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Algunas
notas de este tiempo
El tiempo en el que vivimos se despliega
desafiante entre preguntas que no
encuentran respuestas y ensayos de
nuevos paradigmas. El desencanto,
como nota repetida y subyacente, se
manifiesta como rebeldía, desconfianza,
resignación o escepticismo.
La increencia parece haberse adueñado
de las conciencias. En las opciones
personales se busca, afanosamente,
una seguridad que ya casi nadie parece
ofrecer. A veces, las deliberaciones
conducen a planteos individualistas
y cerrados en los cuales el bien y
la verdad se hacen funcionales a las
propias necesidades
El diálogo se prostituye, a
veces, en negociaciones y en dinámicas
conversacionales ilegítimas.
El bien hablar o ciertas condiciones
de liderazgo se manifiestan como formas
de poder, con las cuales se obstaculiza
gravemente la búsqueda del
bien y la verdad. Y se concluye así
en una especie de engañosa
parodia del consenso y de la participación.
Algunos califican la sociedad actual
llamándola "amnésica"1
. Se observa un rechazo al patrimonio
cultural de las generaciones pasadas.
El conocido proverbio "todo tiempo
pasado fue mejor" parece ser
reemplazado hoy por otro, justamente,
opuesto: "todo tiempo pasado
fue peor y digno de ser olvidado".
Por otro lado, hay en este tiempo
una legítima búsqueda
orientada al desarrollo de las diversas
capacidades individuales y, a la vez,
se valora y se favorece una concepción
de trabajo colaborativo que potencia
el crecimiento personal. La autonomía,
como vía de realización,
ocupa un espacio muy significativo
a la hora de las decisiones, contribuyendo,
muchas veces, a la consolidación
de personalidades maduras e integradas.
En otras ocasiones la búsqueda
de la autonomía y de la realización
personal se plantea como una exigencia
exacerbada en función de la
cual se resuelven distintos aspectos
de la vida humana. La familia, la
profesión, la religiosidad
se hacen, a veces, funcionales a esa
exigencia, condicionándose
de este modo hasta las motivaciones
más profundas de la persona.
Este tiempo peculiar, que avanza entre
dilemas y búsquedas, nos ofrece
la riqueza de una creciente valoración
de la diversidad, la comunicación
y la tolerancia. Mientras se mantiene
el reclamo de "una justicia social
demasiado largamente esperada"2
, en algunos sectores se alzan claras
voces a favor de la persona y de sus
derechos y se realizan acciones inspiradas
en la equidad y en ideales solidarios.
Las contradicciones de la hora actual
nos hablan de un contexto de crisis.
Algo se ha roto para dejar de ser
como era y para empezar a ser de un
modo nuevo. La autoridad, tal como
se la concebía en otro tiempo,
está en crisis. Ella parece
haber absorbido gran parte de las
manifestaciones del desencanto postmoderno.
El cuestionamiento a su proceder constituye
ya un lugar bastante común
y, reiteradamente, se le atribuyen
actitudes de autoritarismo, falsedad
e injusticia.
Asistimos a una crisis generalizada
de las transmisiones. El lenguaje
y el diálogo están en
crisis. Algunos se preguntan, casi
apocalípticamente, si se han
interrumpido las transmisiones que
una generación hace a la otra.
Otros creen que estamos viviendo una
época en la cual hay que resignificar
los modos de transmisión. Nosotros
nos sumamos a estos últimos,
subrayando además nuestro interés
en una reflexión que se centre
en los agentes de la transmisión,
para repensar los modelos de autoridad
que operan en la transmisión
de la fe.
La
paradoja de la iniciación cristiana
En este marco global de crisis de
las transmisiones se sitúa
la crisis de la transmisión
de la fe. La religión ha dejado
de ser el factor determinante de la
organización del conjunto de
la vida personal y social. La socialización
ocurre, por lo tanto, al margen de
la religión, produciéndose
de este modo la disociación
entre socialización cultural
y socialización religiosa.3
Cuando todo cambia, cuando lo conocido
deja de ser seguro y los modelos se
diluyen para perder su fuerza reguladora,
la fe aparece como la ingenua realidad
de otro tiempo, desacreditada y desactualizada.
La fe de la Iglesia no es ajena a
esta situación. No hemos dejado
de creer
, pero la realidad nos
interpela a creer de otro modo
Y, a veces, no acertamos a descubrir
cuál es ese modo nuevo. Nuestra
misma fe está puesta en estado
de transición, de cambio
Algunos
han llegado a preguntarse si tiene
futuro el cristianismo 4
o si los adultos de este tiempo seremos
los últimos cristianos5.
En este panorama preocupante reviste
especial importancia el tema de la
iniciación cristiana. Sin necesidad
de recurrir a investigaciones previas
acerca de la cuestión, basta
mirar nuestra propia experiencia pastoral
para afirmar que la iniciación
cristiana se ha transformado hoy en
una paradoja. Lejos de ser un proceso
capaz de iniciar al creyente en la
vida cristiana, termina siendo la
conclusión de la misma. Se
trata, pues, de una iniciación
que paradójicamente no inicia,
sino que concluye.
Pastoralistas, pedagogos y muchas
otras voces afirman que la iniciación
cristiana requiere de un ámbito
socio - comunitario en el cual pueda
desarrollarse. Durante la cristiandad
este ámbito estaba dado por
la misma sociedad, puesto que socialización
cultural y religiosa se identificaban.
Hoy cuando, según lo que expresábamos
más arriba, una transcurre
prescindiendo de la otra, habrá
que especificar si lo comunitario
sigue siendo condición necesaria
para la iniciación cristiana
y, en este caso, cuáles son
actualmente los ámbitos que
favorecen el proceso de iniciación
cristiana.
A la primera especificación
respondemos afirmativamente porque
la iniciación cristiana supone
unos valores y un estilo de vida a
asumir y la identidad y la misión
de las diversas comunidades determinan
los valores que en ellas circulan.
Así se hacen posibles verdaderos
itinerarios educativos a través
de los cuales las personas hacen suyos
esos valores, configurando sus personalidades
hacia opciones que perfeccionan la
naturaleza humana.
Para que se transmita la fe son necesarias
unas relaciones perdurables, confiables
y seguras 6
a través de las cuales puedan
vehiculizarse valores, principios,
convicciones y creencias. Estas relaciones
son hoy difíciles de hallar,
porque quedan sometidas a la búsqueda
de la autonomía y de la realización
personal acerca de las cuales nos
expresábamos en el punto anterior.
A la segunda especificación
no le hallamos, en cambio, fácil
respuesta. Si la sociedad toda no
es ya ámbito para la transmisión
de la fe y, mucho menos, para la iniciación
cristiana, tampoco lo es la Iglesia
- institución, pues ella queda
implicada en el descrédito
y en la desconfianza a las cuales
la somete hoy la crisis de las instituciones
y de la autoridad.
La familia, que fue durante mucho
tiempo el ámbito por excelencia
de iniciación cristiana, está
hoy casi incapacitada para realizar
esa misión. En el Congreso
Internacional de Catequesis Familiar
de Iniciación Eucarística
realizado en Santiago de Chile durante
el año 2005 se hablaba de la
familia como "una agencia educativa
en crisis".
Los niños y jóvenes
viven en sus familias, no en pocas
ocasiones, un silencio casi absoluto
en cuanto a las cuestiones religiosas.
Porque sus padres no tienen fe o porque,
teniéndola no la practican,
delegando la educación religiosa
en otras organizaciones como la escuela
o la parroquia. Es bastante habitual,
también, que las familias posterguen
la dimensión religiosa de la
educación, dejando que sus
hijos realicen, si lo creen necesario,
alguna opción de fe en el futuro.
A esta altura de nuestra reflexión
es oportuno preguntarnos cuáles
son y dónde están aquellas
comunidades en las cuales se viven
hoy los valores y las opciones que
subyacen a un auténtico proceso
de iniciación cristiana. ¿Dónde
es posible hoy encontrar comunidades
fieles a su identidad, capaces de
constituir el espacio adecuado para
un verdadero proceso de iniciación
cristiana que no esté condenado
al fracaso o a la paradoja de cerrar,
obstaculizar o finalizar la vida de
fe de sus miembros?
Después del Primer Anuncio,
la Catequesis está llamada
a hacerse instrumento para la iniciación
cristiana. Así como en el siglo
pasado ella supo hacerse movimiento,
dinamismo para la transformación,
dando respuesta renovada al pensamiento
neo - escolástico, hoy vive
el desafío de responder a la
crisis en la transmisión de
la fe y encuentra uno de sus puntos
más neurálgicos en el
fracaso y en la paradoja de la iniciación
cristiana.
Autoridad y matriz comunitaria
Definimos sencillamente el concepto
de matriz comunitaria7
como el tejido vincular que entablan
los miembros de una comunidad, a través
del cual se expresan el estilo de
vida de esa comunidad, sus opciones
fundamentales, sus creencias, sus
principios y los valores que subyacen
a su obrar. La matriz comunitaria
está, por lo tanto, íntimamente
relacionada con la identidad y con
la misión de la comunidad.
Es fácil comprender, desde
esta perspectiva, la importancia que
ella reviste. Los vínculos
constituyen un delicado elemento de
la realidad comunitaria. Cuando ellos
están distorsionados o afectados
por cuestiones internas o externas,
puede verse condicionada la eficacia
de la misión y puede confundirse
la genuina identidad de la comunidad.
Esta apreciación adquiere especial
relieve en este tiempo en el cual
los vínculos toman, muchas
veces, un carácter funcional
subordinado a la búsqueda de
la autorrealización y de la
autonomía personal. Muchos
hombres y mujeres de nuestras comunidades
eclesiales no están exentos
de esta situación. Buscan en
la comunidad un espacio de reconocimiento
y de seguridad que les evite el anonimato
y la soledad.
Se entretejen así los más
diversos vínculos. Ellos se
extienden, en un amplísimo
arco, desde las relaciones más
transparentes y sanas hasta un tejido
de confusión que busca aliviar
distintas carencias no resueltas.
Se recurre, de este modo, a la comunidad
en busca de confianza, amistad, reconocimiento,
cercanía a la autoridad, seguridad,
poder, contención, pertenencia
Y, si bien algunas búsquedas
son humanamente legítimas,
acarrean el peligro no menor de una
comprensión errónea
de la naturaleza de la comunidad.
Esta situación convive con
la indiferencia o con la negación.
No se la considera necesaria y se
la ve como un espacio absolutamente
ajeno a la propia vida. La comunidad
eclesial es considerada, por muchos,
un espacio que otros ocupan y del
cual otros han de hacerse responsables.
Cuando la comunidad eclesial es vincularmente
significativa, a veces, esos vínculos
se convierten en la única motivación
o, al menos, en la motivación
más fuerte de todas las realizaciones
comunitarias. Aquí reside la
contradicción y el peligro.
Una comunidad eclesial cuya matriz
comunitaria está centrada en
vínculos distorsionados, en
variadas coyunturas emocionales, en
la desordenada búsqueda de
uno mismo y en el vaivén de
los sentimientos desvirtuados, difícilmente
podrá ser espacio para una
verdadera iniciación cristiana.
Una experiencia más madura
de comunidad eclesial muestra, en
cambio, que no son los vínculos
la motivación más fuerte
de la vida eclesial, sino que justamente
es la misma y compartida misión
la verdadera motivación que
estrecha los vínculos de unidad.
Cuando la Psicología Social
se refiere al tema de las matrices
vinculares señala la influencia
que distintos factores tienen en su
génesis: las personalidades
de los miembros de la comunidad; la
particular configuración que
se vaya produciendo entre ellas; la
historia vincular previa; el proyecto
comunitario, el entorno cultural,
social y eclesial y la figura de autoridad
que la conduce.
Nosotros tomaremos este último
factor como prioritario por considerar
que tiene especial incidencia en la
configuración de la matriz
comunitaria y porque creemos que este
análisis puede resultar clarificador
en el actual contexto de crisis de
la autoridad.
Diversos investigadores8
han estudiado los comportamientos
de grupos de personas que respondían
a diversos modelos de autoridad 9.
Pudo observarse así que la
matriz comunitaria que se establecía,
en cada caso, respondía al
tipo de actitudes demostradas por
la figura de autoridad.
"La persona que se encuentra
frente al grupo sugiere o propone
al mismo, con sus actitudes, un determinado
modelo vincular: va marcando, de alguna
manera, las pautas de la comunicación,
a veces en forma evidente y manifiesta
y, otras veces, con gestos más
sutiles
La gente reacciona con
aquellos aspectos o facetas propios
que el estilo empleado potencia y
se va consolidando así una
determinada atmósfera grupal."10
Sin negar la crisis de autoridad suficientemente
verificada por muchos, este aporte
nos hace comprender que frente a la
autoridad en sí misma, no a
una autoridad genérica o abstracta,
sino frente a la persona que la sustenta,
se establece una dinámica comunitaria
que los psicólogos sociales
llaman interdependencia funcional.
Se trata de una mutua y peculiar interacción
entre las figuras de autoridad y los
miembros de la comunidad, interacción
a través de la cual se influyen
y modifican mutuamente. De este modo,
la acción pastoral y los procesos
educativos resultan claramente influidos
por la interdependencia funcional
de los grupos en los cuales se desarrollan.
Queda así explicitada la incidencia
que tienen los dirigentes en la configuración
de la matriz vincular de una comunidad
eclesial. Si ellos encarnan un estilo
de vida evangélico, es más
fácil que se propicie un clima
comunitario en el cual circulen los
valores del Evangelio.
La motivación más genuina
de la acción de esta comunidad
es la común misión de
sus miembros, quienes se saben convocados
a la obra de la evangelización.
La comunidad se hace, entonces, propuesta
de vida cristiana para todos los que
se acercan y se favorece de este modo
la iniciación cristiana de
los que, habiendo recibido el Primer
Anuncio, están dispuestos a
seguir a Jesús haciéndose
sus discípulos.
La
iniciación cristiana, un proceso
de encarnación de valores
Decíamos en el punto anterior
que la encarnación de un estilo
de vida evangélico en los dirigentes
de una comunidad eclesial favorece
la circulación de los valores
del Evangelio entre sus miembros.
La comunidad se hace atrayente y cautiva
a los que no forman parte de ella.
Se actualiza en esta dinámica
el "miren cómo se aman"
de la comunidad de los Hechos de los
Apóstoles.
La encarnación de valores constituye
una propuesta que la filosofía
realista ofrece a la educación.
Su riqueza y pertinencia nos llevan
a asumirla como camino válido
para la iniciación cristiana.
Edith Stein, filósofa y teóloga
carmelita, cuyo pensamiento fue divulgado
y profundizado en nuestro país
por Emilio Komar, solía referirse
a la "irradiación de valores",
afirmando que el punto de llegada
de toda tarea formativa es precisamente
la "encarnación".
Los valores11
tienen un doble aspecto. Se viven
(aspecto de encarnación) y
valen (aspecto energético).
Tienen fuerza, impulsan, motivan,
arrastran por su propio peso. Si la
comunidad ha encarnado en su vida
los valores del Evangelio, ellos se
constituyen en fuerza generadora de
conversión y crecimiento. Una
comunidad que vive el Evangelio lo
irradia, lo muestra, lo propone y
se hace más capaz de provocar
la adhesión de los que reciben
la propuesta.
Contrariamente a la encarnación
estampa que, desde afuera, pretende
inculcar valores desde la persuasión,
el adoctrinamiento o el discurso rutinario,
esta propuesta supone un camino inverso.
La encarnación de los valores
pasa por el corazón.
"Esto quiere decir que si los
pretendidos valores no hablan al corazón,
si el corazón no ha sido arrastrado
por el peso propio de ellos, atraído
por su evidente valiosidad, la encarnación
ya no es posible. Esta evidencia ha
sido expresada de manera sencilla
por Edith Stein: En la educación,
en la formación del alma y
del hombre entero obra todo aquello
que ha sido asumido en el interior
del alma. La exigencia de la encarnación
es inseparable de la exigencia de
la interioridad".12
Si la tarea propia de la catequesis
es, sobre todo, la iniciación
cristiana y si nosotros asumimos la
propuesta de la encarnación
de valores como camino válido
para la iniciación cristiana,
es oportuno preguntarnos entonces
cómo ha de ser la catequesis
que se abre a esta propuesta.
Creemos que han de caracterizarla
las siguientes notas:
|
Una catequesis
del testimonio |
que se apoye en la vida del catequista
y de la comunidad que lo envía.
Porque la vida irradia el valor
y sostiene el anuncio. |
|
Una catequesis
del anuncio |
que,
al modo de la Encarnación,
traduzca en palabras humanas
y comprensibles la Palabra que
Dios dice a los hombres. Porque
el valor ha de ser explícito,
como se hizo explícito
el Padre a través del
Hijo.
|
| Una
catequesis de la comunidad |
Porque a imagen y semejanza de
la Trinidad, la comunidad vive
su misión para que los
valores del Evangelio circulen,
como respuesta de fe, a través
de la vida de todos los hombres
y mujeres llamados a formar parte
del Pueblo de Dios. |
| Una
catequesis del diálogo |
Porque el catequista ha de saber
valorar el trabajo realizado por
el grupo, evitando sus propias
síntesis. Sin pretender
imponer el valor desde afuera,
ha de aprender a escuchar lo que
dicen los interlocutores, valorando
así el lenguaje de la comunidad
eclesial que se expresa. |
|
Una catequesis
de la proposición |
Porque durante mucho tiempo, la
catequesis ha sido una catequesis
del debe ser. No es éste
el tiempo del discurso doctrinario
que impone, no es el tiempo de
la "encarnación estampa",
impuesta desde afuera y por la
fuerza. Es tiempo de proponer
la fe, a través de una
verdadera experiencia personal
realizada en el seno de una comunidad
iniciadora. Para que los catequizandos
y catecúmenos puedan vivir
una experiencia de valores que
los introduzcan en la iniciación
a la vida cristiana, verdadera
y fundamental finalidad de la
catequesis. |
Del
ejemplo a la experiencia personal:
el rol de la autoridad en la encarnación
de los valores comunitarios
La "encarnación estampa"
responde a un modelo de autoridad,
poseedora del saber, de la fuerza,
del premio y del castigo. Éste
es el modelo de autoridad que hoy
está en absoluta crisis. Frente
a ella sólo queda obedecer
o desobedecer, imitarla o rebelarse
La encarnación de valores sustituye
el ejemplo y el discurso doctrinario
por la experiencia personal. Cualquier
experiencia vivida en plenitud no
nos deja indiferentes. Cala hondo
en nuestras vidas y nos transforma.
"A medida que las experiencias
son profundas y auténticas,
las personas quedan transformadas,
cambiadas. Es difícil que haga
verdadera experiencia quien no está
dispuesto a cambiar, así como
es difícil cambiar de vida,
si no se viven experiencias significativas."13
Esta propuesta supone un modelo de
autoridad que deja espacio a la experiencia
personal de los miembros de la comunidad.
Justamente la palabra autoridad significa
etimológicamente "autoría",
que es la propiedad del "autor",
del que produce, del que hace nacer
y crecer. Ahondando en este mismo
sentido, digamos que principio, para
un ser, es aquello de lo cual recibe
alguna perfección. Ésta
es la verdadera autoridad, la que
deja crecer en la línea de
lo propio para tender a la perfección.
El crecimiento no es mera repetición
o imitación de un ejemplo dado
por otro. Una antigua historia del
noroeste argentino, que narra la iniciación
del alfarero, explica sencilla y simbólicamente
esto que acabamos de decir.
El anciano alfarero entrega al aprendiz
su mejor y más hermosa vasija.
El joven la recibe con el respeto
y la unción del que sabe que
está aceptando la herencia
más preciada. Pero lejos de
repetir en sus trabajos la perfección
de la obra recibida, él la
estrella contra la tierra y la vasija
se rompe en mil pedazos diversos.
Cada uno de ellos es introducido luego
en las distintas vasijas que el joven
artesano crea a lo largo de su vida
de alfarero.
Éste es el modelo de autoridad
que proponemos para la encarnación
de valores en una comunidad que inicia
a la vida cristiana. No la autoridad
que impone, desde afuera, un modelo
para que lo repitan imperfecta y pobremente,
en estereotipados y superficiales
actos, sino una autoridad que favorece
la experiencia personal. Una autoridad
que se atreve a crecer y a dejar crecer.
Dirigentes que se animan a proponer
la vida como testimonio, explicitándolo
en el anuncio, para que muchos otros
lo reciban y lo recreen en la propia
experiencia de fe personal e intransferible.
Ésta es, tal vez, la nota más
distintiva de este modelo de autoridad
para la iniciación cristiana
que proponemos para este tiempo de
crisis en las transmisiones. Una autoridad
que admite la desregulación
de la fe, actuando un nuevo modelo
de transmisión, que va de "la
simple reproducción de la religiosidad
de padres y maestros a la pluralidad
de identidades religiosas".14
Alguien dijo una vez que la fe "no
se clona"15
. No hay experiencias de fe idénticas
y esto supone itinerarios de fe diversos.
Los hombres y las mujeres de este
tiempo van a llegar a nuestras comunidades
a distintas edades y en distintas
situaciones de fe. La personalización
de los itinerarios puede ser el camino
de reconstrucción de la actual
paradoja de la iniciación cristiana.
Distintos investigadores 16
europeos han clasificado ya algunos
itinerarios de la religiosidad juvenil.
Nuestro continente latinoamericano
nos ofrece una realidad diversa, a
partir de la cual nos quedan muchas
cuestiones abiertas. Creemos oportuno,
entonces
| a.
profundizar en las investigaciones
realizadas para confrontar esos
itinerarios con nuestra realidad
juvenil. |
|
b.
determinar si es preciso establecer
nuevas clasificaciones que respondan
a nuestra idiosincrasia.
|
|
c.
atrevernos a plantear itinerarios
para la realidad de nuestros interlocutores
adultos. |
|
d.
desarrollar y profundizar el concepto
de personalización de los
itinerarios y finalmente
|
| e.
hacer propuestas concretas para
una praxis transformada de la
iniciación cristiana, a
partir de la personalización
de los itinerarios. |
Equipo ISCA
1.
Cfr. Velasco, Juan Martín "La
transmisión de la fe en la
sociedad contemporánea".
Ed. Sal Terrae Santander 2002 Pág.
40 - 80
2. LPNE, 1990
3. Cfr. Velazo, Juan Martín.
Obra citada.
4. Cfr. Alberich, Emilio. "Catequesis
evangelizadora". Ed. Abya - Yala.
Quito. 2003. Pág. 15
5. Cfr. Velazco, Juan Martín.
Obra citada.
6. Velazco, Juan Martín. Obra
citada.
7. Acerca del tema de las matrices
vinculares puede consultarse la obra
de Telma Barreiro, "Trabajos
en grupo". Ed. Novedades Educativas.
Buenos Aires. 2000. Pág. 55
y ss.
8. Lippit y White y Bany, M. y Johnson,
entre otros.
9. Los más conocidos son el
autoritario, el democrático
y el "laissez - faire".
10. Barreiro, Telma. Obra mencionada.
Pág. 71.
11.Komar, Emilio. "La encarnación
de los valores" en "Orden
y misterio". Emecé Editores.
Buenos Aires. 1996.
12. Cfr. Komar, Emilio. Obra citada.
Pág. 154.
13. Alberich, Emilio. "La catequesis
en la Iglesia". Ed. CCS. Madrid.
1991.
14. Velazco, Juan Martín. Obra
citada.
15. Dr. Marcelo González durante
las III Jornadas Nacionales de Catequética.
Ver Documento de Apertura en www.isca.org.ar
16. J. González-Anleo, J. Elzo
D. Hervieu-Léger y Roland Campiche,
entre otros.
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