Quienes son catequistas desde hace muchos años y los que van empezando, dirán que en la catequesis no hay grandes novedades y que en realidad uno va haciendo lo que puede.
Introducción
Cada uno sabe lo que es ser catequista y lo que implica esta vocación en la Iglesia. Eso está claro y no hay grandes novedades al respecto. Pero es cierto que siempre en la Iglesia hay una novedad. Y la novedad está dada por los desafíos que nos marca el tiempo presente, la época que estamos viviendo.
Esta es la maravilla de la presencia del Espíritu en la Iglesia. El Espíritu siempre sopla para encontrar lo nuevo en lo ordinario, renovando lo cotidiano. Es como el misterio de la Eucaristía. La misa de todos los días que no llega a ser rutinaria porque siempre tiene la novedad de Cristo. Entonces la fe y Cristo logran que siempre encontremos lo nuevo en lo conocido, y la rutina se renueva. Todos sabemos casi de memoria las oraciones y las partes de la misa, pero siempre es nueva porque es Cristo el que hace nuevas todas las cosas: “yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?”1
Por eso si somos catequistas de hace muchos años o ya sabemos qué es ser catequista ¿Qué hay de nuevo? Y lo que hay de nuevo es el Espíritu que sopla en este tiempo, sobre todo en América Latina. ¿Y qué nos dice el Espíritu, qué nos viene soplando? La necesidad de renovar (hacer nuevo) nuestro estilo evangelizador. Alcanzar un renovado estilo misionero. La Iglesia en América Latina, reunida en el Santuario de Aparecida en mayo de 2007, nos viene a decir que la novedad está en definir la identidad cristiana desde la única vocación de discípulos y misioneros de Cristo.2
Uno podría entender que son dos vocaciones distintas: que uno es primeramente discípulo y después, si se siente llamado, será misionero. Como si esta última fuera una segunda vocación, y en todo caso, optativa. Sin embargo Aparecida intenta que el cristiano descubra que uno tiene una vocación discipular y misionera al mismo tiempo, que el discipulado lleva a la misión y la misión te hace discípulo. Sin negar un camino pedagógico, pero descubriendo la unidad de una misma vocación de discípulos misioneros. Como dos caras de una misma moneda.
Este es el gran desafío en este tiempo. Cómo renovar nuestra catequesis desde la perspectiva misionera, transmitiendo que hay una sola vocación de discípulos misioneros. Y este desafío no es sólo para la catequesis sino también para todas las áreas y ámbitos pastorales.
La conversión pastoral
Esta urgencia de renovar la identidad cristiana haciéndola discipular misionera, Aparecida la vincula con un cambio interior. Tal es así que se inventa un concepto que hasta ahora no había sido utilizado en ningún documento del magisterio: la conversión pastoral.3
Cuando nosotros decimos “conversión” hablamos, a nivel personal, de descubrir mis pecados, los que debo abandonar para unirme más a Cristo.
¿Qué se entiende por conversión pastoral? No hay dudas que si hablamos de “conversión” está vinculado a ciertos “pecados” pastorales que hay que abandonar para ser más fecundos en la transmisión del Evangelio. Es una conversión en el modo de presentar el Evangelio. Es una transformación en el modo de presentar la vida de Fe y la vocación cristiana, pero a partir de lo que hacemos todos los días. Porque la conversión pastoral tiene que tocar la pastoral ordinaria, empezando por la parroquia, la catequesis, la celebración de los sacramentos, las estructuras diocesanas, vicariales, etc. Es decir reconocer “estructuras caducas” y hacerlas más fecundas.
En la catequesis la gran “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los catecúmenos. Es un tema “relacional”. Importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas. Por eso no extraña que nuestro Arzobispo, Mons. Bergoglio, nos haya invitado a reconocernos “ungidos para ungir”4. Es decir transmitir la Bondad de Dios, bondad que hemos recibido de Él mismo. La Iglesia ha ido, con el paso del tiempo, acentuando esta característica pastoral.
Recordemos que en los 80 el modo pastoral eran los grandes encuentros masivos que provocaban una fuerte experiencia de pertenencia. Las dos visitas de Juan Pablo II, el Encuentro de Juventud en Córdoba, la celebración del Año Mariano, las Vigilias de Pentecostés que duraban toda la noche, etc.
En los 90 aparece más la necesidad de organizar la pastoral bajo un modelo de Iglesia “comunión y participación”. Hay un cierto desgaste de los agentes de pastoral que no se renuevan. Lo importante es hacer que otros se comprometan participando y dando su opinión. Es tiempo de planes pastorales, proyectos, acciones.
Con la llegada del Tercer Milenio, Juan Pablo II sorprende a todos convocando a la Iglesia a un “camino programático”5 pastoral sostenido en una espiritualidad de comunión que aspira a la santidad. El modelo está en las relaciones trinitarias que moldean una eclesiología de comunión. En ella el prójimo “es un don para mí”,6 ya que me transmite el resplandor de amor trinitario que esconde su corazón.
La pastoral, entonces, parece desarrollarse en lo vincular, en las relaciones y no tanto en los programas que pueden terminar siendo “máscaras de comunión”. Aquí importan en primer lugar las actitudes, el estilo, lo que es previo a cualquier programa o acción. Antes de la organización de tareas, importa el “como” voy a hacer las tareas, el modo, la actitud, el estilo. Así entonces las tareas son herramientas de un estilo comunional, cordial, que transmite lo fundamental: la bondad de Dios.
Nuestros obispos en Argentina así lo entendieron también y el documento pastoral “Navega mar adentro”, del año 2003, sigue el camino inspirado por Juan Pablo II. Hasta tal punto que el documento está organizado con un primer capítulo llamado “El Espíritu que ha de animarnos”,7 y luego de la presentación de los desafíos pastorales y el punto de partida trinitario, se presenta un capítulo con “criterios pastorales” y sólo al final aparecen algunas “acciones destacadas”.8
En Buenos Aires, Mons. Bergoglio nos llevó por este camino. En el estado de asamblea se buscó descubrir un estilo de Iglesia para la ciudad sostenido en actitudes que muestren acogida cordial, bondad y ternura. Muchos deseaban tener programas concretos, acciones prioritarias o indicaciones pastorales. Pero el camino fue el de acentuar actitudes evangelizadoras previas a cualquier acción.9
Como vemos la conversión pastoral requiere un cambio de actitud. No es solamente cambiar estructuras y metodologías pastorales. No es solamente cambiar el libro de catequesis con los chicos, tampoco pasa por si los cambiamos de aula y le damos la catequesis en la plaza. Todo eso está bien y hay que pensarlo. Pero el tema es el “cómo”, la actitud previa. Y a esto apunta Aparecida, ya que cualquier agente pastoral transmite la fe a partir de la propia persona. La persona debe ser testimonio, con sus actitudes, de la bondad de Dios. Debe mostrarse y ser discípulo misionero de Cristo.
Cuando Mons. Bergoglio dice “ungidos para ungir” nos recuerda que nosotros hemos sido ungidos en el bautismo y en la confirmación con el Santo Crisma. Y el Crisma que nos marcó es fundamentalmente la experiencia de la bondad de Dios. Él nos marca con su bondad, nos deja un sello, nos mancha para siempre, nos da una identidad. La bondad de Dios nos marca para siempre. Entonces el ungido tiene que ungir. ¿Y esto qué significa? Que la bondad recibida, el descubrimiento de un Dios bueno, es lo que uno debe mostrar en todo lo que hace.
Este es el cambio de actitud requerido para cualquier agente de pastoral, mas allá de la actividad que haga. Cada acción debe manifestar que Dios es bueno. Y el catecúmeno, en el caso de la catequesis, tiene derecho a terminar conociendo la bondad de Dios.
Vemos entonces que en la transmisión del Evangelio lo fundamental pasa por lo actitudinal y sólo después por lo programático. Esto no quita que haya que organizar, evaluar, proyectar, buscar las mejores herramientas y pedagogías, pero siempre y cuando eso sea fruto de una actitud primera: la del catequista o la catequista, que experimentó la bondad de Dios como un sello, para transmitirla a los demás.
Entonces, ante lo conocido, ante la rutina, el Espíritu siempre sopla una novedad. Y la novedad, que surge del encuentro en Aparecida, es esta renovada identidad de discípulos misioneros. Para esto hay que hacer un camino de conversión, que no sólo es personal, sino también pastoral. Y esta conversión apunta a que toda acción evangelizadora comience por un estilo, por una actitud, donde se muestre el amor de Dios.
Hacia una renovada “relación” evangelizadora
Esta acentuación en las actitudes que deben brotar del catequista choca y se golpea con una primera preocupación que es la tensión existente entre dar contenidos o provocar el encuentro con Cristo. Como si fueran caminos opuestos y no complementarios.
Siempre la primera impresión al comenzar cualquier catequesis (niños, adolescentes, adultos, prebautismal, prematrimonial, etc.) es que los que se acercan “no saben nada”. La respuesta inmediata es la de llenarlos de contenidos con catecismos, que cuanto más adultos son, más grandes los recomendamos. Sin darnos cuenta, lo primero de la transmisión de la Fe, que es provocar el encuentro personal con Jesús, queda opacado o en segundo plano.
Pero sabemos que tener los conceptos de la religión católica y haber estudiado sobre la persona de Jesús no asegura que haya un encuentro personal con Él y una fuerte adhesión a su persona y mensaje.
Como la catequesis apunta a relacionar la fe con la vida, la figura del catequista es fundamental. Se aprende la fe a través de la vida y el testimonio del catequista no a través de un libro (aunque se utilice como herramienta de aprendizaje). Para llegar a la relación Fe - vida, tiene que quedar en claro que el que transmite la fe es una persona y transmite una fe vivida, aunque utilice conceptos catequísticos, o un libro, o una metodología específica. Al transmitir una fe vivida provoca el encuentro con Cristo y el deseo de seguirlo y amarlo.
Así entonces la tarea del catequista es más bien una tarea “relacional”, vincular. Con su propio testimonio y ayudado de conocimientos, metodologías y herramientas pedagógicas, vincula, relaciona con Jesús, para amarlo y seguirlo.
El / la catequista es una persona que vincula con personas y no, primariamente con contenidos. El/la catequista vincula con Jesús, con María, con los Apóstoles, con los Santos, con los que sufren, con los pobres…
El / la catequista es como un anfitrión en una fiesta. Recibe en la puerta y va conversando con todos presentando a los invitados que no se conocen. Entonces… llega alguien nuevo a la catequesis y comienza: “Te presento a Jesús, te presento a María, te presento a Pedro, te presento a Pablo, te presento a Ceferino, te presento a Santa Teresita, etc.”
Por eso la importancia de lo relacional, de lo vincular. La transmisión de la Fe es de persona a persona. Lo que toca el propio corazón es lo que se transmite. Uno transmite una fe vivida, por eso debe vincular con vidas de Fe.
En esto hay que recuperar en la catequesis las vidas de santos, la estampita, los testimonios misioneros. Que los catecúmenos se encuentren con Cristo a través de personas concretas que han vivido o viven la Fe.
La conversión pastoral lleva a acentuar nuestro estilo misionero en un nuevo modo de relacionarnos, de vincularnos. Por eso importan en primer lugar las actitudes evangelizadoras, el estilo, el modo como se evangeliza. Por eso es necesario volver más decididamente a un estilo misionero. La misión es evangelizar “cuerpo a cuerpo”. La misión lleva al encuentro personal para transmitir a Cristo. La misión es relación, es vínculo. No hay misión si no me relaciono con el prójimo. La misión necesita de la cercanía.
En Buenos Aires fuimos haciendo este camino llevados por nuestro Arzobispo. Sus opciones pastorales estuvieron más en la línea de las actitudes y el estilo, que de los programas o proyectos.
Sus propuestas fueron: reconocer heridas, para fortalecer al herido vacilante; renovar el fervor apostólico; hacer de nuestras parroquias y ámbitos pastorales, santuarios donde se experimente la presencia de Dios; reconocer a Dios que es ternura; llegar a toda periferia; y ahora “ungidos para ungir”, llevando la bondad de Dios a todos los ámbitos. Y todo dentro del llamado “estado de asamblea” en el que se buscaba definir en estilo de Iglesia en Buenos Aires. Ahora, con el “estado de misión” se acentúa este estilo relacional, vincular, actitudinal: encontrarme con los otros para transmitirle el amor de Dios.
Hay una realidad que también nos interpela, que es el grado de abandono, de soledad, de violencia de los chicos que llegan a la catequesis. Mientras uno intenta presentarles a Jesús, se encuentra con que hay chicos que están con el celular mandando mensajitos, o el otro que le tira una tiza al compañero, el que grita…
Van apareciendo así esos espacios que también deben ser tocados por la “bondad de la unción”: conflictos familiares, la soledad del chico en algunos casos, la falta de una buena alimentación, la falta de una buena educación (cuarto grado y todavía no saben leer y escribir). ¿Qué puede hacer uno como catequista frente a tanto dolor? Porque también los adolescentes traen sus conflictos, y hasta los adultos entre 35 y 40 y pico de años, con la crisis de la mitad de la vida y la búsqueda de sentido.
¿Qué puede hacer uno como catequista para poner allí la bondad de Dios, para ungir la vida del catecúmeno? El testimonio de fe y la propia bondad.
Hoy más que nunca es un tiempo pastoral que debe despojarse de los resultados. Acentuar la oculta fecundidad de la tarea evangelizadora y no el resultado exitoso. Es un tiempo de sembrar sin ver resultados inmediatos. Pero confiando en que lo sembrado dará su fruto, sobre todo si es expresión de la bondad. Todos tienen ejemplos de niños de catequesis que años más tarde, cuando quizás tengan 20 años o más, se acuerdan del testimonio que le dieron. Seguramente no se acordarán de lo que le dijimos, de lo que les enseñamos. Se acuerdan de uno, de la persona.
Como ven la evangelización requiere esta conversión pastoral, donde los contenidos tienen que ir fuertemente vinculados a las actitudes personales.
Hacia una renovada mirada teologal
La conversión pastoral debe llevarnos también a descubrir que esta tarea no depende sólo de nosotros. Aquí debemos convertir nuestra mirada y alcanzar una mirada teologal: reconocer que todo catecúmeno o familia que se acerca a alguna catequesis lo hace movido/a por el Espíritu Santo. Y esto, si bien desde la fe nos consuela, pero humanamente nos cuestiona. Es más fácil reconocer que si hay un número grande de catecúmenos es fruto de mi “éxito personal”. Si hasta a veces usamos un lenguaje donde nos apropiamos de lo que es del Espíritu como cuando decimos “me vinieron 30 chicos…”, “mis padres (sic) están todos…”
Nunca nos olvidemos que el que viene a la parroquia a pedir un sacramento, sea un niño a través de sus padres, o sea adolescente, adulto, o porque tiene que bautizar al hijo, o porque se van a casar…, si vienen es por algo, y diría mejor, es por alguien que los impulsa. Y ese alguien es el Espíritu Santo, que misteriosamente mueve el corazón del que viene.
La conversión pastoral de la mirada nos hace descubrir la eclesiología de comunión que planteaba Juan Pablo II: descubrir la riqueza que esconde el corazón del hermano.10 Y en este caso la riqueza es que hay un él un Dios escondido, el Espíritu Santo, que lo impulsa desde dentro para encontrarse con Él.
Entonces cada uno que se acerca a pedir un sacramento es una especie de regalo sagrado. Así cuando se acerca una parejita de jóvenes a pedir el sacramento del matrimonio la primera pregunta no puede ser “hace cuánto que conviven” o “cuántos hijos tienen” como queriendo descubrir su pecado. La pregunta es dónde estuvo el llamado de Dios para que estén acá pidiendo casarse, o bautizar a tu hijo, o pidiendo la comunión para tus hijos.
Como vemos, una vez más, importa la actitud, importa la bondad, la mirada teologal. La llegada de un nuevo catecúmeno no es un trámite más. No podemos perder la admiración y la sorpresa que el Espíritu Santo envía otro catecúmeno y que en el corazón de ese chico que no sabe hacer la señal de la cruz, o de ese joven que no sabe que hacer con su vida, está el Espíritu Santo impulsándolo a buscar a Cristo.
Esta conversión pastoral de la mirada lleva a cambiar de actitud frente al catecúmeno. No creer que llegan vacíos y por lo tanto nuestra tarea es la de sacarlos de la ignorancia, llenándolos de contenidos e informaciones. La tarea evangelizadora es más bien como la de un jardinero que prepara la tierra para que el agua penetre mejor, que pone un palito al brote para que el viento no lo quiebre. Cubrir con bondad el germen de fe que el otro ya tiene. No es el/la catequista el que planta la fe en el catecúmeno, ellos ya tienen la semilla de la fe, por algo vinieron impulsados por el Espíritu. Lo que nos toca a nosotros es hacer crecer cuidar y llenar de bondad esa semilla que puso Dios en el corazón de los catecúmenos. Acompañamos el crecimiento de la fe que hace Dios.
En esto Aparecida confirma la importancia y la valoración de la religiosidad popular. Camino privilegiado en América latina que nos lleva a descubrir lo que ya hay de Dios en el corazón de nuestros pueblos, que como “semillas del verbo” reclaman ser descubiertas para ser fecundadas.11
Hacia un renovado vínculo de pertenencia
Acentuar la tarea pastoral en las relaciones y en los vínculos lleva como fruto la aparición de un nuevo vínculo: el vínculo de pertenencia. En una época donde sobre todo se experimenta la exclusión y el aislamiento, y no sólo en el ámbito de pobreza social, sino también en la soledad y falta de sentido, la misión lleva como mensaje la experiencia de pertenencia a una gran familia que es la Iglesia.
Es interesante que Benedicto XVI, en el discurso inaugural de Aparecida, plantee lo que la fe provoca en el marco de una vida plena. Y dice “Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás”.12
Así la fe te saca del aislamiento del yo y te ubica en un espacio de pertenencia. Fundamentalmente una pertenencia a la familia de Dios. Por ello es importantísimo el bautismo, porque la gente va a bautizar a su hijo y con esto siente que lo “metió” en la familia de Dios.
Conclusión
Como vemos Aparecida provoca un cuestionamiento hacia el estilo evangelizador. Redescubre que la misión (relación con el otro para transmitirle a Cristo) es fundamental en la identidad cristiana, dando prioridad a las actitudes y al estilo evangelizador. Por ello es necesario un camino de “conversión pastoral”, buscando cambiar el modo de transmitir el Evangelio reconociendo que el Espíritu Santo está en el origen de todo camino de Fe. Hoy más que nunca se espera de todo agente evangelizador y en especial de los catequistas, la conciencia de esta vocación de discípulos misioneros. El vínculo con Jesús en la dimensión discipular se hace vínculo misionero con los hermanos para presentarles el amor y la bondad de Dios.
Mons. Enrique Eguia Segui
Obispo Auxiliar. Vicaría Belgrano
Junio 2009
2.Aparecida. Documento Conclusivo. CELAM, Mayo de 2007. “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan Vida. –Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida- (Jn 14, 6)
3. Aparecida. Documento Conclusivo. Nº 365 y ss.
4. Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge Bergoglio, en la Misa Crismal del 9 de abril de 2009.
5. Juan Pablo II, Carta Apostólica “Novo milenio ineunte”, 2001, Nº 42, párr. b.
7. Conferencia Episcopal Argentina, Navega mar adentro, mayo 2003. Nº 3 y ss
8. Los criterios pastorales comunes son: La pastoral ordinaria y orgánica diocesana, Un camino integral de santidad, Todos sujetos y destinatarios de la tarea evangelizadora, Un itinerario formativo gradual.
Las acciones destacadas son: Hacer de la Iglesia casa y escuela de comunión, Acompañar a todos los bautizados hacia el pleno encuentro con Jesucristo (Acoger cordialmente a quienes se acercan a nuestras comunidades No podemos contentarnos con esperar a los que vienen) Iglesia servidora para una sociedad responsable y justa. Cfr. NMA, Caps. 4 y 5.
9. Mensaje del Cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los sacerdotes, consagrados, consagradas y fieles laicos de la arquidiócesis. (Buenos Aires 21 de febrero de 2007, Miércoles de Ceniza)
10. Juan Pablo II, Carta Apostólica “Novo milenio ineunte”, 2001, Nº 43, párr. b.
11. Aparecida. Documento Conclusivo. Nº 258 – 265.
12. Benedicto XVI, Discurso Inaugural, nº 3, párr. 4
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