Iniciación cristiana y autoridad
 

Algunas notas de este tiempo
El tiempo en el que vivimos se despliega desafiante entre preguntas que no encuentran respuestas y ensayos de nuevos paradigmas. El desencanto, como nota repetida y subyacente, se manifiesta como rebeldía, desconfianza, resignación o escepticismo.

La increencia parece haberse adueñado de las conciencias. En las opciones personales se busca, afanosamente, una seguridad que ya casi nadie parece ofrecer. A veces, las deliberaciones conducen a planteos individualistas y cerrados en los cuales el bien y la verdad se hacen funcionales a las propias necesidades

El diálogo se prostituye, a veces, en negociaciones y en dinámicas conversacionales ilegítimas. El bien hablar o ciertas condiciones de liderazgo se manifiestan como formas de poder, con las cuales se obstaculiza gravemente la búsqueda del bien y la verdad. Y se concluye así en una especie de engañosa parodia del consenso y de la participación.

Algunos califican la sociedad actual llamándola "amnésica"1 . Se observa un rechazo al patrimonio cultural de las generaciones pasadas. El conocido proverbio "todo tiempo pasado fue mejor" parece ser reemplazado hoy por otro, justamente, opuesto: "todo tiempo pasado fue peor y digno de ser olvidado".

Por otro lado, hay en este tiempo una legítima búsqueda orientada al desarrollo de las diversas capacidades individuales y, a la vez, se valora y se favorece una concepción de trabajo colaborativo que potencia el crecimiento personal. La autonomía, como vía de realización, ocupa un espacio muy significativo a la hora de las decisiones, contribuyendo, muchas veces, a la consolidación de personalidades maduras e integradas.

En otras ocasiones la búsqueda de la autonomía y de la realización personal se plantea como una exigencia exacerbada en función de la cual se resuelven distintos aspectos de la vida humana. La familia, la profesión, la religiosidad se hacen, a veces, funcionales a esa exigencia, condicionándose de este modo hasta las motivaciones más profundas de la persona.

Este tiempo peculiar, que avanza entre dilemas y búsquedas, nos ofrece la riqueza de una creciente valoración de la diversidad, la comunicación y la tolerancia. Mientras se mantiene el reclamo de "una justicia social demasiado largamente esperada"2 , en algunos sectores se alzan claras voces a favor de la persona y de sus derechos y se realizan acciones inspiradas en la equidad y en ideales solidarios.

Las contradicciones de la hora actual nos hablan de un contexto de crisis. Algo se ha roto para dejar de ser como era y para empezar a ser de un modo nuevo. La autoridad, tal como se la concebía en otro tiempo, está en crisis. Ella parece haber absorbido gran parte de las manifestaciones del desencanto postmoderno. El cuestionamiento a su proceder constituye ya un lugar bastante común y, reiteradamente, se le atribuyen actitudes de autoritarismo, falsedad e injusticia.

Asistimos a una crisis generalizada de las transmisiones. El lenguaje y el diálogo están en crisis. Algunos se preguntan, casi apocalípticamente, si se han interrumpido las transmisiones que una generación hace a la otra.

Otros creen que estamos viviendo una época en la cual hay que resignificar los modos de transmisión. Nosotros nos sumamos a estos últimos, subrayando además nuestro interés en una reflexión que se centre en los agentes de la transmisión, para repensar los modelos de autoridad que operan en la transmisión de la fe.

La paradoja de la iniciación cristiana
En este marco global de crisis de las transmisiones se sitúa la crisis de la transmisión de la fe. La religión ha dejado de ser el factor determinante de la organización del conjunto de la vida personal y social. La socialización ocurre, por lo tanto, al margen de la religión, produciéndose de este modo la disociación entre socialización cultural y socialización religiosa.3

Cuando todo cambia, cuando lo conocido deja de ser seguro y los modelos se diluyen para perder su fuerza reguladora, la fe aparece como la ingenua realidad de otro tiempo, desacreditada y desactualizada.

La fe de la Iglesia no es ajena a esta situación. No hemos dejado de creer…, pero la realidad nos interpela a creer de otro modo… Y, a veces, no acertamos a descubrir cuál es ese modo nuevo. Nuestra misma fe está puesta en estado de transición, de cambio…Algunos han llegado a preguntarse si tiene futuro el cristianismo 4 o si los adultos de este tiempo seremos los últimos cristianos5.

En este panorama preocupante reviste especial importancia el tema de la iniciación cristiana. Sin necesidad de recurrir a investigaciones previas acerca de la cuestión, basta mirar nuestra propia experiencia pastoral para afirmar que la iniciación cristiana se ha transformado hoy en una paradoja. Lejos de ser un proceso capaz de iniciar al creyente en la vida cristiana, termina siendo la conclusión de la misma. Se trata, pues, de una iniciación que paradójicamente no inicia, sino que concluye.

Pastoralistas, pedagogos y muchas otras voces afirman que la iniciación cristiana requiere de un ámbito socio - comunitario en el cual pueda desarrollarse. Durante la cristiandad este ámbito estaba dado por la misma sociedad, puesto que socialización cultural y religiosa se identificaban.

Hoy cuando, según lo que expresábamos más arriba, una transcurre prescindiendo de la otra, habrá que especificar si lo comunitario sigue siendo condición necesaria para la iniciación cristiana y, en este caso, cuáles son actualmente los ámbitos que favorecen el proceso de iniciación cristiana.

A la primera especificación respondemos afirmativamente porque la iniciación cristiana supone unos valores y un estilo de vida a asumir y la identidad y la misión de las diversas comunidades determinan los valores que en ellas circulan. Así se hacen posibles verdaderos itinerarios educativos a través de los cuales las personas hacen suyos esos valores, configurando sus personalidades hacia opciones que perfeccionan la naturaleza humana.

Para que se transmita la fe son necesarias unas relaciones perdurables, confiables y seguras 6 a través de las cuales puedan vehiculizarse valores, principios, convicciones y creencias. Estas relaciones son hoy difíciles de hallar, porque quedan sometidas a la búsqueda de la autonomía y de la realización personal acerca de las cuales nos expresábamos en el punto anterior.

A la segunda especificación no le hallamos, en cambio, fácil respuesta. Si la sociedad toda no es ya ámbito para la transmisión de la fe y, mucho menos, para la iniciación cristiana, tampoco lo es la Iglesia - institución, pues ella queda implicada en el descrédito y en la desconfianza a las cuales la somete hoy la crisis de las instituciones y de la autoridad.

La familia, que fue durante mucho tiempo el ámbito por excelencia de iniciación cristiana, está hoy casi incapacitada para realizar esa misión. En el Congreso Internacional de Catequesis Familiar de Iniciación Eucarística realizado en Santiago de Chile durante el año 2005 se hablaba de la familia como "una agencia educativa en crisis".

Los niños y jóvenes viven en sus familias, no en pocas ocasiones, un silencio casi absoluto en cuanto a las cuestiones religiosas. Porque sus padres no tienen fe o porque, teniéndola no la practican, delegando la educación religiosa en otras organizaciones como la escuela o la parroquia. Es bastante habitual, también, que las familias posterguen la dimensión religiosa de la educación, dejando que sus hijos realicen, si lo creen necesario, alguna opción de fe en el futuro.

A esta altura de nuestra reflexión es oportuno preguntarnos cuáles son y dónde están aquellas comunidades en las cuales se viven hoy los valores y las opciones que subyacen a un auténtico proceso de iniciación cristiana. ¿Dónde es posible hoy encontrar comunidades fieles a su identidad, capaces de constituir el espacio adecuado para un verdadero proceso de iniciación cristiana que no esté condenado al fracaso o a la paradoja de cerrar, obstaculizar o finalizar la vida de fe de sus miembros?

Después del Primer Anuncio, la Catequesis está llamada a hacerse instrumento para la iniciación cristiana. Así como en el siglo pasado ella supo hacerse movimiento, dinamismo para la transformación, dando respuesta renovada al pensamiento neo - escolástico, hoy vive el desafío de responder a la crisis en la transmisión de la fe y encuentra uno de sus puntos más neurálgicos en el fracaso y en la paradoja de la iniciación cristiana.

Autoridad y matriz comunitaria

Definimos sencillamente el concepto de matriz comunitaria7 como el tejido vincular que entablan los miembros de una comunidad, a través del cual se expresan el estilo de vida de esa comunidad, sus opciones fundamentales, sus creencias, sus principios y los valores que subyacen a su obrar. La matriz comunitaria está, por lo tanto, íntimamente relacionada con la identidad y con la misión de la comunidad.

Es fácil comprender, desde esta perspectiva, la importancia que ella reviste. Los vínculos constituyen un delicado elemento de la realidad comunitaria. Cuando ellos están distorsionados o afectados por cuestiones internas o externas, puede verse condicionada la eficacia de la misión y puede confundirse la genuina identidad de la comunidad.

Esta apreciación adquiere especial relieve en este tiempo en el cual los vínculos toman, muchas veces, un carácter funcional subordinado a la búsqueda de la autorrealización y de la autonomía personal. Muchos hombres y mujeres de nuestras comunidades eclesiales no están exentos de esta situación. Buscan en la comunidad un espacio de reconocimiento y de seguridad que les evite el anonimato y la soledad.

Se entretejen así los más diversos vínculos. Ellos se extienden, en un amplísimo arco, desde las relaciones más transparentes y sanas hasta un tejido de confusión que busca aliviar distintas carencias no resueltas.

Se recurre, de este modo, a la comunidad en busca de confianza, amistad, reconocimiento, cercanía a la autoridad, seguridad, poder, contención, pertenencia… Y, si bien algunas búsquedas son humanamente legítimas, acarrean el peligro no menor de una comprensión errónea de la naturaleza de la comunidad.

Esta situación convive con la indiferencia o con la negación. No se la considera necesaria y se la ve como un espacio absolutamente ajeno a la propia vida. La comunidad eclesial es considerada, por muchos, un espacio que otros ocupan y del cual otros han de hacerse responsables.

Cuando la comunidad eclesial es vincularmente significativa, a veces, esos vínculos se convierten en la única motivación o, al menos, en la motivación más fuerte de todas las realizaciones comunitarias. Aquí reside la contradicción y el peligro.

Una comunidad eclesial cuya matriz comunitaria está centrada en vínculos distorsionados, en variadas coyunturas emocionales, en la desordenada búsqueda de uno mismo y en el vaivén de los sentimientos desvirtuados, difícilmente podrá ser espacio para una verdadera iniciación cristiana.

Una experiencia más madura de comunidad eclesial muestra, en cambio, que no son los vínculos la motivación más fuerte de la vida eclesial, sino que justamente es la misma y compartida misión la verdadera motivación que estrecha los vínculos de unidad.

Cuando la Psicología Social se refiere al tema de las matrices vinculares señala la influencia que distintos factores tienen en su génesis: las personalidades de los miembros de la comunidad; la particular configuración que se vaya produciendo entre ellas; la historia vincular previa; el proyecto comunitario, el entorno cultural, social y eclesial y la figura de autoridad que la conduce.

Nosotros tomaremos este último factor como prioritario por considerar que tiene especial incidencia en la configuración de la matriz comunitaria y porque creemos que este análisis puede resultar clarificador en el actual contexto de crisis de la autoridad.

Diversos investigadores8 han estudiado los comportamientos de grupos de personas que respondían a diversos modelos de autoridad 9. Pudo observarse así que la matriz comunitaria que se establecía, en cada caso, respondía al tipo de actitudes demostradas por la figura de autoridad.

"La persona que se encuentra frente al grupo sugiere o propone al mismo, con sus actitudes, un determinado modelo vincular: va marcando, de alguna manera, las pautas de la comunicación, a veces en forma evidente y manifiesta y, otras veces, con gestos más sutiles…La gente reacciona con aquellos aspectos o facetas propios que el estilo empleado potencia y se va consolidando así una determinada atmósfera grupal."10

Sin negar la crisis de autoridad suficientemente verificada por muchos, este aporte nos hace comprender que frente a la autoridad en sí misma, no a una autoridad genérica o abstracta, sino frente a la persona que la sustenta, se establece una dinámica comunitaria que los psicólogos sociales llaman interdependencia funcional. Se trata de una mutua y peculiar interacción entre las figuras de autoridad y los miembros de la comunidad, interacción a través de la cual se influyen y modifican mutuamente. De este modo, la acción pastoral y los procesos educativos resultan claramente influidos por la interdependencia funcional de los grupos en los cuales se desarrollan.

Queda así explicitada la incidencia que tienen los dirigentes en la configuración de la matriz vincular de una comunidad eclesial. Si ellos encarnan un estilo de vida evangélico, es más fácil que se propicie un clima comunitario en el cual circulen los valores del Evangelio.

La motivación más genuina de la acción de esta comunidad es la común misión de sus miembros, quienes se saben convocados a la obra de la evangelización. La comunidad se hace, entonces, propuesta de vida cristiana para todos los que se acercan y se favorece de este modo la iniciación cristiana de los que, habiendo recibido el Primer Anuncio, están dispuestos a seguir a Jesús haciéndose sus discípulos.

La iniciación cristiana, un proceso de encarnación de valores
Decíamos en el punto anterior que la encarnación de un estilo de vida evangélico en los dirigentes de una comunidad eclesial favorece la circulación de los valores del Evangelio entre sus miembros. La comunidad se hace atrayente y cautiva a los que no forman parte de ella. Se actualiza en esta dinámica el "miren cómo se aman" de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles.

La encarnación de valores constituye una propuesta que la filosofía realista ofrece a la educación. Su riqueza y pertinencia nos llevan a asumirla como camino válido para la iniciación cristiana. Edith Stein, filósofa y teóloga carmelita, cuyo pensamiento fue divulgado y profundizado en nuestro país por Emilio Komar, solía referirse a la "irradiación de valores", afirmando que el punto de llegada de toda tarea formativa es precisamente la "encarnación".

Los valores11 tienen un doble aspecto. Se viven (aspecto de encarnación) y valen (aspecto energético). Tienen fuerza, impulsan, motivan, arrastran por su propio peso. Si la comunidad ha encarnado en su vida los valores del Evangelio, ellos se constituyen en fuerza generadora de conversión y crecimiento. Una comunidad que vive el Evangelio lo irradia, lo muestra, lo propone y se hace más capaz de provocar la adhesión de los que reciben la propuesta.

Contrariamente a la encarnación estampa que, desde afuera, pretende inculcar valores desde la persuasión, el adoctrinamiento o el discurso rutinario, esta propuesta supone un camino inverso. La encarnación de los valores pasa por el corazón.

"Esto quiere decir que si los pretendidos valores no hablan al corazón, si el corazón no ha sido arrastrado por el peso propio de ellos, atraído por su evidente valiosidad, la encarnación ya no es posible. Esta evidencia ha sido expresada de manera sencilla por Edith Stein: En la educación, en la formación del alma y del hombre entero obra todo aquello que ha sido asumido en el interior del alma. La exigencia de la encarnación es inseparable de la exigencia de la interioridad".12

Si la tarea propia de la catequesis es, sobre todo, la iniciación cristiana y si nosotros asumimos la propuesta de la encarnación de valores como camino válido para la iniciación cristiana, es oportuno preguntarnos entonces cómo ha de ser la catequesis que se abre a esta propuesta.

Creemos que han de caracterizarla las siguientes notas:

Una catequesis del testimonio que se apoye en la vida del catequista y de la comunidad que lo envía. Porque la vida irradia el valor y sostiene el anuncio.
Una catequesis del anuncio

que, al modo de la Encarnación, traduzca en palabras humanas y comprensibles la Palabra que Dios dice a los hombres. Porque el valor ha de ser explícito, como se hizo explícito el Padre a través del Hijo.

Una catequesis de la comunidad Porque a imagen y semejanza de la Trinidad, la comunidad vive su misión para que los valores del Evangelio circulen, como respuesta de fe, a través de la vida de todos los hombres y mujeres llamados a formar parte del Pueblo de Dios.
Una catequesis del diálogo Porque el catequista ha de saber valorar el trabajo realizado por el grupo, evitando sus propias síntesis. Sin pretender imponer el valor desde afuera, ha de aprender a escuchar lo que dicen los interlocutores, valorando así el lenguaje de la comunidad eclesial que se expresa.
Una catequesis de la proposición Porque durante mucho tiempo, la catequesis ha sido una catequesis del debe ser. No es éste el tiempo del discurso doctrinario que impone, no es el tiempo de la "encarnación estampa", impuesta desde afuera y por la fuerza. Es tiempo de proponer la fe, a través de una verdadera experiencia personal realizada en el seno de una comunidad iniciadora. Para que los catequizandos y catecúmenos puedan vivir una experiencia de valores que los introduzcan en la iniciación a la vida cristiana, verdadera y fundamental finalidad de la catequesis.

Del ejemplo a la experiencia personal: el rol de la autoridad en la encarnación de los valores comunitarios

La "encarnación estampa" responde a un modelo de autoridad, poseedora del saber, de la fuerza, del premio y del castigo. Éste es el modelo de autoridad que hoy está en absoluta crisis. Frente a ella sólo queda obedecer o desobedecer, imitarla o rebelarse…

La encarnación de valores sustituye el ejemplo y el discurso doctrinario por la experiencia personal. Cualquier experiencia vivida en plenitud no nos deja indiferentes. Cala hondo en nuestras vidas y nos transforma. "A medida que las experiencias son profundas y auténticas, las personas quedan transformadas, cambiadas. Es difícil que haga verdadera experiencia quien no está dispuesto a cambiar, así como es difícil cambiar de vida, si no se viven experiencias significativas."13

Esta propuesta supone un modelo de autoridad que deja espacio a la experiencia personal de los miembros de la comunidad. Justamente la palabra autoridad significa etimológicamente "autoría", que es la propiedad del "autor", del que produce, del que hace nacer y crecer. Ahondando en este mismo sentido, digamos que principio, para un ser, es aquello de lo cual recibe alguna perfección. Ésta es la verdadera autoridad, la que deja crecer en la línea de lo propio para tender a la perfección.

El crecimiento no es mera repetición o imitación de un ejemplo dado por otro. Una antigua historia del noroeste argentino, que narra la iniciación del alfarero, explica sencilla y simbólicamente esto que acabamos de decir.

El anciano alfarero entrega al aprendiz su mejor y más hermosa vasija. El joven la recibe con el respeto y la unción del que sabe que está aceptando la herencia más preciada. Pero lejos de repetir en sus trabajos la perfección de la obra recibida, él la estrella contra la tierra y la vasija se rompe en mil pedazos diversos. Cada uno de ellos es introducido luego en las distintas vasijas que el joven artesano crea a lo largo de su vida de alfarero.

Éste es el modelo de autoridad que proponemos para la encarnación de valores en una comunidad que inicia a la vida cristiana. No la autoridad que impone, desde afuera, un modelo para que lo repitan imperfecta y pobremente, en estereotipados y superficiales actos, sino una autoridad que favorece la experiencia personal. Una autoridad que se atreve a crecer y a dejar crecer.

Dirigentes que se animan a proponer la vida como testimonio, explicitándolo en el anuncio, para que muchos otros lo reciban y lo recreen en la propia experiencia de fe personal e intransferible. Ésta es, tal vez, la nota más distintiva de este modelo de autoridad para la iniciación cristiana que proponemos para este tiempo de crisis en las transmisiones. Una autoridad que admite la desregulación de la fe, actuando un nuevo modelo de transmisión, que va de "la simple reproducción de la religiosidad de padres y maestros a la pluralidad de identidades religiosas".14

Alguien dijo una vez que la fe "no se clona"15 . No hay experiencias de fe idénticas y esto supone itinerarios de fe diversos. Los hombres y las mujeres de este tiempo van a llegar a nuestras comunidades a distintas edades y en distintas situaciones de fe. La personalización de los itinerarios puede ser el camino de reconstrucción de la actual paradoja de la iniciación cristiana.

Distintos investigadores 16 europeos han clasificado ya algunos itinerarios de la religiosidad juvenil. Nuestro continente latinoamericano nos ofrece una realidad diversa, a partir de la cual nos quedan muchas cuestiones abiertas. Creemos oportuno, entonces…

a. profundizar en las investigaciones realizadas para confrontar esos itinerarios con nuestra realidad juvenil.

b. determinar si es preciso establecer nuevas clasificaciones que respondan a nuestra idiosincrasia.

c. atrevernos a plantear itinerarios para la realidad de nuestros interlocutores adultos.
d. desarrollar y profundizar el concepto de personalización de los itinerarios y finalmente…
e. hacer propuestas concretas para una praxis transformada de la iniciación cristiana, a partir de la personalización de los itinerarios.

Equipo ISCA

1. Cfr. Velasco, Juan Martín "La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea". Ed. Sal Terrae Santander 2002 Pág. 40 - 80
2. LPNE, 1990
3. Cfr. Velazo, Juan Martín. Obra citada.
4. Cfr. Alberich, Emilio. "Catequesis evangelizadora". Ed. Abya - Yala. Quito. 2003. Pág. 15
5. Cfr. Velazco, Juan Martín. Obra citada.
6. Velazco, Juan Martín. Obra citada.
7. Acerca del tema de las matrices vinculares puede consultarse la obra de Telma Barreiro, "Trabajos en grupo". Ed. Novedades Educativas. Buenos Aires. 2000. Pág. 55 y ss.
8. Lippit y White y Bany, M. y Johnson, entre otros.
9. Los más conocidos son el autoritario, el democrático y el "laissez - faire".
10. Barreiro, Telma. Obra mencionada. Pág. 71.
11.Komar, Emilio. "La encarnación de los valores" en "Orden y misterio". Emecé Editores. Buenos Aires. 1996.
12. Cfr. Komar, Emilio. Obra citada. Pág. 154.
13. Alberich, Emilio. "La catequesis en la Iglesia". Ed. CCS. Madrid. 1991.
14. Velazco, Juan Martín. Obra citada.
15. Dr. Marcelo González durante las III Jornadas Nacionales de Catequética. Ver Documento de Apertura en www.isca.org.ar
16. J. González-Anleo, J. Elzo D. Hervieu-Léger y Roland Campiche, entre otros.

 
 

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