No queriendo limitarnos a un discurso de convicción -discurso que permite poco el debate de ideas y el intercambio de argumentos- nos parece importante comenzar la presentación de nuestra hipótesis estableciendo una problemática que nos proporcione elementos que fundamenten la necesidad de pasar de una catequesis de perseverancia y formación a una catequesis de iniciación.
Lo que estuvo en primer lugar en juego en nuestra hipótesis fue salir del esquema de pensamiento dentro del cual se forjó el catecismo del Concilio de Trento. En el siglo XVI, Martín Lutero y los padres del Concilio de Trento se levantaron en contra de la ignorancia del pueblo y de los pastores. Dentro de un contexto ciertamente polémico, surgió un método de consenso. No sin dificultades, la solución adoptada para luchar contra la ignorancia religiosa al comienzo de los tiempos modernos fue la de aprender un catecismo. El catecismo es una respuesta dada para combatir un déficit de sentido. El catecismo fue elaborado sobre la base de un catecumenado social: una práctica cristiana global, una cultura fuertemente imbuida de cristianismo, lugares de interés (de referencia) cristianos, un modelo de tiempo según el calendario de la Iglesia. Se imponía una suerte de evidencia de la fe. Los humanistas, a pesar de ser a menudo críticos respecto de las Iglesias, no se situaban por ello fuera de la fe en Dios. La institución del catecismo no puede comprenderse sino dentro del contexto de una sociedad de prácticas cristianas. El catecismo fue un principio de comprensión de lo que vivía la inmensa mayoría del pueblo cristiano. El catecismo fue concebido como la organización y la explicitación de liturgias vividas, de vísperas, de bautismos, de misas, de peregrinaciones, de rezos en familia, de fiestas patronales, de una moral más o menos tolerada… El catecismo es el intellectus fidei del catecumenado social. Es el rostro sumergido del iceberg de la cristiandad de entonces. Esto es decir que el salir del catecismo no puede hacerse sino teniendo en cuenta esta articulación entre la vida cristiana y la explicación del catecismo.
A lo largo del siglo XX, surgen diversos movimientos catequísticos que apelan a una crítica severa del catecismo: para criticar, en primer lugar, su método; en segundo lugar, para volver a poner en cuestionamiento su lenguaje teológico basado en las categorías neoescolásticas.
El movimiento de renovación catequístico en la Iglesia, después de la Segunda Guerra Mundial, tuvo como palanca principal el desarrollo de las investigaciones en pedagogía y la divulgación de los escritos de John Dewey (U.S.A.), de Adolphe Ferriere (Suiza), de Ovide Decroly (Bélgica) de María Montessori (Italia), así como la divulgación de trabajos de los psicólogos como Jean Piaget, principalmente. Un formidable impulso de renovación de la catequesis estuvo animado por la convicción que la renovación de la catequesis se haría tomando en préstamo los modelos psicopedagógicos que fundaban la Filosofía de la nueva escuela.
La crítica y el cambio de lenguaje del catecismo, en cuanto a tales, se realizaron gracias al desarrollo de los estudios bíblicos dentro de la Iglesia católica, después de la liberación que significó la publicación de la encíclica Divino afflante spiritu en 1943. El movimiento litúrgico tuvo también su parte de influencia en el cambio de lenguaje de la catequesis, pero de manera menor.
Pero si ciertos autores notaron la necesidad de cambiar el rol de los catequistas, no es menos cierto que el movimiento catequístico ha entrado en un procedimiento de mejora de los métodos y del lenguaje, haciendo que el término catequesis sea más apropiado.
La segunda generación del movimiento catequístico, después del Vaticano II, introdujo sistemáticamente la experiencia como polo fundador del enfoque catequístico, apostando: ya sea al hecho de que los catequistas vivían experiencias religiosas sobre las cuales el catequista podía apoyarse para hablar del Evangelio, ya sea que la experiencia humana -cualquiera fuera ella- esperaba ser designada como cristiana. Los dos enfoques más frecuentemente empleados fueron: partir de la vida para anunciar el Evangelio, construir un tema para unir vida y fe.
En esas dos generaciones, las pedagogías han cambiado, el lenguaje también. Pero el problema catequístico no está por ello resuelto. El número de niños catequizados disminuye de año en año, las familias no saben más transmitir ellas mismas una vida de fe, y sobre todo, la catequesis no logra iniciar a la gran mayoría de los niños.
Nuestro diagnóstico es que - globalmente - , la catequesis se ha quedado sobre la sola vertiente de la inteligencia y de la fe, la cual ella ha sabido mejorar ampliamente desde el catecismo pero sin por ello llegar hasta una conversión de la interioridad. El movimiento catequístico trata sobre el déficit de sentido que el catecismo a su vez produjo en los cristianos del siglo XX. Pero ese movimiento no supo reflexionar el déficit de iniciación cristiana de nuestras sociedades que, después de 30 años, viven una verdadera crisis de transmisión. Cambiar el método y el lenguaje del catecismo no significa aún salir de los esquemas de pensamiento de los catecismos surgidos del Concilio de Trento. La tarea de la catequesis es pensar la transmisión de la fe en la globalidad de la iniciación cristiana de los adultos, de los jóvenes y de los niños. La catequesis debe pensar la entrada en la fe cristiana y no solamente la mejora de su comprensión o de su explicación. O, para decirlo de otra manera, la entrada en la experiencia de todas las dimensiones de la fe (DGC, 84) es la condición para que la fe pueda cobrar un sentido para el catequizado de hoy.
Esta problemática entró en el taller. Se impone una catequesis de iniciación en perspectiva histórica: hemos pasado de una catequesis intelectual, que quería luchar contra la ignorancia del pueblo cristiano (Trento), a una catequesis existencial, la cual, siguiendo la estela de las investigaciones en pedagogía por una parte y por la otra la del Vaticano II, ha querido echar raíces en la experiencia. Pero hemos permanecido entonces sobre la pendiente de la inteligencia de la fe, sin darnos suficientemente cuenta que la dificultad de fondo de la catequesis viene de la crisis de transmisión: lo que está hoy en juego en catequesis es el déficit de iniciación más profundamente aún que el déficit de sentido,
1. En este punto de la reflexión, puede resultar interesante para la iniciación un desvío de tipo etnológico. Naturalmente, no tiene nada que decirnos sobre el plano del “contenido” de la iniciación cristiana; por otra parte, evidentemente no es transponible en nuestra sociedad (pos) moderna. Como contrapartida, en el plano pedagógico, nos recuerda un cierto número de cosas que, en la medida en que ellas constituyen una especie de “leyes” para toda iniciación, podrían ser útiles en vistas a una catequesis más de iniciación. Podríamos esquematizarlo como esto:
La iniciación de individuos apunta a la socialización y a la conversión a los valores de una comunidad mediante tres modalidades: un escenario a vivir, una ritualización y una simbolización.
2. Seguidamente, les proponemos una hipótesis referida a la iniciación cristiana en nuestra sociedad “pos-moderna” en plena mutación, con los interrogantes que ello nos plantea.
a. Por una parte, las razones por las cuales la actual modernidad occidental menoscaba las iniciaciones (y no solamente la iniciación cristiana) son bien conocidas: individualismo, memoria colectiva en migajas, valoración de la “novedad” por ella misma (nomadismo, zapping, inestabilidad….) necesidad de tiempo para apropiarse o re-apropiarse de una tradición religiosa. Si, por consiguiente, existen aún iniciaciones posibles (y con un cierto éxito, como lo muestra el desarrollo relativamente importante de las “sectas” y de las nuevas espiritualidades), ellas no se realizan más como antaño en el corazón mismo de la sociedad, sino que en sus márgenes o en “contra” de ella.
b. Por otra parte, como lo recordábamos más arriba, la iniciación cristiana, en razón de sus características específicas, no goza propiamente de buena salud “cristiana” sino cuando se encuentra en tensión entre el “que atesta” y el “contestatario”
c. Planteamos la hipótesis que: las mismas razones de reivindicación de autonomía, de apertura a lo universal, de rechazo a situarse simplemente como heredero en materia religiosa o ética, de necesidad de tiempo para posicionarse personalmente, de valoración de la novedad, etc. que caracteriza a la modernidad actual y que desestabilizan las iniciaciones tradicionales, representan también una oportunidad ofrecida a la iniciación cristiana en tanto que esta valoriza, por naturaleza, un cierto número de rasgos o líneas fundamentales de esta modernidad (aun cuando las evoluciones culturales y sociales en curso, que permiten que este “virtual” se concrete como tal, hayan sido necesarias). Se trata en los dos casos (cristianismo y modernidad) de iniciar a la complejidad.
Precisémoslo: el decir que el cristianismo valora un cierto número de rasgos o líneas de la modernidad no significa evidentemente que los canoniza tal como ellos se presentan. Por ejemplo para hacernos eco de lo escrito más arriba, si la reivindicación de autonomía en el campo religioso entra en armonía con el “Vengan y vean” del Evangelio, también es posible que produzca frutos más dudosos con respecto al Evangelio; si la actual apertura a lo universal, especialmente a través de los “derechos del hombre” no está en posible relación con el “ni judío, ni griego, etc.” del bautismo en Cristo (GA. 3,26-28), puede también desposarse con un relativismo difícilmente conciliable con la unicidad de Jesús Salvador; si la sensibilidad actual al tiempo necesario para examinar de manera crítica lo que se propone a la adhesión de fe tiene algo que ver con el hecho que no se acaba nunca de volverse cristiano, ella puede también convertirse en una suerte de coartada que difiere constantemente el compromiso a tomar…
En resumen, el cristianismo no es reducible a un simple humanismo: se funda sobre un don gratuito de Dios; y la cruz del Resucitado recupera todo lo que pretende reducir la salvación de Dios al simple “desarrollo” de lo mejor de lo humano, reconocido éste como pasos por “lutos” que pueden sin embargo inscribirlo en la órbita pascual.
d. Si la iniciación cristiana se realiza como toda iniciación en una simbolización, ésta no podrá volverse cristiana sino en la medida en que ella esté “informada” por la simbología bíblica y litúrgica centradas sobre el misterio pascual. En otros términos, un simple proceso de continuidad entre una simbología inmanente y cultural y la simbología pascual nos parece inoperante y no pertinente. Nuestras ritualizaciones y nuestras simbologías no funcionarán sino cristianamente estructuradas.
Y no es menos cierto que la catequesis, como camino de iniciación al misterio de Dios en Cristo, puede pretender inscribirse en el centro de nuestra actual sociedad y no solamente en sus márgenes, porque esta sociedad le ofrece las oportunidades que, al mismo tiempo, representan su dificultad. Como contrapartida, tenemos el derecho de esperar que una tal catequesis de iniciación ofrezca a nuestra modernidad algún servicio, mostrando, con tanta humildad como con convicción, que hacerse cristiano puede constituir un “plus” tanto en humanidad personal como en el vivir en común social…
Louis-Marie Chauvet Joel Molinario
*Traducción del ISCA por Cristina Kopytynski |