pero cuál era el deseo de Jesús? La narración de las tres tentaciones, a este respecto, es instructiva. Esta narración viene justo después del bautismo donde Jesús recibe el Espíritu Santo y después de una genealogía que lo sitúa en consecuencia de las generaciones hasta Adán, hijo del hombre, el hijo de Dios. Y esta narración viene antes de su entrada a su vida pública. Así, por su posición en el texto, la narración de las tres tentaciones aparece manifestar del programa de la vida de Jesús. Es, de este punto de vista, un resumen de Evangelio. Conducido por el Espíritu al desierto, Jesús va a encontrar así todas las tentaciones de humanidad; su deseo va a ser puesto a prueba y a afirmarse. La puerta de la primera tentación es acceder a la humanidad misma. "No sólo de pan vive el hombre". Es decir que sería inhumano reducir el deseo a la satisfacción de las necesidades. No sólo de pan vive el hombre, sino compartirlo. Vive no sólo del consumo, sino de la alianza, de la palabra, del encuentro, de buena convivencia. Por eso de esta decisión de alianza con el otro, donde el otro queda otro sin ser un objeto de consumo, no hay humanidad sino la ley de la selva. En la segunda tentación, Jesús aparta el poder entero que le ofrece el diablo si se prosterna ante él. Jesús rechaza esta oferta. No quiere estar dominado ni dominante. ¿Y que es esta relación de la dominación sino la fraternidad? Ser hermanos, hermanas, salir de la violencia, acceder a la fraternidad, tal en la puerta de la segunda tentación. Es el solo culto que se pueda rendir a Dios. En la tercera tentación, el diablo le propone a Jesús echarse de la parte superior del tejado del templo dándole a entender que no le pasará nada, que la vida está en él como algo debido, como un derecho, como si fuera invulnerable, como si él mismo fuera su propio padre, como si fuera la fuente de subsistencia. Jesús, recusado esta tentación, afirma que la vida no es algo debido que se tiene por sí, sino que es un don que se recibe de otro. La apuesta aquí es reconocerse hijos e hijas de Dios.
Tal era pues el deseo de Jesús cuyos Evangelios llevan la traza: que la humanidad se haga presente en la fraternidad, reconociendo en esta misma fraternidad la potencia de engendramiento de un Dios al que se puede llamar y rogar diciendo “Nuestro Padre". Qué es entonces ser cristiano sino ser tomado por un deseo de humanidad, de fraternidad y de filiación.
El segundo punto. La fe en un Dios Padre permite también desear en la condición mortal más allá de la muerte misma. Si Dios es Padre, en efecto, y fuente de vida, es porque nos desea y porque somos deseables. No puede abandonamos a la muerte así como lo confirma la Resurrección de Jesús por la cual le hace justicia y testimonio, abriéndonos, por el mismo hecho, una esperanza que no habríamos podido darnos a nosotros mismos. Así, para el cristiano, la fe en un Dios Padre mismo y en su potencia de engendramiento a través de y más allá de la muerte cualifica la raíz de su deseo. La fe cristiana. a este respecto, invita a desear intensamente la condición mortal sin limitar por eso este deseo a la misma condición. El cristiano, deseando intensamente vivir aquí bajo, se confirma más al desear el más allá de la muerte. Volveré sobre este punto mis tarde, por otro camino.
La confesión trinitaria, también, abre un camino de deseo. Que Dios mismo sea una unidad de comunicación cariñosa entre tres personas distintas e iguales orienta fundamentalmente nuestro deseo. El desafío, para nosotros personas y para nuestra felicidad, no es conseguir hacer una unidad entre nosotros, valorando las diferencias personales en una dignidad igual, sino que ni estas diferencias ni la unidad den lugar a la violencia o a la dominación.
El Credo, por fin, que atestigua la pertenencia a la Iglesia, puede dar cuenta de lo que está en juego en la le cristiana y el deseo que autoriza. El Credo manifiesta una estructura triple Una estructura trinitaria en primer lugar. Luego una estructura narrativa que evoca la histona de la salvación desde la primera creación hasta la resurrección de la carne, con, en el centro de esta historia, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús Pero hay todavía la tercera estructura del Credo que se podría llamar enunciativa. El Credo pone de manifiesto a este respecto la emergencia de un "Yo”, que confiesa la fe a la primera persona y hace suya la historia santa que es contada Es a un "Mi'' a quien hablo, y a quien confieso la fe, la fe recibida del testimonio de la Iglesia (“creo en la Iglesia”) que marca la pertenencia a la Iglesia, pero al mismo tiempo una fe que se hace íntimamente solidaria de la humanidad entera (“Para nosotros los hombres y para nuestra salvación”). Así, ser cristiano, es verse convidado a pasar en sí mismo a la primera persona, en lazo con la comunidad particular, la Iglesia, pero cuya característica es hacerse totalmente solidario y fraternal hacia todo ser humano.
El cristianismo que evoco aquí me parece deseable para nuestro mundo que permanece evangelizable. El curso de religión puede ser un lugar de encuentro entre este cristianismo deseable y este mundo evangelizable.
2. En el plano pedagógico
Pero una teología simple y pertinente, en el marco de un curso de religión, no es el solo factor para volver al cristianismo deseable. El proceso pedagógico mismo puede contribuir despertando el deseo.
Quisiera a este respecto nombrar muy brevemente cuatro cualidades esenciales del proceso pedagógico que juntas pueden favorecer el deseo. Concierne sucesivamente a la relación profesor-alumno, a la relación de los alumnos entre ellos, a la relación del saber y a la relación de los estudios en la sociedad.
- En la relación profesor-alumno, es importante que profesor no le haga pantalla al alumno, sino que ponga a éste en situación de responsabilidad en su propio aprendizaje. La misión del profesor, en este caso de la religión, es dirigir los estudios más que exponer a saberlo. "Su función es disponer de la materia y poner al alumno en contacto directo con ella, con los textos, con los problemas y las cuestiones". A ayudarle a apropiarse los conocimientos al servicio de una vida en alianza.
- Respecto a las relaciones entre los alumnos, las fórmulas de cooperación, de mutualidad en el aprendizaje, pueden favorecer el deseo de los alumnos. Constituir equipos de búsqueda, por ejemplo, distribuir papeles complementarios en la exploración de un problema, hacer a los alumnos solidarios en la preparación o revisión del curso, etcétera. Es una manera de aprender con y por el otro, y no contra él.
- Con relación al saber, la puerta es introducir al alumno en un proceso crítico que honre su inteligencia y, a la vez, valorice la materia estudiada. Particularmente esto es verdad en el campo de las cuestiones religiosas; así, más que en otro lugar, conviene desarrollar la capacidad de analizar, de discernir, de argumentar y de discutir en la libertad.
- Por fin, respecto a la relación de los estudios con el espacio social, es importante que los alumnos experimenten cómo la enseñanza religiosa les muestra las cuestiones que se suscitan en la sociedad y les habilita para hacerse unos actores responsables.
3. En el plano simbólico
Por fin, quería mencionar la tercera condición. Su puesta en ejecución pide del profesor una competencia simbólica. Tomo la palabra "simbólica" en el sentido etimológico del término. “Sumballo” significa reunir, poner juntos, crear lazos, poner en alianza, en resonancia, los elementos diversos para crear el sentido. Esta competencia simbólica consiste, en el marco del curso de religión, en acercar elementos diversos –pertenecientes a la cultura, a la actualidad social, a la experiencia de los alumnos, a la tradición cristiana- en configuraciones significantes que engendran el sentido, siempre que sea posible.
Tomó ejemplo de configuraciones significativas de este tipo.
El primer ejemplo. María Balmary, en su libro "Abel o la travesía del Edén” plantea la cuestión de saber si el deseo puede, sin daño para el hombre, limitarse a la condición mortal. "Por mi parte, como psicoanalista, dice, me parece importante que el hombre pueda ir hacia lo que es llamado cielo para imaginar, para confiar o no, para explorar, para suponer, para creer, para dudar, para negar o para reírse... hacer al fin todas las acciones de espíritu que encuentre justas. Si el espíritu humano viaja por cualquier parte del mundo y del tiempo, de más cerca a más lejos y hasta el misterio de más allá, es un hecho de deseo. ¿Una cultura puede, sin peligro de ella, limitar mucho tiempo, incluso procurar erradicar, tal deseo? Matar aquel deseo, ¿no es matar a los otros? ¿Los hombres todavía quieren dar vida cuando les es prohibido soñar a sus niños más allá de su tumba? ¿Una vida encerrada en esta vida basta para el hombre que desea?" Esta cuestión de Maria Balmary como psicoanalista puede entrar en resonancia significativa con la obra teatral El visitador, de Eric Manuel Schmitt, donde se ve a Freud en Viena, acosado por los nazis, encontrar a un visitador misterioso. Hablan de la muerte de Dios y del encerramiento del hombre en su mundo sin otros lugares.
He aquí un extracto del diálogo:
El visitador: -Cuando un hombre joven, una tarde de duda, pida a los hombres maduros alrededor de él "por favor, ¿cuál es el sentido de la vida?" nadie podrá responderle. Esta será tu acción para ti y los otros. He aquí lo que usted hará, los grandes de este siglo usted explicará al hombre por el hombre y la vida por la vida. ¿Qué quedará del hombre? ¡Un loco en su celda, jugando una partida de ajedrez entre su inconsciente y su conciencia! Después de ti definitivamente, la humanidad estará sola en su prisión.
Freud: - No quise esto.
Éstos textos de Balmary y de Schmitt pueden entrar en resonancia con la cuestión existencial de cada uno: "¿Qué desear? ¿Podemos autorizarnos en desear más allá de la muerte o hace falta que el deseo se reduzca como una piel de zapa a medida que se avanza en edad?” Y en el debate, la tradición cristiana podrá ser invocada como revulsivo, precisamente, ya que, para ella, la vida aquí abajo, totalmente deseable, anima todavía a desear más. Así puedo dejarla deseando cada vez lo más bello.
Otro ejemplo. Alrededor de la foto que usted ve, tomada sobre las plazas de las islas Canarias, puede colocarse un conjunto de configuraciones significativas.

Detrás de plano se ve una muchedumbre: otro cuerpo, otro pie. Este segundo plano figura un contexto más global: la miseria del mundo, la inmigración salvaje, el drama de los sin papeles, el tráfico de seres humanos. En primer plano, un hombre negro y un blanco; un extranjero detenido, un extranjero turista, un hombre extenuado, la mirada perdida, sentado, mal afeitado, cubierto de una toalla de baño; el otro, un playista, mal afeitado también, desnudo, puesto en cuclillas, con buena salud, la mirada tensa. La mirada del primero desalojó al segundo de su mundo para signarlo, como el samaritano, a un deber de humanidad. Y luego, sobre todo, en el centro de la foto, el don de nada (un poco de agua) que es aquí el don de todo, el don de la vida. Ningún gesto heroico, en este caso, pero simplemente la manifestación no sólo de la amistad -no se conocen- sino de la solidaridad humana incondicional que se nos impone. Esta foto puede también, desde luego, entrar en resonancia con el Evangelio: la fraternidad incondicional, la común filiación, el don de nada, un poco de agua, un poco de pan, el don de sí, el don de la vida: "el que dé un vaso simple de agua fresca a uno de estos pequeños porque son mis discípulos, ese, creerme, no lo habrá hecho en vano".
Son dos ejemplos simples para ilustrar la operación creadora de sentido que llamé simbólica. Consiste en acercar a elementos diversos, diferentes, extranjeros y otros, ponerlos en alianza y hacer en emerger el sentido del mismo hecho de su aproximación. "El Espíritu es nuestro aliado en el otro" dice en un artículo reciente Monique Foket. Esta fórmula densa y breve es todo un programa. Se trata de dejar pasar el sentido -una presencia de ánimo- acercando elementos diversos. Esta operación simbólica obligaba a pensar, apreciar y a vivir, no bajo el medio de la imposición sino, como la expresión lo indica, bajo el modo de la donación que no obliga. El fin de la enseñanza religiosa, a este respecto, no es acelerar la tradición cristiana en la operación simbólica y de hacerlo valer, en esta misma operación, como productora de sentido; un sentido que se propone con la ligereza del don que no pesa, y también con gravedad para las apuestas en causa: un sentido y, como él, un presencia que son del orden de la visitación: "He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye y abre, entraré y tomaré la comida con él y él conmigo". Apocalipsis 3,20.
Enseñanza religiosa experiencia espiritual. Es el tema de nuestro día. Diría para concluir que la enseñanza de la religión cristiana habrá suscitado una experiencia espiritual entre los alumnos sí puede decir, a término de esta enseñanza: "en el fondo, después de un examen libre, ser cristiano no es sin duda algo malo. Hasta podría ser que esto sea muy bueno."
Por Andre Fossion S.J.
9 de Noviembre de 2006 |