Iniciación cristiana y catequesis
 

Para la Iglesia actual
Las actividades pastorales relacionadas con la iniciación cristiana suscitan hoy en la Iglesia a la vez interés y preocupación. Tanto en los ámbitos de la reflexión teológica, como en los de la práctica pastoral se advierte la necesidad de recuperar hoy el sentido de la iniciación cristiana y conceder a la misma el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia.

Varias son las razones de estas nuevas sensibilidades.

Durante mucho tiempo fue la familia la principal responsable de iniciar a sus hijos en la fe. La Iglesia confió a padres y padrinos la formación el aprendizaje de la fe y de la vida cristiana, conforme a los compromisos bautismales adquiridos. Los padres explicaban y ayudaban a comprender a sus hijos la fe recibida en el Bautismo y, puesto que la familia constituía en muchos casos un ámbito de fe, los hijos aprendían, viviendo en el seno de la familia, la fe que presidía la vida común.

A su vez, la propia sociedad civil, sociológicamente unida a la Iglesia, llegó a desempeñar de modo espontáneo la función de “catecumenado social” integrando a todos en un mismo horizonte de comprensión y de sentido.

Sin embargo hoy no es posible pensar en una iniciación así realizada casi de modo “espontáneo” por influjo del ambiente. La nueva situación cultural y social presenta los perfiles de una fuerte secularización que determina, en muchos casos, el debilitamiento y hasta el abandono de la fe. Una situación que lleva a muchos miembros de la Iglesia a tener conciencia de diáspora respecto del mundo, y a los pastores a la necesidad de impulsar una acción pastoral evangelizadora y misionera, que lleve a la conversión y a la adhesión a Dios, y que atienda a la consolidación y fortalecimiento de la fe de los bautizados.

La familia, por su parte, recibe también este impacto y de hecho raramente constituye hoy un ámbito cristiano capaz de “formar” a sus hijos en la fe recibida. Su función educativa, en general, ha sido ocupada por otras instancias, y, en relación con la educación cristiana la quiebra de responsabilidades es evidente.

En esta situación tiene lugar la recepción del Bautismo y la práctica posterior de la catequesis de iniciación cristiana.

Por otra parte, hoy vemos cómo un buen número de nuestros bautizados o no están iniciados en la fe, porque nunca tuvieron la oportunidad de una auténtica catequesis, o lo están de modo deficiente e incompleto, de manera que difícilmente podrán permanecer fieles a los compromisos bautismales.

A pesar de los muchos esfuerzos realizador y de loa avances indudables de la renovación catequética, las dificultades de la transmisión de la fe permanecen, a pesar de los muchos y generosos proyectos emprendidos, el afianzamiento de la fe de muchos de nuestros bautizados no acaba de lograrse.

Todas estas realidades van suscitando en la Iglesia la necesidad de revisar en profundidad la pastoral de la iniciación y restablecer, en toda su originalidad, la iniciación cristiana.

Pero no todo obedece a problemas y dificultades. El nuevo y vigoroso interés por la iniciación cristiana procede también de otros factores como el conocimiento mayor de la obra catequética de los Padres de la Iglesia, la renovación catequética y litúrgica posconciliar, los recientes trabajos de investigación histórica y teológica sobre la iniciación cristiana, la creciente conciencia misionera y maternal de la Iglesia en relación con la educación en la fe de los nuevos creyentes, y, en fin, el impulso dado por el Concilio Vaticano II y por las orientaciones posteriores del Magisterio de la Iglesia.

Todo concurre para poner en evidencia el sentido profundo que tiene la iniciación cristiana y la necesidad para la Iglesia de otorgar a su ejercicio la prioridad que corresponde. La iniciación cristiana remite al corazón mismo de la Iglesia, porque pone en juego las realidades más profundas de la fe como son la transmisión del Mensaje revelado, la manifestación en la vida de la Iglesia de la presencia salvadora de Cristo, la llamada al hombre a la conversión, al abandono del pecado y a la adhesión a Dios, y, finalmente, la incorporación a la vida divina por el sacramento del Bautismo. Todo confluye, para el bautizado, en una nueva realidad: la vida de Cristo, verdadero y nuevo nacimiento que exige un tiempo de gestación, es decir, un proceso de iniciación cristiana.

Por eso, en relación con la iniciación cristiana no es suficiente preguntarse sobre cómo administrar y celebrar los sacramentos de iniciación, o cómo prepararse catequéticamente a ellos. Hemos de preguntarnos, ante todo, cómo impulsar y llevar a buen fin hoy el proceso de incorporación a Cristo y a la Iglesia; qué debe hacer hoy la comunidad eclesial para constituir al cristiano, para configurar y establecer su personalidad como tal. La Iglesia actual no puede renunciar o minimizar el ejercicio de su responsabilidad propia: la maternidad espiritual, por la que engendra a nuevos hijos, por el Espíritu Santo, en el misterio de Cristo. El nuevo Directorio General para la Catequesis nos insta y ayuda en este empeño.


La iniciación cristiana en la historia.

1. La práctica de la iniciación cristiana en la Iglesia apostólica

Ante el discurso de Pedro el día de Pentecostés, primer anuncio kerigmático sobre Jesucristo (Hech. 2, 14-26), los oyentes se muestras conmovidos y preguntan: “¿Qué debemos hacer?”. Pedro responde enumerando las condiciones necesarias para entrar y formar parte de la comunidad mesiánica de la salvación: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en nombre de Jesucristo; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech. 2, 37-41).

Los libros neotestamentarios no hablan expresamente de “iniciación cristiana”, pero sí ofrecen, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en los escritos de San pablo, datos significativos sobre la entrada en la comunidad de los discípulos de Jesucristo. Y así encontramos un determinado itinerario a seguir que integra los siguientes elementos esenciales: la predicación del Evangelio, la acogida de la fe y la conversión, la catequesis, la verificación de las disposiciones del candidato, el Bautismo, el don del Espíritu Santo, la incorporación al pueblo de Dios, la participación en el cuerpo de Cristo[2].

La relación que estos elementos mantienen entre sí y su indudable concatenación viene a expresar una realidad superior, como es la participación e incorporación en el misterio de Cristo y en la Iglesia.

Y junto a estos elementos esenciales, encontramos también en el libro de los Hechos de los Apóstoles una ampliación complementaria, a modo de sistema educativo, para aquellos primeros bautizados que entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana[3].

Según el libro de los Hechos este aprendizaje de la vida cristiana, realizado en el seno mismo de la comunidad, comprende cuatro dimensiones básicas:

La enseñanza de los Apóstoles, que supone tanto el conocimiento como la adhesión al Mensaje del Evangelio, atestiguado por los apóstoles.

La vida en comunión, que comprende la fraternidad, como nuevo estilo de vida, conforme al Evangelio.
La asiduidad en la fracción del pan y en la celebración del don de la salvación de Dios.
La perseverancia en la oración y en la alabanza a Dios.

2. La iniciación cristiana en los primeros siglos de la Iglesia.

La primitiva Iglesia concedió una importancia capital a la formación de los nuevos cristianos, como lo atestigua la presencia directa de los obispos en ella o el influjo que tuvo dicha preparación en la estructuración del año litúrgico.

En efecto, la iniciación en la fe y en la vida cristiana constituyó en estos inicios el centro de interés de la Iglesia, que llegó a institucionalizar el catecumenado primitivo y a hacer de él camino ordinario para llegar a ser cristiano. Este camino constaba de las siguientes etapas:

La etapa misionera, destinada a los paganos. Centrada en los preámbulos de la fe y el primer anuncio de Jesucristo, se orientaba primordialmente a suscitar la fe y la conversión[4]. Cuando, tras una primera prueba o examen[5] se valoraban positivamente las motivaciones y disposiciones del candidato, éste era admitido al catecumenado. Esta incorporación iba acompañada en algunas Iglesias de la “signación” en la frente y la imposición de las manos. Para los hijos de familias cristianas esta primera etapa se realizaba en la familia y corría a cargo ordinariamente de los padres.

- La segunda etapa era el tiempo del catecumenado propiamente dicho. Esta etapa tenía una duración aproximada de tres años y sujponía un tiempo de formación y de prueba bajo la guía del catequista. Los catecúmenos podían participar en la Liturgia de la Palabra de la Misa, junto a la comunidad de los fieles. Al concluir este período estaba previsto un nuevo examen para comprobar la autenticidad de las actitudes del catecúmeno, su progreso en el conocimiento del Evangelio y en la vida conforme a él, y, de este modo, decidir su admisión a la etapa siguiente.

- La tercera etapa, que comprendía el tiempo de cuaresma, era de preparación inmediata a los sacramentos de la iniciación. Al comienzo de la cuaresma, en una ceremonia litúrgica especial, el obispo inscribía a los elegidos[6] y pronunciaba, a continuación, la homilía o protocatequesis.

Esta preparación inmediata comprendía tres aspectos:

a) La enseñanza o instrucción. Durante las primeras semanas, en reunión diaria, el obispo explicaba la Sagrada Escritura[7]. A partir de la cuarta semana de cuaresma (la sexta en oriente) se desarrollaba la catequesis propiamente doctgrinal, que se iniciaba con la traditio Symboli, como acto de tradición, de transmisión oficial de la fe de la Iglesia, y que era explicado en sus distintos artículos por el obispo durante las dos semana siguientes[8]. Se finalizaba con la redditio Symboli.

b) La formación espiritual. Implicaba la superación del pecado, el ejercicio de la vida en el Espíritu y la iniciación en las costumbres cristianas. Por eso, la cuaresma es entendida como tiempo de lucha, de penitencia, de retiro espiritual y de oración[9]

c) La formación litúrgica y ritual. La preparación inmediata es, pues, tiempo de prueba y de combate contra el príncipe de este mundo. El catecumenado ha de ejercitarse en el combate espiritual, en la renuncia a Satanás y la adhesión a Cristo. Para ello encontrará ayuda en la vida litúrgica: los ritos, exorcismos y escrutinios serán frecuentes[10].

Esta tercera etapa culminará en la Vigilia Pascual con la celebración de los sacramentos del bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía.

La última etapa del catecumenado corresponde al tiempo pascual. Durante la semana de Pascua tendrá lugar la catequesis mistagógica para los neófitos, y en ella se explicará el simbolismo de los ritos, las figuras bíblicas de los sacramentos y se exhortará a vivir en Cristo[11].

En síntesis, podemos decir que la iniciación cristiana en el catecumenado primitivo supone un camino o proceso de formación por etapas, en el que se integran la instrucción catequética, la conversión y el cambio radical de la vida, la experiencia litúrgica y de oración, la formación espiritual, la celebración de los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía por los que los candidatos son incorporados al misterio de Cristo y de su Iglesia.

El catecumenado se concibe como aprendizaje o “noviciado” de la vida cristiana que se nutre de la catequesis y de la escucha de la Palabra. Viene apoyado por celebraciones litúrgicas, fortalecido por ejercicios ascéticos y penitenciales, bajo la ayuda de la comunidad eclesial que acoge al catecúmeno, le acompaña y forma y, finalmente, le incorpora en su seno.

3. La iniciación cristiana en los siglos posteriores.

Las grandes transformaciones operadas en la sociedad y en la Iglesia a partir de los siglos V y VI van a influir decisivamente en la orientación y práctica de la iniciación cristiana. La conversión generalizada de los pueblos a la fe cristiana, la consideración positiva del cristianismo por parte del pueblo y de sus gobernantes, y la fuete organización eclesiástica serán, entre otros, factores decisivos que llevarán a la Iglesia a centrarse en otras urgencias pastorales, a orillar la evangelización sólida de los adultos y a desdibujar en parte el significado y alcance de la iniciación cristiana.

Sin embargo, si bien con caracteres distintos a los de los primeros siglos y a veces entre imprecisiones y sombras, es necesario afirmar que en la Iglesia siempre estuvo presente la práctica de la iniciación cristiana[12]. La cuaresma será considerada como el tiempo y el espacio propio de la iniciación cristiana, en cuanto preparación para la Pascua: el nuevo nacimiento de los hijos de Dios.

La práctica de la iniciación cristiana pasará por largos períodos de oscuridad, debido especialmente a la separación entre catequesis y liturgia, así como a su desorientación. Cuando la liturgia se ritualiza y la catequesis se desvanece en virtud de una situación de cristiandad, la iniciación cristiana acabará perdiendo su valor y sentido originario.

A partir del Renacimiento se irá avanzando en la recuperación del sentido de iniciación cristiana, bajo formas distintas, al crecer el interés tanto teológica como pastoralmente[13].

3-El Concilio Vaticano II y la iniciación cristiana.

En los últimos tiempo la atención a la iniciación cristiana ha cobrado actualidad debido, como más arriba se ha dicho, a factores diversos como son las grandes transformaciones socio-culturales acaecidas, la renovación catequética y litúrgica, el estudio de los escritos de los Padres, la profundización teológica, la experiencia de las prácticas catecumenales en los países de misión, y, sobre todo, el impulso dado por el Concilio Vaticano II.

Entre los acontecimientos recientes que merecen especial mención hemos de destacar: la constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosantum Concilium que establece la restauración del catecumenado de adultos[14]; el decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia que indica y propone el marco general de la iniciación cristiana y del catecumenado[15]; el Código de Derecho Canónico, que pide sean iniciados adecuadamente los catecúmenos y señala las condiciones para admitir al adulto al sacramento del Bautismo[16]; asimismo, el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos publicado en el año 1972, que propone un itinerario progresivo de evangelización, catequesis y mistagogía, y ofrece principios y orientaciones de gran importancia para la iniciación cristiana. Por el interés del tema y por su valor normativo desarrollaremos más adelante el sentido y alcance de este documento. Finalmente merece ser destacado el nuevo Directorio General para la Catequesis. A diferencia de otros documentos anteriores el nuevo Directorio de decanta claramente por una catequesis al servicio de la iniciación cristiana, hasta el punto de hacer de esta dimensión catecumenal e iniciática el centro y vértice de la propia catequesis[17].

Naturaleza de la iniciación cristiana.

1. Definición de iniciación.

El término iniciación designa etimológicamente, la introducción de una persona en un determinado grupo humano, asociación o religión e indica el conjunto de enseñanzas y de ritos encaminados a producir un cambio radical en la persona iniciada. Representa, pues, un proceso de aprendizaje, de asimilación y adquisición progresiva de una doctrina o de una práctica determinada, de unas creencias y valores o de unas costumbres y comportamientos nuevos. Es un aprendizaje, en definitiva, que afecta a toda la persona y supone una renovación profunda de su ser[18].

2. La iniciación cristiana.

La iniciación cristiana, teniendo puntos de contacto con las formas iniciáticas comunes, es sin embargo un fenómeno singular de naturaleza diferente.

Por iniciación cristiana ha de entenderse la inserción o incorporación del candidato en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la comunidad de la Iglesia, sacramento de salvación por medio de la fe y los tres sacramentos de iniciación; de tal modo que el iniciado, profundamente transformado e introducido en la nueva condición de vida, muere al pecado y comienza una nueva existencia hacia su plena realización. Esta inserción y transformación radical, llevada a cabo al interior del ámbito de fe de la comunidad eclesial, donde ha de integrarse la respuesta de fe del candidato, exige, por lo mismo, un proceso gradual o itinerario catequético que ayude a madurar en la fe. Palabra, pues, y sacramento en íntima unidad; confesión de fe, catequesis y Bautismo en mutua integración. Por eso el Directorio General para la Catequesis afirma que “La catequesis es elemento fundamental de la iniciación cristiana y está estrechamente vinculada a los sacramentos de iniciación”[19].

En consecuencia, podemos decir que la iniciación cristiana:

Es, ante todo, obra del amor de Dios, que en su bondad y sabiduría ha querido “revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad: por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina”[20].

Es Dios quien sale a nuestro encuentro amorosamente, nos manifiesta su proyecto de salvación para la humanidad y nos da con abundancia los tesoros de la vida divina.

Es sólo Dios quien puede cambiar en el hombre su corazón de piedra por un corazón de carne (Ez. 36,26); dar vida a los huesos secos y quebrantados (Ez. 37,5); hacer que el ser humano vuelva a nacer por el agua y el Espíritu (Jn. 3, 5), ingertarle en la vid verdadera que asegura la permanencia en la vida (Jn. 15,5), nutrirle con el pan bajado del cielo que da la vida eterna (Jn.6,51).

La iniciación cristiana es gracia benevolente y transformadora, que nos precede eligiéndonos para ser sus hijos adoptivos, y nos da la vida verdadera, bendiciéndonos en Cristo, de modo que, en verdad, podemos decir: “Bendito sea Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado” (Ef. 1, 3-6).

Así, pues, la iniciación cristiana es, en primer lugar, don del Padre que por su Hijo y el Espíritu Santo hace a los hombres hijos de Dios y coherederos de Cristo[21]. Es, pues, obra de la Santísima Trinidad[22]. La propia unión orgánica de los tres sacramentos de la iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) está expresando la unidad de la obra trinitaria de la iniciación cristiana.

Esta obra del amor de Dios, que es la iniciación cristiana, se realiza en la Iglesia y por mediación de la Iglesia. A ella le ha sido encomendada por Cristo la misión, que a su vez él había recibido del Padre, de anunciar y llevar a plenitud la salvación[23].

Y así la Iglesia, asociada a la obra de la redención, sale al encuentro del hombre a quien anuncia la Buena Noticia, le acoge y le acompaña en el camino de la fe, pone los fundamentos de la vida cristiana, le incorpora al misterio de Cristo por los sacramentos de la iniciación, le hace partícipe de la vida y misión de la Iglesia, quía y alimenta a estos hijos suyos, que acaba de engendrar, y los sostiene a lo largo del camino, desde el nacimiento hasta la madurez de la vida nueva en Cristo. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La participación en la naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo, se fortalecen con el Sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna y, así, por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad”[24]. La Iglesia, mediante la iniciación cristiana manifiesta su identidad de madre y, a la vez que incorpora al hombre a Cristo, le incorpora al Cuerpo de Cristo; a la vez que engendra al cristiano, edifica la Iglesia, de modo que podemos afirmar que por la iniciación cristiana la Iglesia engendra a la Iglesia.

Ahora bien, esta función maternal de la Iglesia se lleva a cabo en cada Iglesia particular en la que está verdaderamente presente y activa la única Iglesia de Cristo, es presencia particular de la Iglesia universal y ésta se realiza en ella[25]. En la Iglesia particular corresponde al Obispo, responsable de la acción evangelizadora y santificadora de la Iglesia particular a él encomendada, establecer y orientar la pastoral de la iniciación cristiana[26].

Este don de Dios realizado por la Iglesia requiere la decisión libre del hombre. Como afirma la constitución Dei Verbum 5: “A Dios revelador debe prestársele la obediencia de la fe (Rom. 16,26), por la que el hombre se entrega entera y libremente a Dios y le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad”.

A la iniciativa gratuita y amorosa de Dios ha de responder el hombre libremente, auxiliado por la gracia divina y de la mano de la comunidad eclesial. En el seno de la comunidad ha de recorrer un camino de entrega incondicional a Dios, de conversión, de liberación del pecado y de crecimiento en la fe. Un camino progresivo que ha de introducirle a la adhesión plena y a la obediencia de la fe, a la aceptación de Dios como fundamento y base de la existencia, a la confesión de la fe y al reconocimiento consecuente de la nueva realidad sobrevenida.

En este itinerario de fe toda la persona del hombre queda implicada, todas las esferas y dimensiones de su ser; pues todo él debe abandonar su anterior modo de vida, para entregarse a Dios y entrar gozosamente en la comunión de la Iglesia.

Por todo ello es necesario que este proceso o camino de crecimiento guarde la necesaria vinculación entre la acción de la gracia divina y la respuesta personal de la fe. En definitiva, es necesario que el hombre alcance a descubrir las maravillas del amor de Dios y de su iniciativa salvadora; logre comprender el sentido de la mediación eclesial; y, finalmente, asuma con responsabilidad las implicaciones concretas para su vida personal, eclesial y social de la respuesta libre que ha dado a Dios. La iniciación cristiana, en este sentido, es obra a la vez divina y humana.

Todo esto requiere un itinerario catequético que ayude a garantizar el nacimiento, aprendizaje y maduración de la fe.

La iniciación cristiana es, también, expresión y cumplimiento de la alianza de Dios con el hombre. Mediante la iniciación cristiana Dios se acerca al hombre y le ofrece entrar en comunión de vida y de amor con él; el hombre, a su vez, con su respuesta libre, acepta el don de Dios y se entrega confiadamente a él. La llamada y la respuesta se unen en un acontecimiento definitivo: Dios establece con el hombre una Alianza que es ratificada por el bautismo. Este pacato de vida y esperanza que le ofrece Dios al hombre en la Alianza, queda sellado por Jesucristo, el Redentor del hombre. Y así por Él, le es dado al hombre participar de la vida divina que recibe como don “en el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra en la Iglesia[27]. Por la Eucaristía la Alianza alcanza su plenitud.

La iniciación cristiana representa así la participación humana en el diálogo de la salvación. Dios llama al hombre y le lleva a participar de la relación filial con él. El hombre inicia un camino hacia Dios que ha irrumpido en su vida y habita su existencia. Esta nueva vida, esta participación en la naturaleza divina constituye el núcleo y corazón de la iniciación cristiana. El iniciado, profundamente transformado e introducido en una nueva condición de vida, muere al pecado y comienza una nueva existencia, avanzando hacia la plena realización, “hacia la perfección de la caridad”[28].

En resumen, el cristiano recibe de Dios el don de la fe y de la vida divina en la Iglesia. Es en la Iglesia donde llegará a captar la verdad y la radical novedad de su existencia: ser hijo de Dios. Y, es en el seno de la comunidad eclesial, donde podrá responder de modo .libre e incondicionado a Dios. La profesión de fe del bautizado y la ratificación de la Alianza de Dios con el hombre alcanzarán su expresión más alta en la celebración de la Eucaristía, que es el centro de la vida de la Iglesia.

Conforme a todo lo expuesto, concluimos afirmando que la iniciación cristiana comprende los siguientes elementos esenciales:

- El misterio pascual de Cristo.

- La Iglesia, comunidad de salvación.
- La unidad indisoluble de los tres sacramento de la iniciación.
- El anuncio de Jesucristo y su mensaje de salvación.
- La fe y la adhesión personal a la intervención salvadora de Dios en Cristo por el Espíritu Santo.
- La maduración de esa fe, el progresivo y radical cambio de mentalidad y de estilo de vida, en la comunidad eclesial.

De este modo .o expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápido o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística”[29].

Y junto a estos elementos o aspectos esenciales, podemos señalar también como dimensiones o coordenadas básicas de la iniciación cristiana, las siguientes:

La dimensión teológico-sacramental

la iniciativa de Dios que hace a los hombres partícipes del acontecimiento pascual mediante los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

La dimensión eclesial la comunidad de la Iglesia que anuncia al Señor, da testimonio de El y celebra la Alianza; comunidad que acoge al hombre, le acompaña en el camino de la conversión y le hace entrega de la fe y, después, miembro de la Iglesia, asociándole a su vida y misión.
La dimensión catequética la función eclesial que tiene como cometido fundamentar y enraizar la adhesión del hombre por la fe a la Palabra y, garantizar su aprendizaje y maduración.
La dimensión existencial y escatológica

que nos habla de la vida nueva en el Espíritu que nos ha transformado radicalmente y nos ha configurado en Cristo. Una vida nueva que tiene un origen, se vive ya aquí, y tiene, asimismo, una meta y plenitud, que ansiamos y esperamos en la parusía.

La iniciación cristiana, itinerario de conversión y de crecimiento en la fe.

Por la Palabra y los sacramentos, en virtud de la acción de Dios, que previene y acompaña, la Iglesia acoge y engendra al nuevo creyente y le educa en la totalidad de la vida cristiana. Esta acción de la madre Iglesia se lleva a cabo conjuntamente, pudiéramos decir, mediante un proceso catequético de educación de la fe y por los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Mediante los sacramentos de iniciación el hombre es vinculado a Cristo y asimilado a El en el ser y en el obrar, introduciéndolo en la comunión trinitaria y en la Iglesia.

Mediante el itinerario catequético, que precede, acompaña o sigue a la celebración de los sacramentos, el catequizando alcanza el conocimiento del misterio de la salvación, afianza su compromiso personal de respuesta a Dios y de cambio progresivo de mentalidad y de costumbres, fundamenta su fe y avanza en el aprendizaje de la vida cristiana, acompañado por la comunidad eclesial[30]. Como dice el Directorio General para la Catequesis: “La catequesis es elemento fundamental de la iniciación cristiana, y está estrechamente vinculada a los sacramentos de iniciación, especialmente al bautismo ‘Sacramento de la fe’. El eslabón que une la catequesis con el Bautismo es la profesión de fe que es, a un tiempo, elemento interior de este sacramento y meta de la catequesis”[31].

Veamos a continuación el sentido y alcance de este proceso o itinerario de fe que es la iniciación cristiana.

1. Un itinerario de fe como ejercicio de vida cristiana.

El proceso de iniciación cristiana es, en primer lugar, un camino o itinerario catequético que ha de ser entendido como ejercicio gradual y completo de vida cristiana y, en cuanto tal, ha de comprender el anuncio del Dios vivo y la llamada a la conversión; la escucha de la Palabra y la profundización orgánica de la misma, la introducción en la experiencia de la liturgia y de la oración de la Iglesia; la conversión y el cambio radical de vida; el desarrollo de los compromisos propios de la conversión y del seguimiento de Jesucristo; el aprendizaje progresivo de la vida en Cristo bajo la guía de la comunidad eclesial[32]. El Directorio General para la Catequesis denomina a estas dimensiones de la vida cristiana “tareas” de la catequesis[33].

Ahora bien, este ejercicio de vida cristiana, que es el nervio del itinerario catequético propio de la iniciación cristiana, se logrará gracias a la presencia de un ámbito de fe viva y, asimismo, gracias a la práctica efectiva de la fe por parte del catequizado.

En primer lugar, es necesario contar con un ámbito real de fe que acoja y envuelva al catequizando, y progresivamente le vaya integrando en él, para aprender viviendo, con la ayuda de los fieles y la sabia guía del catequista, las claves y pautas de la vida cristiana. Este ejercicio de vida cristiana alcanzará para el catequizando su desarrollo más pleno, cuando pueda participar de manera activa y consciente en la vida de la comunidad eclesial que profesa, celebra y vive la fe cristiana. Es decir, se trata de ofrecer al catequizando la posibilidad de “sumergirse” en la experiencia viva que la Iglesia tiene del Evangelio, y de enseñarle a ver y comprender desde dentro las realidades misteriosas que ella posee: la Palabra, la comunión fraterna, el servicio de la caridad, los sacramentos, el testimonio de santidad. De este modo logrará “impregnarse” de es vida y “aprender”, como por ósmosis, los misterios de la fe y de la vida cristiana. Ahora bien, para esto es necesario que alguien sea guía del catequizando, que alguien le conduzca a las fuentes de la vida. Es principalmente el catequista quien debe enseñarle a ver los “signos” de la presencia de Dios en la Iglesia, la abundancia de los tesoros de la vida divina en la Iglesia. Se trata, en definitiva, de poder afirmar con garantía: “venid y ved”.

Pero se trata también que el catequizando practique la vida cristiana. No solo que la vea, la palpe y sea informado sobre ella, sino que la ejercite. Es decir ha de aprender a vivir, a desarrollar su vida en la escucha del Señor y en el amor fraterno, y ha de aprender a practicar obras de caridad; ha de poder expresar en su vida diaria el cambio de mentalidad y de costumbres; aprender el combate contra el mal, ejercitándose en la lucha diaria para morir al pecado y así poder vivir en Cristo. El combate contra el mal y la liberación del pecado son ejercicios propios de quien, por la iniciación cristiana, desea alcanzar la vida en Cristo: “Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él? ¿O es que ignoráis que cuando fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom. 6, 2-4). Al igual que en la práctica de la catequesis catecumenal de los primeros siglos, hoy también la catequesis de iniciación debe impulsar al catequizando a la conversión y a la penitencia, principio de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus propias fuerzas no puede alcanzar: la amistad de Dios y la vida sobrenatural.

Luego la catequesis de iniciación cristiana no es una mera exposición de verdades y preceptos; es algo más que una simple instrucción o un desarrollo discursivo o práctico de las capacidades del catequizando; es algo más que un “adiestramiento” en las cosas de la fe o un programa o proceso rigurosamente diseñado al modo académico. Es, ante todo, ejercicio de vida cristiana, es escuela de fe, “formación y noviciado debidamente prolongado de toda la vida cristiana, en que los discípulos se unen a Cristo, su Maestro”[34]. Es gracia de Dios, secundada por el hombre, que viene a transformarlo profundamente.

2. Un itinerario de fe como formación orgánica, sistemática y básica de la fe cristiana.

La realidad de la iniciación cristiana supone, en segundo lugar, una formación orgánica, sistemática y básica de la fe cristiana. Como dice Juan Pablo II: “La auténtica catequesis es siempre una iniciación ordenada y sistemática a la revelación que Dios mismo ha hecho al hombre, revelación conservada en la memoria profunda de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras y comunicada constantemente, mediante una ‘traditio’viva y activa, de generación en generación”[35].

Toda catequesis es, y la catequesis propia de la iniciación cristiana con más motivo, un acto de tradición viva al servicio de la transmisión de la fe. Su contenido, en consecuencia, es la revelación de Dios; es decir, el acontecimiento de la manifestación de su misterio y designio amoroso de salvación, y el acontecimiento de su donación y entrega a favor del hombre: el acontecimiento de la salvación.

A estas realidades fundamentales inicia la catequesis y ellas son el contenido de la misma. No son, pues, los contenidos catequéticos afirmaciones vanas o simples ideas para el pensamiento o normas para la conducta. Son realidades: son los acontecimientos del amor de Dios a lo largo de la historia de la salvación. Son los acontecimientos de la salvación de Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu Santo en la Iglesia, que se expresan en el símbolo de la fe, se celebran en los ritos sacramentales de la Iglesia, se muestran de modo palpable en los testimonios de vida de los santos y santas de la Iglesia, se encuentran en la herencia espiritual de los Padres, en las obras de caridad... En todas y cada una de estas dimensiones y perspectivas que son, en definitiva, vías de acceso a la realidad de Dios, expresiones de la única Verdad, reflejos de la suma Belleza y del Sumo Bien. El misterio de Dios, he aquí la primera y principal realidad de la catequesis.

Pues bien, estas realidades de la fe que vienen expresadas en distintos lenguajes (bíblico, litúrgico, doctrinal, testimonial...) y que constituyen un cuerpo orgánico y coherente de certezas y verdades, deben ser presentadas a los catequizandos orgánicamente, mostrando la armonía del cuerpo de la fe y su coherencia interna, pues la verdad de la fe está en la totalidad.

Y, asimismo, deben ser de tal modo explicadas que puedan ser comprendidas y asumidas como realidades que son de fe para nuestra salvación como verdades absolutamente buenas para el hombre y que desbordan todos los deseos humanos.

Para esto es necesario un catequista que sea maestro auténtico de la fe, que hable desde la fe y trate de suscitarla en la profunda riqueza que contiene; se ha de proponer no sólo formar la mente, sino educar en la fe a los catequizandos e introducirles en la vida cristiana, para que, por la fe, puedan conocer la riqueza del amor de Dios en Jesucristo y la esperanza de la gloria: “El Misterio escondido desde los siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col. 1, 26-27). De este modo, la enseñanza de la fe suscitará la esperanza y la esperanza abrirá el corazón a la caridad. Como recuerda San Agustín al diácono y catequista Deogracias: “Explica cuanto expliques de modo que la persona a la que te diriges, al escucharte crea, creyendo espere y esperando ame”[36]. Conviene tener presente que se trata hoy de poner los cimientos de la fe en muchos bautizados y de restaurar, en otros, el tejido cristiano que ha quedado debilitado o quebrado.

“En síntesis, la catequesis de iniciación, por ser orgánica y sistemática, no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional; por ser formación para la vida cristiana desborda, incluyéndolo, a la mera enseñanza; por ser esencial, se centra en lo ‘común’ para el cristiano. En fin, por ser iniciación incorpora a la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Ejerce, por tanto, al mismo tiempo, tareas de iniciación, educación y de instrucción”[37].

3. Un itinerario de fe como un camino a recorrer en distintas etapas.

En tercer lugar, la realidad de la iniciación cristiana implica un itinerario de fe desarrollado con gradualidad y progresión, articulado en un proceso por etapas. Este proceder gradual de la catequesis de iniciación, que tiene su origen en el modo como Dios ha actuado a lo largo de la historia de la salvación[38] y en la condición propia del hombre, se verá reflejado de una manera muy clara en la sabiduría de la tradición catequética de la Iglesia, como expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “Desde los tiempos apostólicos para ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente”[39].

En efecto, teniendo en cuenta las variadas situaciones y experiencias humanas y en atención al ritmo de crecimiento en la fe de cada persona, y, sobre todo, en conformidad con el “iter” salvífico, querido por Dios, como muestran las Sagradas Escrituras, la iniciación cristiana debe cuidar oportunamente el avance progresivo de cada catequizando y respetar los tiempos de maduración. En definitiva estamos hablando de la construcción de personalidades, del nacimiento del cristiano no sólo de una “actualización” de su identidad. No de una información sobre la fe, sino de una transformación racical del ser, de una nueva concepción de la existencia. Por eso la necesidad de un itinerario: un camino a recorrer en distintas etapas, que tiene un principio y un final. “Hoy en todos los ritos latino y orientales , la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos: del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía”[40]. Por su parte, el Ritual para la Iniciación Cristiana de Adultos, con su articulación por etapas, será un ejemplo típico de itinerario gradual y progresivo de iniciación cristiana[41].

Por el valor normativo e inspirador que el catecumenado bautismal tiene para la catequesis[42], parece conveniente desarrollar este itinerario con sus correspondientes tiempos o etapas. El Directorio General para la Catequesis también incide en ello[43].

El tiempo del anuncio misionero.

Este primer período, que el RICA denomina tiempo de búsqueda o precatecumenado, está destinado a los inicios de la fe y a la primera presentación del mensaje cristiano[44]. El centro, pues, es el anuncio de la Buena Noticia, que es la proclamación del Dios vivo, de su misterio de salvación para todos los hombres y de su cumplimiento en Cristo, muerto y resucitado. Este anuncio debe, en definitiva, dar a conocer el kerigma cristiano y sus consecuencias para el hombre. Pero además es conveniente que integre una exposición inicial sobre la moral cristiana, la Iglesia y los novísimos, con el objeto de conducir al candidato, con la ayuda del Espíritu Santo, a la conversión inicial y a la adhesión primera a Dios, y, de este modo, “ir madurando la verdadera voluntad de seguir a Cristo y de pedir el Bautismo”[45].

Hoy la Iglesia, consciente de la exigencia de la nueva evangelización, sabe que este primer empeño misionero es de extraordinaria importancia y que su ejercicio, acompañado de testimonios explícitos de vida cristiana, es una prueba de calidad para la comunidad cristiana.

Durante este tiempo la comunidad debe crear en torno a quien se siente atraído por la fe cristiana un ambiente de acogida fraterna y de vida cristiana; debe esforzarse por ofrecer una atención esmerada a cada persona en su singular condición; asimismo un clima de reflexión y de búsqueda sincera, junto al testimonio de fe y de oración.

La entrada en el catecumenado.

La entrada en el catecumenado de aquellos que han manifestado este deseo y en cuanto tal son presentados a la Iglesia por los padrinos o por los catequistas supone, en primer lugar, un examen sobre las motivaciones y la idoneidad del candidato[46] a quien se le pedirá para su admisión: una vida espiritual preliminar y los conocimientos fundamentales de la doctrina cristiana, la conversión inicial y la voluntad de cambiar de vida y de empezar el trato con Dios en Cristo, un incipiente sentido de la penitencia y práctica de la oración, y, finalmente, una primera experiencia de trato con la comunidad cristiana[47].

La entrada en el catecumenado va precedida de la celebración de un rito llamado de “Entrada en el Catecumenado”, mediante el cual la Iglesia expresa la acogida de aquellos que han aceptado el Evangelio de Jesucristo y desean ser miembros de ella, y consagra su conversión inicial. A partir de este momento los candidatos son ya de la “casa de Cristo”: son alimentados por la Iglesia con la Palabra de Dios y favorecidos con las ayudas litúrgicas[48]. Y así, recibidos entre el número de los catecúmenos, son ya cristianos, aunque de modo imperfecto: “No habéis renacido todavía por el Bautismo sagrado, pero ya por la señal de la cruz habéis sido recibidos en el seno de la madre Iglesia”[49].

El tiempo del catecumenado.

Es el tiempo de la formación cristiana integral, del aprendizaje de la fe y de la vida cristiana, de la maduración de la conversión y adhesión a Dios. La Iglesia lleva a cabo esta educación de los catecúmenos mediante una catequesis progresiva, sistemática y orgánica, que se acomoda al año litúrgico y se acompaña de celebraciones y ritos litúrgicos, de tal manera que la fe de la Iglesia sea transmitida íntegra, para el conocimiento vivo del misterio de la salvación y la educación en la totalidad de la vida cristiana. Los catecúmenos deben ser “adecuadamente iniciados en el misterio de la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en la celebración de los ritos sagrados, e introducidos en la vida de la fe, la liturgia y la caridad del pueblo de Dios”[50].

Este camino de formación integral[51], de aprendizaje y maduración en la fe, de progresiva conversión y de cambio de vida incluye, y es también para el catecúmeno, un tiempo de lucha espiritual contra las fuerzas del mal que ha de vencer. Ha de aprender que la vida cristiana es también un combate espiritual contra el mal y el pecado. De ahí la presencia de la ascesis, los ejercicios penitenciales y la invocación a la ayuda divina, tan presentes en el catecumenado.

Y así, los catecúmenos, que se esfuerzan por avanzar en este camino inicial, fortalecidos por la bendición divina, purificados por el Espíritu y ayudados por el ejemplo y auxilio de la comunidad eclesial[52] y de modo especial por los padrinos y por los catequistas, se instruyen en la fe, se ejercitan en la oración, aprenden las costumbres evangélicas de la vida en Cristo y son introducidos paulatinamente en las responsabilidades apor´tolicas y misioneras propias del cristiano.

La elección e inscripción del nombre.

La elección viene precedida por un examen de idoneidad del catecúmeno., Además de la fe y la firme voluntad de recibir los sacramentos de la Iglesia, se requiere de él “la conversión de la mente y de las costumbres, un suficiente conocimiento de la doctrina cristiana y sentimientos de fe y de caridad”[53].

La celebración del rito de la elección e inscripción del nombre tiene lugar habitualmente el primer domingo de cuaresma y es presidido por el obispo. A él le son presentados los candidatos y el “elige” a aquellos que son admitidos para el Bautismo, inscribiéndoles como “elegidos”.

Con esta celebración de la llamada decisiva por parte de la Iglesia, signo de la llamada de Dios, y de la inscripción del nombre en el libro de los elegidos, signo de la respuesta del hombre, concluye el tiempo del catecumenado.

El tiempo de la purificación y de la iluminación.

En esta etapa, que coincide con la cuaresma y concluye con la vigilia pascual, los catecúmenos se preparan de modo intensivo para las celebraciones pascuales y para recibir los sacramentos de la iniciación[54]. La Iglesia abre para ellos, sosteniéndoles con su participación y ayuda, un camino de preparación inmediata mediante la catequesis y la liturgia, la reflexión y la oración, la penitencia y el ayuno, la lucha ante las pruebas y la purificación del corazón. La Iglesia, que es madre, se dispone de este modo a engendrar en Cristo por la fuerza del Espíritu Santo a quienes recorren este camino de purificación y de iluminación.

La profundización en la Sagrada Escritura y en el símbolo de la fe, la intensificación espiritual, la celebración de exorcismos y escrutinios[55], y la entrega de los símbolos de la identidad cristiana (el Credo y el Padrenuestro)[56] constituyen los hbitos más importantes de esta preparación.

Por su importancia y significación catequética merece ser destacada la explicación y entrega de la fe en el símbolo, a lo que el catequizando responderá con la manifestación de la profesión de la fe de la Iglesia[57]

Celebración de los Sacramentos de la iniciación cristiana.

La celebración unitaria de los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía coronan la vigilia pascual. Con ello se quiere expresar la unidad del misterio pascual y la plena participación en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Por el Bautismo los catecúmenos, que han renunciado a Satanás y pronunciado la profesión de fe, reciben el Espíritu de adopción, renacen como hijos de Dios y son incorporados a la Iglesia[58]. Por la Confirmación los neófitos son sellados por el don del Espíritu Santo y configurados sacramentalmente a la imagen de Cristo, el Ungido. Al participar con todo el pueblo de Dios en la Eucaristía, celebran el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y reciben la comunión del cuerpo y sangre del Señor que consuma la unión con Él[59].

El tiempo de la mistagogía.

Recibidos los tres sacramentos comienza una nueva y definitiva etapa de la iniciación cristiana: el tiempo de la mistagogía. Durante este tiempo los neófitos, ayudados por la comunidad de los fieles y a través de la meditación del Evangelio, la catequesis, la experiencia sacramental frecuente y el ejercicio de la caridad[60] profundizan en los misterios celebrados, consolidan la práctica de la vida cristiana y se ejercitan en las responsabilidades de su incorporación a la comunidad[61].

4. Formas de iniciación cristiana.

A lo largo de la historia de la Iglesia, la iniciación cristiana ha variado en su ordenamiento y en sus formas, como hemos visto más arriba[62]. En nuestros días existen dos formas de realizar la iniciación cristiana:

-El catecumenado postbautismal, para quienes han sido bautizados en los primeros meses de su vida. Supone un itinerario catequético y sacramental que se desarrolla a lo largo de la infancia y adolescencia. De esta forma de iniciación, que es la más generalizada, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Desde que el Bautismo de niños vino a ser la forma habitual de celebración de este Sacramento, este se ha convertido en un acto único que integra de manera abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma el Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se trata solo de una necesidad posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis”[63].

-La iniciación cristiana de personas no bautizadas, sean niños, jóvenes o adultos, que se lleva a cabo a través de un catecumenado y culmina con la celebración de los tres sacramentos de iniciación[64].

Algunas prioridades y consecuencias pastorales de la iniciación cristiana.

La iniciación cristiana, expresión primera y hondamente significativa de la misión de la Iglesia, y que constituye la realización de su función maternal, ha de contar, en todo momento y circunstancia, con una adecuada y exigente acción pastoral.

Ahora bien, esta pastoral de la iniciación cristiana no puede reducirse a la mera acentuación de una tarea específica y determinada entre otras muchas que la comunidad eclesial lleva a cabo o a una actualización coyuntural de programas y acentos pastorales sobre la misma.

La opción por la pastoral de la iniciación cristiana es algo más; supone una profunda renovación y revitalización interna de la propia Iglesia, pues significa dar de hecho la primacía a la acción misionera y evangelizadora, atender de modo prioritario la transmisión de la fe y la maduración de la misma en los creyentes y profundizar en la identidad comunitaria y maternal de la Iglesia hasta convertirla en comunidad viva y fraterna, trabajar por la unidad de la catequesis y la liturgia en la pastoral de la iniciación cristiana.

He aquí las prioridades pastorales consecuencias más significativas que el ejercicio de la iniciación cristiana, adecuadamente desarrollado, tiene para la Iglesia.

1. La primacía de la acción misionera.

La pastoral de la iniciación cristiana, ante los desafíos planteados por la realidad socio-cultural y la situación de fe de nuestros bautizados, está pidiendo, en primer lugar, una acción decidida y vigorosa de tipo misionero que tiene por centro y eje el anuncio del Dios vivo y la llamada a la conversión. Lo venimos afirmando con insistencia en estos últimos años. También hay que reiterarlo tratándose de la pastoral de la iniciación cristiana, como dice el Directorio General para la catequesis: “La situación actual postula que el anuncio misionero y la catequesis de iniciación se conciban coordinadamente y se ofrezcan, en la Iglesia particular, mediante un proyecto evangelizador y catecumenal unitario”[65]. Iniciar en la fe es entrar en misión, es estar dispuesto y preparado para engendrar nuevos cristianos.

Una acción misionera articulada en torno a los prolegómenos de la fe y al primer anuncio del Evangelio, a la presentación de Dios como la primera realidad, y que supone en consecuencia el acercamiento y la atención al hombre en sus necesidades e interrogantes, el acompañamiento a lo largo del camino de búsqueda que ha emprendido o que es necesario suscitar en él, la acogida de sus demandas de verdad, libertad, felicidad y justicia, y la profundización del sentido cabal de las mismas, el apoyo en el discernimiento necesario y, finalmente, el testimonio y el anuncio explícito del Evangelio de Jesucristo y la llamada a la conversión y al seguimiento de Cristo.

Cuando se plantea la necesidad, como es evidente ente nosotros, de restaurar la personalidad cristiana, de recomponer y reconformar desde los cimientos la estructura de la fe de muchos bautizados, de “hacer” cristianos, en definitiva, este ha de ser el empeño primer de la comunidad eclesial que debe ser capaz de superar la tendencia, tan frecuente, a centrarse sobre sí misma en una pastoral de “mantenimiento” y atención a los ya presentes o dejarse ocupar por cuestiones de organización y de métodos, para abrirse creativamente a los alejados e indiferentes, a los inseguros y vacilantes. La comunidad eclesial debe hoy, como hizo en otros tiempos, superar las rutinas e inercias que envuelven con frecuencia su vida y acción pastoral, profundizar su vocación propia y responsabilidad misionera y constituirse en centro impulsor del anuncio, la conversión y el testimonio de la fe y de la vida cristiana.

No podemos permanecer por más tiempo en el lamento esteril o en la autocomplacencia fácil. La situación de la fe de muchos de nuestros bautizados, y sobre todo el Espíritu de Dios, nos apremia hoy a anunciar a Dios e invitar a la conversión. Se nos convoca hoy a mostrarnos ante el mundo como una Iglesia fecunda. Si antes se nos pidió trabajar por hacer de nuestras comunidades una Iglesia “en diálogo” o poner el acento en una Iglesia “samaritana” y “servidora”, hoy se nos pide ser fecundos, sser en el mundo “fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios”[66]. Ahora bien, esta tarea y este impulso reclama, ante todo, una conversión de nuestras comunidades y de cada uno de sus miembros; y una vida de fe más fuerte pues nadie puede evangelizar sin una fe profunda, una esperanza firme en la salvación de Dios y una vida generosa y plena en la caridad. Solo una fe absoluta e incondicional en Dios es convincente y misionera.

En concreto, la comunidad eclesial y cada cristiano en particular, ha de alcanzar a comprender que se trata, ante todo, de ser y mostrarse hoy abiertamente testigos de la gloria de Dios, realizada por Jesucristo, nuestro Salvador, presente y vivo entre nosotros. Testigos que invitan a “ver y vivir lo que nosotros hemos visto y oído, hemos contemplado y han tocado nuestras manos” (1 Jn. 1, 1-3). Testigos, además, conscientes de que la primera y verdadera misión encomendada consiste en anunciar con fuerza y claridad a Jesucristo, la Palabra de Vida; y llamar a la fe a los que no creen o a reavivarla y fortalecerla en los que creen débilmente, exhortándoles a convertirse de corazón al Dios vivo.

Pero todo esto sólo es posible cuando se vive con gozo la verdad y necesidad absoluta del Evangelio de Jesucristo, y en él la experiencia de la salvación de Dios. Entonces se reflejará en el rostro de la comunidad de los fieles y brillará en sus palabras la gloria de Dios[67].

La determinación firme, por parte de la comunidad eclesial, de otorgar la primacía real, no sólo retórica, a la acción misionera, obligará a profundos cambios en las personas, en la organización y en las estructuras, se deberán vencer resistencias indudables que provienen sobre todo de nuestras miserias y limitaciones. Pero en nuestras manos está la posibilidad y la obligación. Entonces, con seguridad, se abrirá el horizonte a la renovación interna de la vida eclesial.

He aquí el objetivo primero de la Iglesia y de la pastoral hoy, que ha de informar la pastoral de la iniciación cristiana.

2. La atención prioritaria a la transmisión de la fe.

“Quiso Dios que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo, Nuestro Señor, plenitud de la Revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta”[68]. Pues, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los hombres.

A la Iglesia se le ha encomendado la misión de conservar y transmitir la revelación divina. Asentada sobre los fundamentos apostólicos, la Iglesia ha sido constituida para esa transmisión de la fe, ha sido organizada para la recepción y apropiación de la confesión apostólica. Su esencia y misión consiste en confesar la fe, en dar testimonio del acontecimiento de la manifestación y donación de Dios al hombre. Para esto ha sido establecida y organizada institucionalmente la Iglesia: para transmitir la fe. Por eso, no otorgar una atención prioritaria a esta exigencia o posponerla a causa de otras urgencias “administrativas”, o sencillamente ejercerla con desgana significará su debilidad y aún la quiebra de la misión propia, la pérdida de su identidad.

En definitiva, la Iglesia debe perseverar a lo largo de los tiempos, en la transmisión de lo que ha recibido: el acontecimiento del designio amoroso de Dios revelado en Cristo, que realiza el proyecto divino de introducir al hombre en el misterio trinitario para vivir de él, e incorporarle a la comunidad de los hijos adoptivos que por Cristo en el Espíritu acceden al Padre. Por todo esto, en la pastoral general de la Iglesia y, específicamente, en la iniciación cristiana, la transmisión de la fe ha de obtener el lugar preeminente que le corresponde.

Convendría recordar a este propósito unas palabras de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985: “Por todas partes en el mundo la transmisión de la fe y de los valores morales que proceden del Evangelio está hoy en peligro”[69]. Estas palabras nos siguen alertando hoy. Si algún día descubrimos que nuestras Iglesias particulares no perseveran en la transmisión de la fe porque ésta queda deformada o reducida a mínimos, estaremos asistiendo a la ruptura con la Tradición y a la disolución misma de la Iglesia.

Sabemos que la Iglesia realiza esta transmisión de la fe a través de toda la vida: “Lo que los apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y npara una fe creciente del Pueblo de Dios; así la Iglesia con su enseñanza, su vida y su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree”[70]. Pero de un modo particular y a la vez eminente, la Iglesia entrega la vida que tiene, transmite la vida que vive y engendra en ella por la iniciación cristiana. Por su parte la catequesis, en cuanto acto de tradición viva, es uno de los modos principales de esta transmisión, que comunica y hace entrega de la fe a través de cuatro vías, como expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: el símbolo de la fe, la vida en Cristo, la celebración del misterio cristiano y la oración.

En consecuencia, la transmisión de la fe que es necesario garantizar mediante la catequesis de iniciación cristiana integra un conjunto de realidades íntimamente unidas: la presentación orgánica y sistemática del mensaje cristiano, y la profesión de fe; el conocimiento de la verdad de la fe y el afianzamiento en el seguimiento de Jesucristro; la conversión del corazón y el ejercicio de la vida cristiana; la escucha de la Palabra y la maduración progresiva de la vida de fe; la instrucción y la formación espiritual a través de la penitencia, la lucha espiritual y la oración; el cambio de mentalidad y el cambio de costumbres; la experiencia de la vida litúrgica y el aprendizaje del testimonio apostólico y misionero.

Ahora bien, todas estas realidades que comprende la iniciación cristiana forman entre sí una unidad en virtud de su vinculación a su único origen. Pues bien, para que puedan permanecer efectivamente unidas y así impulsar y garantizar la transmisión de la fe por parte de la Iglesia, es necesario que las distintas acciones pastorales así lo procuren. En concreto, la pastoral de la iniciación cristiana ha de cuidar la promoción y coordinación de las distintas actividades educativas y celebrativas que se llevan a cabo tanto en la parroquia, como en la familia, en las asociaciones y movimientos laicales y en la escuela. Todos y cada uno de estos ámbitos de transmisión y educación de la fe deben converger entre sí, y así debe quedar reflejado operativamente en la pastoral de la iniciación cristiana.

En resumen, la transmisión de la fe y la iniciación cristiana son realidades íntimamente vinculadas y correlativas: la misión propia de la Iglesia de transmitir la fe, de comunicarla, se realiza de modo eminente en la iniciación cristiana.

Por la transmisión de la fe nuevos hijos conocen y son incorporados al Evangelio de Jesucristo. Por la iniciación cristiana el bautizado es introducido en la corriente viva de la Tradición de la Iglesia. En la iniciación cristiana se manifiesta palmariamente la fecundidad de la Iglesia, al engendrar en una misma fe, la fe apostólica, a nuevos hijos, antes dispersos por el pecado. En la transmisión de la fe la Iglesia hace entrega al creyente de todo lo que ella cree y es, iniciándole en “su doctrina, vida y culto”. “La ‘traditio Evangelii in symbolo’ y la ‘traditio orationis dominicae’ son, en el catecumenado bautismal y en nuestra catequesis, la expresión de los que es, en esencia, un proceso catecumenal: la transmisión de la fe eclesial”[71].

Así, pues, transmisión de la fe e iniciación cristiana se reclaman mutuamente y mutuamente se perfeccionan. Por eso, cuando percibimos que una determinada comunidad eclesial no acierta a iniciar en la fe a nuevos creyentes, o, como se acostumbra a decir coloquialmente, no sabe como “hacer” nuevos cristianos, estamos constatando, en el fondo, la incapacidad de esa comunidad para transmitir la fe, para vincular a nuevos creyentes al curso vivo de la Tradición de la Iglesia.

La pastoral de la iniciación cristiana hoy debe llevar a destacar y poner en el centro de atención aquello que realmente es el centro de la misión de la Iglesia: el servicio de la fe. Ninguna otra solicitud puede ocupar el primer lugar en la Iglesia.

3. La solicitud de la identidad comunitaria y maternal de la Iglesia

El proceso formativo de la iniciación cristiana se realiza, hemos dicho, por medio de la Iglesia que engendra a los nuevos hijos y, bajo su cuidado, les alimenta con la Palabra, les acompaña con su presencia, les alienta con su testimonio y les sostiene con la oración y la participación en la celebración litúrgica. Ella que les ha engendrado y les ha hecho nacer a la nueva vida, les protege, nutre y cuida en sus primeros pasos.

La educación en la fe y el acompañamiento espiritual es, como venimos diciendo, tarea propia de la comunidad eclesial que debe ser asumida con gran responsabilidad por todos, especialmente por aquellos que son llamados a desempeñar servicios particulares en el proceso de la iniciación cristiana.

Cuando esto es así, y en cuanto tal es impulsado por una acción pastoral coherente, el ejercicio de la iniciación cristiana será para las comunidades eclesiales causa de profundización en su identidad comunitaria y maternal, y, a la postre, de renovación y revitalización interna.

Una Iglesia que otorga atención prioritaria a la iniciación cristiana pone de manifiesto su fecundidad y es clara expresión de una vida que se transmite. Está dando vida, creando vida, pudiéramos decir.

En las actuales circunstancias para el ser humano, la función maternal de la Iglesia se actúa por una nueva solicitud: hacerse a sí mismo, como dice el Papa Juan Pablo II, camino para el hombre, que es el “primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, camino trazado por Cristo mismo”[72]. El cuidado maternal lleva a la Iglesia a hacerse camino para acompañar al hombre y enseñarle que la vida cristiana es “como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana, y en particular por el hijo pródigo”[73].

En definitiva, una Iglesia, pudiéramos decir, catecumenal; es decir, que se configura catecumenalmente, y en cuanto tal vive la vida cristiana como camino pedagógico de crecimiento que Dios abre para el hombre y ella continúa. Iglesia “catecumenal” que engendra al hombre, lo cuida y acompaña en el camino de la vida, lo alimenta y ayuda a crecer en humanidad verdadera, devolviéndolo a la casa paterna, al reencuentro con su fuente y meta: el amor de Dios.

Ahora bien, la Iglesia secundará esta iniciativa de Dios estando atenta a suscitar el deseo implícito y la búsqueda explícita de Dios que todo ser humano tiene, especialmente en los jóvenes y adultos. Asimismo, será continuadora fiel de la iniciativa de Dios que invita a avanzar hacia su plenitud acompañando en este recorrido al hombre hasta alcanzar la Buena Noticia, la conversión y el deseo de vivirla; haciendo finalmente al hombre, mediante los sacramentos de la iniciación, poseedor de las más grandes bienes que puede desear, como son: el perdón de los pecados, la fe, la santificación, el don del Espíritu Santo, la adopción de hijos de Dios y la vida eterna. Ella, la Madre Iglesia, ha puesto en manos de sus hijos los bienes más preciosos que posee y en sus hijos ha sido, a su vez, enriquecida.

La comunidad eclesial, al igual que hiciera Jesús con los discípulos de Emaús (Lc. 24,13) debe ponerse hoy también en camino y acompañar a los fieles, sobre todo a los desanimados y alejados, hacia el conocimiento del Evangelio, la profundización de la fe, la práctica de la caridad, el ejercicio de la oración y el testimonio de la gloria de Dios, para poder decir como San Pablo: “Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza. La gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús” (1 Tim. 1, 14).

En definitiva, una pastoral e iniciación cristiana rigurosa está llamada a ser motivo de fortalecimiento para la Iglesia en su dimensión comunitaria y maternal.

4. La unidad de la catequesis y la liturgia en la iniciación cristiana.

Señalemos finalmente otra de las prioridades de la pastoral de la iniciación cristiana.

Con alguna frecuencia se suele aún persistir en la destrucción excluyente entre catequesis y liturgia, acentuando una u otra realidad en función de las sensibilidades dominantes. Sin embargo, tal bipolarización no tiene sentido, pues catequesis y liturgia constituyen una unidad en la iniciación cristiana.

La iniciación cristiana en cuando mediación maternal de la Iglesia se realiza en concreto en la Iglesia particular y se lleva a cabo mediante dos funciones esenciales íntimamente relacionadas entre sí: la catequesis y la liturgia.

La inserción en el misterio de Cristo y en la Iglesia y la transformación radical de la persona se realiza mediante la Iglesia. Es en la Iglesia donde la persona llegará a captar la verdad de la fe, en ella podrá madurar la decisión y responder de modo libre a Dios, en ella aprenderá a acoger el don de la inserción en Cristo por los sacramentos. Todo esto exige un proceso gradual o itinerario de fe que le ayude a descubrir, crecer, madurar en la fe, y le capacita para confesar la fe de la Iglesia, que supone la obediencia y entrega a Dios, la afirmación de Dios como guía y base de su existencia, la reconformación de su vida conforme a la fe. Palabra y sacramento puestos en íntima unidad.

La misma profesión de fe, la capacidad y posibilidad de confesar la fe de la Iglesia, nos remite a esta unidad y está pidiendo esta vinculación de la catequesis y los sacramentos. En efecto, la profesión de fe es, por una parte, elemento integrante del sacramento del Bautismo, y, a un tiempo, la profesión de fe es meta de toda catequesis. A ello se orienta toda su actividad y en esto consiste su finalidad: en “propiciar una viva, explícita y operante profesión de fe”[74].

Por eso es legítimo afirmar que la catequesis, en cuanto itinerario de maduración y de educación de la fe, pertenece a la entraña misma del sacramento del Bautismo, de modo que no puede ser entendida como mera instrucción preliminar a la recepción del sacramento o como información subsiguiente, sino como parte constitutiva del sacramento del Bautismo. El germen de la fe que este ha plantado en el ser humano debe ser cuidado y desarrollado; la nueva criatura que ha nacido de las aguas bautismales debe ser protegida y alimentada; la fe profesada debe ser interiorizada hasta informar la vida entera. En definitiva, la profesión de fe bautismal, la exigencia de que esta profesión sea hecha con verdad y de modo duradero por parte del bautizado y el desarrollo de la nueva vida están pidiendo una rigurosa atención y una presencia catecumenal (litúrgica y catequética) por parte de la comunidad de la Iglesia.

Prof. Manuel Del Campo.
Director del Secretariado nacional de Catequesis de España.

[1] (Este documento corresponde al Cap. IVº del libro “Evangelización, Catequesis y Catequistas. Una Nueva Etapa para la Iglesia del Tercer Milenio”, publicado por Ed. EDICE, Madrid, 1999. Autores Varios, entre los que se encuentran el Card. José Ratzinger, Card. Darío Castrillon Hoyos, Card. Christoph Schönborn, Mons. Antonio Cañizares (Arz.de Granada), Prof. Manuel Del Campo (Director del Secretariado Nacional de Catequesis de España), y otros).
[2] Cf. Mc. 16, 15-16; Hech. 2, 37-41; Ef. 1, 13-14; Heb. 6, 1.
[3] Cf. Hech. 2, 42-47.
[4] Tenemos un ejemplo en la obra de SAN AGUSTÍN, De catechizandis rudibus.
[5] Cf. HIPÓLITO DE ROMA, La tradición apostólica, 15-16.
[6] En el Diario de ETERIA, c 45, encontramos una descripción pormenorizada tal como se realzaba en el catecumenado de Jerusalén.
[7] Tenemos ejemplos característicos como el Hexamerón de SAN AMBROSIO.
[8] Puede verse, entre otros, CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis; TEODORO DE MOPSUESTIA, Homilías catequéticas; NICETAS DE REMESIANA, De Symbolo.
[9] Cf. SAN AMBROSIO, Homilías cuaresmales.
[10] En Roma, por ejemplo, los exorcismos y escrutinios tienen lugar los domingos tercero, cuatro y quinto de cuaresma. Cf. CHAVASE, A., RSR, 35 (1948) 325-381.
[11] Como ejemplo de esta catequesis sacramental puede verse: CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis mistagógicas; SAN AMBROSIO, De sacramentis y de Mysteriis; SAN JUAN CRISOGONO, Homilías bautismales.
[12] Contamos con fuentes de gran valor para confirmarlo, como la Carta del diácono Juan a Senario, el Sacramentario Gelasiano, el Ordo XI y el Sacramentario Gregoriano. Cf. NOCET, A., “Iniciación Cristiana” en Diccionario de Liturgia, Madrid, 1987, 1051-1070.
[13] El valor y el sentido que cobra la catequesis e instrucción del pueblo tanto en el campo protestante como en la Iglesia Catóplica son buena prueba de esto. También merece ser destacada, al respecto, la publicación del Rituale Sacramentorum Romanorum del cardenal Antonio Santorio. Por otra parte, el impulso dado por Concilios y Sínodos a la práctica parroquial de la catequesis constituye una de las páginas más importantes de la formación del pueblo cristiano. En épocas más recientes, en relación con la recuperación de la práctica del catecumenado, merece ser recordado el cardenal Ch. M. Lavigerie, que elaboró en la segunda mitad del siglo XIX un Itinerario formativo desde el modelo del catecumenado antiguo. Enseguida el catecumenado se convierte en práctica habitual de las Iglesias de misión. También en Europa se proclamará, más adelante, la necesidad de instaurar de nuevo el catecumenado de la Iglesia primitiva. Cf. COLOMB, J., Pour un catéchisme efficace, Lyon, 1948.
[14] Cf. SC 64 y 71.
[15] Cf. AG 13-14.
[16] CIC 788,2 y 815,1.
[17] En muchos lugares del Directorio está presente la iniciación cristiana y el sentido catecumenal de la catequesis. Puede verse especialmente en DCG 65-68.
[18] Sobre esta perspectiva antropológica y sociológica de la iniciación y también sobre su significado en las religiones primitivas, véase ELIADE, M., Iniciaciones místicas, Madrid, 1975; RIES, J., Los ritos de iniciación, Bilbao, 1994; CAZENEUVE, J. , Les rites et la condition humaine, París, 1958; CLASES, J., “L’initiation”, en Lumen Vitae 1 (1994) 11-12.
[19] DCG 66. J. Ratzinger considera que el catecumenado es parte constitutiva del sacramento: “El catecumenado es parte de un sacramento; no instrucción preliminar, sino parte constitutiva del sacramento mismo. Además, el sacramento no es la simple realización del acto litúrgico, sino un proceso, un largo camino, que exige la contribución y el esfuerzo de todas las facultades del hombre, entendimiento, voluntad, corazón. También aquí ha tenido la disyunción funestas consecuencias; ha desembocado en la ritualización del sacramento y en el adoctrinamiento de la palabra y, por tanto, ha encubierto aquella unidad que constituye uno de los datos esenciales de lo cristiano” RATZINGER, J., Teoría de los principios teológicos, Barcelona, 1985, 40.
[20] DV 2.
[21] Rom. 8,15.
[22] Para el desarrollo de este aspecto fundamental de la iniciación cristiana, véase el Catecismo de la Iglesia Católica, 1077-1109.
[23] EN 59; LG 5; AG 1.
[24] CEC 1212; Cf. RICA, Obs. Generales, 1-2.
[25] Cf. CD 11; CIC 368; EN 62; COMGR. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Communionis notio, 13.
[26] Cf. LG 26; DCG 222-223; Ceremonial de los Obispos, 404.
[27] CATHECISMUS ROMANUS, 2,2,5.
[28] PABLO VI, Const. Apost. Divinae consortium naturae.
[29] CEC 1229.
[30] Cf. RICA, Obs. Previas, 19.
[31] DCG 66.
[32] El DCG denomina “tareas” de la catequesis a estas dimensiones, nn. 85-86.
[33] DCG 85-86.
[34] AG 14; DCG 63 y 91.
[35] CT 22.
[36] SAN AGUSTÍN, De catechizandis rudibus, IV, 8, 11.
[37] DCG 68.
[38] Cf. Hebr. 1, 1-2; DV 3-4.
[39] CEC 1229. Cf. DCG 89.
[40] CEC 1233.
[41] Su elaboración está inspirada en la Traditio Apostólica de SAN HIPÓLITO de Roma y en Sacramentario Gelasiano, como se puede constatar, sobre todo, en la articulación de las diversas etapas, en la vinculación de los tres sacramentos entre sí, y en los distintos ritos y oraciones.
[42] Así, en el Mensaje al pueblo de Dios, de la IV Asamblea General del Sínodo de los obispos sobre la catequesis se afirma: “el modelo de toda catequesis es el catecumenado bautismal” (MPD 8).
[43] DCG 88-91.
[44] Cf. RICA Obs. Previas, 9.
[45] Ibid., 10.
[46] Como dice el RICA, Obs. Previas, 16: “Deben juzgar los pastores, con la ayuda de los padrinos, catequistas y diáconos, según los indicios externos”.
[47] Cf. Ibid., 15.
[48] Ibid., 18.
[49] SAN AGUSTÍN, De Symb. ad Catech., 1, 1.
[50] AG 14; Cf. RICA Obs.Previas, 98.
[51] Para poder llevar a cabo esta acción educativa, sin caer en improvisaciones o subjetivismos, es necesario que las distintas diócesis cuenten con un programa catequético orgánico y unitario, cuyas líneas básicas y contenidos habrán de tener al Catecismo de la Iglesia Católica como punto de referencia, y al Directorio General para la Catequesis como orientación.
[52] Como recomienda en decreto Ad Gentes: “Esta iniciación cristiana no deben procurarla solamente los catequistas y los sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles, de modo que los catecúmenos sientan ya desde el principio que pertenecen al pueblo de Dios” (AG 14).
[53] RICA Obs. Previas, 23.
[54] Ibid., 21-22.
[55] Los exorcismos y escrutinios son celebraciones llenas de sentido y de valor iniciático. Dios, por medio de la Iglesia, escruta el corazón del elegido, para purificarlo y disponerlo a la nueva realidad que se inicia en el Bautismo. El escrutinio es, en primer lugar, exorcismo, acción de Dios para arrancar del corazón del hombre el mal que le viene del maligno. El catecúmeno es fortalecido en Cristo. Véase RICA Obs. Previas, 25,1.
[56] Las entregas del símbolo y de la oración dominical tienden a la iluminación de los elegidos. El símbolo de la fe recuerda las grandezas y maravillas de Dios en los acontecimientos de la salvación. La oración dominical muestra la nueva realidad de los hijos de Dios. Véase RICA Obs. Previas, 25,2.
[57] Los Padres muestran frecuentemente, en sus catequesis cuaresmales, el sentido del símbolo de la fe en cuanto transmite de modo condensado e íntegro el misterio de la salvación. “Retened en la memoria la fe que ahora escucháis de viva voz, pues a su tiempo recibiréis la explicación de cada una de sus afirmaciones basadas en las divinas escrituras... Del mismo modo que la semilla de mostaza contiene en un grano pequeño muchas ramas, así esta fe abarca en propias palabras, todo el conocimiento de la piedad, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento... Ahora se os ha entregado el tesoro de la vida, y el Dueño, el día de su manifestación te reclamará su depósito” (CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis V,12-13). “Mantened siempre el pacto que hicisteis con Dios, es decir, este símbolo que profesáis. Sus palabras ciertamente son breves, pero contienen todos los misterios. En efecto, en forma abreviada, se han recogido de todas las Escrituras como piedras preciosas engarzadas en una corona” (NICETAS DE REMESIANA, De Symbolo,13.
[58] Cf. CEC 1213.
[59] Cf. RICA Obs. Previas, 27 y ss.
[60] Tenemos sobre esto una referencia llena de significado en el libre de los Hechos de los Apóstoles 2, 42. Asimismo la primera Carta de San Pedro constituye un modelo de catequesis mistagógica.
[61] RICA, Obs. Previas, 37-40.
[62] En los primeros siglos, la Iglesia quiso que la iniciación cristiana se realizara a través de la institución del catecumenado. Cf. CEC 1230.
[63] CEC 1231.
[64] Ibid., 1232.
[65] DCG 277.
[66] GS 40.
[67] Cf. 2 Cor. 3, 18.
[68] DC 7.
[69] SEGUNDA ASAMBLEA EXTRAORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Rel. finalis,II,B,13.
[70] DV 8.
[71] COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS (España), La catequesis en comunidad, Nº135.
[72] RH 14.
[73] TMA 49.
[74] DCG 66. Cf. CD 14

 
 

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