Nuestra reflexión se concluye con una mirada a la figura del catequista o animador de catequesis. Las cuestiones relativas a su identidad y formación son temas de gran actualidad en la presente situación eclesial.
Perfil del catequista o animador
Ya sabemos que la responsabilidad última de la catequesis reside en la comunidad cristiana y en sus componentes ministeriales: pastores, religiosos, laicos, padres, educadores, etc. Aquí entendemos hablar del ministerio pastoral de los «catequistas» o agentes de la catequesis oficialmente reconocidos como tal.
Los distintos niveles de responsabilidad catequética
Aunque nuestra atención se dirige sobre todo a los catequistas de base, conviene no perder de vista los tres niveles más conocidos de responsabilidad eclesial: el de la base, el nivel de los agentes intermedios y el más alto de los expertos y responsables superiores.
Los «catequistas de base»
Son los que tradicionalmente llamamos «catequistas», responsables de sectores concretos de práctica catequética en la comunidad: iniciación sacramental, preparación para el bautismo o el matrimonio, animadores de grupos de reflexión, de círculos de estudio, etc. En algunos lugares y niveles el término «catequista» es considerado poco adecuado o infantilizante, por lo que se prefiere hablar de «animador» o «acompañante» de catequesis.
Hablando en general, hay que destacar el enorme aumento de catequistas laicos en el período posconciliar, un auténtico «boom» que debemos saludar como un verdadero don del Espíritu Santo a su Iglesia. Es un hecho muy positivo y prometedor «el gran número de sacerdotes, religiosos y laicos que se consagran con entusiasmo y constancia a la catequesis» (DGC 29).
Los «agentes intermedios»
En un nivel más alto de responsabilidad se encuentran los «agentes intermedios», que reciben nombres distintos en los diferentes países («animadores» de catequistas, «animateurs relais», «Gemeindereferenten», etc.). Son los coordinadores y animadores de la catequesis en parroquias y zonas pastorales, responsables de la formación de los catequistas, colaboradores en los secretariados catequéticos y en los equipos de animación, etc.
Con respecto a ellos existe hoy una creciente demanda de utilización y de formación, con preferencia cada vez mayor por los seglares, entre otras causas por la escasez de sacerdotes y religiosos. Esta tendencia afecta no solamente al ámbito de la catequesis, sino también a toda una gama cada día más extensa de servicios pastorales: capellanes de hospitales, delegados de pastoral juvenil, pastoral universitaria, pastoral familiar, colaboradores en la organización parroquial, etc.
Expertos y responsables superiores
Es el nivel superior de responsabilidad catequética y comprende, tanto las autoridades eclesiales (pastores, obispos, sacerdotes), como los responsables nacionales o diocesanos (directores de oficinas o secretariados catequéticos), como también las personas consagradas al estudio e investigación (profesores de catequética, catequetas, expertos, etc.). Es un sector de notable interés y «de una importancia vital para la catequesis» (DGC 251) aunque, desgraciadamente, muy descuidado en cuanto a número, preparación y profesionalización de sus miembros.
El animador de la catequesis: competencia unitaria y diferenciada
El perfil del catequista o animador de catequesis debe verse dentro del contexto de la acción global de la comunidad cristiana, por lo que hay que subrayar ante todo su dimensión pastoral: el catequista debe considerarse siempre agente pastoral corresponsable, plenamente insertado en el proyecto operativo global de su comunidad. Esto trae consigo no pocas consecuencias, como veremos, en orden a la formación.
Por lo que atañe a la figura y competencia propiamente catequéticas de los agentes de la catequesis, no hay que olvidar la articulación orgánica de la catequesis como «servicio único y diferenciado» (DGC 219). Tal diferenciación se refleja lógicamente en una variedad de figuras «profesionales» de los responsables de la catequesis, al menos desde dos puntos de vista:
En primer lugar se distinguen en la Iglesia particular las funciones catequéticas de los distintos ministerios eclesiales. Ya hemos tenido ocasión de precisar la tarea propia de los principales, dentro de una visión renovada de eclesiología de comunión. Los repasamos rápidamente: la comunidad como primer y principal catequista (DGC 220-221); los obispos, «primeros responsables de la catequesis, los catequistas por excelencia» (CT 63; DGC 222), a quienes corresponde «la alta dirección de la catequesis» en la Iglesia particular (DGC 223); los presbíteros, pastores y educadores de la comunidad cristiana, «catequistas de catequistas» (DGC 226-227); los padres, primeros educadores de la fe de sus hijos (DGC226-227); los religiosos, llamados a dar una aportación original y específica (DGC 228-229); los catequistas laicos, invitados a prestar un servicio imprescindible y cualificado, según la diversidad de tareas en el marco de la comunidad (DGC 230232; CAL 203-208).
Otro punto de vista introduce el criterio de la diferenciación según la edad o la condición de los participantes: catequistas de niños, de adolescentes, de jóvenes, de minusválidos o discapacitados, animadores de la catequesis de adultos; animadores de catequesis familiar, de catequesis bíblica, de catequesis para profesionales, obreros, artistas, etc.
Las competencias del catequista: «ser», «saber», «saber hacer»
De un modo sintético y orgánico, podemos recoger los elementos más significativos de la fisonomía interior y «profesional» del catequista recurriendo a la clásica triple dimensión: el «ser», el «saber» y el «saber hacer» («savoir faire»).
El «ser» del catequista: su fisonomía humana y cristiana
Dadas las exigencias actuales de la catequesis, se siente la necesidad de personalidades convincentes y significativas, desde el punto vista humano y creyente. Más que por sus capacidades operativas o intelectuales, el catequista se cualifica hoy sobre todo por su «ser», por su «espiritualidad», por su perfil personal e interior con algunos rasgos específicos:
Una suficiente madurez humana, presupuesto para el crecimiento en la fe, necesaria en el catequista con vistas al cumplimiento de su misión. No se puede pensar en una persona que, teniendo la misión de acompañar a otros en el camino hacia la madurez humana y cristiana, no posea ella misma un cierto grado de tal madurez. Esta base de calidad humana trae consigo no pocas exigencias de gran incidencia operativa:
«El ejercicio de la catequesis, constantemente discernido y evaluado, permitirá al catequista crecer en equilibrio afectivo, en sentido crítico, en unidad interior, en capacidad de relación y de diálogo, en espíritu constructivo y en trabajo de equipo» (DGC 239; cf CAL 201).
Una relevante espiritualidad e identidad cristiana y eclesial (DGC 237. 239; CAL 202). En cuanto educador de la fe de sus hermanos, debe poseer una seria y convincente vida de fe, una cierta madurez de fe, para que pueda presentarse, no sólo como maestro, sino sobre todo como testimonio creíble. El catequista tendría que encarnar y mostrar visiblemente el nuevo modelo de creyente que, como ya vimos, están reclamando hoy las nuevas circunstancias religiosas y culturales. A su perfil espiritual pertenece también el poseer en forma adulta el «sensus ecclesiae», el sentido y la experiencia de Iglesia, con actitud interiorizada de pertenencia, de sensibilidad comunitaria y conciencia apostólica (DGC 239).
Pero no basta: debe ser hombre o mujer de su tiempo, totalmente identificado con su gente, abierto a los problemas reales y con sensibilidad cultural, social, política. No prestan un buen servicio aquellos catequistas, incluso generosos, devotos y fieles a la Iglesia, que se mantienen en cierta manera al margen de la vida social y cultural. Solo con gente encarnada en la realidad del mundo se puede imaginar hoy una catequesis a la altura de las exigencias actuales. Cabe destacar por ello la importancia de los catequistas indígenas y la aportación indispensable de los catequistas laicos, que hay que estimular y fomentar.
El «saber» del catequista: su bagaje intelectual
Por lo que se refiere a los conocimientos, el «saber» del catequista se centra ante todo, tradicionalmente, en las ciencias sagradas: teología, S. Escritura, moral, liturgia, etc. Pero hay que advertir que en el mundo de hoy ya no es posible limitarse al ámbito teológico, aunque siga siendo imprescindible una buena base teológica para la competencia catequética. El catequista deberá conocer también la problemática pastoral de hoy y el proyecto pastoral de la Iglesia a que pertenece, la naturaleza y dimensiones del acto catequético, la condición y exigencias de las personas o sujetos con los cuales tendrá que trabajar y, de modo especial, el contexto sociocultural en que se desarrolla su labor (DGC 238). Es todo un bagaje de conocimientos que hace referencia a las ciencias humanas y que, como es lógico, deberán garantizar las iniciativas de formación.
Respecto al mensaje o contenido propio de la comunicación catequética, la dimensión «experiencial» de la catequesis pide hoy al catequista una familiaridad especial con las experiencias y lenguajes propios del hecho cristiano: en el área de la experiencia bíblica, en el ámbito variado de la tradición eclesial, en los lenguajes y experiencias de la vida de hoy.
La competencia operativa o «saber hacer» del catequista
Hoy día ya no es posible confiar la labor catequética al juego de la improvisación y de la buena voluntad. El animador o responsable de la catequesis tendrá que ostentar una cierta «profesionalidad», en el sentido de poseer las competencias operativas necesarias para su tarea. Concretamente, nuestro tiempo parece reclamar en el catequista una adecuada preparación en estos sectores de actividad: educación, comunicación, animación y programación.
Educación: el catequista es siempre un «maestro», un «educador», y como tal debe poseer las cualidades propias de todo verdadero educador, además de su equipamiento intelectual: tacto y sensibilidad hacia las personas, capacidad de comprensión y de acogida, habilidad para promover procesos de aprendizaje, arte para orientar hacia la madurez humana y cristiana, superando intereses personales o presiones institucionales. En este campo son de gran utilidad los recursos propios de la metodología pedagógica y didáctica (DGC 244).
Comunicación: el catequista debe ser promotor de comunicación de la fe: entre los miembros del grupo, entre la fe de la comunidad y la tradición cristiana, entre la comunidad y la más amplia realidad eclesial. Deberá demostrar familiaridad con las técnicas y lenguajes de la comunicación, con especial atención a la comunicación de las experiencias de fe (DGC 235; CAL 131). Conviene insistir en ello: el mejor bagaje intelectual - teológico y bíblico - resulta totalmente ineficaz si el catequista no descuella en el arte de la comunicación experiencial y significativa.
Animación: el catequista es esencialmente un animador, dentro de la comunidad o grupo de catequesis. En este sentido, tendrá que conocer las reglas de la animación de grupos y, lo que es más importante, poseer una verdadera «personalidad relacional», es decir: ser capaz de crear relaciones profundas, de fomentar el clima estimulante y el protagonismo del grupo, haciendo que todos se sientan a gusto y valorizados. Con su labor de animación tratará de sortear los dos escollos contrapuestos de la conducción autoritaria por una parte (la más frecuente) y de la excesiva permisividad y espontaneismo por otra.
Programación: compete al catequista, o mejor, a la comunidad o grupo de catequistas, conocer las reglas de una correcta programación catequética y ser capaz de llevarla a cabo (DGC 245). Esto supone, como hemos visto, conocer e interpretar la situación de partida de los participantes, elaborar un proyecto concreto de acción, realizarlo y evaluarlo, con vistas a su perfeccionamiento y ulterior realización.
La formación
Una vez presentado el perfil del catequista es fácil colegir la importancia de su adecuada selección y formación, superando tradicionales improvisaciones y superficialidades, dentro de la solicitud por la promoción y cualificación de los agentes pastorales.
Una mirada a la situación: luces y sombras
Hoy día se trabaja mucho en el campo de la formación.» Y no faltan por cierto proclamaciones oficiales y orientaciones por parte de la jerarquía, con documentos y subsidios. En sus declaraciones se pondera la importancia y urgencia de la formación y se manifiesta satisfacción por la participación de los laicos y por el boom de los catequistas en las últimas décadas. Pero hay que reconocer que la realidad efectiva queda muy lejos de corresponder a los deseos declarados. La práctica de la formación, no obstante muchos loables esfuerzos, no parece estar a la altura del desafío de la situación. Se puede decir que la formación pastoral constituye hoy una asignatura pendiente y una auténtica emergencia pastoral. Veamos algunos aspectos del problema.
En la base eclesial: catequistas y profesores de religión
El esfuerzo formativo se concentra sobre todo en la preparación de los catequistas y enseñantes de niños y preadolescentes, ya que son éstos los destinatarios tradicionales de la labor educativa y catequética de las comunidades cristianas.
En muchas regiones los catequistas forman un verdadero ejército de agentes voluntarios (alrededor de 300.000, por ejemplo, en naciones como Italia, Francia y España), mujeres en su mayoría, sobre cuyos hombros recae prácticamente la responsabilidad de la iniciación cristiana de niños y adolescentes. Para su formación se han multiplicado las iniciativas e instituciones: Institutos y Centros de Ciencias Religiosas, escuelas de catequistas, cursos de formación permanente, actividades varias a nivel diocesano y parroquial. Más sistemática y exigente se presenta por lo general la formación de los profesores de religión, bajo la responsabilidad de centros y cursos especializados para esta misión.
En términos generales se puede decir que el cuadro global de estos ámbitos de formación presenta aspectos positivos y prometedores, pero adolece al mismo tiempo de no pocos límites y dificultades, sobre todo por lo que se refiere a la formación de los catequistas, a todas luces insuficiente. En muchísimos casos los catequistas carecen de adecuados recursos formativos y quedan abandonados a su suerte en el desempeño de su delicada misión:
«A lo largo de 29 años de contacto con millares de catequistas de toda América Latina una conclusión siempre me asalta: Ellos, los verdaderos inculturadores de la fe, los hombres y las mujeres que soportan "el rigor del día y el calor", son los últimos comensales de la mesa. Y ya sentados reciben frecuentemente sólo migajas»
Los agentes intermedios: animadores, coordinadores, formadores
En el nivel intermedio, la situación formativa es muy variada. Se puede decir, por lo general, que la demanda de formación está aumentando, dentro del cuadro general de búsqueda de agentes pastorales laicos en la práctica pastoral. En algunos países se están multiplicando los Institutos y Centros de formación, además de los Seminarios, Facultades, Institutos de ciencias religiosas, dedicados generalmente a la formación de agentes pastorales.
En una visión de conjunto, he aquí algunas características y tendencias más relevantes:
- Se tiende a garantizar rango superior y universitario a los diversos procesos de formación.
- Crece el conjunto de ministerios o servicios pastorales que son objeto de formación: animadores litúrgicos, catequistas, profesores de religión, agentes de pastoral sanitaria, colaboradores y responsables en el sector de «caritas», en el ámbito de la marginación, de la pastoral familiar, de la pastoral bíblica, etc.
- Crece de manera especial la sensibilidad por los ministerios seculares de presencia y compromiso de los cristianos en el mundo: en los problemas sociales, en el mundo laboral, en la educación, en la política.
- Aflora por doquier el deseo de abandonar un estilo de formación de cuño intelectual, para dirigirse en forma global a la totalidad de la persona, con atención especial al cultivo de la espiritualidad y de la competencia operativa, en conexión estrecha entre teoría y práctica.
El nivel superior: obispos, sacerdotes, responsables, expertos, docentes
También aquí la situación es variada, pero más bien problemática. Hay que lamentar por lo general que no se de la debida importancia a la formación pastoral y catequética de los pastores y responsables. Especialmente la formación de los seminaristas y sacerdotes deja mucho que desear. Se sigue pensando que, para formar bien a los pastores y responsables, sea suficiente la preparación teológica y bíblica, con la eventual añadidura de una breve introducción a la acción pastoral o remitiendo simplemente a la experiencia. Pese a la insistencia de los documentos oficiales (cf DGC 234), la formación catequética, o no existe, o resulta a menudo marginada o confiada a personas sin preparación específica. Estamos ante una verdadera emergencia formativa que repercute gravemente en la renovación efectiva de la práctica catequética.
Las exigencias de la formación (Cf DGC, V Parte, cap.ll; CAL cap.10)
Frente a esta emergencia formativa conviene hacer hincapié en algunos imperativos:
Programar e investir en la formación
El tema de la formación ha llegado a adquirir hoy, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, un relieve de primer orden y de gran actualidad. En todos los sectores de la vida y de la profesionalidad se siente hoy la urgencia de la formación, inicial y permanente. En este sentido se afianza la convicción de que es necesario adoptar una más decidida y eficaz «política de la formación», superando toda forma de superficialidad e improvisación, convencidos de que «investir en la formación» constituye hoy día una empresa ciertamente rentable.
En al ámbito de la pastoral y de la praxis catequética, la necesidad no es menor ciertamente. Como advierte el Directorio catequético,«Todos estos quehaceres nacen de la convicción de que cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad. Los instrumentos de trabajo no pueden ser verdaderamente eficaces si no son utilizados por catequistas bien formados. Por tanto, la adecuada formación de los catequistas no puede ser descuidada en favor de la renovación de los textos y de una mejor organización de la catequesis» (DGC 234).
En realidad, la formación de los catequistas forma parte de un más amplio proyecto pastoral que concierne la formación de agentes pastorales en general. De ahí que sea conveniente insertar dicha formación en un cuadro completo de formación pastoral. Existen, por ejemplo, ciclos de formación en Institutos o Centros que preven una primera formación pastoral general para todos, para pasar después a especificaciones más precisas (catequistas, animadores litúrgicos, agentes sociales, etc.) (DGC 250).
La «pastoral de los catequistas» (DGC 233)
A cada Iglesia particular (diócesis) y, proporcionalmente, a cada región pastoral o parroquia, corresponde la tarea de programar de manera adecuada la «pastoral de los catequistas» (DGC 233). Se entiende un proyecto unitario de discernimiento vocacional, de formación y acompañamiento de los servicios catequéticos de la comunidad, teniendo en cuenta los distintos tipos de catequistas (de adultos, jóvenes, familias, niños, etc.) y los tres niveles - indicados antes - de responsabilidad (catequistas de base, agentes intermedios, responsables superiores).
Es posible imaginar distintos lugares o instituciones de formación (DGC 246-251), tanto a nivel diocesano como parroquial o interparroquial: la comunidad local, escuelas de catequistas, institutos de ciencias religiosas, centros de formación de agentes pastorales, etc.
En la programación de la formación habría que tener presentes los componentes esenciales de todo buen proyecto: finalidades y objetivos, contenidos formativos, pedagogía de la formación, técnicas e instrumentos. Pero un aspecto que merece atención especial es la exigencia de las personas en formación de ser respetadas en su condición de adultos, en un clima por lo tanto de autonomía, corresponsabilidad y libertad. Decididamente, hay que superar el talante paternalista y clerical de muchas acciones pastorales. He aquí al respecto algunas puntualizaciones:
- Se desea una formación en espíritu de corresponsabilidad y participación. Es fuerte el deseo de superar el tono tradicional infantilizante y subordinado que reduce al adulto al papel pasivo de simple «destinatario» de la formación.
- Se requiere una formación que tenga en cuenta la experiencia y los problemas reales del adulto. Non solo en el sentido de no ignorarlos, sino en cuanto que tales problemas y experiencias deben quedar integrados en los contenidos y modalidades de la formación.
- Se apunta hacia una formación que tienda a la promoción del nuevo modelo de creyente que hoy reclaman las nuevas exigencias de nuestra sociedad.
La «pedagogía» de la formación
Un factor decisivo en este campo es el de la pedagogía y metodología del proceso formativo. Con E.Biemmi podemos distinguir los tres modelos más frecuentes de formación:
- Un modelo muy tradicional es el tipo « vulgarización teológica», que tiende a hacer asimilar todo un acervo de contenidos e informaciones teológicas, siguiendo un proceso magisterial descendiente al estilo habitual de la enseñanza de la teología. La formación recibida, en este modelo, es del orden de la reproducción, de la imitación. La formación es concebida sustancialmente como «información», degenerando con frecuencia en «adoctrinamiento».
- Un segundo modelo es de cuño operativo o «tecnicista», que apunta a la transmisión de un «saber hacer» con vistas a la animación: técnicas de animación, dinámica de grupo, competencias relacionales, etc. Es una formación en la línea del «amaestramiento». Comunica capacidades de gestión y de relación, pero descuida los contenidos y los objetivos.
- Quizás el modelo más frecuente hoy día sea el que resulta de la unión de las dos concepciones anteriores: una buena dosis de información teológica con la añadidura de algunas indicaciones de orden técnico y metodológico.
Para superar las deficiencias de estos modelos más usados, una eficaz pedagogía de la formación se define en función de los objetivos que persigue y de los procesos que pone en movimiento. Y será importante garantizar algunas metas y dimensiones consideradas hoy imprescindibles en los procesos formativos de los agentes pastorales: la integridad de la formación (ser, saber, saber hacer), la claridad de las finalidades y objetivos, el fomento de una fuerte identidad cristiana en el creyente (la «espiritualidad» del catequista o del agente pastoral), el respeto de las exigencias propias del aprendizaje del adulto.
Son muchas y muy variadas las modalidades y características que puede presentar una experiencia bien pensada y llevada a cabo. Hoy se acentúan en especial estas exigencias:
La «personalización», entendida como necesidad de poner a la persona en el centro de la formación, en una dinámica que convierta la «formación» en verdadera «transformación». En esta concepción el aprendizaje prima sobre la enseñanza y se presta mucha atención al uso de las narraciones o historias de vida («récits de vie»).
La integración entre teoría y práctica (DGC 245), ya sea bajo forma de ejercicio práctico que acompaña el aprendizaje teórico, ya sea - mejor aún - como reflexión continua y sistemática sobre la práctica pastoral.
La articulación entre ciencias teológicas y ciencias humanas (DGC 243) (antropología, psicología, sociología) y el lugar preferente dado a la formación pedagógica (DGC 244). En este sentido, se insiste en que la misma formación teológica reciba una connotación claramente antropológica y catequética:
«Debe ser una formación teológica muy cercana a la experiencia humana, capaz de relacionar los diferentes aspectos del mensaje cristiano con la vida concreta de los hombres y mujeres "ya sea para inspirarla, ya para juzgarla, a la luz del Evangelio" [CT 22]. De alguna forma, y manteniéndose como enseñanza teológica, debe adoptar un talante catequético» (DGC 241).
La orientación didáctica de la «formación permanente»: más que proporcionar conocimientos y habilidades, se debe ayudar a las personas a entrar en un proceso de auto-formación, a ser capaces por tanto de «aprender a aprender», con relativa autonomía y creatividad:
«El fin y la meta es procurar que los catequistas se conviertan en protagonistas de su propio aprendizaje, situando la formación bajo el signo de la creatividad y no de una mera asimilación de pautas externas» (DGC 245).
Alberich, Emilio. “Catequesis Evangelizadora”. Manual de Catequética Fundamental.
Ed.Abya - Yala. Quito. Ecuador 2003, pág 219-227 |