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Para la Iglesia
actual
Las actividades pastorales relacionadas
con la iniciación cristiana
suscitan hoy en la Iglesia a la vez
interés y preocupación.
Tanto en los ámbitos de la
reflexión teológica,
como en los de la práctica
pastoral se advierte la necesidad
de recuperar hoy el sentido de la
iniciación cristiana y conceder
a la misma el lugar que le corresponde
en la vida de la Iglesia.
Varias son las razones de estas nuevas
sensibilidades.
Durante mucho tiempo fue la familia
la principal responsable de iniciar
a sus hijos en la fe. La Iglesia confió
a padres y padrinos la formación
el aprendizaje de la fe y de la vida
cristiana, conforme a los compromisos
bautismales adquiridos. Los padres
explicaban y ayudaban a comprender
a sus hijos la fe recibida en el Bautismo
y, puesto que la familia constituía
en muchos casos un ámbito de
fe, los hijos aprendían, viviendo
en el seno de la familia, la fe que
presidía la vida común.
A su vez, la propia sociedad civil,
sociológicamente unida a la
Iglesia, llegó a desempeñar
de modo espontáneo la función
de “catecumenado social”
integrando a todos en un mismo horizonte
de comprensión y de sentido.
Sin embargo hoy no es posible pensar
en una iniciación así
realizada casi de modo “espontáneo”
por influjo del ambiente. La nueva
situación cultural y social
presenta los perfiles de una fuerte
secularización que determina,
en muchos casos, el debilitamiento
y hasta el abandono de la fe. Una
situación que lleva a muchos
miembros de la Iglesia a tener conciencia
de diáspora respecto del mundo,
y a los pastores a la necesidad de
impulsar una acción pastoral
evangelizadora y misionera, que lleve
a la conversión y a la adhesión
a Dios, y que atienda a la consolidación
y fortalecimiento de la fe de los
bautizados.
La familia, por su parte, recibe también
este impacto y de hecho raramente
constituye hoy un ámbito cristiano
capaz de “formar” a sus
hijos en la fe recibida. Su función
educativa, en general, ha sido ocupada
por otras instancias, y, en relación
con la educación cristiana
la quiebra de responsabilidades es
evidente.
En esta situación tiene lugar
la recepción del Bautismo y
la práctica posterior de la
catequesis de iniciación cristiana.
Por otra parte, hoy vemos cómo
un buen número de nuestros
bautizados o no están iniciados
en la fe, porque nunca tuvieron la
oportunidad de una auténtica
catequesis, o lo están de modo
deficiente e incompleto, de manera
que difícilmente podrán
permanecer fieles a los compromisos
bautismales.
A pesar de los muchos esfuerzos realizador
y de loa avances indudables de la
renovación catequética,
las dificultades de la transmisión
de la fe permanecen, a pesar de los
muchos y generosos proyectos emprendidos,
el afianzamiento de la fe de muchos
de nuestros bautizados no acaba de
lograrse.
Todas estas realidades van suscitando
en la Iglesia la necesidad de revisar
en profundidad la pastoral de la iniciación
y restablecer, en toda su originalidad,
la iniciación cristiana.
Pero no todo obedece a problemas y
dificultades. El nuevo y vigoroso
interés por la iniciación
cristiana procede también de
otros factores como el conocimiento
mayor de la obra catequética
de los Padres de la Iglesia, la renovación
catequética y litúrgica
posconciliar, los recientes trabajos
de investigación histórica
y teológica sobre la iniciación
cristiana, la creciente conciencia
misionera y maternal de la Iglesia
en relación con la educación
en la fe de los nuevos creyentes,
y, en fin, el impulso dado por el
Concilio Vaticano II y por las orientaciones
posteriores del Magisterio de la Iglesia.
Todo concurre para poner en evidencia
el sentido profundo que tiene la iniciación
cristiana y la necesidad para la Iglesia
de otorgar a su ejercicio la prioridad
que corresponde. La iniciación
cristiana remite al corazón
mismo de la Iglesia, porque pone en
juego las realidades más profundas
de la fe como son la transmisión
del Mensaje revelado, la manifestación
en la vida de la Iglesia de la presencia
salvadora de Cristo, la llamada al
hombre a la conversión, al
abandono del pecado y a la adhesión
a Dios, y, finalmente, la incorporación
a la vida divina por el sacramento
del Bautismo. Todo confluye, para
el bautizado, en una nueva realidad:
la vida de Cristo, verdadero y nuevo
nacimiento que exige un tiempo de
gestación, es decir, un proceso
de iniciación cristiana.
Por eso, en relación con la
iniciación cristiana no es
suficiente preguntarse sobre cómo
administrar y celebrar los sacramentos
de iniciación, o cómo
prepararse catequéticamente
a ellos. Hemos de preguntarnos, ante
todo, cómo impulsar y llevar
a buen fin hoy el proceso de incorporación
a Cristo y a la Iglesia; qué
debe hacer hoy la comunidad eclesial
para constituir al cristiano, para
configurar y establecer su personalidad
como tal. La Iglesia actual no puede
renunciar o minimizar el ejercicio
de su responsabilidad propia: la maternidad
espiritual, por la que engendra a
nuevos hijos, por el Espíritu
Santo, en el misterio de Cristo. El
nuevo Directorio General para la Catequesis
nos insta y ayuda en este empeño.
La iniciación cristiana en
la historia.
1. La práctica
de la iniciación cristiana
en la Iglesia apostólica
Ante el discurso
de Pedro el día de Pentecostés,
primer anuncio kerigmático
sobre Jesucristo (Hech. 2, 14-26),
los oyentes se muestras conmovidos
y preguntan: “¿Qué
debemos hacer?”. Pedro responde
enumerando las condiciones necesarias
para entrar y formar parte de la comunidad
mesiánica de la salvación:
“Convertíos y que cada
uno de vosotros se haga bautizar en
nombre de Jesucristo; y recibiréis
el don del Espíritu Santo”
(Hech. 2, 37-41).
Los libros
neotestamentarios no hablan expresamente
de “iniciación cristiana”,
pero sí ofrecen, sobre todo
en el libro de los Hechos de los Apóstoles
y en los escritos de San pablo, datos
significativos sobre la entrada en
la comunidad de los discípulos
de Jesucristo. Y así encontramos
un determinado itinerario a seguir
que integra los siguientes elementos
esenciales: la predicación
del Evangelio, la acogida de la fe
y la conversión, la catequesis,
la verificación de las disposiciones
del candidato, el Bautismo, el don
del Espíritu Santo, la incorporación
al pueblo de Dios, la participación
en el cuerpo de Cristo[2].
La relación
que estos elementos mantienen entre
sí y su indudable concatenación
viene a expresar una realidad superior,
como es la participación e
incorporación en el misterio
de Cristo y en la Iglesia.
Y junto a
estos elementos esenciales, encontramos
también en el libro de los
Hechos de los Apóstoles una
ampliación complementaria,
a modo de sistema educativo, para
aquellos primeros bautizados que entraron
a formar parte de la primera comunidad
cristiana[3].
Según
el libro de los Hechos este aprendizaje
de la vida cristiana, realizado en
el seno mismo de la comunidad, comprende
cuatro dimensiones básicas:
|
La enseñanza
de los Apóstoles,
que supone tanto el conocimiento
como la adhesión al Mensaje
del Evangelio, atestiguado por
los apóstoles.
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|
La vida en comunión,
que comprende la fraternidad,
como nuevo estilo de vida, conforme
al Evangelio. |
|
La asiduidad en la fracción
del pan y en la celebración
del don de la salvación
de Dios. |
| La
perseverancia en la oración
y en la alabanza a Dios. |
2. La iniciación
cristiana en los primeros siglos de
la Iglesia.
La primitiva
Iglesia concedió una importancia
capital a la formación de los
nuevos cristianos, como lo atestigua
la presencia directa de los obispos
en ella o el influjo que tuvo dicha
preparación en la estructuración
del año litúrgico.
En efecto,
la iniciación en la fe y en
la vida cristiana constituyó
en estos inicios el centro de interés
de la Iglesia, que llegó a
institucionalizar el catecumenado
primitivo y a hacer de él camino
ordinario para llegar a ser cristiano.
Este camino constaba de las siguientes
etapas:
|
La etapa
misionera, destinada
a los paganos. Centrada en los
preámbulos de la fe y
el primer anuncio de Jesucristo,
se orientaba primordialmente
a suscitar la fe y la conversión[4].
Cuando, tras una primera prueba
o examen[5] se valoraban positivamente
las motivaciones y disposiciones
del candidato, éste era
admitido al catecumenado. Esta
incorporación iba acompañada
en algunas Iglesias de la “signación”
en la frente y la imposición
de las manos. Para los hijos
de familias cristianas esta
primera etapa se realizaba en
la familia y corría a
cargo ordinariamente de los
padres.
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|
- La segunda etapa era el tiempo
del catecumenado propiamente
dicho. Esta etapa tenía
una duración aproximada
de tres años y sujponía
un tiempo de formación
y de prueba bajo la guía
del catequista. Los catecúmenos
podían participar en la
Liturgia de la Palabra de la Misa,
junto a la comunidad de los fieles.
Al concluir este período
estaba previsto un nuevo examen
para comprobar la autenticidad
de las actitudes del catecúmeno,
su progreso en el conocimiento
del Evangelio y en la vida conforme
a él, y, de este modo,
decidir su admisión a la
etapa siguiente. |
|
- La
tercera etapa, que comprendía
el tiempo de cuaresma, era de
preparación inmediata
a los sacramentos de la iniciación.
Al comienzo de la cuaresma,
en una ceremonia litúrgica
especial, el obispo inscribía
a los elegidos[6] y pronunciaba,
a continuación, la homilía
o protocatequesis.
Esta preparación inmediata
comprendía tres aspectos:
a) La enseñanza
o instrucción. Durante
las primeras semanas, en reunión
diaria, el obispo explicaba
la Sagrada Escritura[7]. A
partir de la cuarta semana
de cuaresma (la sexta en oriente)
se desarrollaba la catequesis
propiamente doctgrinal, que
se iniciaba con la traditio
Symboli, como acto de
tradición, de transmisión
oficial de la fe de la Iglesia,
y que era explicado en sus
distintos artículos
por el obispo durante las
dos semana siguientes[8].
Se finalizaba con la redditio
Symboli.
b) La formación espiritual.
Implicaba la superación
del pecado, el ejercicio de
la vida en el Espíritu
y la iniciación en
las costumbres cristianas.
Por eso, la cuaresma es entendida
como tiempo de lucha, de penitencia,
de retiro espiritual y de
oración[9]
c) La formación
litúrgica y ritual.
La preparación inmediata
es, pues, tiempo de prueba
y de combate contra el príncipe
de este mundo. El catecumenado
ha de ejercitarse en el combate
espiritual, en la renuncia
a Satanás y la adhesión
a Cristo. Para ello encontrará
ayuda en la vida litúrgica:
los ritos, exorcismos y escrutinios
serán frecuentes[10].
Esta
tercera etapa culminará
en la Vigilia Pascual con
la celebración de los
sacramentos del bautismo,
de la Confirmación
y de la Eucaristía.
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La última etapa del catecumenado
corresponde al tiempo pascual.
Durante la semana de Pascua tendrá
lugar la catequesis mistagógica
para los neófitos, y en
ella se explicará el simbolismo
de los ritos, las figuras bíblicas
de los sacramentos y se exhortará
a vivir en Cristo[11]. |
En síntesis,
podemos decir que la iniciación
cristiana en el catecumenado primitivo
supone un camino o proceso de formación
por etapas, en el que se integran
la instrucción catequética,
la conversión y el cambio radical
de la vida, la experiencia litúrgica
y de oración, la formación
espiritual, la celebración
de los sacramentos del Bautismo, Confirmación
y Eucaristía por los que los
candidatos son incorporados al misterio
de Cristo y de su Iglesia.
El catecumenado
se concibe como aprendizaje o “noviciado”
de la vida cristiana que se nutre
de la catequesis y de la escucha de
la Palabra. Viene apoyado por celebraciones
litúrgicas, fortalecido por
ejercicios ascéticos y penitenciales,
bajo la ayuda de la comunidad eclesial
que acoge al catecúmeno, le
acompaña y forma y, finalmente,
le incorpora en su seno.
3. La iniciación
cristiana en los siglos posteriores.
Las grandes
transformaciones operadas en la sociedad
y en la Iglesia a partir de los siglos
V y VI van a influir decisivamente
en la orientación y práctica
de la iniciación cristiana.
La conversión generalizada
de los pueblos a la fe cristiana,
la consideración positiva del
cristianismo por parte del pueblo
y de sus gobernantes, y la fuete organización
eclesiástica serán,
entre otros, factores decisivos que
llevarán a la Iglesia a centrarse
en otras urgencias pastorales, a orillar
la evangelización sólida
de los adultos y a desdibujar en parte
el significado y alcance de la iniciación
cristiana.
Sin embargo,
si bien con caracteres distintos a
los de los primeros siglos y a veces
entre imprecisiones y sombras, es
necesario afirmar que en la Iglesia
siempre estuvo presente la práctica
de la iniciación cristiana[12].
La cuaresma será considerada
como el tiempo y el espacio propio
de la iniciación cristiana,
en cuanto preparación para
la Pascua: el nuevo nacimiento de
los hijos de Dios.
La práctica
de la iniciación cristiana
pasará por largos períodos
de oscuridad, debido especialmente
a la separación entre catequesis
y liturgia, así como a su desorientación.
Cuando la liturgia se ritualiza y
la catequesis se desvanece en virtud
de una situación de cristiandad,
la iniciación cristiana acabará
perdiendo su valor y sentido originario.
A partir del
Renacimiento se irá avanzando
en la recuperación del sentido
de iniciación cristiana, bajo
formas distintas, al crecer el interés
tanto teológica como pastoralmente[13].
3-El Concilio
Vaticano II y la iniciación
cristiana.
En los últimos
tiempo la atención a la iniciación
cristiana ha cobrado actualidad debido,
como más arriba se ha dicho,
a factores diversos como son las grandes
transformaciones socio-culturales
acaecidas, la renovación catequética
y litúrgica, el estudio de
los escritos de los Padres, la profundización
teológica, la experiencia de
las prácticas catecumenales
en los países de misión,
y, sobre todo, el impulso dado por
el Concilio Vaticano II.
Entre los acontecimientos
recientes que merecen especial mención
hemos de destacar: la constitución
sobre la sagrada liturgia Sacrosantum
Concilium que establece la restauración
del catecumenado de adultos[14]; el
decreto Ad Gentes sobre la actividad
misionera de la Iglesia que indica
y propone el marco general de la iniciación
cristiana y del catecumenado[15];
el Código de Derecho Canónico,
que pide sean iniciados adecuadamente
los catecúmenos y señala
las condiciones para admitir al adulto
al sacramento del Bautismo[16]; asimismo,
el Ritual de la Iniciación
Cristiana de Adultos publicado en
el año 1972, que propone un
itinerario progresivo de evangelización,
catequesis y mistagogía, y
ofrece principios y orientaciones
de gran importancia para la iniciación
cristiana. Por el interés del
tema y por su valor normativo desarrollaremos
más adelante el sentido y alcance
de este documento. Finalmente merece
ser destacado el nuevo Directorio
General para la Catequesis. A diferencia
de otros documentos anteriores el
nuevo Directorio de decanta claramente
por una catequesis al servicio de
la iniciación cristiana, hasta
el punto de hacer de esta dimensión
catecumenal e iniciática el
centro y vértice de la propia
catequesis[17].
Naturaleza
de la iniciación cristiana.
1.
Definición de iniciación.
El término
iniciación designa etimológicamente,
la introducción de una persona
en un determinado grupo humano, asociación
o religión e indica el conjunto
de enseñanzas y de ritos encaminados
a producir un cambio radical en la
persona iniciada. Representa, pues,
un proceso de aprendizaje, de asimilación
y adquisición progresiva de
una doctrina o de una práctica
determinada, de unas creencias y valores
o de unas costumbres y comportamientos
nuevos. Es un aprendizaje, en definitiva,
que afecta a toda la persona y supone
una renovación profunda de
su ser[18].
2.
La iniciación cristiana.
La iniciación
cristiana, teniendo puntos de contacto
con las formas iniciáticas
comunes, es sin embargo un fenómeno
singular de naturaleza diferente.
Por iniciación
cristiana ha de entenderse la inserción
o incorporación del candidato
en el misterio de Cristo, muerto y
resucitado, y en la comunidad de la
Iglesia, sacramento de salvación
por medio de la fe y los tres sacramentos
de iniciación; de tal modo
que el iniciado, profundamente transformado
e introducido en la nueva condición
de vida, muere al pecado y comienza
una nueva existencia hacia su plena
realización. Esta inserción
y transformación radical, llevada
a cabo al interior del ámbito
de fe de la comunidad eclesial, donde
ha de integrarse la respuesta de fe
del candidato, exige, por lo mismo,
un proceso gradual o itinerario catequético
que ayude a madurar en la fe. Palabra,
pues, y sacramento en íntima
unidad; confesión de fe, catequesis
y Bautismo en mutua integración.
Por eso el Directorio General para
la Catequesis afirma que “La
catequesis es elemento fundamental
de la iniciación cristiana
y está estrechamente vinculada
a los sacramentos de iniciación”[19].
En consecuencia,
podemos decir que la iniciación
cristiana:
Es, ante todo,
obra del amor de Dios, que
en su bondad y sabiduría ha
querido “revelarse a Sí
mismo y manifestar el misterio de
su voluntad: por Cristo, la Palabra
hecha carne, y con el Espíritu
Santo, pueden los hombres llegar hasta
el Padre y participar de la naturaleza
divina”[20].
Es Dios quien
sale a nuestro encuentro amorosamente,
nos manifiesta su proyecto de salvación
para la humanidad y nos da con abundancia
los tesoros de la vida divina.
Es sólo
Dios quien puede cambiar en el hombre
su corazón de piedra por un
corazón de carne (Ez. 36,26);
dar vida a los huesos secos y quebrantados
(Ez. 37,5); hacer que el ser humano
vuelva a nacer por el agua y el Espíritu
(Jn. 3, 5), ingertarle en la vid verdadera
que asegura la permanencia en la vida
(Jn. 15,5), nutrirle con el pan bajado
del cielo que da la vida eterna (Jn.6,51).
La iniciación
cristiana es gracia benevolente y
transformadora, que nos precede eligiéndonos
para ser sus hijos adoptivos, y nos
da la vida verdadera, bendiciéndonos
en Cristo, de modo que, en verdad,
podemos decir: “Bendito sea
Dios Padre de nuestro Señor
Jesucristo que nos ha bendecido con
toda clase de bendiciones espirituales
en los cielos, en Cristo; por cuanto
nos ha elegido en él antes
de la creación del mundo, para
ser santos e inmaculados en su presencia,
en el amor; eligiéndonos de
antemano para ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo, según
el beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia
con la que nos agració en el
Amado” (Ef. 1, 3-6).
Así,
pues, la iniciación cristiana
es, en primer lugar, don del Padre
que por su Hijo y el Espíritu
Santo hace a los hombres hijos de
Dios y coherederos de Cristo[21].
Es, pues, obra de la Santísima
Trinidad[22]. La propia unión
orgánica de los tres sacramentos
de la iniciación (Bautismo,
Confirmación y Eucaristía)
está expresando la unidad de
la obra trinitaria de la iniciación
cristiana.
Esta obra
del amor de Dios, que es la iniciación
cristiana, se realiza en la Iglesia
y por mediación de la Iglesia.
A ella le ha sido encomendada por
Cristo la misión, que a su
vez él había recibido
del Padre, de anunciar y llevar a
plenitud la salvación[23].
Y así
la Iglesia, asociada a la obra de
la redención, sale al encuentro
del hombre a quien anuncia la Buena
Noticia, le acoge y le acompaña
en el camino de la fe, pone los fundamentos
de la vida cristiana, le incorpora
al misterio de Cristo por los sacramentos
de la iniciación, le hace partícipe
de la vida y misión de la Iglesia,
quía y alimenta a estos hijos
suyos, que acaba de engendrar, y los
sostiene a lo largo del camino, desde
el nacimiento hasta la madurez de
la vida nueva en Cristo. Como dice
el Catecismo de la Iglesia Católica:
“La participación en
la naturaleza divina que los hombres
reciben como don mediante la gracia
de Cristo, tiene cierta analogía
con el origen, el crecimiento y el
sustento de la vida natural. En efecto,
los fieles renacidos en el Bautismo,
se fortalecen con el Sacramento de
la Confirmación y, finalmente,
son alimentados en la Eucaristía
con el manjar de la vida eterna y,
así, por medio de estos sacramentos
de la iniciación cristiana,
reciben cada vez con más abundancia
los tesoros de la vida divina y avanzan
hacia la perfección de la caridad”[24].
La Iglesia, mediante la iniciación
cristiana manifiesta su identidad
de madre y, a la vez que incorpora
al hombre a Cristo, le incorpora al
Cuerpo de Cristo; a la vez que engendra
al cristiano, edifica la Iglesia,
de modo que podemos afirmar que por
la iniciación cristiana la
Iglesia engendra a la Iglesia.
Ahora bien,
esta función maternal de la
Iglesia se lleva a cabo en cada Iglesia
particular en la que está verdaderamente
presente y activa la única
Iglesia de Cristo, es presencia particular
de la Iglesia universal y ésta
se realiza en ella[25]. En la Iglesia
particular corresponde al Obispo,
responsable de la acción evangelizadora
y santificadora de la Iglesia particular
a él encomendada, establecer
y orientar la pastoral de la iniciación
cristiana[26].
Este don de
Dios realizado por la Iglesia requiere
la decisión libre del hombre.
Como afirma la constitución
Dei Verbum 5: “A Dios revelador
debe prestársele la obediencia
de la fe (Rom. 16,26), por la que
el hombre se entrega entera y libremente
a Dios y le ofrece el homenaje total
de su entendimiento y voluntad”.
A la iniciativa
gratuita y amorosa de Dios ha de responder
el hombre libremente, auxiliado por
la gracia divina y de la mano de la
comunidad eclesial. En el seno de
la comunidad ha de recorrer un camino
de entrega incondicional a Dios, de
conversión, de liberación
del pecado y de crecimiento en la
fe. Un camino progresivo que ha de
introducirle a la adhesión
plena y a la obediencia de la fe,
a la aceptación de Dios como
fundamento y base de la existencia,
a la confesión de la fe y al
reconocimiento consecuente de la nueva
realidad sobrevenida.
En este itinerario
de fe toda la persona del hombre queda
implicada, todas las esferas y dimensiones
de su ser; pues todo él debe
abandonar su anterior modo de vida,
para entregarse a Dios y entrar gozosamente
en la comunión de la Iglesia.
Por todo ello
es necesario que este proceso o camino
de crecimiento guarde la necesaria
vinculación entre la acción
de la gracia divina y la respuesta
personal de la fe. En definitiva,
es necesario que el hombre alcance
a descubrir las maravillas del amor
de Dios y de su iniciativa salvadora;
logre comprender el sentido de la
mediación eclesial; y, finalmente,
asuma con responsabilidad las implicaciones
concretas para su vida personal, eclesial
y social de la respuesta libre que
ha dado a Dios. La iniciación
cristiana, en este sentido, es obra
a la vez divina y humana.
Todo esto
requiere un itinerario catequético
que ayude a garantizar el nacimiento,
aprendizaje y maduración de
la fe.
La iniciación
cristiana es, también, expresión
y cumplimiento de la alianza de Dios
con el hombre. Mediante la iniciación
cristiana Dios se acerca al hombre
y le ofrece entrar en comunión
de vida y de amor con él; el
hombre, a su vez, con su respuesta
libre, acepta el don de Dios y se
entrega confiadamente a él.
La llamada y la respuesta se unen
en un acontecimiento definitivo: Dios
establece con el hombre una Alianza
que es ratificada por el bautismo.
Este pacato de vida y esperanza que
le ofrece Dios al hombre en la Alianza,
queda sellado por Jesucristo, el Redentor
del hombre. Y así por Él,
le es dado al hombre participar de
la vida divina que recibe como don
“en el sacramento del nuevo
nacimiento por el agua y la palabra
en la Iglesia[27]. Por la Eucaristía
la Alianza alcanza su plenitud.
La iniciación
cristiana representa así la
participación humana en el
diálogo de la salvación.
Dios llama al hombre y le lleva a
participar de la relación filial
con él. El hombre inicia un
camino hacia Dios que ha irrumpido
en su vida y habita su existencia.
Esta nueva vida, esta participación
en la naturaleza divina constituye
el núcleo y corazón
de la iniciación cristiana.
El iniciado, profundamente transformado
e introducido en una nueva condición
de vida, muere al pecado y comienza
una nueva existencia, avanzando hacia
la plena realización, “hacia
la perfección de la caridad”[28].
En resumen,
el cristiano recibe de Dios el don
de la fe y de la vida divina en la
Iglesia. Es en la Iglesia donde llegará
a captar la verdad y la radical novedad
de su existencia: ser hijo de Dios.
Y, es en el seno de la comunidad eclesial,
donde podrá responder de modo
.libre e incondicionado a Dios. La
profesión de fe del bautizado
y la ratificación de la Alianza
de Dios con el hombre alcanzarán
su expresión más alta
en la celebración de la Eucaristía,
que es el centro de la vida de la
Iglesia.
Conforme a
todo lo expuesto, concluimos afirmando
que la iniciación cristiana
comprende los siguientes elementos
esenciales:
|
- El misterio pascual de Cristo.
|
|
- La Iglesia, comunidad de salvación. |
|
- La unidad indisoluble de los
tres sacramento de la iniciación. |
| -
El anuncio de Jesucristo y su
mensaje de salvación. |
| -
La fe y la adhesión personal
a la intervención salvadora
de Dios en Cristo por el Espíritu
Santo. |
| -
La maduración de esa fe,
el progresivo y radical cambio
de mentalidad y de estilo de vida,
en la comunidad eclesial. |
De este modo
.o expresa el Catecismo de la Iglesia
Católica: “Desde los
tiempos apostólicos, para llegar
a ser cristiano se sigue un camino
y una iniciación que consta
de varias etapas. Este camino puede
ser recorrido rápido o lentamente.
Y comprende siempre algunos elementos
esenciales: el anuncio de la Palabra,
la acogida del Evangelio que lleva
a la conversión, la profesión
de fe, el Bautismo, la efusión
del Espíritu Santo, el acceso
a la comunión eucarística”[29].
Y junto a
estos elementos o aspectos esenciales,
podemos señalar también
como dimensiones o coordenadas
básicas de la iniciación
cristiana, las siguientes:
| La
dimensión teológico-sacramental |
la iniciativa de Dios que hace
a los hombres partícipes
del acontecimiento pascual mediante
los sacramentos del Bautismo,
la Confirmación y la
Eucaristía.
|
| La
dimensión eclesial |
la comunidad de la Iglesia que
anuncia al Señor, da testimonio
de El y celebra la Alianza; comunidad
que acoge al hombre, le acompaña
en el camino de la conversión
y le hace entrega de la fe y,
después, miembro de la
Iglesia, asociándole a
su vida y misión. |
|
La dimensión catequética |
la función eclesial que
tiene como cometido fundamentar
y enraizar la adhesión
del hombre por la fe a la Palabra
y, garantizar su aprendizaje y
maduración. |
| La
dimensión existencial y
escatológica |
que nos habla de la vida nueva
en el Espíritu que nos
ha transformado radicalmente
y nos ha configurado en Cristo.
Una vida nueva que tiene un
origen, se vive ya aquí,
y tiene, asimismo, una meta
y plenitud, que ansiamos y esperamos
en la parusía.
|
La iniciación
cristiana, itinerario de conversión
y de crecimiento en la fe.
Por la Palabra
y los sacramentos, en virtud de la
acción de Dios, que previene
y acompaña, la Iglesia acoge
y engendra al nuevo creyente y le
educa en la totalidad de la vida cristiana.
Esta acción de la madre Iglesia
se lleva a cabo conjuntamente, pudiéramos
decir, mediante un proceso catequético
de educación de la fe y por
los sacramentos del Bautismo, la Confirmación
y la Eucaristía.
Mediante los
sacramentos de iniciación el
hombre es vinculado a Cristo y asimilado
a El en el ser y en el obrar, introduciéndolo
en la comunión trinitaria y
en la Iglesia.
Mediante el
itinerario catequético, que
precede, acompaña o sigue a
la celebración de los sacramentos,
el catequizando alcanza el conocimiento
del misterio de la salvación,
afianza su compromiso personal de
respuesta a Dios y de cambio progresivo
de mentalidad y de costumbres, fundamenta
su fe y avanza en el aprendizaje de
la vida cristiana, acompañado
por la comunidad eclesial[30]. Como
dice el Directorio General para la
Catequesis: “La catequesis es
elemento fundamental de la iniciación
cristiana, y está estrechamente
vinculada a los sacramentos de iniciación,
especialmente al bautismo ‘Sacramento
de la fe’. El eslabón
que une la catequesis con el Bautismo
es la profesión de fe que es,
a un tiempo, elemento interior de
este sacramento y meta de la catequesis”[31].
Veamos a continuación
el sentido y alcance de este proceso
o itinerario de fe que es la iniciación
cristiana.
1. Un itinerario
de fe como ejercicio de vida cristiana.
El proceso
de iniciación cristiana es,
en primer lugar, un camino o itinerario
catequético que ha de ser entendido
como ejercicio gradual y completo
de vida cristiana y, en cuanto tal,
ha de comprender el anuncio del Dios
vivo y la llamada a la conversión;
la escucha de la Palabra y la profundización
orgánica de la misma, la introducción
en la experiencia de la liturgia y
de la oración de la Iglesia;
la conversión y el cambio radical
de vida; el desarrollo de los compromisos
propios de la conversión y
del seguimiento de Jesucristo; el
aprendizaje progresivo de la vida
en Cristo bajo la guía de la
comunidad eclesial[32]. El Directorio
General para la Catequesis denomina
a estas dimensiones de la vida cristiana
“tareas” de la catequesis[33].
Ahora bien,
este ejercicio de vida cristiana,
que es el nervio del itinerario catequético
propio de la iniciación cristiana,
se logrará gracias a la presencia
de un ámbito de fe viva y,
asimismo, gracias a la práctica
efectiva de la fe por parte del catequizado.
En primer
lugar, es necesario contar con un
ámbito real de fe que acoja
y envuelva al catequizando, y progresivamente
le vaya integrando en él, para
aprender viviendo, con la ayuda de
los fieles y la sabia guía
del catequista, las claves y pautas
de la vida cristiana. Este ejercicio
de vida cristiana alcanzará
para el catequizando su desarrollo
más pleno, cuando pueda participar
de manera activa y consciente en la
vida de la comunidad eclesial que
profesa, celebra y vive la fe cristiana.
Es decir, se trata de ofrecer al catequizando
la posibilidad de “sumergirse”
en la experiencia viva que la Iglesia
tiene del Evangelio, y de enseñarle
a ver y comprender desde dentro las
realidades misteriosas que ella posee:
la Palabra, la comunión fraterna,
el servicio de la caridad, los sacramentos,
el testimonio de santidad. De este
modo logrará “impregnarse”
de es vida y “aprender”,
como por ósmosis, los misterios
de la fe y de la vida cristiana. Ahora
bien, para esto es necesario que alguien
sea guía del catequizando,
que alguien le conduzca a las fuentes
de la vida. Es principalmente el catequista
quien debe enseñarle a ver
los “signos” de la presencia
de Dios en la Iglesia, la abundancia
de los tesoros de la vida divina en
la Iglesia. Se trata, en definitiva,
de poder afirmar con garantía:
“venid y ved”.
Pero se trata
también que el catequizando
practique la vida cristiana. No solo
que la vea, la palpe y sea informado
sobre ella, sino que la ejercite.
Es decir ha de aprender a vivir, a
desarrollar su vida en la escucha
del Señor y en el amor fraterno,
y ha de aprender a practicar obras
de caridad; ha de poder expresar en
su vida diaria el cambio de mentalidad
y de costumbres; aprender el combate
contra el mal, ejercitándose
en la lucha diaria para morir al pecado
y así poder vivir en Cristo.
El combate contra el mal y la liberación
del pecado son ejercicios propios
de quien, por la iniciación
cristiana, desea alcanzar la vida
en Cristo: “Los que hemos muerto
al pecado ¿cómo seguir
viviendo en él? ¿O es
que ignoráis que cuando fuimos
bautizados en Cristo Jesús,
fuimos bautizados en su muerte? Fuimos,
pues, con él sepultados por
el Bautismo en la muerte, a fin de
que, al igual que Cristo fue resucitado
de entre los muertos por medio de
la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva”
(Rom. 6, 2-4). Al igual que en la
práctica de la catequesis catecumenal
de los primeros siglos, hoy también
la catequesis de iniciación
debe impulsar al catequizando a la
conversión y a la penitencia,
principio de su rehabilitación
y condición para recuperar
lo que con sus propias fuerzas no
puede alcanzar: la amistad de Dios
y la vida sobrenatural.
Luego la catequesis
de iniciación cristiana no
es una mera exposición de verdades
y preceptos; es algo más que
una simple instrucción o un
desarrollo discursivo o práctico
de las capacidades del catequizando;
es algo más que un “adiestramiento”
en las cosas de la fe o un programa
o proceso rigurosamente diseñado
al modo académico. Es, ante
todo, ejercicio de vida cristiana,
es escuela de fe, “formación
y noviciado debidamente prolongado
de toda la vida cristiana, en que
los discípulos se unen a Cristo,
su Maestro”[34]. Es gracia de
Dios, secundada por el hombre, que
viene a transformarlo profundamente.
2.
Un itinerario de fe como formación
orgánica, sistemática
y básica de la fe cristiana.
La realidad
de la iniciación cristiana
supone, en segundo lugar, una formación
orgánica, sistemática
y básica de la fe cristiana.
Como dice Juan Pablo II: “La
auténtica catequesis es siempre
una iniciación ordenada y sistemática
a la revelación que Dios mismo
ha hecho al hombre, revelación
conservada en la memoria profunda
de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras
y comunicada constantemente, mediante
una ‘traditio’viva y activa,
de generación en generación”[35].
Toda catequesis
es, y la catequesis propia de la iniciación
cristiana con más motivo, un
acto de tradición viva al servicio
de la transmisión de la fe.
Su contenido, en consecuencia, es
la revelación de Dios; es decir,
el acontecimiento de la manifestación
de su misterio y designio amoroso
de salvación, y el acontecimiento
de su donación y entrega a
favor del hombre: el acontecimiento
de la salvación.
A estas realidades
fundamentales inicia la catequesis
y ellas son el contenido de la misma.
No son, pues, los contenidos catequéticos
afirmaciones vanas o simples ideas
para el pensamiento o normas para
la conducta. Son realidades: son los
acontecimientos del amor de Dios a
lo largo de la historia de la salvación.
Son los acontecimientos de la salvación
de Dios Padre en Jesucristo por el
Espíritu Santo en la Iglesia,
que se expresan en el símbolo
de la fe, se celebran en los ritos
sacramentales de la Iglesia, se muestran
de modo palpable en los testimonios
de vida de los santos y santas de
la Iglesia, se encuentran en la herencia
espiritual de los Padres, en las obras
de caridad... En todas y cada una
de estas dimensiones y perspectivas
que son, en definitiva, vías
de acceso a la realidad de Dios, expresiones
de la única Verdad, reflejos
de la suma Belleza y del Sumo Bien.
El misterio de Dios, he aquí
la primera y principal realidad de
la catequesis.
Pues bien,
estas realidades de la fe que vienen
expresadas en distintos lenguajes
(bíblico, litúrgico,
doctrinal, testimonial...) y que constituyen
un cuerpo orgánico y coherente
de certezas y verdades, deben ser
presentadas a los catequizandos orgánicamente,
mostrando la armonía del cuerpo
de la fe y su coherencia interna,
pues la verdad de la fe está
en la totalidad.
Y, asimismo,
deben ser de tal modo explicadas que
puedan ser comprendidas y asumidas
como realidades que son de fe para
nuestra salvación como verdades
absolutamente buenas para el hombre
y que desbordan todos los deseos humanos.
Para esto
es necesario un catequista que sea
maestro auténtico de la fe,
que hable desde la fe y trate de suscitarla
en la profunda riqueza que contiene;
se ha de proponer no sólo formar
la mente, sino educar en la fe a los
catequizandos e introducirles en la
vida cristiana, para que, por la fe,
puedan conocer la riqueza del amor
de Dios en Jesucristo y la esperanza
de la gloria: “El Misterio escondido
desde los siglos y generaciones, y
manifestado ahora a sus santos, a
quienes Dios quiso dar a conocer cuál
es la riqueza de la gloria de este
misterio entre los gentiles, que es
Cristo entre vosotros, la esperanza
de la gloria” (Col. 1, 26-27).
De este modo, la enseñanza
de la fe suscitará la esperanza
y la esperanza abrirá el corazón
a la caridad. Como recuerda San Agustín
al diácono y catequista Deogracias:
“Explica cuanto expliques de
modo que la persona a la que te diriges,
al escucharte crea, creyendo espere
y esperando ame”[36]. Conviene
tener presente que se trata hoy de
poner los cimientos de la fe en muchos
bautizados y de restaurar, en otros,
el tejido cristiano que ha quedado
debilitado o quebrado.
“En
síntesis, la catequesis de
iniciación, por ser orgánica
y sistemática, no se reduce
a lo meramente circunstancial u ocasional;
por ser formación para la vida
cristiana desborda, incluyéndolo,
a la mera enseñanza; por ser
esencial, se centra en lo ‘común’
para el cristiano. En fin, por ser
iniciación incorpora a la comunidad
que vive, celebra y testimonia la
fe. Ejerce, por tanto, al mismo tiempo,
tareas de iniciación, educación
y de instrucción”[37].
3.
Un itinerario de fe como un camino
a recorrer en distintas etapas.
En tercer
lugar, la realidad de la iniciación
cristiana implica un itinerario de
fe desarrollado con gradualidad y
progresión, articulado en un
proceso por etapas. Este proceder
gradual de la catequesis de iniciación,
que tiene su origen en el modo como
Dios ha actuado a lo largo de la historia
de la salvación[38] y en la
condición propia del hombre,
se verá reflejado de una manera
muy clara en la sabiduría de
la tradición catequética
de la Iglesia, como expresa el Catecismo
de la Iglesia Católica: “Desde
los tiempos apostólicos para
ser cristiano se sigue un camino y
una iniciación que consta de
varias etapas. Este camino puede ser
recorrido rápida o lentamente”[39].
En efecto,
teniendo en cuenta las variadas situaciones
y experiencias humanas y en atención
al ritmo de crecimiento en la fe de
cada persona, y, sobre todo, en conformidad
con el “iter” salvífico,
querido por Dios, como muestran las
Sagradas Escrituras, la iniciación
cristiana debe cuidar oportunamente
el avance progresivo de cada catequizando
y respetar los tiempos de maduración.
En definitiva estamos hablando de
la construcción de personalidades,
del nacimiento del cristiano no sólo
de una “actualización”
de su identidad. No de una información
sobre la fe, sino de una transformación
racical del ser, de una nueva concepción
de la existencia. Por eso la necesidad
de un itinerario: un camino a recorrer
en distintas etapas, que tiene un
principio y un final. “Hoy en
todos los ritos latino y orientales
, la iniciación cristiana de
adultos comienza con su entrada en
el catecumenado, para alcanzar su
punto culminante en una sola celebración
de los tres sacramentos: del Bautismo,
de la Confirmación y de la
Eucaristía”[40]. Por
su parte, el Ritual para la Iniciación
Cristiana de Adultos, con su articulación
por etapas, será un ejemplo
típico de itinerario gradual
y progresivo de iniciación
cristiana[41].
Por el valor
normativo e inspirador que el catecumenado
bautismal tiene para la catequesis[42],
parece conveniente desarrollar este
itinerario con sus correspondientes
tiempos o etapas. El Directorio General
para la Catequesis también
incide en ello[43].
El tiempo del
anuncio misionero.
Este primer
período, que el RICA denomina
tiempo de búsqueda o precatecumenado,
está destinado a los inicios
de la fe y a la primera presentación
del mensaje cristiano[44]. El centro,
pues, es el anuncio de la Buena Noticia,
que es la proclamación del
Dios vivo, de su misterio de salvación
para todos los hombres y de su cumplimiento
en Cristo, muerto y resucitado. Este
anuncio debe, en definitiva, dar a
conocer el kerigma cristiano y sus
consecuencias para el hombre. Pero
además es conveniente que integre
una exposición inicial sobre
la moral cristiana, la Iglesia y los
novísimos, con el objeto de
conducir al candidato, con la ayuda
del Espíritu Santo, a la conversión
inicial y a la adhesión primera
a Dios, y, de este modo, “ir
madurando la verdadera voluntad de
seguir a Cristo y de pedir el Bautismo”[45].
Hoy la Iglesia,
consciente de la exigencia de la nueva
evangelización, sabe que este
primer empeño misionero es
de extraordinaria importancia y que
su ejercicio, acompañado de
testimonios explícitos de vida
cristiana, es una prueba de calidad
para la comunidad cristiana.
Durante este
tiempo la comunidad debe crear en
torno a quien se siente atraído
por la fe cristiana un ambiente de
acogida fraterna y de vida cristiana;
debe esforzarse por ofrecer una atención
esmerada a cada persona en su singular
condición; asimismo un clima
de reflexión y de búsqueda
sincera, junto al testimonio de fe
y de oración.
La entrada en
el catecumenado.
La entrada
en el catecumenado de aquellos que
han manifestado este deseo y en cuanto
tal son presentados a la Iglesia por
los padrinos o por los catequistas
supone, en primer lugar, un examen
sobre las motivaciones y la idoneidad
del candidato[46] a quien se le pedirá
para su admisión: una vida
espiritual preliminar y los conocimientos
fundamentales de la doctrina cristiana,
la conversión inicial y la
voluntad de cambiar de vida y de empezar
el trato con Dios en Cristo, un incipiente
sentido de la penitencia y práctica
de la oración, y, finalmente,
una primera experiencia de trato con
la comunidad cristiana[47].
La entrada
en el catecumenado va precedida de
la celebración de un rito llamado
de “Entrada en el Catecumenado”,
mediante el cual la Iglesia expresa
la acogida de aquellos que han aceptado
el Evangelio de Jesucristo y desean
ser miembros de ella, y consagra su
conversión inicial. A partir
de este momento los candidatos son
ya de la “casa de Cristo”:
son alimentados por la Iglesia con
la Palabra de Dios y favorecidos con
las ayudas litúrgicas[48].
Y así, recibidos entre el número
de los catecúmenos, son ya
cristianos, aunque de modo imperfecto:
“No habéis renacido todavía
por el Bautismo sagrado, pero ya por
la señal de la cruz habéis
sido recibidos en el seno de la madre
Iglesia”[49].
El tiempo del
catecumenado.
Es el tiempo
de la formación cristiana integral,
del aprendizaje de la fe y de la vida
cristiana, de la maduración
de la conversión y adhesión
a Dios. La Iglesia lleva a cabo esta
educación de los catecúmenos
mediante una catequesis progresiva,
sistemática y orgánica,
que se acomoda al año litúrgico
y se acompaña de celebraciones
y ritos litúrgicos, de tal
manera que la fe de la Iglesia sea
transmitida íntegra, para el
conocimiento vivo del misterio de
la salvación y la educación
en la totalidad de la vida cristiana.
Los catecúmenos deben ser “adecuadamente
iniciados en el misterio de la salvación,
en el ejercicio de las costumbres
evangélicas y en la celebración
de los ritos sagrados, e introducidos
en la vida de la fe, la liturgia y
la caridad del pueblo de Dios”[50].
Este camino
de formación integral[51],
de aprendizaje y maduración
en la fe, de progresiva conversión
y de cambio de vida incluye, y es
también para el catecúmeno,
un tiempo de lucha espiritual contra
las fuerzas del mal que ha de vencer.
Ha de aprender que la vida cristiana
es también un combate espiritual
contra el mal y el pecado. De ahí
la presencia de la ascesis, los ejercicios
penitenciales y la invocación
a la ayuda divina, tan presentes en
el catecumenado.
Y así,
los catecúmenos, que se esfuerzan
por avanzar en este camino inicial,
fortalecidos por la bendición
divina, purificados por el Espíritu
y ayudados por el ejemplo y auxilio
de la comunidad eclesial[52] y de
modo especial por los padrinos y por
los catequistas, se instruyen en la
fe, se ejercitan en la oración,
aprenden las costumbres evangélicas
de la vida en Cristo y son introducidos
paulatinamente en las responsabilidades
apor´tolicas y misioneras propias
del cristiano.
La elección
e inscripción del nombre.
La elección
viene precedida por un examen de idoneidad
del catecúmeno., Además
de la fe y la firme voluntad de recibir
los sacramentos de la Iglesia, se
requiere de él “la conversión
de la mente y de las costumbres, un
suficiente conocimiento de la doctrina
cristiana y sentimientos de fe y de
caridad”[53].
La celebración
del rito de la elección e inscripción
del nombre tiene lugar habitualmente
el primer domingo de cuaresma y es
presidido por el obispo. A él
le son presentados los candidatos
y el “elige” a aquellos
que son admitidos para el Bautismo,
inscribiéndoles como “elegidos”.
Con esta celebración
de la llamada decisiva por parte de
la Iglesia, signo de la llamada de
Dios, y de la inscripción del
nombre en el libro de los elegidos,
signo de la respuesta del hombre,
concluye el tiempo del catecumenado.
El
tiempo de la purificación y
de la iluminación.
En esta etapa,
que coincide con la cuaresma y concluye
con la vigilia pascual, los catecúmenos
se preparan de modo intensivo para
las celebraciones pascuales y para
recibir los sacramentos de la iniciación[54].
La Iglesia abre para ellos, sosteniéndoles
con su participación y ayuda,
un camino de preparación inmediata
mediante la catequesis y la liturgia,
la reflexión y la oración,
la penitencia y el ayuno, la lucha
ante las pruebas y la purificación
del corazón. La Iglesia, que
es madre, se dispone de este modo
a engendrar en Cristo por la fuerza
del Espíritu Santo a quienes
recorren este camino de purificación
y de iluminación.
La profundización
en la Sagrada Escritura y en el símbolo
de la fe, la intensificación
espiritual, la celebración
de exorcismos y escrutinios[55], y
la entrega de los símbolos
de la identidad cristiana (el Credo
y el Padrenuestro)[56] constituyen
los hbitos más importantes
de esta preparación.
Por su importancia
y significación catequética
merece ser destacada la explicación
y entrega de la fe en el símbolo,
a lo que el catequizando responderá
con la manifestación de la
profesión de la fe de la Iglesia[57]
Celebración
de los Sacramentos de la iniciación
cristiana.
La celebración
unitaria de los sacramentos del Bautismo,
de la Confirmación y de la
Eucaristía coronan la vigilia
pascual. Con ello se quiere expresar
la unidad del misterio pascual y la
plena participación en el cuerpo
de Cristo que es la Iglesia.
Por el Bautismo
los catecúmenos, que han renunciado
a Satanás y pronunciado la
profesión de fe, reciben el
Espíritu de adopción,
renacen como hijos de Dios y son incorporados
a la Iglesia[58]. Por la Confirmación
los neófitos son sellados por
el don del Espíritu Santo y
configurados sacramentalmente a la
imagen de Cristo, el Ungido. Al participar
con todo el pueblo de Dios en la Eucaristía,
celebran el memorial de la muerte
y resurrección de Cristo y
reciben la comunión del cuerpo
y sangre del Señor que consuma
la unión con Él[59].
El tiempo de
la mistagogía.
Recibidos
los tres sacramentos comienza una
nueva y definitiva etapa de la iniciación
cristiana: el tiempo de la mistagogía.
Durante este tiempo los neófitos,
ayudados por la comunidad de los fieles
y a través de la meditación
del Evangelio, la catequesis, la experiencia
sacramental frecuente y el ejercicio
de la caridad[60] profundizan en los
misterios celebrados, consolidan la
práctica de la vida cristiana
y se ejercitan en las responsabilidades
de su incorporación a la comunidad[61].
4.
Formas de iniciación cristiana.
A lo largo
de la historia de la Iglesia, la iniciación
cristiana ha variado en su ordenamiento
y en sus formas, como hemos visto
más arriba[62]. En nuestros
días existen dos formas de
realizar la iniciación cristiana:
-El catecumenado
postbautismal, para quienes han sido
bautizados en los primeros meses de
su vida. Supone un itinerario catequético
y sacramental que se desarrolla a
lo largo de la infancia y adolescencia.
De esta forma de iniciación,
que es la más generalizada,
dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
“Desde que el Bautismo de niños
vino a ser la forma habitual de celebración
de este Sacramento, este se ha convertido
en un acto único que integra
de manera abreviada las etapas previas
a la iniciación cristiana.
Por su naturaleza misma el Bautismo
de niños exige un catecumenado
postbautismal. No se trata solo de
una necesidad posterior al Bautismo,
sino del desarrollo necesario de la
gracia bautismal en el crecimiento
de la persona. Es el momento propio
de la catequesis”[63].
-La iniciación
cristiana de personas no bautizadas,
sean niños, jóvenes
o adultos, que se lleva a cabo a través
de un catecumenado y culmina con la
celebración de los tres sacramentos
de iniciación[64].
Algunas prioridades
y consecuencias pastorales de la iniciación
cristiana.
La iniciación
cristiana, expresión primera
y hondamente significativa de la misión
de la Iglesia, y que constituye la
realización de su función
maternal, ha de contar, en todo momento
y circunstancia, con una adecuada
y exigente acción pastoral.
Ahora bien,
esta pastoral de la iniciación
cristiana no puede reducirse a la
mera acentuación de una tarea
específica y determinada entre
otras muchas que la comunidad eclesial
lleva a cabo o a una actualización
coyuntural de programas y acentos
pastorales sobre la misma.
La opción
por la pastoral de la iniciación
cristiana es algo más; supone
una profunda renovación y revitalización
interna de la propia Iglesia, pues
significa dar de hecho la primacía
a la acción misionera y evangelizadora,
atender de modo prioritario la transmisión
de la fe y la maduración de
la misma en los creyentes y profundizar
en la identidad comunitaria y maternal
de la Iglesia hasta convertirla en
comunidad viva y fraterna, trabajar
por la unidad de la catequesis y la
liturgia en la pastoral de la iniciación
cristiana.
He aquí
las prioridades pastorales consecuencias
más significativas que el ejercicio
de la iniciación cristiana,
adecuadamente desarrollado, tiene
para la Iglesia.
1. La primacía
de la acción misionera.
La pastoral
de la iniciación cristiana,
ante los desafíos planteados
por la realidad socio-cultural y la
situación de fe de nuestros
bautizados, está pidiendo,
en primer lugar, una acción
decidida y vigorosa de tipo misionero
que tiene por centro y eje el anuncio
del Dios vivo y la llamada a la conversión.
Lo venimos afirmando con insistencia
en estos últimos años.
También hay que reiterarlo
tratándose de la pastoral de
la iniciación cristiana, como
dice el Directorio General para la
catequesis: “La situación
actual postula que el anuncio misionero
y la catequesis de iniciación
se conciban coordinadamente y se ofrezcan,
en la Iglesia particular, mediante
un proyecto evangelizador y catecumenal
unitario”[65]. Iniciar en la
fe es entrar en misión, es
estar dispuesto y preparado para engendrar
nuevos cristianos.
Una acción
misionera articulada en torno a los
prolegómenos de la fe y al
primer anuncio del Evangelio, a la
presentación de Dios como la
primera realidad, y que supone en
consecuencia el acercamiento y la
atención al hombre en sus necesidades
e interrogantes, el acompañamiento
a lo largo del camino de búsqueda
que ha emprendido o que es necesario
suscitar en él, la acogida
de sus demandas de verdad, libertad,
felicidad y justicia, y la profundización
del sentido cabal de las mismas, el
apoyo en el discernimiento necesario
y, finalmente, el testimonio y el
anuncio explícito del Evangelio
de Jesucristo y la llamada a la conversión
y al seguimiento de Cristo.
Cuando se
plantea la necesidad, como es evidente
ente nosotros, de restaurar la personalidad
cristiana, de recomponer y reconformar
desde los cimientos la estructura
de la fe de muchos bautizados, de
“hacer” cristianos, en
definitiva, este ha de ser el empeño
primer de la comunidad eclesial que
debe ser capaz de superar la tendencia,
tan frecuente, a centrarse sobre sí
misma en una pastoral de “mantenimiento”
y atención a los ya presentes
o dejarse ocupar por cuestiones de
organización y de métodos,
para abrirse creativamente a los alejados
e indiferentes, a los inseguros y
vacilantes. La comunidad eclesial
debe hoy, como hizo en otros tiempos,
superar las rutinas e inercias que
envuelven con frecuencia su vida y
acción pastoral, profundizar
su vocación propia y responsabilidad
misionera y constituirse en centro
impulsor del anuncio, la conversión
y el testimonio de la fe y de la vida
cristiana.
No podemos
permanecer por más tiempo en
el lamento esteril o en la autocomplacencia
fácil. La situación
de la fe de muchos de nuestros bautizados,
y sobre todo el Espíritu de
Dios, nos apremia hoy a anunciar a
Dios e invitar a la conversión.
Se nos convoca hoy a mostrarnos ante
el mundo como una Iglesia fecunda.
Si antes se nos pidió trabajar
por hacer de nuestras comunidades
una Iglesia “en diálogo”
o poner el acento en una Iglesia “samaritana”
y “servidora”, hoy se
nos pide ser fecundos, sser en el
mundo “fermento y alma de la
sociedad humana, que debe ser renovada
en Cristo y transformada en familia
de Dios”[66]. Ahora bien, esta
tarea y este impulso reclama, ante
todo, una conversión de nuestras
comunidades y de cada uno de sus miembros;
y una vida de fe más fuerte
pues nadie puede evangelizar sin una
fe profunda, una esperanza firme en
la salvación de Dios y una
vida generosa y plena en la caridad.
Solo una fe absoluta e incondicional
en Dios es convincente y misionera.
En concreto,
la comunidad eclesial y cada cristiano
en particular, ha de alcanzar a comprender
que se trata, ante todo, de ser y
mostrarse hoy abiertamente testigos
de la gloria de Dios, realizada por
Jesucristo, nuestro Salvador, presente
y vivo entre nosotros. Testigos que
invitan a “ver y vivir lo que
nosotros hemos visto y oído,
hemos contemplado y han tocado nuestras
manos” (1 Jn. 1, 1-3). Testigos,
además, conscientes de que
la primera y verdadera misión
encomendada consiste en anunciar con
fuerza y claridad a Jesucristo, la
Palabra de Vida; y llamar a la fe
a los que no creen o a reavivarla
y fortalecerla en los que creen débilmente,
exhortándoles a convertirse
de corazón al Dios vivo.
Pero todo
esto sólo es posible cuando
se vive con gozo la verdad y necesidad
absoluta del Evangelio de Jesucristo,
y en él la experiencia de la
salvación de Dios. Entonces
se reflejará en el rostro de
la comunidad de los fieles y brillará
en sus palabras la gloria de Dios[67].
La determinación
firme, por parte de la comunidad eclesial,
de otorgar la primacía real,
no sólo retórica, a
la acción misionera, obligará
a profundos cambios en las personas,
en la organización y en las
estructuras, se deberán vencer
resistencias indudables que provienen
sobre todo de nuestras miserias y
limitaciones. Pero en nuestras manos
está la posibilidad y la obligación.
Entonces, con seguridad, se abrirá
el horizonte a la renovación
interna de la vida eclesial.
He aquí
el objetivo primero de la Iglesia
y de la pastoral hoy, que ha de informar
la pastoral de la iniciación
cristiana.
2. La atención
prioritaria a la transmisión
de la fe.
“Quiso
Dios que lo que había revelado
para salvación de todos los
pueblos se conservara por siempre
íntegro y fuera transmitido
a todas las edades. Por eso Cristo,
Nuestro Señor, plenitud de
la Revelación, mandó
a los Apóstoles predicar a
todos los hombres el Evangelio como
fuente de toda verdad salvadora y
de toda norma de conducta”[68].
Pues, “Dios quiere que todos
los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad” (1
Tim. 2,4), es decir, al conocimiento
de Cristo Jesús. Es preciso,
pues, que Cristo sea anunciado a todos
los hombres.
A la Iglesia
se le ha encomendado la misión
de conservar y transmitir la revelación
divina. Asentada sobre los fundamentos
apostólicos, la Iglesia ha
sido constituida para esa transmisión
de la fe, ha sido organizada para
la recepción y apropiación
de la confesión apostólica.
Su esencia y misión consiste
en confesar la fe, en dar testimonio
del acontecimiento de la manifestación
y donación de Dios al hombre.
Para esto ha sido establecida y organizada
institucionalmente la Iglesia: para
transmitir la fe. Por eso, no otorgar
una atención prioritaria a
esta exigencia o posponerla a causa
de otras urgencias “administrativas”,
o sencillamente ejercerla con desgana
significará su debilidad y
aún la quiebra de la misión
propia, la pérdida de su identidad.
En definitiva,
la Iglesia debe perseverar a lo largo
de los tiempos, en la transmisión
de lo que ha recibido: el acontecimiento
del designio amoroso de Dios revelado
en Cristo, que realiza el proyecto
divino de introducir al hombre en
el misterio trinitario para vivir
de él, e incorporarle a la
comunidad de los hijos adoptivos que
por Cristo en el Espíritu acceden
al Padre. Por todo esto, en la pastoral
general de la Iglesia y, específicamente,
en la iniciación cristiana,
la transmisión de la fe ha
de obtener el lugar preeminente que
le corresponde.
Convendría
recordar a este propósito unas
palabras de la Asamblea Extraordinaria
del Sínodo de los Obispos de
1985: “Por todas partes en el
mundo la transmisión de la
fe y de los valores morales que proceden
del Evangelio está hoy en peligro”[69].
Estas palabras nos siguen alertando
hoy. Si algún día descubrimos
que nuestras Iglesias particulares
no perseveran en la transmisión
de la fe porque ésta queda
deformada o reducida a mínimos,
estaremos asistiendo a la ruptura
con la Tradición y a la disolución
misma de la Iglesia.
Sabemos que
la Iglesia realiza esta transmisión
de la fe a través de toda la
vida: “Lo que los apóstoles
transmitieron comprende todo lo necesario
para una vida santa y npara una fe
creciente del Pueblo de Dios; así
la Iglesia con su enseñanza,
su vida y su culto, conserva y transmite
a todas las edades lo que es y lo
que cree”[70]. Pero de un modo
particular y a la vez eminente, la
Iglesia entrega la vida que tiene,
transmite la vida que vive y engendra
en ella por la iniciación cristiana.
Por su parte la catequesis, en cuanto
acto de tradición viva, es
uno de los modos principales de esta
transmisión, que comunica y
hace entrega de la fe a través
de cuatro vías, como expresa
el Catecismo de la Iglesia Católica:
el símbolo de la fe, la vida
en Cristo, la celebración del
misterio cristiano y la oración.
En consecuencia,
la transmisión de la fe que
es necesario garantizar mediante la
catequesis de iniciación cristiana
integra un conjunto de realidades
íntimamente unidas: la presentación
orgánica y sistemática
del mensaje cristiano, y la profesión
de fe; el conocimiento de la verdad
de la fe y el afianzamiento en el
seguimiento de Jesucristro; la conversión
del corazón y el ejercicio
de la vida cristiana; la escucha de
la Palabra y la maduración
progresiva de la vida de fe; la instrucción
y la formación espiritual a
través de la penitencia, la
lucha espiritual y la oración;
el cambio de mentalidad y el cambio
de costumbres; la experiencia de la
vida litúrgica y el aprendizaje
del testimonio apostólico y
misionero.
Ahora bien,
todas estas realidades que comprende
la iniciación cristiana forman
entre sí una unidad en virtud
de su vinculación a su único
origen. Pues bien, para que puedan
permanecer efectivamente unidas y
así impulsar y garantizar la
transmisión de la fe por parte
de la Iglesia, es necesario que las
distintas acciones pastorales así
lo procuren. En concreto, la pastoral
de la iniciación cristiana
ha de cuidar la promoción y
coordinación de las distintas
actividades educativas y celebrativas
que se llevan a cabo tanto en la parroquia,
como en la familia, en las asociaciones
y movimientos laicales y en la escuela.
Todos y cada uno de estos ámbitos
de transmisión y educación
de la fe deben converger entre sí,
y así debe quedar reflejado
operativamente en la pastoral de la
iniciación cristiana.
En resumen,
la transmisión de la fe y la
iniciación cristiana son realidades
íntimamente vinculadas y correlativas:
la misión propia de la Iglesia
de transmitir la fe, de comunicarla,
se realiza de modo eminente en la
iniciación cristiana.
Por la transmisión
de la fe nuevos hijos conocen y son
incorporados al Evangelio de Jesucristo.
Por la iniciación cristiana
el bautizado es introducido en la
corriente viva de la Tradición
de la Iglesia. En la iniciación
cristiana se manifiesta palmariamente
la fecundidad de la Iglesia, al engendrar
en una misma fe, la fe apostólica,
a nuevos hijos, antes dispersos por
el pecado. En la transmisión
de la fe la Iglesia hace entrega al
creyente de todo lo que ella cree
y es, iniciándole en “su
doctrina, vida y culto”. “La
‘traditio Evangelii in symbolo’
y la ‘traditio orationis dominicae’
son, en el catecumenado bautismal
y en nuestra catequesis, la expresión
de los que es, en esencia, un proceso
catecumenal: la transmisión
de la fe eclesial”[71].
Así,
pues, transmisión de la fe
e iniciación cristiana se reclaman
mutuamente y mutuamente se perfeccionan.
Por eso, cuando percibimos que una
determinada comunidad eclesial no
acierta a iniciar en la fe a nuevos
creyentes, o, como se acostumbra a
decir coloquialmente, no sabe como
“hacer” nuevos cristianos,
estamos constatando, en el fondo,
la incapacidad de esa comunidad para
transmitir la fe, para vincular a
nuevos creyentes al curso vivo de
la Tradición de la Iglesia.
La pastoral
de la iniciación cristiana
hoy debe llevar a destacar y poner
en el centro de atención aquello
que realmente es el centro de la misión
de la Iglesia: el servicio de la fe.
Ninguna otra solicitud puede ocupar
el primer lugar en la Iglesia.
3. La solicitud
de la identidad comunitaria y maternal
de la Iglesia
El proceso
formativo de la iniciación
cristiana se realiza, hemos dicho,
por medio de la Iglesia que engendra
a los nuevos hijos y, bajo su cuidado,
les alimenta con la Palabra, les acompaña
con su presencia, les alienta con
su testimonio y les sostiene con la
oración y la participación
en la celebración litúrgica.
Ella que les ha engendrado y les ha
hecho nacer a la nueva vida, les protege,
nutre y cuida en sus primeros pasos.
La educación
en la fe y el acompañamiento
espiritual es, como venimos diciendo,
tarea propia de la comunidad eclesial
que debe ser asumida con gran responsabilidad
por todos, especialmente por aquellos
que son llamados a desempeñar
servicios particulares en el proceso
de la iniciación cristiana.
Cuando esto
es así, y en cuanto tal es
impulsado por una acción pastoral
coherente, el ejercicio de la iniciación
cristiana será para las comunidades
eclesiales causa de profundización
en su identidad comunitaria y maternal,
y, a la postre, de renovación
y revitalización interna.
Una Iglesia
que otorga atención prioritaria
a la iniciación cristiana pone
de manifiesto su fecundidad y es clara
expresión de una vida que se
transmite. Está dando vida,
creando vida, pudiéramos decir.
En las actuales
circunstancias para el ser humano,
la función maternal de la Iglesia
se actúa por una nueva solicitud:
hacerse a sí mismo, como dice
el Papa Juan Pablo II, camino para
el hombre, que es el “primer
camino que la Iglesia debe recorrer
en el cumplimiento de su misión,
camino trazado por Cristo mismo”[72].
El cuidado maternal lleva a la Iglesia
a hacerse camino para acompañar
al hombre y enseñarle que la
vida cristiana es “como una
gran peregrinación hacia la
casa del Padre, del cual se descubre
cada día su amor incondicionado
por toda criatura humana, y en particular
por el hijo pródigo”[73].
En definitiva,
una Iglesia, pudiéramos decir,
catecumenal; es decir, que se configura
catecumenalmente, y en cuanto tal
vive la vida cristiana como camino
pedagógico de crecimiento que
Dios abre para el hombre y ella continúa.
Iglesia “catecumenal”
que engendra al hombre, lo cuida y
acompaña en el camino de la
vida, lo alimenta y ayuda a crecer
en humanidad verdadera, devolviéndolo
a la casa paterna, al reencuentro
con su fuente y meta: el amor de Dios.
Ahora bien,
la Iglesia secundará esta iniciativa
de Dios estando atenta a suscitar
el deseo implícito y la búsqueda
explícita de Dios que todo
ser humano tiene, especialmente en
los jóvenes y adultos. Asimismo,
será continuadora fiel de la
iniciativa de Dios que invita a avanzar
hacia su plenitud acompañando
en este recorrido al hombre hasta
alcanzar la Buena Noticia, la conversión
y el deseo de vivirla; haciendo finalmente
al hombre, mediante los sacramentos
de la iniciación, poseedor
de las más grandes bienes que
puede desear, como son: el perdón
de los pecados, la fe, la santificación,
el don del Espíritu Santo,
la adopción de hijos de Dios
y la vida eterna. Ella, la Madre Iglesia,
ha puesto en manos de sus hijos los
bienes más preciosos que posee
y en sus hijos ha sido, a su vez,
enriquecida.
La comunidad
eclesial, al igual que hiciera Jesús
con los discípulos de Emaús
(Lc. 24,13) debe ponerse hoy también
en camino y acompañar a los
fieles, sobre todo a los desanimados
y alejados, hacia el conocimiento
del Evangelio, la profundización
de la fe, la práctica de la
caridad, el ejercicio de la oración
y el testimonio de la gloria de Dios,
para poder decir como San Pablo: “Doy
gracias a aquel que me revistió
de fortaleza, a Cristo Jesús,
Señor nuestro, que me consideró
digno de confianza. La gracia de nuestro
Señor sobreabundó en
mí, juntamente con la fe y
la caridad en Cristo Jesús”
(1 Tim. 1, 14).
En definitiva,
una pastoral e iniciación cristiana
rigurosa está llamada a ser
motivo de fortalecimiento para la
Iglesia en su dimensión comunitaria
y maternal.
4. La unidad
de la catequesis y la liturgia en
la iniciación cristiana.
Señalemos
finalmente otra de las prioridades
de la pastoral de la iniciación
cristiana.
Con alguna
frecuencia se suele aún persistir
en la destrucción excluyente
entre catequesis y liturgia, acentuando
una u otra realidad en función
de las sensibilidades dominantes.
Sin embargo, tal bipolarización
no tiene sentido, pues catequesis
y liturgia constituyen una unidad
en la iniciación cristiana.
La iniciación
cristiana en cuando mediación
maternal de la Iglesia se realiza
en concreto en la Iglesia particular
y se lleva a cabo mediante dos funciones
esenciales íntimamente relacionadas
entre sí: la catequesis y la
liturgia.
La inserción
en el misterio de Cristo y en la Iglesia
y la transformación radical
de la persona se realiza mediante
la Iglesia. Es en la Iglesia donde
la persona llegará a captar
la verdad de la fe, en ella podrá
madurar la decisión y responder
de modo libre a Dios, en ella aprenderá
a acoger el don de la inserción
en Cristo por los sacramentos. Todo
esto exige un proceso gradual o itinerario
de fe que le ayude a descubrir, crecer,
madurar en la fe, y le capacita para
confesar la fe de la Iglesia, que
supone la obediencia y entrega a Dios,
la afirmación de Dios como
guía y base de su existencia,
la reconformación de su vida
conforme a la fe. Palabra y sacramento
puestos en íntima unidad.
La misma profesión
de fe, la capacidad y posibilidad
de confesar la fe de la Iglesia, nos
remite a esta unidad y está
pidiendo esta vinculación de
la catequesis y los sacramentos. En
efecto, la profesión de fe
es, por una parte, elemento integrante
del sacramento del Bautismo, y, a
un tiempo, la profesión de
fe es meta de toda catequesis. A ello
se orienta toda su actividad y en
esto consiste su finalidad: en “propiciar
una viva, explícita y operante
profesión de fe”[74].
Por eso es
legítimo afirmar que la catequesis,
en cuanto itinerario de maduración
y de educación de la fe, pertenece
a la entraña misma del sacramento
del Bautismo, de modo que no puede
ser entendida como mera instrucción
preliminar a la recepción del
sacramento o como información
subsiguiente, sino como parte constitutiva
del sacramento del Bautismo. El germen
de la fe que este ha plantado en el
ser humano debe ser cuidado y desarrollado;
la nueva criatura que ha nacido de
las aguas bautismales debe ser protegida
y alimentada; la fe profesada debe
ser interiorizada hasta informar la
vida entera. En definitiva, la profesión
de fe bautismal, la exigencia de que
esta profesión sea hecha con
verdad y de modo duradero por parte
del bautizado y el desarrollo de la
nueva vida están pidiendo una
rigurosa atención y una presencia
catecumenal (litúrgica y catequética)
por parte de la comunidad de la Iglesia.
Prof.
Manuel Del Campo.
Director del Secretariado nacional
de Catequesis de España.
[1] (Este documento
corresponde al Cap. IVº del libro
“Evangelización, Catequesis
y Catequistas. Una Nueva Etapa para
la Iglesia del Tercer Milenio”,
publicado por Ed. EDICE, Madrid, 1999.
Autores Varios, entre los que se encuentran
el Card. José Ratzinger, Card.
Darío Castrillon Hoyos, Card.
Christoph Schönborn, Mons. Antonio
Cañizares (Arz.de Granada),
Prof. Manuel Del Campo (Director del
Secretariado Nacional de Catequesis
de España), y otros).
[2] Cf. Mc. 16, 15-16; Hech. 2, 37-41;
Ef. 1, 13-14; Heb. 6, 1.
[3] Cf. Hech. 2, 42-47.
[4] Tenemos un ejemplo en la obra
de SAN AGUSTÍN, De catechizandis
rudibus.
[5] Cf. HIPÓLITO DE ROMA, La
tradición apostólica,
15-16.
[6] En el Diario de ETERIA, c 45,
encontramos una descripción
pormenorizada tal como se realzaba
en el catecumenado de Jerusalén.
[7] Tenemos ejemplos característicos
como el Hexamerón de SAN AMBROSIO.
[8] Puede verse, entre otros, CIRILO
DE JERUSALÉN, Catequesis; TEODORO
DE MOPSUESTIA, Homilías catequéticas;
NICETAS DE REMESIANA, De Symbolo.
[9] Cf. SAN AMBROSIO, Homilías
cuaresmales.
[10] En Roma, por ejemplo, los exorcismos
y escrutinios tienen lugar los domingos
tercero, cuatro y quinto de cuaresma.
Cf. CHAVASE, A., RSR, 35 (1948) 325-381.
[11] Como ejemplo de esta catequesis
sacramental puede verse: CIRILO DE
JERUSALÉN, Catequesis mistagógicas;
SAN AMBROSIO, De sacramentis y de
Mysteriis; SAN JUAN CRISOGONO, Homilías
bautismales.
[12] Contamos con fuentes de gran
valor para confirmarlo, como la Carta
del diácono Juan a Senario,
el Sacramentario Gelasiano, el Ordo
XI y el Sacramentario Gregoriano.
Cf. NOCET, A., “Iniciación
Cristiana” en Diccionario de
Liturgia, Madrid, 1987, 1051-1070.
[13] El valor y el sentido que cobra
la catequesis e instrucción
del pueblo tanto en el campo protestante
como en la Iglesia Catóplica
son buena prueba de esto. También
merece ser destacada, al respecto,
la publicación del Rituale
Sacramentorum Romanorum del cardenal
Antonio Santorio. Por otra parte,
el impulso dado por Concilios y Sínodos
a la práctica parroquial de
la catequesis constituye una de las
páginas más importantes
de la formación del pueblo
cristiano. En épocas más
recientes, en relación con
la recuperación de la práctica
del catecumenado, merece ser recordado
el cardenal Ch. M. Lavigerie, que
elaboró en la segunda mitad
del siglo XIX un Itinerario formativo
desde el modelo del catecumenado antiguo.
Enseguida el catecumenado se convierte
en práctica habitual de las
Iglesias de misión. También
en Europa se proclamará, más
adelante, la necesidad de instaurar
de nuevo el catecumenado de la Iglesia
primitiva. Cf. COLOMB, J., Pour un
catéchisme efficace, Lyon,
1948.
[14] Cf. SC 64 y 71.
[15] Cf. AG 13-14.
[16] CIC 788,2 y 815,1.
[17] En muchos lugares del Directorio
está presente la iniciación
cristiana y el sentido catecumenal
de la catequesis. Puede verse especialmente
en DCG 65-68.
[18] Sobre esta perspectiva antropológica
y sociológica de la iniciación
y también sobre su significado
en las religiones primitivas, véase
ELIADE, M., Iniciaciones místicas,
Madrid, 1975; RIES, J., Los ritos
de iniciación, Bilbao, 1994;
CAZENEUVE, J. , Les rites et la condition
humaine, París, 1958; CLASES,
J., “L’initiation”,
en Lumen Vitae 1 (1994) 11-12.
[19] DCG 66. J. Ratzinger considera
que el catecumenado es parte constitutiva
del sacramento: “El catecumenado
es parte de un sacramento; no instrucción
preliminar, sino parte constitutiva
del sacramento mismo. Además,
el sacramento no es la simple realización
del acto litúrgico, sino un
proceso, un largo camino, que exige
la contribución y el esfuerzo
de todas las facultades del hombre,
entendimiento, voluntad, corazón.
También aquí ha tenido
la disyunción funestas consecuencias;
ha desembocado en la ritualización
del sacramento y en el adoctrinamiento
de la palabra y, por tanto, ha encubierto
aquella unidad que constituye uno
de los datos esenciales de lo cristiano”
RATZINGER, J., Teoría de los
principios teológicos, Barcelona,
1985, 40.
[20] DV 2.
[21] Rom. 8,15.
[22] Para el desarrollo de este aspecto
fundamental de la iniciación
cristiana, véase el Catecismo
de la Iglesia Católica, 1077-1109.
[23] EN 59; LG 5; AG 1.
[24] CEC 1212; Cf. RICA, Obs. Generales,
1-2.
[25] Cf. CD 11; CIC 368; EN 62; COMGR.
PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis
notio, 13.
[26] Cf. LG 26; DCG 222-223; Ceremonial
de los Obispos, 404.
[27] CATHECISMUS ROMANUS, 2,2,5.
[28] PABLO VI, Const. Apost. Divinae
consortium naturae.
[29] CEC 1229.
[30] Cf. RICA, Obs. Previas, 19.
[31] DCG 66.
[32] El DCG denomina “tareas”
de la catequesis a estas dimensiones,
nn. 85-86.
[33] DCG 85-86.
[34] AG 14; DCG 63 y 91.
[35] CT 22.
[36] SAN AGUSTÍN, De catechizandis
rudibus, IV, 8, 11.
[37] DCG 68.
[38] Cf. Hebr. 1, 1-2; DV 3-4.
[39] CEC 1229. Cf. DCG 89.
[40] CEC 1233.
[41] Su elaboración está
inspirada en la Traditio Apostólica
de SAN HIPÓLITO de Roma y en
Sacramentario Gelasiano, como se puede
constatar, sobre todo, en la articulación
de las diversas etapas, en la vinculación
de los tres sacramentos entre sí,
y en los distintos ritos y oraciones.
[42] Así, en el Mensaje al
pueblo de Dios, de la IV Asamblea
General del Sínodo de los obispos
sobre la catequesis se afirma: “el
modelo de toda catequesis es el catecumenado
bautismal” (MPD 8).
[43] DCG 88-91.
[44] Cf. RICA Obs. Previas, 9.
[45] Ibid., 10.
[46] Como dice el RICA, Obs. Previas,
16: “Deben juzgar los pastores,
con la ayuda de los padrinos, catequistas
y diáconos, según los
indicios externos”.
[47] Cf. Ibid., 15.
[48] Ibid., 18.
[49] SAN AGUSTÍN, De Symb.
ad Catech., 1, 1.
[50] AG 14; Cf. RICA Obs.Previas,
98.
[51] Para poder llevar a cabo esta
acción educativa, sin caer
en improvisaciones o subjetivismos,
es necesario que las distintas diócesis
cuenten con un programa catequético
orgánico y unitario, cuyas
líneas básicas y contenidos
habrán de tener al Catecismo
de la Iglesia Católica como
punto de referencia, y al Directorio
General para la Catequesis como orientación.
[52] Como recomienda en decreto Ad
Gentes: “Esta iniciación
cristiana no deben procurarla solamente
los catequistas y los sacerdotes,
sino toda la comunidad de los fieles,
de modo que los catecúmenos
sientan ya desde el principio que
pertenecen al pueblo de Dios”
(AG 14).
[53] RICA Obs. Previas, 23.
[54] Ibid., 21-22.
[55] Los exorcismos y escrutinios
son celebraciones llenas de sentido
y de valor iniciático. Dios,
por medio de la Iglesia, escruta el
corazón del elegido, para purificarlo
y disponerlo a la nueva realidad que
se inicia en el Bautismo. El escrutinio
es, en primer lugar, exorcismo, acción
de Dios para arrancar del corazón
del hombre el mal que le viene del
maligno. El catecúmeno es fortalecido
en Cristo. Véase RICA Obs.
Previas, 25,1.
[56] Las entregas del símbolo
y de la oración dominical tienden
a la iluminación de los elegidos.
El símbolo de la fe recuerda
las grandezas y maravillas de Dios
en los acontecimientos de la salvación.
La oración dominical muestra
la nueva realidad de los hijos de
Dios. Véase RICA Obs. Previas,
25,2.
[57] Los Padres muestran frecuentemente,
en sus catequesis cuaresmales, el
sentido del símbolo de la fe
en cuanto transmite de modo condensado
e íntegro el misterio de la
salvación. “Retened en
la memoria la fe que ahora escucháis
de viva voz, pues a su tiempo recibiréis
la explicación de cada una
de sus afirmaciones basadas en las
divinas escrituras... Del mismo modo
que la semilla de mostaza contiene
en un grano pequeño muchas
ramas, así esta fe abarca en
propias palabras, todo el conocimiento
de la piedad, tanto del Antiguo como
del Nuevo Testamento... Ahora se os
ha entregado el tesoro de la vida,
y el Dueño, el día de
su manifestación te reclamará
su depósito” (CIRILO
DE JERUSALÉN, Catequesis V,12-13).
“Mantened siempre el pacto que
hicisteis con Dios, es decir, este
símbolo que profesáis.
Sus palabras ciertamente son breves,
pero contienen todos los misterios.
En efecto, en forma abreviada, se
han recogido de todas las Escrituras
como piedras preciosas engarzadas
en una corona” (NICETAS DE REMESIANA,
De Symbolo,13.
[58] Cf. CEC 1213.
[59] Cf. RICA Obs. Previas, 27 y ss.
[60] Tenemos sobre esto una referencia
llena de significado en el libre de
los Hechos de los Apóstoles
2, 42. Asimismo la primera Carta de
San Pedro constituye un modelo de
catequesis mistagógica.
[61] RICA, Obs. Previas, 37-40.
[62] En los primeros siglos, la Iglesia
quiso que la iniciación cristiana
se realizara a través de la
institución del catecumenado.
Cf. CEC 1230.
[63] CEC 1231.
[64] Ibid., 1232.
[65] DCG 277.
[66] GS 40.
[67] Cf. 2 Cor. 3, 18.
[68] DC 7.
[69] SEGUNDA ASAMBLEA EXTRAORDINARIA
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS,
Rel. finalis,II,B,13.
[70] DV 8.
[71] COMISIÓN EPISCOPAL DE
ENSEÑANZA Y CATEQUESIS (España),
La catequesis en comunidad, Nº135.
[72] RH 14.
[73] TMA 49.
[74] DCG 66. Cf. CD 14
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